24/11/05

Un Faulkner a la semana (I) : Una fábula

En primera instancia uno tiende a considerar Una fábula (A fable, 1954) como la menos faulkneriana de las novelas de su autor: Lejos del Mississippi y con el aparente formato de una alegoría que toma como base la pasión de Jesucristo trasladada a los campos de batalla franceses de la 1ª Guerra Mundial, Una fábula puede ser considerada una rareza dentro del conjunto de la obra de Faulkner.
Pero, al igual que le ocurrió a Cervantes con su Persiles, donde volcó todo su saber literario para construir lo que el consideraba su mayor y mejor obra, Faulkner también debe toparse con la escasa consideración dentro del conjunto de su obra que Una fábula ha merecido de los lectores.
Se puede objetar que no basta con la voluntad del autor para construir una obra maestra, pero al igual que el Persiles lo es, lo mismo ocurre con Una fábula: La intención de los autores y el resultado coinciden. Es injusto entonces que Una fábula sea menospreciada dentro del conjunto de la obra de Faulkner. Tampoco diré que no hay Faulkner malo, pero Una fábula debe competir con obras de mucho renombre y magnífica construcción, con las que comparte lo bueno y lo malo de su autor, y es, en definitiva una novela intrincada literariamente, de gran complejidad estructural a base de largos párrafos y continuos cambios de localización tanto espacial como temporal que crean un complicado edificio narrativo en el que Faulkner desarrolla su maestría literaria y propone diversos puntos de vista ante una situación puntual, la negativa a atacar de un regimiento francés que consigue paralizar la guerra, que constituye el eje de la narración, para, en definitiva y como es habitual en Faulkner, mostrarnos la dimensión trágica de la condición humana.

En una entrevista a William Faulkner (*) a propósito de Una fábula se comenta lo siguiente:

¿Ofrece ventajas artísticas el componer la novela en forma de alegoría, como la alegoría cristiana que usted utilizó en Una fábula?

-La misma ventaja que representa para el carpintero construir esquinas cuadradas al construir una casa cuadrada. En Una fábula, la alegoría cristiana era la alegoría indicada en esa historia particular, del mismo modo que una esquina cuadrada oblonga es la esquina indicada para construir una casa rectangular oblonga.

-¿Quiere decir que un artista puede usar el cristianismo simplemente como cualquier otra herramienta, de la misma manera que un carpintero tomaría prestado un martillo?

-Al carpintero del que estamos hablando nunca le falta ese martillo. A nadie le falta cristianismo, si nos ponemos de acuerdo en cuanto al significado que le damos a la palabra. Se trata del código de conducta individual de cada persona, por medio del cual ésta se hace un ser humano superior al que su naturaleza quiere que sea si la persona sólo obedece a su naturaleza. Cualquiera que sea su símbolo -la cruz o la media luna o lo que fuere-, ese símbolo es para el hombre el recordatorio de su deber como miembro de la raza humana. Sus diversas alegorías son los modelos con los que se mide a sí mismo y aprende a conocerse. La alegoría no puede enseñar al hombre a ser bueno del mismo modo que el libro de texto le enseña matemáticas. Le enseña cómo descubrirse a sí mismo, cómo hacerse de un código moral y de una norma dentro de sus capacidades y aspiraciones al proporcionarle un ejemplo incomparable de sufrimiento y sacrificio y la promesa de una esperanza. Los escritores siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán de las alegorías de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías son incomparables: los tres hombres de Moby Dick, que representan la trinidad de la conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse. La misma trinidad está representada en Una fábula por el viejo aviador judío, que dice "Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo"; el viejo cuartelmaestre francés, que dice: "Esto es terrible, pero podemos llorar y soportarlo"; y el mismo mensajero del batallón inglés que dice: "Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo".



Una Fábula fue publicada en 1954, entre Requiem for a nun (1951) y The Town (1957), y fue galardonada con el Premio Pulitzer de ese año. Ese reconocimiento no ha trascendido con el tiempo y, como ya hemos dicho, no es de las novelas más populares de Faulkner. Puede que esa falta de conexión entre la obra y los lectores fuese la que llevase al escritor a retomar sus temas habituales, volver al entrañable condado de Yoknapatawpha y retomar viejas historias: las de los Snopes en sus dos siguientes novelas y, curiosamente, la que fue su última novela, The Reivers, que nace sin ninguna duda de un episodio de A Fable, el del caballo con tres patas con el que un jugador, un negro y un niño ganarán todas las carreras mientras son perseguidos por el propietario del caballo. Este sencillo episodio que llama desde los campos de batalla europeos al añorado Mississippi, demuestra que el Faulkner más conocido está dentro de Una fábula. También encontraremos en Una fábula uno de los temas habituales en su autor: el tratamiento narrativo de las multitudes, enardecidas o expectantes, son abordadas por Faulkner como una multitud de voces que sobrevuela las cabezas de los manifestantes y, al mismo tiempo, una única voz, un “nosotros” indefinido y colectivo. Esto lo consigue gracias a su habitual narrador omnisciente, el cual deja sentir el peso de su prosa implacable como un demiurgo furioso. ¿Virtud o defecto? (Respecto a si la voz del narrador en las novelas de Faulkner unifica en demasía la voz de los personajes hablaremos en otra ocasión)


(*) William Faulkner, interview, Writers At Work: First Series (1958) by Malcolm Cowley.


Previos: Bibliografía

No hay comentarios: