29/9/07

Tu rostro mañana: 2. El origen del terror

RAFAEL CONTE
Babelia, El País
13 de noviembre de 2004

(Continuación) He aquí la segunda parte de lo que por el momento continúa llamándose Tu rostro mañana, que por lo visto ha desbordado las previsiones de su autor, pues esta su décima y monumental novela estaba prevista en un principio sólo para dos volúmenes -y así presentó el primero a su aparición hace dos años- pero que al correr de la escritura se ha ampliado para presentarse como la segunda parte quizá de una posible trilogía, o de una serie narrativa que pudiera (o pidiera) ir todavía más allá.

Por eso mismo, por la necesidad en la que me encuentro de proseguir el comentario que en su día publiqué sobre el primer tomo, empiezo estas líneas recordando que no son más que la continuación de aquéllas, pues ya dije entonces que adoro escribir in medias res, sobre un trabajo todavía en marcha, ya que pienso que toda gran obra de arte está muchas veces inacabada, pues parece haberse detenido en la mente de su autor en un momento de su discurso interior, que siempre le empuja a ir más allá, a hacerlo mejor, o al menos a pensarlo así, y ese pensamiento le acompañará siempre hasta el final, aun cuando la obra haya sido ya publicada como si se hubiera terminado. Pues el arte -como la vida- es una sucesión de interrupciones hasta la postrera, en la última mañana que nunca llegaremos a ver del todo, y que así nos ocultará cuál será la visión final de nuestro rostro.

Así las cosas, este proyecto narrativo es tan peculiar -porque intenta negar el tópico de que a partir de cierta edad (los treinta quizá, o los cuarenta como mucho) todo hombre es responsable de su propia cara- que lo mismo podrá ser una trilogía, o encadenarse en una serie de volúmenes sucesivos que no tengan un final no tan sólo aparente sino convincente o al menos suficiente, hasta que una interrupción lo convierta en definitivo. No otra cosa pasó con Cervantes, que escribió su primer Quijote sin pensar en un segundo, que llegaría después merced a su éxito y a la aparición del falso de Avellaneda, que era preciso rectificar y así llegó a verlo, o con Proust, que había terminado En busca del tiempo perdido en dos gruesos volúmenes y tras publicar el primero y verse interrumpido por la guerra y el cambio de editor, fue reescribiendo el resto hasta los siete volúmenes en total que nunca llegó a ver del todo, pues la muerte interrumpió su publicación, asegurada hasta el final por sus herederos a partir del cuarto volumen aunque de modo inconcluso, lo que todavía da lugar a interminables batallas de filólogos y especialistas que así pueden seguir viviendo a sus expensas.

Y termino este arbitrario repaso con dos apéndices opuestos. ¿Dónde está por ejemplo ese gran artista que era -es- el francés pascal Quignard que a sus 54 años, tras publicar 50 libros muchos de ellos premiados y ocupar puestos de primera magnitud se perdió en las brumas extremo -orientales tras ganar el Premio Goncourt en 2002 con el primer volumen (Sombras errantes) de una serie de tres ya publicados, que bajo el título de Último Reino prometía indefinida? ¿Acaso el propio Juan Benet, tan cercano a Javier Marías, pudo poner final a la asombrosa serie de sus Herrumbrosas lanzas, interrumpida por la muerte tras publicar sus tres primeros libros divididos en 14 cantos (1983-1986) -más dos fragmentos póstumos añadidos (1998)- de una inacabada epopeya que su fallecimiento dejó abierta para siempre en 1993?

Pues bien, aquí apenas hay interrupciones, sino digresiones y cada vez más, en este torrente narrativo que quiere acarrearlo todo, empezando por su propia prosa, compleja, total, o por lo menos global, a la manera proustiana, pues es el estilo quien intenta arrastrarlo todo, lo que se dice y contradice, lo que se pone, opone y contrapone, en un brillantísimo ejercicio de lo que se afirma y se niega a la vez, o porque siempre se imagina o se puede imaginar y nadie puede pensar en poner puertas al campo, por sembrado de minas que se encuentre. Entre historias y digresiones, unas quizá reales y las más completamente imaginarias, saltos atrás y adelante, la historia continúa porque siempre hay que ir más allá, y así volvemos a encontrar a Jack (o Jaime, Jacobo, Santiago o lo que sea) Deza, ex profesor en Oxford y traductor, vuelto a España, casado, separado y regresado otra vez a Londres, esperando la visita de una mujer, dejada en suspenso al final del primer volumen, y que se deflaciona cuando empieza el, segundo por lo previsible, pues sólo se trata de una compañera de trabajo que va a pedirle un favor; pero si pensamos que además se cuentan otras muchas cosas -se pasa del "nunca hay que contar nada" del principio al "ojalá nunca nadie nos pidiera nada" que es como comienza este nuevo, porque las palabras siguen siendo el primer sujeto del terror- todo se vuelve a poner en marcha hacia los nuevos abismos que se nos abren ante nuestros ojos ya demasiado fatigados. Y para empezar, nuevo contacto telefónico con la esposa lejana, dejando aparcada a la nueva visitante, para contar la historia de una mendiga y volver a empezar otra vez. Pues además, no hay que olvidar que Jack Deza se ha reconvertido en un espía, y que la narrativa de espionaje es una de las debilidades del actual "Monarca de Redonda", pero que sí es un buen oficio para el narrador de ficciones que es, pues en la realidad puede ser también toda una concepción del mundo, un mundo, claro, exasperado, aterrorizado y sometido a la dialéctica paranoica del miedo, del terror y del terror de su contrario.

Como si el haz del mundo fuera también su envés, y a la maldición de la palabra ("calla y sálvate") sucede la puerta del infierno, pues no pedir nada es renunciar a toda salvación. Así, la ciega Madame de Dudeffand se despide de Sir Horace Walpole, o Juan Benet nos cuenta desde ultratumba que sólo el tiempo puede hacer que las palabras digan la verdad al comunicar a los vivos con los muertos. Si en Fiebre se presentaban los personajes (procedentes de Todas las almas) y se nos contaban historias de nuestra Guerra Civil, en Lanza se nos introducía en el mundo del espionaje, pero ahora vamos más allá, a la acción propiamente dicha. En Baile se nos resuelven algunas dudas -una aún suspendida, la de la visita de la compañera de trabajo, y otra la paródica de la mancha de sangre en la escalera-, pero nos precipitamos en el cuarto canto (Sueño) en otra más feroz de un baile en una discoteca que se disuelve en la caricatura de un ridículo diplomático español, para caer en el castigo del malo y el terror de las palabras. Pues aunque aquí no haya violencia mortal, sí se nos describen sus características con el mayor sadismo. Menos mal que la parodia interrumpe continuamente la tragedia (como en el gran Shakespeare) ya que este libro tiene bastante de ejercicio de traducción y de literatura comparada, pues aparte de las caricaturas expresas (de Bush a Berlusconi, del felpudo Tony Blair no se dice nada y es una pena) se nos describe un mundo originado por el miedo movido por el terror y por el terror antiterror que nunca lo controlará. Y para final -en suspenso- aquí está la vieja despedida cervantina que nos reconcilia con todo, hasta con el mundo exasperado que aquí se nos ha descrito: "Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida". O esta otra versión, por ejemplo: " Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos". Menos mal, porque (Continuará).