21/1/06

Antunes y Nabokov

Se cuentan con los dedos de una mano los escritores que he conocido y me interesaron por su densidad humana. En rigor, son demasiado egocéntricos y casi nunca tienen talento: hay poquísimos libros buenos y ni hablar de muy buenos, y si un libro no es bueno, o muy bueno, su autor, regla prácticamente absoluta, tampoco lo es: toma conciencia de su falta de calidad y se vuelve agresivo, envidioso y amargo. Claro que existen escritores buenos, o muy buenos, agresivos, envidiosos y amargos: Nabokov, por ejemplo, aunque sus libros no sean tan importantes como él imaginaba; son más inteligentes y hábiles que otra cosa. Y, estudiando sus lecciones, se ve que el hombre no comprendía la gran literatura y sólo era capaz de apreciar lo que, de los otros, se prolongaba en él. Se advierte algo de estéril en sus acrobacias, y la atención al detalle le impide la amplitud del vuelo. Acumuló uno tras otro libros bonitos, impecables desde el punto de vista técnico y, no obstante, desprovistos de la llama de la que está hecho el genio.


A pie de página:
António Lobo Antunes
BABELIA - 21-01-2006

Traducción de Mario Merlino.



Puedo estar más o menos de acuerdo con la visión de Nabokov que nos da Antunes, pero... queda por establecer si esta aproximación al escritor ruso es genuina, es decir buena, o muy buena, o si, por el contrario, es una crítica agresiva, envidiosa y amarga... depende de si Antonio Lobo Antunes es un escritor bueno.
A mí me parece que sí lo es... no sólo bueno, sino muy bueno, pero pone tantos condicionantes, añade que "hay poquísimos libros buenos" que su propio juicio puede ser puesto en tela de juicio.
Eso a Nabokov, fino estilista tan preocupado en el detalle nunca se le hubiese pasado por alto... claro que él nunca hubiese escrito un artículo elogiando a Juan Marsé.
No sin Nabokov, hubiese dicho.



Puesto que los comentarios del Haloscan, a parte de efímeros son "para impresionistas" y por el interés que tiene (por lo menos a mí me interesa) se rescatan los comentarios a esta nota.

Gabriela:

Siempre he pensado que el principio de Lolita es uno de los momentos cumbre de la literatura universal.
Un Fiat lux. Vamos, que me encanta, a veces un fragmento luminoso, como una escena o una secuencia cinematográfica, ya sirven para llegar hasta el Olimpo ¿qué opinas?
Un saludo cordial.


Portnoy:

Pues no niego que Nabokov fuese un pretencioso y un ególatra. Tampoco niego que es autor de al menos uno de los momentos cumbres de la literatura,como bien dices, Gabriela, y de muchos pequeños momentos sublimes de perfección literaria (si eso existe, la perfección literaria, debería llevar el calificativo de nabokoviano)
El razonamiento de Lobo Antunes no puede ser una "regla prácticamente absoluta"... ese prácticamente incluye lo contradictorio de su razonamiento y la imposibilidad de englobar a Nabokov en él.
Vamos, que no... que hay que separar a la persona y a la obra... después, si queremos jugar, jugamos, pero como regla fundamental debe primar eso, por un lado el autor, por otro la obra.


Fuca:

Lobo Antunes, un poco exageradito sí que es, ¡mira que decir que los buenos escritores se cuentan con los dedos de una mano y que no puede haber buenas obras si sus autores no son buenas personas! En esta ocasión estoy de acuerdo con Portnoy, hay que separar la persona de la obra, aunque yo algunas veces no lo hago, sobre todo si los escritores están vivos, no leo los libros de los escritores reaccionarios (¿conocéis a algún escritor reaccionario vivo que escriba buenas obras?).

Estoy de acuerdo con Lobo Antunes en su elogio a Juan Marsé, autor de buenas obras, aunque últimamente también ha dejado de interesarme. No sé lo que les pasa a los escritores vivos que me gustaron durante un tiempo bastante largo, a los que les leí prácticamente todas sus obras y ahora, en cambio, sus novelas se me caen de las manos. Las dos últimas novelas de Lobo Antunes casi no puedo terminarlas, la última de Marsé ni la compré. En fin, que cambio yo o cambian ellos, eso es lo que no sé.

Robertokles:

Los comentarios de Lobo no tienen desperdicio. El primero se acerca a las teorías morales de la antigüedad clásica y trata de aunar falta de calidad literaria con falta de calidad humana (pero no dice lo contrario: que un autor de buenos libros tenga que ser necesariamente buena persona). Aduce razones que se antojan un tanto rurales que, bajo el ropaje de la lógica, presentan una desnudez plagada de prejuicios o de endeblez de pensamiento. Al parecer, un autor de una obra que no es buena, siempre tendría que tener plena consciencia de ese delito contra la estética, cosa que sabemos positivamente que no siempre ocurre.

También postula que esa falta de capacidad termina por devenir en la envidia, agresividad y amargura. Visto que es una regla prácticamente absoluta (de la que sólo se salvarían, se sobreentiende, casos aberrantes), y que los buenos autores tampoco están libres de esos pecados, se nos queda un panorama literario pavoroso, similar a los habitantes del Averno. Oscuro panorama es este, vive Dios. No queda lugar para ese caso que nos falta: los malos autores que son unos benditos del Logos. Ni, por descontado, contempla las medias tintas.

El segundo aspecto que me interesa de los comentarios de Lobo está inserto en la frase final: «Acumuló uno tras otro libros bonitos, impecables desde el punto de vista técnico y, no obstante, desprovistos de la llama de la que está hecho el genio.».

Hay que notar que el empleo del adjetivo «bonito» ha terminado por tornarse casi un insulto: su campo semántico se extiende a lo superficial, a lo vano, a lo adornado con propósitos vacíos (Hasta dónde ha llegado el «bonus» de los latinos). Esa misma floritura en la forma (y obsérvese que Lobo parece desligar forma de contenido), pese a sus características de perfección, contienen un fallo, un error gigantesco.

Ese error no es otro que el carecer de la «llama del genio». Para Lobo parece quedar tan claro que no se molesta en explicar cuales son las características de esa llama, ni qué es lo que entiende por genio. Difícilmente puede otearse a qué se refiere. No obstante, los pasos que ha ido dando le resultan familiares al que suscribe, y casi apostaría a que, para Lobo, el «genio» es algo más que un individuo de amplia capacidad para la creación de obras literarias. Es este un punto —y el empleo de la palabra «genio» nos hace sospechar— que nos lleva de cabeza al Romanticismo, y a todas sus teorías (herderianas) acerca del personaje heróico con características suprahumanas, capaz de interpretar el signo de los tiempos y explicarlo de forma artística al común de los mortales.

Como tal, el genio deviene en un «traductor» de las instancias estructurales/espirituales para la grey que no tiene abierto el canal de conexión con Dios (o el Espíritu de los Tiempos, o llámeselo como quiera a este fantasmón que nadie ha visto mas que algún que otro enajenado), y termina por convertirse en un guía espiritual, no sólo en lo estético, sino también en lo cultural (entendida la palabra en su significado extenso). En —digámoslo sin rodeos— un «führer». Estas teorías, que tan en boga estaban en el siglo XIX, y que tan hondos problemas causaron en el XX, al arrogarse algunos esta función interpretativa y rectora, parecen (o deberían parecer)hoy en día superadas.

El problema de la figura del genio no es solo el agigantamiento de una persona con amplias capacidades artísticas: supone la disminución del resto, haciendo tábula rasa de los demás, siendo simplista en la determinación del común de los mortales: o se es genio, o no se es. Así de llano y de simple. No parece posible que haya quienes entienden más, pero que no tienen capacidades (o intereses) creadores; no contempla al estudioso o al analista, cuyos conocimientos pueden ser, con mucho, superiores al de los creadores. Tampoco a las personas con estudios superiores, ni a las que tienen estudios medios. Y, más allá de los conocimientos, a aquellos que tienen particulares facultades de perspicacia, pero que no poseen aplastantes conocimientos sobre el asunto a tratar (digamos: Literatura). La teoría del genio es, en este aspecto, radicalmente simple: todos los mortales, salvo los genios (y queda por ver hasta qué punto no se les reserva un hueco en la inmortalidad), son igual de palurdos, son los mismos menores de edad que precisan la tutela y la guía del sacrosanto «führer».

Decía que hoy en día deberían estar superadas, si no fuera por dos causas: a) Que vivimos en una época en la que se retrocede, se retracta del impulso de la vanguardia, y en el que se vuelven a valorar los sistemas del siglo XIX: la música se vuelve a lo tonal; la novela insiste en el realismo; la pintura se vuelve figurativa; y la estética salta por encima de los postulados de extremo relativismo (véase Adios a la estética, de Jean-Marie Schaffer para entender el panorama de la estética desde 1985 a 1995). Estamos al final de un prolongado hiato (o así se contempla hoy —injustamente—gran parte de la ruptura con lo tradicional en gran parte del siglo XX). En estos tiempos que regresan al seguro hogar conservadurista, no es extraño que un escritor del siglo XXI venga a hablar como lo haría Herder o el mismo Hegel, aunque bastante más ramplón que ellos.

b) Parece también que, al menos, en el caso de Lobo, no se ha molestado en escurrirse mucho las meninges, y ha sembrado sus perlas en los enormes agujeros que ha dejado el locus communis («¡Qué diablos, así no tengo que cavar! ¡Caigan allá esas semillas, y a tomar por saco, que son las seis!»), o que no se le ha dado por reflexionar (o estudiar)acerca de la estética literaria: grave pecado de pereza, que desconozco a ciencia cierta hasta qué punto estará extendido por entre los escritores, pero que me hace temer lo peor, vistos los crecientes casos con los que me topo.

Supongo que notar dos cosas tan peliagudas en un escrito tan breve de Lobo me van a hacer reacio a aproximarme a sus novelas (que no conozco). Quien sabe lo que será capaz de cometer en un lapso de trescientas páginas.

Fuca:

Robertokles, no debemos juzgar una obra literaria por cuestiones ajenas a dicha obra; no puedes dejar de leer la excelente novela de Lobo Antunes, “Esplendor de Portugal” (una de las mejores obras escrita en los últimos 25 años), porque su autor diga un par de tonterías en una entrevista. Lobo Antunes es un magnífico escritor, no lo dudes.


Danae:

Robertokles,

Debo reconocer, antes de nada, que me aterra tener que reconocer que, a partir de cierto punto, no estoy en absoluto de acuerdo contigo. Me siento ante ti absolutamente insignificante. Así que perdóname, porque no podré explicarme tan bien como lo has hecho tú, y seguramente no podré apoyarme en argumentos tan brillantes.

Pero, en fin, no estoy de acuerdo contigo en lo que respecta a la figura del genio. Convengo contigo es que el texto de Antunes es bastante insulso, que la relación que defiende entre la calidad literaria de una obra y la calidad humana de su autor no se aguanta de ninguna de las maneras, y que el uso que hace del adjetivo ‘bonito’ no se ajusta demasiado a las obras de Nabokov, ¿pero qué problema hay con aceptar la figura del ‘genio’?

“... casi apostaría a que, para Lobo, el «genio» es algo más que un individuo de amplia capacidad para la creación de obras literarias. Es este un punto —y el empleo de la palabra «genio» nos hace sospechar— que nos lleva de cabeza al Romanticismo, y a todas sus teorías (herderianas) acerca del personaje heróico con características suprahumanas, capaz de interpretar el signo de los tiempos y explicarlo de forma artística al común de los mortales.”

Me parece una definición tan acertada que me sorprende que no la compartas. A mí me parece evidente que hay ciertos individuos que tienen una perspectiva del mundo en el que viven a la que los demás jamás accederemos. Podemos ‘comprender’ hasta cierto punto, pero la del genio es una comprensión profunda de la que la mayoría de nosotros sólo vemos destellos. ¿Qué nos impide aceptar la existencia de esos individuos? ¿Qué nos impide aceptar su excepcionalidad, su trascendencia?

Lo que hace de un genio un ser ‘peligroso’ no es él en sí mismo, sino la ceguera de los que le siguen. Del mismo modo, un ‘führer’ es, en un principio, poco más que un pequeño ser con una gran carga de paranoia que consigue atraer hacia sí a las masas, encantadas de poder delegar en él la responsabilidad de sus vidas. De ahí nace su poder, y los abusos que de él haga. No creo que la comparación entre ‘genio’ y ‘führer’ sea apropiada, aunque la convicción con que defienden su particular visión sea similar. La responsabilidad de saber diferenciarlos es nuestra.

”El problema de la figura del genio no es solo el agigantamiento de una persona con amplias capacidades artísticas: supone la disminución del resto, haciendo tábula rasa de los demás”

Yo no creo que la aceptación de la figura del genio deba llevar necesariamente a la anulación de todo lo demás. No entiendo por qué llegas de forma tan directa a esa afirmación. Además, después de pasar por tu blog, me ha parecido incluso desconcertante que la hagas y que tú justamente no estés de acuerdo con ella. En el encabezamiento de tu blog se lee: “Un lugar dedicado a la Alta Cultura. Desde la Bella Música a la Gran Literatura.”. En fin: ¿‘alta’, “bella’ y ‘gran’? Es decir, que sí existen categorías y que por tanto existe lo ‘bajo’, lo ‘innoble’ y lo ‘pequeño’. Quizás no te he entendido correctamente, porque me parece algo contradictorio.

“No parece posible que haya quienes entienden más, pero que no tienen capacidades (o intereses) creadores; no contempla al estudioso o al analista, cuyos conocimientos pueden ser, con mucho, superiores al de los creadores.”

Creo que aquí, y muy legítimamente, no me confundas, estás llevando un poco lejos las aseveraciones de Antunes. No sé si todo esto no le quedaría un poco grande....

No creo que la medida del genio se rija por una serie de ‘conocimientos’. Por eso hay tantos buenos escritores que no aprobaron ni un examen de primaria. Puede haber teóricos que alcancen una comprensión de la obra a la que no hubiera aspirado ni el propio autor, no te lo niego. Pero, ¿tiene para ti la misma categoría un estudio sobre la obra de Dante que la mismísima ‘Divina Comedia’? Y ya sé que justo el ejemplo de Dante quizás no sea el más adecuado, pero creo que puedes entender lo que quiero decir. Yo no niego la validez de otro tipo de sabiduría, pero es eso, otro tipo de sabiduría.

”Decía que hoy en día deberían estar superadas, si no fuera por dos causas: a) Que vivimos en una época en la que se retrocede, se retracta del impulso de la vanguardia, y en el que se vuelven a valorar los sistemas del siglo XIX: la música se vuelve a lo tonal; la novela insiste en el realismo; la pintura se vuelve figurativa; y la estética salta por encima de los postulados de extremo relativismo”

Totalmente de acuerdo contigo. Una lástima esta ruptura con tendencias que tanto prometían. Pero en cuanto al extremo relativismo, ¿no te parece que es tan peligroso como el extremo absolutismo? ¿No crees que es necesario evitar cualquiera de los dos extremos? El relativismo conduce a un empobrecimiento, a una avalancha de mediocridad. Considero que es esencial que exista un arbitraje, pero esto no significa necesariamente que deba estar en manos de un solo individuo y que los demás nos situemos como meros espectadores. Creo que se trata de nuevo del mismo problema que no entiendo: el del rechazo a aceptar que la cultura está estratificada, por mucho que nos duela no estar a la altura que desearíamos.

Y sí, comparto contigo todas las consideraciones que haces respecto al calado del texto de Antunes. Vuelo bajo a toda página. Pero es muy amigo de la directora de Babelia, Mª Luisa Blanco... shhht. No quiero ser suspicaz.


Robertokles:

Bueno, Fuca, tú sabes que si leo o no leo a Antunes después de ésta tendrá que ver más con mi particular irritación que con las capacidades de Antunes como novelista, que no tienen que ser malas por los comentarios críticos que su autor pueda expeler . Ahora mismo estaba muy enredado con Diderot, autor muy fértil en decir barbaridades de crítica literaria, y no por eso voy a dejar de leer el Salón, ni El Sobrino de Rameau, ni Jacques el fatalista. En este caso tienes razón: no sé por qué le permito más a Diderot que a Antonio Lobo Antunes («porque está muerto», me susurra una vocecita malévola)