27/9/07

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Los textos de H no avanzaban narrativamente. Parecían detenidos en instantes escogidos. Eran una sucesión inconexa de imágenes sobreadjetivadas.

Puesto que estaban almacenados en distintas carpetas (El Otro, La habitación, Hipertexto, Canciones, La caja...) no había relación entre ellos, sin embargo parecían pertenecer a un todo inconcreto en el que predominaba un tono lúgubre, una atmósfera agobiante, cierta urgencia y ansiedad.

Se lee en Los n despertares de A.P.:

Nuestra vida es una sucesión de otros yo atados por la memoria, pero apenas soy yo cada mañana. Me despierto en un lugar desconocido y el esfuerzo de invocar a los otros, los que fui, no es suficiente para desenmarañar el impenetrable andrajo que embota mi cabeza.

En El Otro:

Entro en la habitación en penumbra tras los pasos del hombre que me aguarda en su centro. Ya no parece un anciano, ni siquiera un jinete (¿cómo puedo?) Semeja un hombre de edad indefinida. El abrigo marrón es invariable, aún agitándose por la inercia de la carrera, como si fuera la prenda la que definiese a la persona, la poseyese, la utilizase. La habitación está completamente vacía. (Un cubo perfecto de vacuidad respirable) El hombre me escruta, tal vez el abrigo le obligue a hacerlo. Tal vez el abrigo esté forrado de invisibles zarcillos que se introducen en la piel de quien lo lleva, anclándose, hurgando, horadando, extendiéndose como una maraña interior que al final controla al portador. Tal vez el abrigo me esté mandando estas recurrentes imágenes sobre una improbable intro-Medusa.

Y en Hipertexto:

...diáfano cielo azul hiriente incrustado en las costillas del tiempo que se pierde en la distancia del tiempo que se pierde...

y así...

(continuará)