9/3/06

Un Faulkner a la semana (XVI): La Mansión

Existe un momento en el que la realidad literaria, la realidad de la ficción inspirada en la realidad sensible y que ha servido de base para crear Yoknapatawpha y a sus habitantes, alcanza, o se iguala, con esa realidad sensible del autor.
Supone una gran conmoción que lleva a replantearse lo realizado hasta entonces.
Ese momento llega, más o menos, hacia el final del relato titulado
Otoño en el delta, de Desciende, Moisés, y es posible que Faulkner, con el mismo estupor que Ike McCaslin en ese relato, comprueba que el problema de la “negritud” no es tanto un problema racial y sí un gran problema social.
Tal vez dentro de mil o dos mil años... ¡Pero no ahora! ¡No ahora! dice el viejo Ike a la mujer descendiente de los Beauchamp, por consiguiente pariente suya, entre quienes se abre un abismo de prejuicios que el propio Ike creía superado. No lo está. Faulkner también lo sabe y comprende que su obra hasta ese momento, empeñada en importar la tragedia griega al Sur de los Estados Unidos, ha servido para mitificar Yoknapatawpha.
Y el mito alcanza a la realidad.
En 1942.

Lo que acabo de contar no tiene nada que ver con la realidad.

La Mansión es la tercera novela de la trilogía de los Snopes y forma junto a la anterior, La Ciudad, un binomio en el que Faulkner desarrolla una tardía obsesión: La de dotar de coherencia cronológica al conjunto de sus relatos sobre Yoknapatawpha.
Al mismo tiempo es más cosas. También, como la anterior,
La Mansión es la novela sobre Gavin Stevens y su total, y aparentemente innecesaria, renuncia a aquello que desea. Es la historia de Mink Snopes y su postergada venganza por el largo periodo que pasa encarcelado por el asesinato de Houston perpetrado en El Villorrio. Y es el final de Flem Snopes, pero un final aplazado durante tantos años que apenas satisface a nadie, un final tan previsible como arrollador había sido el ascenso del personaje. Y es la historia de Linda Snopes en la misma medida que el libro anterior lo era de su madre Eula.

Narrativamente
La mansión sigue la pauta marcada por La Ciudad en la que se alternan los tres narradores, Ratliff, Stevens, Mallison, que proporcionan distintos puntos de vista pero con una única fuente narrativa que comparte un objetivo común, ese “nosotros” que representa a Jefferson y su urgencia por librarse de todos los Snopes que, como una plaga, se han apoderado de Yoknapatawpha. Pero en esta ocasión se le agrega un narrador omnisciente con el que Faulkner recuperará el ritmo, el sarcasmo y el humor habitual en otras obras y que prácticamente en esta ocasión reserva para explicarnos la enrevesada trama tejida por distintos intereses en torno a Mink Snopes, consiguiendo que el despiadado asesino que nos había horrorizado con la sordidez de su crimen en El Villorrio se convierta en el involuntario héroe de La Mansión. Detalles narrativos como el sucesivo gasto de cuarenta dólares desde su salida de la cárcel no sólo son cómicos y enternecedores, sino que suponen la consumación de la sabiduría literaria de su autor. Al final es sólo Flem Snopes y el personaje colectivo “nosotros”, Jefferson, emplea el arma más conveniente para acabar con él, Mink:

De hecho Flem era el único Snopes auténtico que quedaba en Jefferson. El viejo Ab nunca había llegado más allá de la colina, a tres kilómetros de la ciudad (...) Cuatro años atrás Flem había devuelto a I.O. (Snopes) definitivamente a Frenchman’s Bend. Y ya antes de eso eliminó a Montgomery Ward (Snopes) enviándolo al penal de Pachman donde ya estaba Mink (Snopes) (...) Y hace tan sólo un mes, los cuatro medio indios medio Snopes que Byron (Snopes) (el empleado del banco del coronel Sartoris que dimitió recurriendo al sencillo y práctico expediente de embolsarse todo el dinero suelto que pudo llevarse y salir zumbando camino a la frontera más cercana) envió a porte debido desde México le fueron devueltos en cuanto alguien pudo acercarse lo bastante para colgarles las etiquetas de reexpedición antes de que el que tenía la navaja en aquel momento pudiera sacarla. Y por lo que se refiere a los hijos de Eck (Snopes), Wallstreet Panic (Snopes) y Almirante Dewey (Snopes), nunca habían sido Snopes para empezar, puesto que toda la ambición de Wallstreet era llevar un negocio de alimentación al por mayor utilizando el escandalosamente poco snopiano método de venderle a todo el mundo exactamente lo que creían que estaban comprando por exactamente la cantidad que creían que iban a pagar por ello.
(Los apellidos entre paréntesis son añadidos míos)

El único que verdaderamente podría volver a Jefferson era Mink. Y a él reserva Faulkner toda su enjundia literaria: La parte final es una verdadera maravilla y la frase de Linda Snopes tan lapidaria y digna de elogio como la que pronuncia Anse Bundren al final de
Mientras agonizo.

Puro Faulkner.

Sin embargo la novela está contagiada de ese afán de dar coherencia al conjunto de su obra (algo que pienso que ningún lector de Faulkner le hubiese exigido nunca, sabiendo leer entre líneas, sin necesidad de rellenar los huecos) Así las historias subsidiarias tienen tanta o más importancia que las principales (las tribulaciones amorosas de Stevens, la vuelta de Mink a la sociedad) y el autor se deja llevar por ellas, un tanto complacido, dispuesto a congeniar la realidad literaria de Yoknapatawpha con nuestra realidad. Historias que han quedado sueltas en otra obras, justamente sueltas e inacabadas por exigencias de la gran obra, son retomadas por el autor para descubrirnos como, por ejemplo, Jason Compson, uno de los protagonistas-narradores de
El ruido y la furia, es engañado dos veces por Flem Snopes, o cual fue el origen y el final del senador Clarence Snopes que aparece en Santuario y que aparentemente (aquí se aclaran los detalles) no tenía relación con Flem, demostrando que los Snopes representan algo tangible y real dispuesto a adueñarse del mundo. Snopesiano es un adjetivo peyorativo aceptado en muchos lugares.

De esta manera el mundo de Yoknapatawpha se convierte en una realidad plausible, tan intensa y compleja como la mismísima realidad que comparten autor y lector. Consiguientemente es una realidad inenarrable, contradiciendo así la voluntad de Faulkner.

Y es ahora, al final de esta larga historia, cuando este fragmento, que aparece en
El Villorrio, debe ser insertado:
Cuando Flem desciende a los infiernos, su alma, que había vendido al Príncipe de las Tinieblas, ha desaparecido de donde estaba guardada. El diablo quiere echarle, darle un alma distinta, sobornarle, pero no hay manera, Flem permanece impasible reclamando lo que le corresponde legalmente:

-¿Qué le habéis ofrecido?- preguntó (el Príncipe).
-Las gratificaciones.
-¿Y?
-Las tiene. Dice que para un hombre que sólo masca tabaco, cualquier escupidera sirve.
-¿Y luego?
-Las vanidades.
-¿Y...?
-Las tiene. Ha traído una gruesa en la maleta, hechas de amianto especialmente para él, con broches que no se funden.
-Entonces, ¿qué es lo que quiere?- gritó el Príncipe- ¿Qué es lo que quiere? ¿El Paraíso?
Y el anciano servidor se le quedó mirando, y el Príncipe creyó primero que era porque no había olvidado la burla anterior. Pero pronto descubrió que no era ese el motivo.
-No- dijo el anciano servidor- Quiere el Infierno.


(William Faulkner, El Villorrio)

Todos los fragmentos de las traducciones de J.L. López Muñoz para Alfaguara.

Previos:
Bibliografía
Una fábula
Mosquitos
Santuario
El ruido y la furia
¡Absalón, Absalón!
La paga del soldado
Desciende, Moisés
Intruso en el polvo
Sartoris
Pilón
Mientras agonizo
The reivers
Luz de agosto
El villorrio
La Ciudad