29/12/05

Un Faulkner a la semana (VI): La paga del soldado

LA PAGA DEL SOLDADO Soldiers’ Pay (1926)

La paga del soldado es la primera novela publicada por Faulkner. Lo que me sorprende ahora, tras su relectura, es comprobar como de alguna forma la mayor parte de la narrativa de su autor se encuentra concentrada en las páginas de La paga del soldado:

Con La paga del soldado descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga del soldado y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.


Escrita por “diversión” la novela, al igual que posteriormente Mosquitos, avanza a base de diálogos, elemento del cual prácticamente prescindiría en su “madurez literaria”. Son unos diálogos en algunos momentos construidos al modo de las screwball comedy y en otros al modo de la novela negra: cinismo, ironía, verdades hirientes, lujuria soterrada... pero que acaban describiendo perfectamente a los personajes, cosa extremadamente difícil empleando el recurso del diálogo. Sin embargo las descripciones, los momentos de stream of consciousness o de dispersión de la narración a través de múltiples voces, que en ocasiones parecen gemir y gritar su impotencia más que contar, la prefiguración de Jefferson en la “real” Georgetown (todo lo real que puede ser una ciudad escrita), la estratificación social, tan importante en toda su producción, los aviones y las trincheras, a los que volvería en Pylon o en Una fábula, esbozan los futuros temas de sus novelas.

La paga del soldado es una obra primeriza que parece no serlo. Personalmente me parece más una obra de aprendizaje Mosquitos que ésta. Cuenta además con el impacto de lo narrado, la historia de un grupo de personas golpeadas por la guerra entre las que se establecen una serie de afinidades y odios imposibles de ser satisfechos, con la peculiaridad, como se dice en la novela, de que “nadie había pensado nada sensato sobre aquel asunto, que se había ido solucionando sin emplear la inteligencia”. Más que el escritor, parecen ser los personajes quienes hacen gala de su inexperiencia en la vida, una vida en la que sus dos principales motores, según se desprende de La paga del soldado, son el sexo y la muerte.
Y en torno a la previsible muerte de Donald Mahon, una larga agonía bajo porches y árboles en jardines, una intriga de lujuria y amor, de deseo y desesperanza, se desenvuelve como un baile en el que cada uno ocupa su lugar preciso:

Le acogieron con la efusividad de los que se reúnen por una invitación, pero no están seguros de ser bien recibidos ni de si las sorpresas que les depare esa invitación serán de su agrado. Lo recibieron como a uno aliado, como a uno de ellos, con extrema cordialidad, porque en este caso los hombres de aquel grupo eran los eternos campesinos o provincianos de una nación espiritual, perdidos en aquella atmósfera relativamente metropolitana y completamente ajena a ellos. Sentirse campesino o provinciano quiere decir vivir de acuerdo con unas reglas de conducta un tanto convencionales que, inexplicablemente, han pasado de moda.

Trad. J. Gómez del Castillo, para Caralt


Previos:
Bibliografía
Una fábula
Mosquitos
Santuario
El ruido y la furia
¡Absalón, Absalón!