29/11/07

Imre Kertész, Diario de la galera: El castillo de Kafka

Junto a Bohumil Hrabal, Kertész es al segundo autor centroeuropeo a quien leo afirmar que los occidentales (¿?) no entendemos a Kafka... ¿deberíamos replantearnos una relectura de las obras de Kafka olvidando todos nuestros prejuicios?
Un fragmento de
Diario de la galera, de Imre Kertész:

¿Es realmente tan misterioso el castillo? De hecho, está descrito con precisión. Se halla a la vista del pueblo, sobre una colina más o menos lejana a la que, de todos modos, se accede con facilidad. La novela menciona una camino que conduce a él. Evidentemente, el camino no sirve sólo para ir del castillo al pueblo, sino también del pueblo al castillo. Sin embargo, todos creen y se resignan a que no se puede entrar en el castillo, lo cual adquiere el carácter de un consenso con rango de ley. Aun así, lo vemos: los vecinos del pueblo podrían emprender, todos cogidos de la mano, el camino hacia el castillo y recorrerlo hasta el final. Las murallas del castillo no están defendidas ni por cañones ni por ametralladoras; el texto no menciona ni una sola vez ni al ejército ni a la policía. Podrían pedir entrar o incluso tirar abajo las puertas, pero no lo hacen, el pueblo se pone de acuerdo en la imposibilidad de entrar en el castillo; sólo pueden entrar determinadas personas, reuniendo determinados requisitos y en determinadas circunstancias. Los vecinos aceptan un orden imaginado, unas reglas de juego, y basan sus vidas en estas reglas de juego, como si ese orden fuese el orden de la vida o de la naturaleza. La libertad de K. es su decisión (de entrar en el castillo); su error, la aceptación del camino oficial; la consecuencia: el desgaste. K. es el Lohengrin de la libertad; pero no vuelve al castillo de los caballeros del Grial, sino que sucumbe probablemente entre los hombres. La frase clave de la novela se encuentra en otro libro de Kafka, en El proceso: «La mentira se convierte en principio universal». El proceso novela este descubrimiento; El castillo, este principio universal. Llama la atención que todos los valores son inmanentes a la novela. Así, por ejemplo, el afán de acceder al castillo, Frieda, Amalia, etcétera. Sólo el castillo podría simbolizar un mundo trascendental. No es ni más ni menos que un símil poético, sin embargo: la vida como un castillo al que el ser humano nunca puede acceder. No obstante, la novela no se basa en esta modesta, modestísima metáfora. El castillo es un hecho, un conglomerado de objetos descritos de forma realista: campana, torre, murallas, bastiones; a veces, desde luego, se refleja en una luz particular, pero vemos este reflejo en la refracción de las conciencias que se relacionan con él. El gran descubrimiento de la novela no es, desde luego, el símil mediocre que hemos mencionado, sino más bien el protagonista. K., el enviado, el—insistamos—Lohengrin de la libertad, que parece haber llegado al pueblo a romper el consenso y acceder al castillo. En el transcurso del tira y afloja que se produce en la novela queda cada vez más patente que K. puede quedarse en el castillo bajo determinadas condiciones, concretamente, si acepta dichas condiciones, que son las impuestas a un forastero tolerado. Esto, sin embargo, se opone directamente al objetivo fijado: K. no quiere ser ciudadano del pueblo —no es ésta su dura e implacable tarea—, sino acceder al castillo. No se dice por qué quiere entrar, y por eso mismo resulta del todo claro: por el paradigma, para romper el orden mundial. Como he señalado, Kafka jamás pone en duda la realidad objetiva del castillo; ni una sola palabra remite a la posibilidad de que el castillo fuera otra cosa, que no fuera el castillo presentado y descrito por el autor. Conclusión: El castillo no es más que la imagen universal de la servidumbre del consenso; es genial, y por eso señala más allá de su objeto, pero no deja de ser la imagen universal de la servidumbre del consenso. Todos los europeos del Este lo saben perfectamente y lo callan, aterrados. Repiten, aterrados, lo que dice Occidente (que no entiende la novela): que El castillo es algo trascendental, al tiempo que comprueban, pasmados, que es un diagnóstico preciso de Europa del Este, la imagen universal de la servidumbre del consenso.



Imre Kertész, Diario de la galera.
Traducción de Adan Kovacsics para El Acantilado

5 comentarios:

Mejzlík dijo...

"No quiero tener ninguna placa conmemorativa, pero en caso de que la instalen en un edificio, que la coloquen a la altura donde orinan los perros"

Bohumil Hrabal


Quizás lo que pasa es que los checos tienen o tenían más sentido del humor que los "occidentales" (o por lo menos que algunos occidentales franceses)

Creo que el Svejk de Hasek fue algo asi como un best seller para los checos. Aquí no creo que sea precisamente un éxito de ventas, y eso que no recuerdo haber leído un libro más hilarante que ese, bueno, tal vez el Tristram Shandy...

Creo haber leído en varios sitios que Kafka leía a sus amigos sus escritos y éstos se desternillaban de risa. A Joseph K. lo van a arrestar dos tipos y no está escrito que sean de la policía, y el tipo en pijama va y no los manda a hacer puñetas... Es para reírse. Claro que un traductor francés convirtió por arte de magia a esos dos don nadie en "inspectores". No es si ese accidente es un rasgo occidental o simplemente un rasgo del poco sentido del humor del traductor... pero tal vez sea una nimiedad significativa.

Kafka y sus interpretadores... Buen prólogo de Gabriel Ferrater a su traducción al catalán de El Proceso.

Salut!

Kafka, Kafka, Kafka!!!

Anónimo dijo...

es: Bohumil, no Buhomil

Carla Bodoni dijo...

Es cierto que los occidentales siempre hemos leído a Kafka con una especie de angustia y sufrimiento de los que, objetivamente, resulta muy difícil desprenderse. No sé si deberíamos replantearnos una lectura de las obras de Kafka olvidando nuestros prejuicios, sencillamente porque eso resulta imposible. Ya lo dejó claro la estética de la recepción. Hasta los formalistas rusos de principios del siglo XX lo dejaron claro. Leemos e interpretamos los textos según lo que somos. Está bien que Kertész y Hrabal nos enseñen otro punto de vista, que seguro que nos ayudará a enriquecer nuestra lectura y comeprender mejor el entorno y las motivaciones de Kafka, pero por mucho que sepamos que los amigos del escritor se reían a carcajadas al escuchar sus textos, no por ello creo que debamos intentar renunciar a nuestros prejuicios. El olvido en la literatura, creo, siempre es malo... y al contrario, todo lo que signifique sumar y añadir debe tomarse como bueno. Un saludo, Portnoy

Carla Bodoni

Portnoy dijo...

Si no digo que no, Carla, que hay que sumar... lo que no quiere decir que no me quede con la sensación de que el esfuerzo de releer a Kafka intentando entenderlo desde otra perspectiva debe ser, como mínimo, interesante... o en todo caso aceptar que lo que "entendemos" no es lo que el autor nos quería transmitir... un ejercicio vilamatiano, por cierto.
El soldado Svejk es muy divertido, sí... en su momento me pareció kafkiano, Mejzlík. Gracias por el comentario.
Gracias, Carla, or pasarte por aquí.
Y gracias al corrector anónimo... cosas de la prisa.
Un saludo

Brujo dijo...

Los amigos de Kafka se reían cuando él les leía algunos de sus escritos, pero se cuenta que cuando Franz leyó "La colonia penitenciaria" no pocos asistentes a la lectura se levantaron confesándose indispuestos por la náusea que les hacía sentir el relato...
No cabe duda que en Occidente las interpretaciones sobre los textos de Kafka ya han sido "retocadas" por otros interpretadores antes de leerlos, antes de sumergirnos en el universo kafkiano -si es que eso existe, quizá una dimensión, quizá la fractura o la grieta de Kafka...-.
La senda de Kafka parece pertenecer a las sagas que desde el fondo del dolor existencial proponen una lucha (o la epifanía de ésta lucha) contra el Poder, cualquiera que éste sea...

El fragmento de Kertész es espléndido, vale la pena releerlo por lo menos sietes veces...