5/2/05

Lars von Trier: Realidad y ficción en los dos lados de la cámara (II)

Había dejado aparte estas tres películas de Lars von Trier, Dogville (2001), Europa (1991) y El elemento del crimen (Forbrydelsens element, 1984, porque creo que son aquellas en que más se manifiesta la voluntad del autor de hacer patente el hecho fílmico rodeándolo de una puesta en escena peculiar. Con esto Trier consigue una, digamos con atrevimiento, metanarratividad cinematográfica que distingue su filmografía.
La tesis que sostengo, que no es que pretenda sentar cátedra, es sólo una forma de acercamiento a su obra, es la de que Trier fundamenta sus películas intentando acercarse de una forma que quede patente la imposibilidad del hecho de que es posible la plasmación de la realidad a través del cine.
El lenguaje cinematográfico, como el literario, que en un tiempo también se creyó capaz de plasmar la realidad, tiene sus propios recursos. Trier emplea esos recursos, aún cuando los niega, como en el caso de Dogma, y los hace patentes en la pantalla. La cámara al hombro, que tantas quejas recibe en ciertos sectores, pone de manifiesto la presencia del operador: La cámara es omnipresente en Trier, no podemos olvidar como espectadores que estamos viendo a través de los ojos, la cámara, de otra persona, con lo que la objetividad queda desplazada, quedando todo supeditado a una cuestión de “punto de vista”
Este recurso de Trier es común a todas sus películas, pero hay más recursos empleados por el director para hacernos ver la irrealidad de lo filmado.

El elemento del crimen (Forbrydelsens element, 1984) es en apariencia un policiaco en la misma medida que lo era el cuento de Borges La muerte y la brújula. Lo cito porque alguna convergencia tiene el relato con la película en lo que concierne al tema del crimen, al igual que la ambientación tiene que ver con la literatura de Kafka. Para Fisher, protagonista de la película, intentar resolver la serie de crímenes, supondrá un viaje por una Europa caótica, con las heridas de la guerra abierta, azotada permanentemente por un viento frío. Y es en este sentido en el que la estética de Trier se desborda: La película muestra en sus imágenes el desánimo, la decadencia, la corrupción de un mundo antiguo y castigado por el tiempo. Que Fisher descubra o no al culpable no cambiará en absoluto el escenario herrumbroso y gélido que la puesta en escena logra crear.


Europa (1991) hace hincapié en la misma técnica que El elemento del crimen, desmesurar la puesta en escena. En esta ocasión Trier apuesta por los trucos cinematográficos que, supuestamente, más aportan a la narración cinematográfica cuando menos evidente son. Dando la vuelta al concepto de truco (transparencias, superposiciones, montaje, maquetación...) Trier los expone demoledoramente basando todo su relato en la exposición cruda del lenguaje cinematográfico. La irrealidad en Europa viene remarcada por la voz en off que nos hipnotiza desde los primeros minutos de la película, trasportándonos a un mundo ficticio y buscando la identificación espectador-protagonista, así, lo que vemos-vivimos, se transforma en una ensoñación que justifica mostrar las entrañas del lenguaje cinematográfico.




Trier nos ha mostrado sucesivamente la exhuberancia del decorado (El elemento del crimen, 1984), el proceso de creación de una película (Epidemic, 1988, no vista por este cronista), las entrañas del lenguaje cinematográfico (Europa, 1991), la imposibilidad de mostrar la realidad a través del cine (Idioterne, 1998), la falacia de los géneros clásicos y su desconexión total con la realidad (Dancer in the dark, 2000), hasta llegar a la que me parece es una de sus obras maestras, Dogville, 2003.



He vuelto a dejar fuera a Breaking the Waves (1996) porque en esta ocasión Trier se decanta una historia cuya puesta en escena es de corte clásico, aunque se podría destacar su desmedido melodramatismo. Rompiendo las olas es un película visceral tanto en lo que respecta al guión como a la interpretación, una película que remueve al espectador y contagia el sufrimiento de su protagonista. Esa desmesura es el único punto que nos aproxima a la irrealidad de la película, a la desconexión realidad ficción. Parece que Trier abandona en este film lo que parece ser una de sus principales características. Pero esa redundancia en lo irreal es claramente apreciable en los sostenidos paisajes que encabezan cada una de las partes de la película, estructurada como una novela decimonónica a través de diversos capítulos. Los irreales paisajes con su exuberante iluminación y coloración funcionan a modo de aviso por parte del director, llamando la atención continuamente al espectador sobre el carácter fílmico de lo representado.


Próximo capítulo, Dogville.