15/12/05

Un Faulkner a la semana (IV): El ruido y la furia

El ruido y la furia (The sound and the fury) es la historia de la decadencia de una familia centrada en los hijos de Jason Richmond Lycurgus Compson III y Caroline Bascomb Compson; Quentin (1891-1910), Candace (Caddy) (1892- ), Jason Lycurgus IV (1894- ), y Benjamin (Benjy) (1895- 1936), así como en la hija ilegítima de Caddy (1911- ), llamada también Quentin.
La novela está dividida en cuatro partes cada una de las cuales sucede en un día determinado y tiene un narrador distinto:

Siete de abril de 1928 - Benjy Compson
Dos de junio de 1910 - Quentin Compson
Seis de abril de 1928 – Jason Compson
Ocho de abril de 1928- narrador omnisciente.

Mucho se ha hablado sobre El ruido y la furia, sobre el sentido de lo que se cuenta en la novela, tanto que tras sus primeras ediciones, Faulkner tuvo que incluir un apéndice que a partir de entonces acompaña a la novela como parte de la obra. En el Apéndice se traza una genealogía de los Compson que en cierta manera explica la tragedia de la decadencia de una familia (un hermano suicida, una hermana desaparecida al igual que su hija, un hermano idiota, castrado y encerrado en un manicomio, y un hermano solterón, violento, racista y avaricioso, todos hijos de un padre alcohólico y una madre histérica e hipocondríaca) pero que realmente explica la dependencia de la riqueza con la posesión de la tierra, una tierra que, como desarrollaría en muchas ocasiones Faulkner, se niega a ser poseída o es imposible poseer.

“Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente fracasaría otra vez.”

Y en última instancia nada de todo esto, nada de lo explicado en el Apéndice, nada de lo que podamos extraer de lo que se nos cuenta en la novela tiene demasiada importancia. Porque El ruido y la furia es una magnífica obra maestra en la que lo que se cuenta ocupa un segundo plano. Lo importante, lo magistral es cómo se cuenta.
Y es una excelente ocasión para comprobar como desarrolla Faulkner las distintas voces de la narración a partir de unas premisas muy sencillas que individualizan y caracterizan a los narradores. Y ese es a la vez un logro y un fracaso, ya que uno de los pocos defectos atribuibles a la pluma de Faulkner es la uniformidad a la hora de plasmar sus ideas a través de distintos narradores:
Benjy es un retrasado, “un niño idiota” “capaz de saber lo que sucedía pero no por qué”, es una voz atemporal a la que su memoria marca un presente inmutable a los cambios, una voz caótica en lo que se refiere al orden pero no en lo que se refiere a los sentimientos, una voz primordial que obedece a impulsos primarios, que se prende de los olores, las voces, los nombres, los colores... el color del fuego...
Quentin es un hombre muerto. Es, de todos, el más joyciano de los narradores de Faulkner, aprehendiendo en su último día sobre la Tierra los colores del mundo. Pero mientras el sol brilla luminoso ese día junio sobre Cambridge, Massachussets, la oscuridad del pecado y la culpa invaden el corazón de Quentin. La pérdida, para sus incestuosos deseos, de su hermana Candance, casada dos meses antes, le deciden a quitarse la vida. La muerte y el carácter de albacea de la memoria histórica de la familia, y del Condado, definen a Quentin narrador.
Jason es iracundo, visceral, violento y embustero. Sin embargo no es un narrador engañoso. Lo que se plasma en el papel son los pensamientos enfermizos del tercer hermano de la familia Compson, tan caóticos y atemporales como los de Benjy, a quien odia con toda su alma.
Existe una especie de gradación en la complejidad literaria de los distintos narradores (aunque la “forma” interna de construcción de frases no varía demasiado... siendo éste uno de los detalles que hacen de Faulkner un gran escritor, no se puede decir estrictamente que sea un defecto) un gradiente negativo que culmina con el narrador omnisciente de la cuarta parte, el que podríamos llamar el narrador habitual de Faulkner.
Aunque al escritor según confiesa, le queda la sensación de no haber terminado convenientemente la obra, al lector le queda el Apéndice para completar las lagunas de la narración. Por una vez, sin que sirva de precedente recomendaría a quien se enfrenta por primera vez con El ruido y la furia que lea primero el Apéndice para situarse históricamente con los personajes.
Sin embargo pienso que lo mejor es enfrentarse a la novela sin ningún conocimiento previo sobre ella. Lo que hace que El ruido y la furia sea una obra maestra sin ninguna duda no es precisamente lo que cuenta, aunque también influye, sino la manera magistral de Faulkner de plasmar sobre el papel su magnífico mundo interior (del que era único dueño y propietario)

-¿Qué emoción suscita Benjy en usted?

-La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo, como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno del bien y del mal.



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6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece un buen comentario sobre la novela “El ruido y la furia”, recientemente voy conociendo a faulkner y me ha parecido un escritor genial, no tanto por sus historias sino por los juegos que realiza con los elementos literarios, quiero decir, las multiplicidad de voces que cuentan la historia, el poder de trasmitir lo atemporal, su mirada intimista y a la vez me parece que puede llegar a ser impersonal, la desesperanza y el hastió de sus personajes, dejando así un sabor a nada, sequedad e inapetencia. Logro ver con claridad el parecido con joyce, así como, me da la impresión de ver elementos comunes a la literatura sartreana. En fin, continuo leyendo a faulkner, en estos momentos termino “mientras agonizo” y espero comenzar pronto “absolon, absolon”

Jose Miguel dijo...

Acabo de terminar El ruido y la furia después de haberlo intentado otras dos veces.
Es sorprendente, alucinante, una vez que le agarras la onda. Pero definitivamente no recomiendo meter la cabeza en Yoknapawpa a través de esta obra. Sugiero Luz de Agosto, Sartoris, Absalon Absalon, Mientras agonizo y después todo lo demás.
Me parece que en esta obra Faulkner se permite excesos formales que entorpecen la historia. Tal vez por eso sintió que nunca pudo contarla bien. Y no lo señalo como algo defectuoso, sino como lo que más admiro de él: su disposición a plantearse retos, su despiadada manera de no permitirse ninguna concesión, de no tomar nunca el camino fácil.
Aun así, lo que más me ha deslumbrado es Mientras agonizo, obra hermana de ésta. Creo que en ese caso consigue que el lenguaje (la forma, la forma) específico de cada personaje estén al servicio de la historia, la realcen, la disparen a zonas increíbles.
En este caso, creo que los cuatro narradores no acaban de cuajar del todo. No al nivel de Mientras agonizo, mi favorita.

Felipe dijo...

Muy buen comentario sobre El ruido y la furia. De por sí, ya es muy notable haberla leído, pues no es una novela para un lector común, sino para uno muy atento. Felicitaciones, y... ¿tendrás alguna sugerencia para poder bucear en los libros de Faulkner que son tan ásperos en la superficie y extraerle (como lo has hecho) todos los tesoros? Gracias...

Anónimo dijo...

Estoy ahora leyendo este libro y en la edición que compré no vino el apéndice de Faulkner, pero me serví de tu blog y de otros para comprender un poco cómo venía la mano. Me está gustando, le tuve paciencia, así que espero llegar a buen puerto.
Muy bueno tu blog!

Pulga de Perro dijo...

El único problema que tuve con esta novela es el capítulo de Quentin. El experimento formal resulta demasiado extremado, y desde mi punto de vista me parece un fallo estético. Creo haber leído por ahí que se trata del famoso flujo de conciencia. Y ciertamente, si escuchamos nuestra conciencia de vez en cuando, podremos notar lo caótica que es. E imaginemos lo caótica que será la conciencia de un joven que está a punto de quitarse la vida. Ahora, que ese caos se plasme en palabras, de manera demasiado fiel, parece arriesgado, una mezcla atroz de pensamientos, sensaciones, recuerdos, incoherencias, que para colmo se mezcla con la voz del narrador (porque la conciencia no va narrando por ahí, y Quentin narra de vez en cuando), y finalmente, como si esto ya no fuera extremadamente difícil de digerir y de representar, el rebelde Faulkner decide que esta materia de la conciencia no tiene porque adaptarse estrictamente a las reglas gramáticales. Sin duda, es un capítulo difícil de digerir. Y para mí, y sólo para mí, arruina un poco el conjunto, la armonía que podría haber tenido esta novela en aras de un efecto estético final.

El capítulo de Benjy, siendo también un experimento formal arriesgado, es sublime, es increíble, es la mejor narración de la novela.

Leí a un crítico por ahí que decía que debemos buscar los placeres difíciles y abandonar los placeres fáciles (no simples, la Odisea de Homero es un placer simple, al igual que Marco Polo). Esta novela es un placer difícil, sin dudas. Yo no sé si tenga la paciencia de abordar una segunda lectura.

Antonio Rodriguez dijo...

Es una de las obras más brutalmente líricas que he leído nunca.