2/3/06

Las manzanas de oro, de Eudora Welty (I)

Nadie lee de la misma manera. Me abochorna enunciar semejantes trivialidades, pero no desisto: la diversa formación cultural, la especialización, las múltiples tradiciones, el temperamento individual y mil otras razones pueden decidir que un libro produzca impresiones diferentes en lectores diferentes. Acabo de leer Las manzanas doradas de Eudora Welty, una excepcional narradora del Sur de los Estados Unidos a quien admiro desde hace muchos años. La leo y releo con la mayor atención; en sus narraciones las cosas parecen muy sencillas, insignificancias de la vida cotidiana o momentos terribles que parecen insignificancias; sus personajes son excéntricos, y al mismo tiempo muy modestos como es todo el entorno. Uno podría pensar que estarían desesperados en el minúsculo mundo que habitan, pero es posible que ni siquiera hayan reparado en la existencia de ese mundo. Son auténticamente “raros”. Provincianos, sí, pero excéntricos de pura raza. Otra notable escritora del Sur, Katherine Ann Porter, señaló en alguna ocasión que los personajes de Eudora Welty eran figuras encantadas que para bien o para mal están rodeadas de un aura de magia. Pero en sus páginas esos pequeños monstruos humanos no aparecen en absoluto como caricaturas sino que están retratados con naturalidad y dignidad.
He comentado en varias ocasiones con amigos escritores las virtudes de esta dama; la conocen poco, no les interesa; dicen haber leído algún que otro cuento suyo del que recuerdan poco. Están en lo cierto cuando de inmediato, como a la defensiva, afirman que carece de la grandeza de William Faulkner, su célebre coterráneo y contemporáneo, cuyas tramas y lenguaje han sido parangonados tantas veces con las historias y el lenguaje de la Biblia. Los libros de la señorita Welty están muy lejos de ser eso, es más, son su revés: un desfile de presencias diminutas, paródicas, trágicogrotescas, que se mueven como marionetas trepidantes en algún pueblo o pequeña ciudad de Mississipi, de Georgia o de Alabama durante los años treinta o cuarenta de este siglo. Los lectores de esta autora no son legión. Para los elegidos —y en casi todos los lugares donde he vivido he encontrado a algunos de ellos— leerla, hablar de ella, recordar detalles de algún cuento equivale a un perfecto regalo. Esos lectores, por lo general, están vitalmente relacionados con el oficio literario, son escritores, traductores, editores, gente de esa especie desapacible y exigente.


De "
El mago de Viena y de nuevo Hamlet" de Sergio Pitol

Universidad Veracruzana. Gaceta