19/2/06

La gran estafa de...

Leí Sábado de Ian McEwan y me quedé pensando en la vacuidad de cierto tipo de literatura que se nos está vendiendo como novedosa y que en el fondo no aporta nada nuevo. Tal vez los lectores olvidan, las personas olvidan, y los escritores, y los editores, juegan con ese olvido. ¿Quién va a recordar a Virginia Woolf?, piensan, por poner un ejemplo cercano a McEwan, o, aquí, ¿quién se acuerda de Luis Martín-Santos?, ¿quién lee a Joyce o a Torrente Ballester?. Nadie, dicen, eso pertenece al pasado, unos cuantos lectores exigentes, tal vez, dicen, pero esos no cuentan a la hora de las ventas.
Ahí tenemos impunemente en los escaparates (estaba al menos hasta hace poco, estas cosas se suelen retirar silenciosamente) la última novela de Ian McEwan.
Más silenciosamente se retirará Shalimar el payaso, de Salman Rushdie.
La verdad es que ni siquiera he sido capaz de terminar de leer Shalimar el payaso, y sufro pensando que quizás más adelante el libro se abra a una explosión literaria sin precedentes, producto de la hibridación de las culturas oriental y occidental, que sea a fin de cuentas en la mitad final del libro, la gran novela del siglo XXI.
Pero no.
¿De verdad alguien puede ser capaz de seguir utilizando el realismo mágico como medio de expresión literaria? ¿de verdad alguien puede leerlo sin sonrojarse?
En sus anteriores novelas, El suelo bajo sus pies y Furia, Rushdie había logrado una suerte de conjunción genérica que sentaba muy bien a sus novelas: Novela tradicional, ciencia ficción, algo, es cierto, de realismo mágico pero sin llegar al patetismo, crítica y denuncia social. Se puede decir, sobre todo de Furia, que es una de las mejores novelas de su autor.
Y ahora escribe esta novela que no hay por donde cogerla.

Tengo miedo de la narrativa actual, de la estafa a la que nos están sometiendo los de la generación Granta con sus últimas novelas. ¿me ocurrirá lo mismo con Ishiguro? Ya ni me atrevo a comprar Nunca me abandones.

(Dejé Shalimar y me puse a leer Las manzanas de oro de Eudora Welty... qué diferencia, qué maravilla de narración. No quisiera ser desleal pero en Morgana suceden las cosas que Faulkner jamás se atrevió a escribir. Es el Yoknapatawpha femenino... ya contaré algo más extensamente)