15/2/09

Impostura (y IV): Impostura, de Enrique Vila-Matas

Es un alivio, ante la complicada tarea de explicar una obra, descubrir que hace tiempo, alguien mucho más capaz que uno mismo, supo contar mucho mejor y más certeramente, algunos de los puntos que quería destacar de Impostura.
Sin más dilación, viaje en el tiempo a 1984 de la mano de Jordi Llovet:

Más allá de la ficción
Enrique Vila-Matas siempre me ha parecido —visto a través de sus libros, que es lo único que se puede “saber” de un novelista— uno de los autores más malignos y peores enemigos de la moral pública de que jamás haya tenido noticia escrita. Desde “Mujer en el espejo contemplando el paisaje” ( 1973) —de la que yo tengo un ejemplar en blanco, una maqueta del libro con sólo las cubiertas impresas, una delicia de novela y todas las novelas posibles— hasta “La asesina ilustrada” (1977) y el libro de relatos “Nunca voy al cine”(1982), Enrique Vila-Matas se ha mantenido fiel a la poética que hemos comentado: sembrar la confusión entre las paginas del libro —una confusión perfectamente estructurada, de un impecable fraseo—como quien siembre el terror en toda la serie de infinitas identidades a que nos tiene acostumbrados el hábito de leer. En el panorama de la narrativa en castellano de los últimos años, pocos autores han ncidido tan de pleno en esta “filosofía de la ficción” que constituye, desde Joyce y para nosotros desde Borges, el núcleo a cuyo alrededor gravitan todas las ficciones posibles e imposibles. Pero hay algo más: el último libro de Vila-Matas, sin pudor alguno bautizado “Impostura”, trasciende los límites de esta teoría de la ficción que infecta
—así hay que decirlo— los mares de la narrativa del siglo XX. Este libro, siguiendo en ello el “currículum” anunciado en toda la obra anterior, no se limita al impío desmontaje de la ficción misma, sino que, a favor de ella, desmantela materialmente —no es metáfora— los mecanismos de identidad y diferencia que presiden, casi siempre, la creación literaria.
La fotografía de un anónimo enfermo mental que no recuerda nada de su pasado —esa es la historia— llega hasta las páginas de “La Vanguardia” para que el sujeto pueda ser identificado. Al punto la señora Bruch reconoce la fotografía del desmemoriado al célebre Ramón Bruch, un escritor falangista que se adhirió a la División Azul, desaparecido en plena campaña de Rusia. Pero no tarda en entrar en escena otra mujer, aduciendo que aquel hombre de la fotografía es, de hecho, Claudio Nart, antiguo anarquista y extorsionador que pasó fugazmente por Barcelona.
A partir de este planteamiento, el desmemoriado anónimo urdirá su propio futuro de acuerdo con las posibilidades de figuración que le ofrecen los demás —es decir, la ficción. Pues la ficción son los otros, corno son el infierno en palabras de Sartre.
El tema, como el mismo autor apunta, no es nuevo. Pirandello, Sciascia y Susan Sontag lo han glosado, y antes que ellos los cambios de identidad o la búsqueda de la identidad constituyó la trama de obras muy famosas de Stevenson, Kafka, Hofmannsthal, Virginia Woolf, Rilke, Thomas Mann o Paul Valéry. Entre la serie de antihéroes literarios que dibuja la tradición insinuada, deberíamos pensar en Félix Krull, el estafador de Thomas Mann, como uno de los más próximo precedentes de este curioso personaje urdido por Vila-Matas y llamado, expeditivamente, 2007: su número como interno en la institución psiquiátrica en que se encuentra.

Destrucción de la identidad

Pero da lo mismo. El tema de la identidad imposible es, por ecirlo así, una de las grandes secuencias de la literatura del romanticismo para acá. Lo interesante del libro que estamos comentando, no está tanto en la reiteración de un “motivo” literario usual., cuanto en la muy inteligente articulación de este motivo como el motivo mismo de la literatura y el lugar del escritor en el seno del curso literario.
Y ahí retomamos el hilo de lo escrito más arriba: Vila-Matas no se ha contentado con practicar el mal en el terreno del desmontaje de la ficción, sino que ha llevado el terror del análisis hasta él corazón mismo de la personalidad. En pocos libros, si exceptuamos “Orlando”, de Virginia Woolf, y algún relato de Edgar Allan Poe, se halla una destrucción tan sistemática de la identidad, es decir, de la supuesta construcción de la personalidad a partir de la repetición de lo “mismo” y de lo propio. Las fantásticas personalidades que concurren en esta muestra ejemplar de engarce entre literatura y psicología, se forjan. —unas queriendo, otras sin querer— en la fragua del asombro, de la impostura, de la trampa y del vicio. El desmemoriado, impostor o no, deja para siempre a su lado su posible verdadera personalidad y abraza, por el camino de una exacta verosimilitud literaria “interior” a la psicología del personaje —ahí está la gracia del libro— la personalidad que le sirve en bandeja la memoria de los demás. Este es el modo de funcionar, si uno lo piensa, del sentido común: constituye una especie de memoría colectiva, ajena a nosotros mismos, que invade nuestra personalidad hasta destruirla. Convertirse en un ser normal, en nuestras sociedades cultas, equivale a dejarse guiar, como un estúpido, por esa fantástica memoria de todos y de nadie que es el sentido común. Todo escritor está obligado a luchar contra esta inercia, y Enrique
Vila-Matas ha creado, a nuestro juicio, el personaje metáfora —por la vía paradójica, claro está— de esta distancia irónica que debe prevalecer entre lo que uno quiere ser y lo que los demás quieren que uno sea.
Así, “Impostura” se convierte al fin en una especie de ritual —el autor es ya un sacerdote experimentado en este tipo de oficios— en una misa ciertamente negra en la que no sólo asistimos al asesinato de la ficción, sino también al de aquella entidad supuesta rectora del juego literario, vaivén entre mentira y verdad: el narrador mismo. Terminada la celebración, no le queda al lector más remedio que iniciar y multiplicar la producción de lo ficticio: inventar una personalidad posible para el escritor mismo. Y, por supuesto, no fiarse ya nunca más de la personalidad propia, si la hubiera. Contra la teología que preside, por analogía, la construcción de los perfectos mundos novelados del siglo XIX, Vila-Matas parece proponer una sólida herejía cuya única liturgia pasaría por sus libros.
He aquí, en el caso de “Impostura”, un libro lleno de maldad que, por lo menos, ofrece al lector la posibilidad de una sutil venganza contra el hechicero: imaginar al autor atrapado en la red de las resonancias que destila la lectura misma.
Jordi Llovet, La Vanguardia 17 de mayo de 1984


Siendo como es esta la última entrega de la serie “Impostura” quizás debería recapitular, reconocer las omisiones (sí, esa flagrante de Pirandello, sin ir más lejos), sacar alguna conclusión.
¿De veras es necesario?
Después de Llovet todo cuanto diga será innecesario.
Veamos...
Si esta serie se inició fue precisamente a causa de un fragmento de la novela de Vila-Matas:

Allí (…) empezó a vivir esa vida ficticia que tienen los seres literarios y que, muchas veces, sobrepasa en energía la vida que anima a las personas que nos rodean. Allí (…) creyó descubrir, un día, que los escritores inician sus novelas con el único y exclusivo propósito de fundar, en un secreto fragmento de la obra, un reino para su personaje más desvalido.
Y también creyó descubrir que en todas las novelas el narrador siempre es un impostor, un indeseable que se hace pasar por el autor y que sólo es desenmascarado por los lectores más perspicaces, que suelen ser también los más amargados. Barnaola se situaba entre éstos y se veía a sí mismo como un hombre rabioso y eternamente enojado, protegido por una jauría de perros, cuyos ladridos le aislaban del resto del mundo y le alejaban de la estupidez humana. Sentía, pues, que formaba parte de ese grupo de lúcidos lectores de la vida, habitantes de un sórdido hospital del que nadie puede escapar y donde, a lo sumo, puede cambiarse de cama y probar otra enfermedad.

En cierta manera este fragmento explicaría la inesperada e innecesaria aparición del narrador en algunas novelas de Vila-Matas, como ocurre en Impostura o en El viaje vertical, presentándose en mitad de la historia y cuya función en la narración es nula, más allá de sustituir al autor. Un indeseable, tal vez manco, jorobado o enfermo, al que hay que desenmascarar. Una impostura que demuestra la distancia entre la realidad y la ficción.
Si la realidad es la base de la impostura contada por Borges en "El impostor inverosímil Tom Castro", si la imposibilidad de narrar la realidad es el problema que acucia a Emmanuel Carrère en El adversario o para Unamuno, toda narración es una impostura sumergida en una Niebla, en
Impostura Vila-Matas sienta las bases de su narrativa como la obra de un suplantador.
Impostura, se lee en la contraportada de Anagrama, “está basada en un célebre hecho real, el caso Canella-Bruneri, que sacudió la Italia de los años veinte (…) Un hecho real que inspiró una obra teatral de Pirandello, Come tu mi vuoi”.
Pirandello… en fin, un grave olvido.
Así pues, de nuevo, la realidad como materia narrativa.
Y, aunque asumida la impostura de toda narración, esta es a mi entender la obra más realista de Vila-Matas, un detalle que quizás Llovet olvidó apuntar en 1984. La acción de
Impostura trascurre en la sórdida década de los cincuenta, en la que todo en la vida parecía pesar como si sobre la cabeza de las personas se ubicase una oscura lápida.

(…) el paisaje invernal de Barcelona reflejaba, en su transparente tristeza, la gélida alma de una ciudad de fugaces transeúntes que vagaban como almas en pena por las heladas calles avanzando en dirección contraria a la de sus sueños y a ese deseo que en aquellos días era tan común como inconfesado, el de la huida radical de aquella sordidez que había acumulado tanto silencio colectivo y tanto paso fugaz de gente congelada que atravesaba como fantasmas las calles de una ciudad inhóspita en la que ni tan siquiera el invierno parecía real. Eran días y años en los que nadie quería ser lo que era y todos en silencio deseaban huir de sus nombres y ser, a cualquier precio, otros, aunque para ello fuera preciso vender el alma al diablo, mudarse de cama y de enfermedad en una Barcelona que era el más gigantesco hospital.

La impostura refleja en la novela el clima social durante el franquismo y juega, dentro de los parámetros de la historia, a ser otro de los espejos en los que la realidad se distorsiona y se vuelve inaprensible. Pero, tal vez, esta alegoría trivial no sea importante. Ni lo sea, dentro de la historia de
Impostura, la “realidad” del interno 2007. El destino de Barnaola es el verdaderamente importante, pero no desvelaremos aquí nada de la trama.
La verdadera impostura de
Impostura es la lectura de la obra. En la sucesión Borges, Carrère, Unamuno, Vila-Matas, la única conclusión posible, como apunta la reflexión de Barnaola es que el lector, aislado del resto del mundo y alejado de la estupidez humana, es quien acaba creando la suprema impostura, siendo quien no es, siendo sucesivamente muchos y ninguno, precisando un narrador sobre el que descargar su rabia tildándole de impostor para que así, pueda vivir como real cada una de sus experiencias lectoras. El narrador es un pobre desgraciado, cierto, utilizado por el autor y despreciado por el lector. Pero no es, de ninguna manera, el verdadero impostor.

Ahora, una vez desenmascarada esta trama, probemos otra enfermedad.

3 comentarios:

Taso dijo...

Circula por la red un libro de cierto loquero argentino (creo) de principios de siglo, que se titula "La simulación en la lucha por la vida". Te lo recomiendo para ampliar el tema.

Por otro lado acabo de leer en Melancolía, obrita maestra de un cierto Laszlo Foldyeni, que según algunos románticos nuestra razón de existir es la creación de mundos propios. Creo que en este caso nos movemos en esa nebulosa que empapa la impostura, desde el fraude hasta la perdonable locura, pasando por el infensivo vicio de escribir, y el aún más inofensivo de leer. Digamos que lo que distingue al ser humano es que es el animal capaz de vivir en un mundo creado, o al menos inventado, por él mismo.

Y ahí te quiero ver.

José Montalvá dijo...

recuerdo haber leido una novelita de un autor ingles, john banville, titulada tambien Impostura; tal vez la hayas leidopero te sirva poco pues se trata de una peripecia aparentemente menos metaliteraria; aaayyy, los rizos, que nos molan bien rizaos
(por cierto, la referencia a banville enlazaria con tu post sobre los autores ingleses, bastante impostores todos)

Portnoy dijo...

Aunque sea vergonzoso confesarlo, no he leído a Banville... de todas formas, José, una de las esencias de este blog es la búsqueda de los hilos del Plan. Todo está conectado.
Gracias por la recomendación, Taso. Intentaré buscar el texto. Mientras tanto sigamos impostando
Un saludo y gracias por vuestros comentarios.