23/1/07

Putas asesinas, y XII: Encuentro con Enrique Lihn, de Roberto Bolaño

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real

De “Porque escribí”, de Enrique Lihn

Me declaro incapaz de comentar este texto de Bolaño. Creo, por algún indicio, por alguna intuición sin fundamento que Encuentro con Enrique Lihn sólo puede entenderse plenamente conociendo la obra del poeta y narrador chileno.
Como no puedo demostrarlo ni comprobarlo dejaré este comentario para un futuro lejano, para cuando pueda comprender todas y cada una de las palabras de Bolaño.
Investigando sobre el texto he encontrado importantes razones que me hacen interesarme por Lihn. Pero ya digo, será en otro tiempo, en otro lugar.
Hubiese preferido terminar esta serie de reseñas con Belano sentado en el seco suelo africano mirando fotos de poetas franceses. Terminará con una elegía y un fragmento de un sueño de Lihn... esos sueños donde “los objetos eran más frágiles que las personas”



Unas pocas palabras para Enrique Lihn, por Roberto Bolaño
Las Ultimas Noticias, Lunes 30 de septiembre de 2002



En mi adolescencia era lugar común hablar de Lihn y de Teillier como de dos opciones enfrentadas. Los muchachos sensibles, los que no querían envejecer (o los que querían envejecer de inmediato), preferían a Teillier. Los que estaban dispuestos a discutir la cuestión preferían a Lihn. No era esta la única de sus virtudes. Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo. Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno. Un ciudadano que ha aprendido la lección de Parra, su maestro y compañero de travesuras, y que en ocasiones nos ofrece una visión latinoamericana refulgente y original. Todo el fulgor, sin embargo, en Lihn está tamizado por un ejercicio constante de la inteligencia.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos.

Esa lucidez, en los años setenta, le costará el estigma y el anatema de la izquierda dogmática y neostalinista que incluso llegará a acusarlo de connivencia con el pinochetismo. Esos mismos que entonces no levantaron la voz para defender a Reinaldo Arenas y que hoy se acomodan como putines* en la nueva situación, intentaron borrarlo del mapa, deslegitimar una voz que por lo demás siempre se consideró a sí misma como voz bastarda, hija del imperioso azar y de la necesidad, que tiene cara de perro.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto.

En el ejercicio de la poesía, a la que siempre le fue fiel, sólo hay un poeta en lengua española que se le pueda comparar, Jaime Gil de Biedma, aunque el abanico de registros de Lihn es mucho más amplio. En el ejercicio del ensayo, de la reseña, del manifiesto e incluso del libelo, no hubo en Chile escritor más certero ni más libre. En la narrativa no alcanzó las cotas de Donoso o de Edwards, aunque siempre quedará la sospecha de que en el fondo, como por los demás todos los grandes poetas de ese país, juzgaba el arte de crear ficciones como algo innecesario, algo que no le iba a salvar la vida. Sus cuentos, sin embargo, siguen vivos, como sigue viva “La orquesta de cristal”, libro mítico por inencontrable y al cual no me atrevo a llamar novela, aun pese a saber que si hay que llamarlo de alguna manera es la palabra novela la que más se acerca a ese libro misterioso. De hecho, hay dos prosistas en la generación del cincuenta que están por descubrir: Lihn y Giaconi.

Es extraño pensar en Lihn ahora, en Giaconi, en Parra, en Teillier, en Rodrigo Lira, en Gonzalo Rojas, en poetas como Maquieira y Bertoni, en narradores como Contreras y Collyer, resulta extraño pensar en ellos y en tantos más. Te queda la extraña sensación de que la literatura ha estado a la altura de la realidad. La famosa rea, la rea, la rea, la rea-li-dad.

*Ay, mi hipócrita, no es argot mexicano, es Vladimir Putin.


-El sueño -me dijo un día mi amigo- es nuestro doble: una especie de hermano gemelo al que, de no mediar un acto de voluntad sobrehumana, permaneceremos unidos durante toda nuestra vida. Hasta ahora, nadie, que yo sepa, ha intentado desprenderse de él. La operación es más que peligrosa, y los dolores que sin duda provoca, o son superiores a nuestra capacidad para soportarlos, o las ventajas que aquélla nos ofrece, si es llevada a cabo felizmente, no alcanzan a compensarnos de ellos.
(...)
-Escucha, entonces... -su voz adquiría un tono apremiante, patético-, ¿Sabes tú en qué se diferencia un hombre dormido de otro despierto?
-Tal vez...
-En que el despierto sabe quién es, y el dormido no lo sabe.

Enrique Lihn, El hombre y su sueño (1954)


Entonces, ¿Roberto Bolaño en su sueño no sabía que era narrador y protagonista de su relato?
Lo mejor, como siempre, estará en vuestros comentarios.

5 comentarios:

Javier dijo...

Roberto Bolaño en su sueño no sabía que era narrador y protagonista de su relato, La vida es sueño decìa Felipe Calderòn, sobre todo si se trata de una voluntad ambigua (o a veces) como la de Bolaño. Los chilenos somos un poco ambiguos.
We are our dreams of ourselves, souls by gleams,
And each to each other dreams of others' dreams.

Me quedò un comentario sobre un post anterior (mi comentario no sè por que no saliò), no sè si Garcia Marquez niega la influencia de Faulkner (muestra con una mano el discurso de aceptaciòn del Nobel).
Saludos, Javier.

Fuca dijo...

Roberto Bolaño sabía, dormido y despierto, que era el narrador de sus relatos. Por fin nos desvela el narrador, en el último cuento de este libro, su nombre, Roberto Bolaño; es el mismo narrador en primera persona que aparece en muchos de los relatos anteriores, un chileno nacido en 1953, escritor, pero ahora no se hace llamar Arturo Belano ni B, ahora es Roberto Bolaño.

Dices, Portnoy, que hubieses preferido terminar esta serie de reseñas con Belano sentado en el seco suelo africano mirando fotos de poetas franceses. Pues a mí me parece un buen final el que Roberto Bolaño se nos aparezca como narrador y protagonista de su último cuento, tal vez quiera darnos una pista sobre lo que tanto discutimos en nuestros comentarios anteriores acerca de la identidad del narrador en primera persona.

Acabo con la reflexión del narrador sobre los escritores jóvenes (yo borraría el adjetivo y lo dejaría, simplemente, en escritores):

“Hay un momento en que no tienes nada en que apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que te tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas son para los otros, los que han dicho “sí señor”, repetidas veces, o los que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a ésos nada se les escapa, nada perdonan”.

Un poco pesimista pero, en el fondo, tiene razón. Espero que a los que escribís en este blog y sois escritores, aunque todavía no hayáis publicado nada, no os pase lo mismo.

Gracias, Portnoy, por tus reseñas. Un abrazo.

Valdecuélabre dijo...

También encuentro acertado que este relato cierre el libro. Al leerlo he tenido la impresión de que se trata de un relato escrito para ser póstumo, donde se confunden, no sólo realidad y sueño, también vida y muerte, y es significativo el final del relato (y del libro):
"Y ya para entonces los dos habíamos atravesado el bar y estábamos asomados a una ventana, mirando las calles y las fachadas de ese barrio tan peculiar en donde sólo paseaban los muertos. Y mirábamos y mirábamos y las fachadas eran sin lugar a dudas las fachadas de otro tiempo, y también las aceras en donde había coches estacionados que pertenecían a otro tiempo, un tiempo silencioso y sin embargo móvil (Lihn lo veía sin moverse), un tiempo atroz que pervivía sin ninguna razón, sólo por inercia."

Un saludo a todos, ha sido un placer compartir lectura e impresiones con vosotros.

Natalia Book dijo...

También considero que es un buen final para el libro. Como ya he comentado alguna vez, no es el gran libros que yo pensaba que sería. Prefiero el Bolaño novelista. A veces encuentro unos relatos como meros ejercicios para luego escribir las novelas. Sin embargo hay relatos que sí merecen la pena y que sin duda re-leeré en un futuro cercano.
He aprendido muchas cosas de todas las personas que escribieron aquí. Un placer compartir lecturas con todos.
¿Nos vemos en la serie de películas y novelas infilmables?
Un saludos y un abrazo a los que llegamos hasta el final. Y también a los que se quedaron por el camino.

Raul A. M. dijo...

Bolaño va a morir y lo sabe, quizás "sueña" con Lihn porque, Lihn también sabía que iba a morir y lo que decidió hacer con ese poco y quizás preciado tiempo fue escribir. Leer al bolaño moribundo es crudo y desgarrador.

genial blog