16/5/05

Tiranía privada (I): Agujero negro

Ayer, hace tres meses, hace mil años, por un momento sentí que comprendía el Universo de una forma tal que sólo la íntima unión con su esencia podía explicarlo. Fue un infinitesimal estallido de conocimiento absoluto que se desvaneció mientras era expulsado del agujero negro. Ayer o hace tres meses o hace mil años, no sé. El tiempo carecía de sentido mientras emergía del horizonte de sucesos, mi cuerpo era un filamento unidimensional sin pasado aferrado al borde euclidiano de la percepción, sin devenir, estático, inmutable. De qué forma ayer, hace tres meses, hace mil años, fui desinsaculado en mi habitación forma parte del misterio de la vida, de la sacra tradición del alumbramiento. Poco a poco mi conocimiento se ha ido degradando, como debe de ser. Las palabras, esas cautivas de la experiencia, vuelven a su estado de signos en la consistencia tridimensional. Aún conservo jirones de esa comunión total con el sentido del Universo, que se disipan incomprensibles y vacíos de significado. Ahora vivo y no tengo necesidad del misticismo impreciso que confiere el conocimiento total. Aprendo. Desde que fui escupido estoy olvidando.

Hace mil años, o tres meses, como si fuera ayer el grito que se introduce en la garganta, las huellas de los dedos grabadas en el marco de la puerta que recupera su forma desencurvándose como el resto del dormitorio, impulsado por el peso de mi cuerpo que se rehace desde su condición filiforme, reingresando en el doloroso espacio de los ángulos rectos, de los 360º. Y en ese instante en que pienso “ahora dejo de ser” pienso al mismo tiempo como volviendo de un vacío sin cualidades “ahora empiezo a ser” se produce la consciencia del nacimiento, a mis cuarenta y tres años y la habitación reconfigurándose a mi alrededor en geometría inferible y soy y empiezo a olvidar y sé y empiezo mi camino hacia la ignorancia total.

Así nací: Invadido por la angustia que produce el zumbido decreciente que produce la singularidad en el centro de la habitación y me acuesto en la cama tragándome el grito de terror provocado por la pesadilla y me quedo profundamente dormido y me despierto agotado, con el cansancio sobre los párpados y me visto con la ropa gastada y sucia y salgo a cenar y pago al entrar en el restaurante y me conducen a una mesa desordenada plagada de restos y migas y poco a poco extraigo de mi boca pedazos de comida y trozos de alimento que deposito sobre los platos que los camareros retiran llenos y tragos de líquido que regurgito en las copas, hasta que la mesa tiene un aspecto pulcro y ordenado, la inmaculada perfección, y vuelvo a casa pensando en ciertas teorías que predicen que el fin del Universo supone una implosión que reunirá toda la materia en un único punto del espacio y siento el horror que atenaza la boca de mi estómago vacío y pienso que cuando llegue a casa leeré el libro sobre el fin del Universo para olvidar todas esas teorías y que borraré todo lo que escribo para que quede constancia para siempre: Mañana, dentro de tres meses o dentro de mil años.