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Tideland, de Terry Gilliam



En Tideland Terry Gilliam nos acerca al límite de lo permitido visual y narrativamente. Según Cherchi Usai denominamos Imagen pornográfica a aquella que se contrapone a la Imagen Ideal, en cuanto a “que el propósito de esas imágenes sea transgredir los códigos morales generalmente aceptados en la vida colectiva”. Gilliam bordea ese “suburbio cinematográfico” en el que están condenadas a perecer esas imágenes que “jamás hubieran debido ver la luz” pero no se atreve a dar el paso final. No como Haneke o Passolini.
Como siempre lo obvio pero oculto prevalece sobre lo explícito.

Lo que distingue las películas de Gilliam es la falta de límites entre la realidad y la fantasía. Podemos criticar muchos aspectos de su obra, lo que no podemos negar es la coherencia de su temática y su obsesión por plasmar una iconografía muy personal. Tal vez la importancia en las películas de Gilliam de la puesta en escena sobre el contenido narrativo sea en ocasiones el principal defecto que puede decepcionar o cansar al espectador… la “estética del cacharro oxidado colgando” puede estar agotada, a no ser que, como en Tideland, se adecue a la narración.
Lo de los finales de sus películas es otra cuestión discutible.



En Tideland se invierte la relación realidad-fantasía. Lo que nos propone Gilliam no es un escape a una zona fantástica, sino la revelación de una realidad tan cruda que sólo puede ser asimilable por el personaje de Jeliza-Rose como un mundo de fantasía. El espectador, sin embargo, comprende y entiende y sufre la realidad de la niña.
Tendemos a considerar realidad y fantasía (ficción) como términos que se oponen, pero lo fantástico sólo es concebible en cuanto representa y se crea a partir de la realidad. Al igual que nos maravilla que las Matemáticas, basadas en sus principios en la observación de la naturaleza, representa fidedignamente a ésta. No podía ser de otra manera. Sin embargo las Matemáticas son capaces de definir realidades que no se pueden captar con los sentidos, inimaginables más allá de su formulación, algo que no sé si la fantasía es capaz de desarrollar. La dependencia de lo fantástico con lo real es tal que sólo se puede representar en términos reales. Los paradigmas lógico-matemáticos que plantea Lewis Carroll en las novelas de Alicia, sólo pueden ser apreciadas en oposición a la realidad, en el ámbito de ésta. El non-sense precisa un sense para ser apreciado.



Entonces llegamos, claro, al conejo blanco y a la madriguera.



Tideland como oposición a Wonderland. El otro lado del espejo precisa de nuestro lado para existir y únicamente puede ser apreciado desde aquí.
El Profundo Sur, un territorio narrativo que no debe limitarse a su localización geográfica, un territorio universal fantástico, sólo puede entenderse desde nuestra posición de espectadores, desde la realidad. El Profundo Sur es un lugar donde habitan nuestros fantasmas más ancestrales, donde reina la depravación y la amoralidad endogámica, las taras genéticas y el aislamiento social, el incesto, la pederastia y las más extrañas manifestaciones de la muerte. En esta ocasión los “cacharros oxidados colgando” están en nuestro lado, en la realidad que obviamos, en la parte pornográfica y suburbial de la realidad.



Tideland es el Wonderland perverso. Es nuestro propio lado del espejo. Acostumbrados como estamos a la versión edulcorada y castrada de la Alicia de Disney, olvidamos el penoso papel de Charles Dogson, camuflado en Carroll, camuflado en el caballero que acompaña a Alicia que se despide de ella diciendo: “—Sólo te quedan unos metros más —dijo— bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aquél: entonces serás una reina…, pero antes te quedarás un poco aquí para decirme adiós, ¿no?”. La realidad que nunca deja de mostrar su lado más miserable y, a la vez, el más humano. El único lado concebible.



Tal vez lo más fantástico en Tideland sea la posibilidad de un final feliz para la protagonista.
Nosotros volveremos a nuestras habitaciones de taxidermistas a embalsamar la realidad.




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Vi, Tideland hace un año. Me gustó el planteamiento, pero reconozco que mi parte de telespectador educado pide algo más: demasiado crudo.

Es decir, reconozco que la vida se conduce así, no tiene piedad, no da concesiones, y sin embargo en el "espectáculo cinematográfico" (o el literario) necesitamos un punto de apoyo positivo (esperanza, propuesta, enaltecimiento, consuelo, belleza...), de disgestión, aún en medio de las más horribles calamidades o sinsentido.

Me pareció una feroz crítica a la imaginación y a la fantasía.

Lamento no compartir esa idea, Manuel. El arte, en general, no debe ofrecer un apoyo contra la realidad (que también pude hacerlo)... si tuviese que tener una función (que es otra cuestión) yo abogaría más por la denuncia de la realidad.
Por eso aprecio esta descarnada y perturbadora visión de Gilliam.
Un saludo y gracias por comentar.

De nada. Yo también la aprecio. Y aprecio la denuncia, y todo eso. Pero -si consigo explicarlo mejor- quiero decir que el tratamiento cinematográfico resulta crudo, de poco cocinado; tambien en su parte literaria, argumento, visión de la vida etc...

Para contar este cuento, me parece que no hace falta toda una película, con una sóla idea. Pronto se convierte en algo monótono.

La idea es una; pero necesita una digestión, otros mecanismos argumentales, para que avance como película.

Perdona, Manuel. Te había entendido mal. Y puedo entender lo que dices sobre el desarrollo narrativo.
Un saludo

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