30/1/05

Auschwitz

Pero, por otra parte, no entendía como me podían pedir cosas imposibles, y les hice saber que mi experiencia había sido real y que yo no podía mandar sobre mis recuerdos. Podría empezar una nueva vida, explique, si naciera de nuevo, o si alguna enfermedad acabara con mi mente, haciéndome olvidar todo por completo, pero que no me desearan ninguna enfermedad, ni ningún mal de ese tipo. “De todas formas –añadí - yo no me di cuenta de que eran horrores”; se quedaron muy sorprendidos con mi respuesta y preguntaron como debía de interpretarse eso de que “no me di cuenta”. Entonces les pregunte que habían hecho ellos durante aquellos “tiempos difíciles”. “Pues... vivir”, dijo uno. “Intentar sobrevivir”, dijo el otro. Claro, observé, habían dado un paso tras otro. Querían saber que significaba eso de los pasos y yo les conté como se hacía eso en Auschwitz. Había que calcular mas o menos -les dije, añadiendo que tampoco conocía los números exactos- unas tres mil personas por tren. De ellas, por ejemplo, mil hombres. Sin contar las personas que estaban al principio y al final de la cola, había que calcular un segundo o, como máximo, dos para cada examen de aptitud. Entonces, para los que nos encontrábamos hacia la mitad, como yo, había que calcular una espera de diez o veinte minutos hasta llegar al punto donde se decidía si íbamos al gas enseguida o nos quedaba de momento cierta posibilidad de seguir con vida. Entretanto, la cola se movía, avanzaba sin parar, todos íbamos dando pasos, más grandes o más pequeños, dependiendo de la velocidad del procedimiento. (...)
Los dos viejos me preguntaron que “a que venía eso, qué quería decir con eso”. Les dije que nada en especial pero que no había sido exactamente así, las cosas “llegan”, pero nosotros también avanzábamos. Sólo ahora parecía todo hecho, acabado, zanjado y terminado, como si hubiese “llegado” así, con mucha rapidez, y poca transparencia, sólo ahora que mirábamos hacia atrás, al revés. Y claro, también si hubiéramos conocido nuestro destino por adelantado... De aquella manera solo podíamos haber estado viendo el paso del tiempo. Sin embargo, un beso, un solo beso podía tener la misma importancia que un día inmóvil en el edificio de la aduana o las cámaras de gas. Así es: si miramos hacia atrás nos equivocábamos; y también nos equivocábamos si mirábamos
hacia delante, las dos cosas estaban equivocadas. Al fin y al cabo, veinte minutos son bastante tiempo, de manera relativa y también de hecho. Cada uno de aquellos minutos empezó, transcurrió y acabó; y después empezó el siguiente. Ahora, seguí explicándome, cada uno de aquellos momentos en realidad habría podido traer algo nuevo. No trajeron nada, pero habrían podido hacerlo. Había que reconocer que cada instante hubiera podido traer algo nuevo, algo diferente de lo que trajo, en Auschwitz y también en casa, por ejemplo en la noche que habíamos despedido a mi padre. (...)
“¿Pero que es lo que habríamos podido hacer?” (...) Le dije que nada, por supuesto, o algo, cualquier cosa, lo que hubiera sido una locura, como la locura de no hacer nada, claro, la locura de no hacer nada.


Imre Kerstèsz, Sin destino

Una entrevista con Kerstèsz