24/5/09

La muerte de Virgilio (III)

Leo La muerte de Virgilio los sábados y los domingos, sobre las siete de la mañana, algo más de una hora cada día. La lucha entre Virgilio y Octavio se prolonga el resto de la semana. El poeta agoniza y a su afán por destruir La Eneida se opone la idea de Roma representado por el César. Roma y La Eneida son la misma cosa, un símbolo no tanto de su grandeza sino de su permanencia en la Historia. Permanencia sostenida por la falacia de un poema hagiográfico a mayor gloria de la familia Julia. De “Arma virumque cano” (aunque, quizás Virgilio rememora su origen campesino en la versión de Austral: “Yo, aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de la avena”) hasta “uitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras” (indignado su espíritu, huye, lanzando un gemido, a la región de las sombras), el ambiente sombrío y agonizante de la novela de Broch me persigue el resto de la semana.
A fin de cuentas leo libros como si fuesen una única y extensa novela, hasta que, indignado, lance un gemido. Leo a Broch casi sin luz, mientras amanece. Leo El proceso de Kafka, y no puedo librarme de la sensación lúgubre que me transmite Broch. Leo a Stanislaw Lem como si fuese Kafka. El Edificio, de sus Memorias encontradas en una bañera, parece un castillo kafkiano lleno de burócratas que mienten y traicionan. Decían que los afiliados al partido comunista en San Francisco en los años sesenta eran todos agentes del FBI. Chesterton sabía bien de que hablaba. Leo a Lobo Antunes y veo a un personaje kafkiano visto desde fuera, desde una bañera quizás, y continúa mi desasosiego (es así, no puede ser de otra manera). Leo las Historias Falsas de Tavares como ensayos de Montaigne y los Ensayos como historias falsas en las que vuelvo a encontrar a Virgilio. Podría pensar que hay libros que rigen mi vida, pero veo que mi vida es un fluir de libros sin descanso. Sé que hay un libro que me matará. Desde los tiempos de Paradiso pensé que ese libro era Locus Solus. No ha sido así. Luego tiene que haber otro que hará que mi espíritu indignado (¿tan mala será esa última novela?) huya, lanzando un gemido, etc.
Los libros, entonces, sólo tienen sentido desde la existencia del lector, desde ese fluir incansable que convierte a cada uno de ellos en una única, personal y exclusiva vivencia. Joder, la vida son los libros, lo demás, esa puta realidad, no vale para nada.
Y además, reto a cualquier autor a que intente matar al lector. Mátame, venga.
La novela que me matará ya está escrita… pero el autor de esa obra no tendrá nada que ver en ello. Es más bien la acumulación de lecturas, la exacta combinación de todas ellas, las que finalmente harán imposible que pueda continuar.
El escritor no es más que un mero soporte iconográfico con fines publicitarios. Se deja fotografiar ante estanterías repletas de libros y legajos. En algunos de ellos, cuidadosamente seleccionados, se pueden leer los títulos. Dice, la historia, la verdad, la realidad, como si él, a su vez, no fuese lector y no supiese que esas palabras no tienen sentido. En “realidad” no hay nada más que lo que se cuenta, un sinfín de historias que quieren hacernos creer que remedan la vida; no comeré esa mierda. La literatura es otra cosa, ya lo sabemos, y la vida o la realidad no tienen nada que ver con ello, la vida y la realidad se generan a través de la literatura. Nunca al revés. Después otros autores convenientemente fotografiados a su vez, recomiendan con fervor ante estanterías repletas de libros las obras de aquellos que a su vez recomendarán las obras de estos ante estanterías…
No es eso lo que me interesa.
Ya casi no me interesa nada.
Excepto mentir.

12 comentarios:

el ascensorista dijo...

Me agrada que alguien se acuerde de Memorias encontradas..., un libro que me encanta (y divertido como pocos,como Kafka y Lewis Carroll).

Un saludo.

Coŋejo pestileɳte dijo...

Me agrada su blog, lo sigo... eso de los conejos y conejos siniestros que antes habia posteado, me agrado...

José Montalvá dijo...

este texto, por ejemplo, corrobora mi comentario anterior...
(no estoy de acuerdo, sin embargo, con la conclusión... prefiero caer en la trampa que se palntea Dovlatov al principio de La Zona -al fin encontré el libro en Valencia-, no recuerdo la cita exácta pero hace alusión a que todo lo que cuenta es verídico y cualquier atisbo de artisticidad es fruto de la casualidad o el error)

Dolphy dijo...

La casualidad y el error siempre han sido magníficas esquirlas de la epistemología total, y el arte su hipo expresivo más magmático.
Después de morir en un hotel de París (1964) leí el libro de Broch, entre otros lugares, en un bar del barrio de Horta de Barcelona. Si no recuerdo mal, fue en el año 1986.
Me conmueven sus lecturas al amanecer.

Walser dijo...

Veo que usted está muy cabreado con los escribidores y su patética endogamia. Es una vieja historia, ¿por qué cree, si no, que me marché a Herisau? Y en aquéllos incluyo a los que han explotado hasta la saciedad mi biografía. No bastó que me muriese en medio del frío, sí, ese frío del que Seeling cuenta que yo sabía aguantar muy bien.
En fin, ¡ánimo!

Portnoy dijo...

Al principio me costó entrar en Memorias, ascensorista, con ese prólogo tan desatinado, desde nuestro presente, en el que la falta de papel desmoronó nuestra cultura. Eso sí, el resto del libro está a la altura de Lem.
Gracias, Conejo P... no podía ser de otra manera ¿no?
Yo tampoco estoy muy satisfecho con el final, José... me dejé llevar por el artificio de la conclusión.
Al final de Fabra i Puig (o al principio) cerca de la estación de Vilapicina, había, por esos años que mencionas, Dolphy, el primer bar librería que conocí... lo que pasa que no recuerdo como se llamaba... ahí descubrí a Beckett y su incompatibilidad con la cerveza (desde el punto de vista del lector, claro)
La verdad, Walser, es que pareces más cabreado tu que yo... debe ser por eso que yo no me voy a pasear por la nieve. Por cierto, una duda, ¿buscabas con tu paseo final acercarte al de Castorp en La Montaña mágica?

Un saludo y gracias por vuestros comentarios

Sir Alsen Bert dijo...

A gente como a este Portnoy habría que darle la educación de nuestros hijos, joder. Ya, señor ministro metafísico, ¡ya!

Eres duro, muy duro: "la vida y la realidad se generan a través de la literatura". Casi lloro.

Pero soy Sir y soy fuerte...

Saludos.

Fuca dijo...

No se si habría que darle a nuestro amigo Portnoy la educación de nuestros hijos, lo que sí que habría que darle es un trabajo en un periódico o revista cultural de gran tirada; no creo que haya muchas personas tan competentes como él comentando y reflexionando sobre literatura y cine.

“La muerte de Virgilio”, una gran obra cuya prosa poética seduce al lector si busca el momento y el estado propicio para su deleite.

Elena dijo...

[Mátame, venga.]
Me ha encantado esta entrada, Portnoy. Y me ha hecho sonreír varias veces.
Yo también suelo leer a las 7 de la mañana. Creo que es una buena hora para casi todo.
Y me parece que tenemos un archivo sonoro pendiente, ¿no?
Un abrazo.

Vero dijo...

No sólo son los libros los que se clavan en la realidad. Ayer leía a Copi, y era conciente que en la orientación de mi lectura hacia el desmenuzamiento del lenguaje incidía lo leído en Beckett el fin de semana, pero también, o quizá a partir de esa relación, recordaba este muy buen texto tuyo. Supongo que eso de cierta forma también alteraba lo que iba leyendo, pensando, mi realidad, vamos. Saludos.

Portnoy dijo...

Sir Alsen, Fuca, sois muy amables a la vez que exagerados... de hecho no son más que palabras, palabras, palabras.
(Me alegra "verte", Fuca)
Sí, Helena, pero los de Radio3 no han dado señales de vida. Gracias por recordármelo.
Cada lectura condiciona la posterior... así somos y así es nuestra realidad, Vero, un cúmulo de posibilidades distinto para cada lector... pero seguimos adelante.
Y si de algo podemos estar seguros es que hay un algo, así como difuso y nebuloso, conformado por todas las posibles permutaciones de lecturas... ¿es eso la realidad?
:-)

Un saludo y gracias por vuestros comentarios

Anónimo dijo...

Leer a las siete de la mañana es raro, muy raro. Y más a Broch. Pero lo preocupante es leer hasta las siete de la mañana. Si amaneces leyendo a Broch estás realmente jodido.

Fuca, el problema de Portnoy es que no termina de quererse creer que es escritor.

(Pero no, no lo matemos con halagos. En este país somos muy de encumbrar al personal para devorarlo al primer tropiezo. Callemos. Que escriba.)