Ayer, en el programa del Canal 33 L’hora del lector recomendaron fervorosamente, como en su momento lo hizo Subal, la novela ganadora del Premi Mallorca 2006, L’Home manuscrit, de Manuel Baixauli. Suelo ser bastante escéptico en lo que se refiere a premios y a recomendaciones eufóricas, pero la curiosidad pudo más que yo y acabé comprando esta novela. Durante bastante tiempo pensé que por una vez me había equivocado.
La primera parte de la novela, 135 páginas de las 209 totales, es sencillamente magistral. Un hombre repasa su vida (y no tiene nada que ver con la socorrida “crisis de los 40” como comentaron en el programa) durante la cual se ha encontrado con diversos textos en los que se le plantea a él, único lector, historias que en cierta manera complementan y enriquecen su propia vida. Por otra parte, una pulsión calígrafa imparable, ha llevado al protagonista de la novela a escribir cientos de dietarios en los que detalla los acontecimientos de su vida y sus pensamientos, hasta que, en cierto momento, decide rescribirlos y corregirlos, creando un ilegible compendio de su vida. Hay en toda esta inmensa doble construcción literaria, tanto del autor como del personaje, muestras de su devoción por ciertos autores: De memoria citaría a Walser, Vila-Matas, Auster, Murakami, Irving quizás... de forma que la novela es un ejemplo de lo que se podría ser esa tercera vía narrativa que mezcla lo literario con lo popular en perfecto equilibrio.
Pero, extrañamente a mi juicio, Baixauli decide ser consecuente, decide explicar lo que no debería ser explicado. En todo juego metaliterario el autor debe contar con la complicidad del lector, debe asumir que el lector entiende, en ocasiones incluso va más allá, todo cuanto el autor quiere explicar. Sería absurdo un mago que tras sacar un conejo de su chistera nos mostrase el doble fondo donde lo ocultaba: ¡Ya sabemos que es un truco!, ¡ya sabemos que los conejos no se materializan de la nada!, ¡ya sabemos que estamos leyendo una novela! Olvidar eso es tratar al público, al lector, poco menos que de tonto.
Reflexionar y crear un drama sentimental sobre el “destino” de los personajes me parece, en el siglo XXI, con todo lo que llevamos a nuestras espaldas, de una ingenuidad que roza en la cursilería. Somos capaces de asumir, desde nuestra perspectiva de lectores, como enfermos de literatura, lo terrible que es la destrucción de una obra literaria, sin que necesitemos la personificación espectral de los personajes que se encaminan al olvido total para apreciarla.
Baixauli juega mal sus cartas. Plantea un juego literario muy interesante y lo estropea intentando justificar lo que sucede en la narración. Y, sin embargo, el desarrollo de la novela es impecable: Los distintos planos de realidad que se suceden están perfectamente delimitados por las voces de los personajes, de forma que en la segunda parte, parte digamos más “real” que la primera, Baixauli emplea evidentes recursos literarios para remarcar su carácter de ficción, contra la ficción de la primera parte que los lectores nos resistimos a abandonar como “real”.
En L’home manuscrit uno aprecia la maestría narrativa de su autor, pero debe lamentar no sé si llamarlo la falta de ambición o la ingenuidad de su conclusión.
Estoy convencido de que si se traduce al castellano, L’home manuscrit podría ser un gran éxito. Hay todavía un público muy numeroso capaz de maravillarse con el doble fondo de la chistera.
La primera parte de la novela, 135 páginas de las 209 totales, es sencillamente magistral. Un hombre repasa su vida (y no tiene nada que ver con la socorrida “crisis de los 40” como comentaron en el programa) durante la cual se ha encontrado con diversos textos en los que se le plantea a él, único lector, historias que en cierta manera complementan y enriquecen su propia vida. Por otra parte, una pulsión calígrafa imparable, ha llevado al protagonista de la novela a escribir cientos de dietarios en los que detalla los acontecimientos de su vida y sus pensamientos, hasta que, en cierto momento, decide rescribirlos y corregirlos, creando un ilegible compendio de su vida. Hay en toda esta inmensa doble construcción literaria, tanto del autor como del personaje, muestras de su devoción por ciertos autores: De memoria citaría a Walser, Vila-Matas, Auster, Murakami, Irving quizás... de forma que la novela es un ejemplo de lo que se podría ser esa tercera vía narrativa que mezcla lo literario con lo popular en perfecto equilibrio.
Pero, extrañamente a mi juicio, Baixauli decide ser consecuente, decide explicar lo que no debería ser explicado. En todo juego metaliterario el autor debe contar con la complicidad del lector, debe asumir que el lector entiende, en ocasiones incluso va más allá, todo cuanto el autor quiere explicar. Sería absurdo un mago que tras sacar un conejo de su chistera nos mostrase el doble fondo donde lo ocultaba: ¡Ya sabemos que es un truco!, ¡ya sabemos que los conejos no se materializan de la nada!, ¡ya sabemos que estamos leyendo una novela! Olvidar eso es tratar al público, al lector, poco menos que de tonto.
Reflexionar y crear un drama sentimental sobre el “destino” de los personajes me parece, en el siglo XXI, con todo lo que llevamos a nuestras espaldas, de una ingenuidad que roza en la cursilería. Somos capaces de asumir, desde nuestra perspectiva de lectores, como enfermos de literatura, lo terrible que es la destrucción de una obra literaria, sin que necesitemos la personificación espectral de los personajes que se encaminan al olvido total para apreciarla.
Baixauli juega mal sus cartas. Plantea un juego literario muy interesante y lo estropea intentando justificar lo que sucede en la narración. Y, sin embargo, el desarrollo de la novela es impecable: Los distintos planos de realidad que se suceden están perfectamente delimitados por las voces de los personajes, de forma que en la segunda parte, parte digamos más “real” que la primera, Baixauli emplea evidentes recursos literarios para remarcar su carácter de ficción, contra la ficción de la primera parte que los lectores nos resistimos a abandonar como “real”.
En L’home manuscrit uno aprecia la maestría narrativa de su autor, pero debe lamentar no sé si llamarlo la falta de ambición o la ingenuidad de su conclusión.
Estoy convencido de que si se traduce al castellano, L’home manuscrit podría ser un gran éxito. Hay todavía un público muy numeroso capaz de maravillarse con el doble fondo de la chistera.