2/3/07

Para Esmé, con amor y sordidez

"Decidme vosotros, padres y maestros, ¿qué es el infierno? Yo creo que es el dolor de no poder amar. Dentro del ser infinito, fuera del tiempo y del espacio, una única vez le es dada la naturaleza espiritual, al aparecer sobre la tierra, la posibilidad de decirse a sí mismo: existo y amo"
(Dostoievski, Los Hermanos Karamazov).


En Para Esmé, con amor y sordidez, lo más importante ocurre fuera del texto.

El paradigma del narrador es la frase inicial de Moby Dick, de Melville: Llamadme Ismael.
O como dice Philip Roth, la memoria tiende a la mistificación. El narrador en primera persona maneja la memoria a su antojo.
¿Debemos dudar? No. La mentira es la esencia literaria; la invención y la ficción los fundamentos del relato.
Así la escena inglesa es casi idílica, el encuentro con Esmé entra en la categoría de lo plausible literariamente (y llama a Teddy, como ya veremos) El narrador es dueño del relato.
Y entonces renuncia a su poder.
Nuestro narrador (no Salinger, recuerden) desaparece, se oculta en la tercera persona, se disfraza “con tanta astucia que ni el lector más inteligente podrá reconocerme”
Pero Bolaño nos ha educado bien.

Esta ruptura narrativa, esta recolocación en el texto del narrador-protagonista (yo-X), es, cuando menos, singular. Obedece al transcurso del tiempo, una obsesión de Salinger que en algunas ocasiones le lleva a intentar superponer el tiempo de lectura con el tiempo interno del relato.
No en Para Esmé.
El tiempo transcurre rápidamente. La acción sucede en dos días separados más de un año entre sí: Desde abril de 1944 a varías semanas después del 8 de mayo de 1945. La carta está escrita el siete de junio de 1944, un día después del desembarco aliado en Francia. En ese tiempo el Yo de la primera parte se ha convertido en X, “un joven que no había salido de la guerra con todas sus facultades intactas”
En ese tiempo en blanco del relato algo se ha roto en el narrador de la primera parte.
Ahora X lee los libros de una mujer a la que detuvo... esa es quizás la única ocasión en la que nos asomamos al infierno que permanece fuera del relato. Quizás la mejor manera de acercarse literariamente a la sordidez sea evitándola. Por eso lo más importante del relato queda fuera del texto y sólo podamos intuirlo a través de un cuento sórdido, de una frase de Dostoievski prologando un libro de Goebbels y, sobre todo, a través de ese reloj roto que X no puede comprobar si funciona porque “le faltó coraje”.

(Personalmente, me parece extraño encontrar a Bolaño en un relato de Salinger... muy extraño)



Sigue Pretty mouth and green my eyes. Elija su
camino:

-|1|2|3|4|5|6|7|8|9|10|11|12|13|14|15|16|17-

11 comentarios:

Duquena dijo...

Me estás haciendo releer los nueve cuentos, Portnoy! Este era uno de mis preferidos en mi primera lectura, y veo que me sigue gustando. Aparte de la habilidad diría que "amable" que tiene Salinger para inventarse diálogos con niños (o algo más que amable, creo que a veces logra transmitir esta inocencia absoluta, más allá del bien y del mal), me interesa que, una vez más (o como en la vida misma) un hecho insignificante puede dar un giro o un empujón a la biografía de alguien. Porque dar con la carta de Esmé es un hecho insignificante, no nos dejemos engañar por el hecho de que en la primera parte del cuento el narrador le haya dado relieve. Y además de ser insignificante porque en este año y pico han pasado muchas más cosas, muchísimas más cosas "significantes" (e insignificantes), también lo es, digo, porque en principio es la lectura de la carta lo que da el empujón a X, pero podría haber sido perfectamente otra cosa. Al señalar la carta como el "hecho clave", Salinger (y aquí está el acierto del cuento y el triunfo de la intención que creo que debía tener el autor) no da importancia a este hecho en sí. Sólo señala que "algo" (con sus connotaciones, claro está, con su contraste con una situación actual más siniestra, sórdida) impulsa un cambio. El acierto, repito, creo que reside en transmitir la imposibilidad de designar a priori cuál será el hecho que nos hará modificar la ruta, la imposibilidad de programar ese cambio de ruta. Y de ahí, tal vez, nuestra insignificancia o, mejor dicho, nuestra ignorancia supina. Suponer, a posteriori, que era previsible, o que este hecho en concreto estaba destinado a ser el que modificara la ruta, es de una soberbia conmovedoramente humana. Creo que Salinger no cae en ella.

Puede que lo mejor del cuento no sea una temática que nos eleve, una clave para la vida, una apuesta por la inocencia, o la poesía, o... No. Creo que lo mejor del cuento es la formalización misma en forma de cuento, en forma de literatura, de una idea determinada. Es decir, intuyo en Salinger a un melancólico profundo, a un pesimista maravillado con la vida, si esto es posible.

Otra cosa, una curiosidad. En catalán, el cuento se llama: "Per a Esmé, amb amor i abjecció" (abyección? sordidez?)

Duquena dijo...

Se me ocurre ahora, releyendo el comentario, una asociación con "La dolce vita" de Fellini. Posiblemente se le haya ocurrido también a más de uno. Hacia la mitad de la película, el embrutecido Marcello, que parecía llamado a más altos fines artísticos que la persecución de famosos a la que se entrega como periodista, habla con un antigo amigo, culto, que en apariencia ha permanecido fiel a unos ideales que probablemente compartió años atrás con el propio protagonista. Marcello sufre un amago de renuncia a la vida frívola y, en la siguiente escena, lo vemos en un chiringuito en la playa (y creo oír ahora esa espléndida banda sonora de Nino Rota) con la máquina de escribir, presumimos que volviendo a un antiguo proyecto literario. La camarera es una jovencita rubia angelical, bellísima, casi una adolescente, con una sonrisa luminosa: un refuerzo para esta opción que le parece haber vuelto a tomar, la de la belleza.

Pero la recaída era una falsa alarma. El embrutecimiento no sólo retoma, sino que se acentúa, hasta aquella escena final en la que Marcello y los demás participantes en una orgía, acaban la fiesta ya de mañana en una playa, donde acaban de pescar algo monstruoso (no sé si una cabeza de caballo, no sé si me estoy confundiendo con otra película, quizá "El tambor de hojalata"). Y cuando Marcello regresa ya desde la playa, caminando con el característico torpor postborrachera, de repente ve, del otro lado de un torrente en la playa a la muchachita rubia de aquella otra escena, que le hace señas y le saluda, fresca, matinal (qué magnífica escena). De entre la bruma de la borrachera Marcello la reconoce, pero no oye qué le dice la chica. Da igual, ya no es el ruido ambiental, Marcello y la joven ya hablan diferentes idiomas.

Respecto al cuento de Esmé, La dolce vita ya no es la expresión de un melancólico como Salinger, sino de un nihilista como fue el Fellini de esa época.

Matías Pailos dijo...

Confieso que a mí no me parece tan extraño. Salinger suele, contra las costumbres de Bolaño, ser ampuloso, digresivo y charleta. Se lo agradecemos y lo queremos así. (La sordidez es por ellos compartida.)
No sé qué pensar con respecto al enorme dispositivo narrativo que para Salinger constituyen las cartas. (Fanny y Zoey, de hecho, comienzo con Zoey leyendo una carta en la bañera con las cenizas de un extinto pucho anhelando liberación.) Quizás Salinger prefiera tener a un interlocutor mudo como testigo de cada una de sus afirmaciones. En este sentido, buena parte de Salinger sale de la 'Carta al padre'.

Astrolabio-jsa dijo...

Me gustó esto: "Dostoievski prologando un libro de Goebbels". El demiurgo que, inclusive, puede echarse a perder. Saludo.

Portnoy dijo...

El prólogo es una admonición, Jorge: "Abandonen toda esperanza aquellos que lean estas páginas"
En este laberinto que son las multireseñas de los Nueve cuentos de Salinger encontrarás de todo, Duquena. La verdad es que hace años había leído El guardián y el recuerdo no era demasiado grato. Nunca entendí la importancia de Salinger en el panorama literario estadounidense. Ahora, leyendo sus relatos, estoy captando esa importancia y la influencia que sobre muchos narradores ha tenido... Cheever y Carver, por ejemplo... y sobre todo el minimalismo narrativo de la segunda mitad del siglo XX... y, lo que más me sorprende, aunque debería sospecharlo, sobre Bolaño.
Coincido contigo, Duquena (y muchas gracias por tus comentarios tan precisos) que en Salinger debemos destacar la formalización de los hechos en forma de cuentos... ahí la relación con Bolaño y la primacía de la estructura.
Lo que dices sobre La dolce Vita y la falsa redención del embrutecido me sugiere varias cosas... a ver si más adelante puedo relacionarlas...
La carta al padre... la de Kafka, la de Dalí... pero creo que el género epistolar va mucho más allá de eso.
Gracias por vuestros comentarios

Alvy Singer dijo...

A mi me parece básicamente la versión que quería ver de una historia de amor en guerra. Fitzgerald y Hemingway también los leo ahí de la mano.

j. dijo...

A mí ese “con tanta astucia que ni el lector más inteligente podrá reconocerme” me pone nervioso. Por un rato estuve pensando: ¿Será que el narrador no es X? ¿Será que hay un truco y el sargento X es un destinatario erroneo de la carta de Esmé? ¿Será que el sargento X era un amigo del batallón del narrador cuyos datos dio este último cuando Esmé le pidió su información?

Tal vez el narrador es alguno de los otros que están con X. Uno que pasamos por alto sin sospechar, porque el sargento X es demasiado visible, demasiado obvio. Caemos redondos en la trampa de Salinger.

Portnoy dijo...

Yo pienso que tiene que ver con la identificación narrador-autor. Las dudas que planteas quedan aclaradas en el texto: X es el destinatario del mensaje, luego debe ser el YO de la primera parte.
Lo de que "ni el lector más inteligente podrá reconocerme" supongo que tiene que ver con el cambio producido en el personaje en el espacio en blanco del relato. x ya no es Yo, es otra persona... pero bueno, todo esto son interpretaciones. También me intranquiliza esa frase de Salinger. Tengo la impresión de que algo se me escapa.
:-)
Un saludo

Grim Fandango dijo...

Oigan, una pregunta. A nadie le parece una cursilada el final (lo de las ''fa-cul-ta-des...'')?
Por que a mi si, pero lo que siempre me ha impresionado de Salinger es la capacidad que tiene para salirse con la suya cuando escribe esas cosas. Algo asi omo Capote en Desayuno en Tiffany's. ''Para Esme...'' es uno de mis cuentos favoritos en la historia. Creo que Salinger es uno de los mejores constructores de dialogos de la literatura norteamericana.

Anónimo dijo...

En el original inglés, la palabra "fa-cul-ta-des" del final del relato aparece deletreada "f-a-c-u-l-t-i-e-s" en correspondencia con la palabra "s-l-a-i-n" que Esmé deletrea durante la conversación en el bar para que Charles no pueda comprenderla ya que se está refiriendo al asesinato de su padre. Lamentablemente en la traducción al español se deja de lado este recurso con el uso de la frase "Lo mataron en África del Norte".

mariano j dijo...

La frase "ni el lector más inteligente podrá reconocerme" es mi favorita dentro del cuento, porque la interpreto una absoluta ironía y guiño hacia el lector. se burla de él mismo (del personaje y de él como mal escritor) y lo siento más terrenal, modesto y maravilloso.