9/2/06

Un Faulkner a la semana (XII): Mientras agonizo

Mientras agonizo es la primera novela de Faulkner en la que aparece explicitado el nombre de su imaginario condado Yoknapatawpha pero no es estrictamente la primera novela ambientada en el condado. Ya hemos visto como Sartoris y El ruido y la furia, publicadas con anterioridad, son novelas del ciclo de Yoknapatawpha. Cronológicamente Mientras agonizo está escrita tras El ruido y la furia, por lo que se puede decir que es una prolongación de ésta en lo que se refiere al uso del monólogo interior. También, como en El ruido, el título está extraído de una cita clásica, pero un tanto más rebuscada y que pierde sompletamente su sentido en las traducciones, ya que proviene de una frase de Agamenón de la Odisea (Canto XI) que se había traducido en inglés erróneamente como As I lay dying, :

Yo elevaba mis manos y las batía sobre el suelo, muriendo con la espada clavada (...)

Que el título sea algo accidental, o que la cita sea algo peregrina, no tiene en el fondo demasiada importancia: Addie Bundren lleva, como decía su padre “toda la vida preparándose para estar mucho tiempo muerta”. La vida, como agonía. Mientras Addie está viva existe cierta conexión entre los miembros de la familia Bundren, cuando Addie vive, agoniza, como preparación a estar mucho tiempo muerta. Su última voluntad será aceptada por todos, por distintos motivos. Cash porque tiene oportunidad de crear una obra de la que sentirse orgulloso; Dewey Dell para abortar; Jewell para demostrar su autonomía y, en última instancia, devolver el cariño que su madre le demostró especialmente; Anse por una dentadura nueva y, de paso, por una sustituta; Vardaman por un tren de colores. Darl es quizás quien no tiene un motivo especial para continuar hasta Jefferson, el único lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de la inutilidad del viaje, y pagará, no por sus actos en el río y en el granero, sino porque conoce, con un conocimiento cercano a la locura, lo que Dewey Dell oculta.

Dice Faulkner en su discurso de aceptación del Premio Nobel, aspecto que recoge Javier Coy en su introducción a Mientras agonizo de Cátedra:

“Es harto simple decir que el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más miserable roca, vacilante, aunque ya no le sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando. Lo que yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única criatura que tiene una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia...”


Esa voz mezquina e inextinguible es la que predomina en Mientras agonizo, la de los que perduran y continúan adelante. Los Bundren pertenecen a esa humanidad que a pesar de todos sus defectos y carencias perdurará, como en su anterior novela, El ruido y la furia, que narra la degeneración de los Compson los que prevalecen son otros:

“Y eso fue todo. Estos otros no eran Compson. Eran negros.
TP (...) Frony (...) Luster (...) Dilsey.
Ellos perseveraron.”

La sociedad de Yoknapatawpha que Faulkner nos presenta no es la típica sociedad estratificada europea a la que estamos acostumbrados. Las diferencias están estrechamente ligadas a la tierra y su posesión. A excepción de ciertos personajes habituales (Surrat-Rattlif, Varner, Stevens...) que podríamos decir que pertenecen a cierta clase media, la sociedad está dividida en varias estirpes de terratenientes (Sartoris, Compson, McCaslin, Sutpen...) que, curiosamente, se reparten el norte de Yoknapatawpha y la ciudad de Jefferson, los agricultores que intentan arrancar los frutos a una tierra agreste (Tull, Samson, Quick, MacCallum, Armstrid, Houston...), los negros, descendientes o esclavos liberados que siguen atados contractualmente con sus antiguos amos, obligados a trabajar con apatía una tierra que nada les va a producir para ellos, y una última clase, quizás la más denostada, de campesinos miserables, “blancos que viven como negros”. A esta última especie de parias sociales pertenecen, entre otros los Bundren y los Snopes. Mientras que estos últimos emplean las peores artimañas para medrar socialmente, los Bundren, sobre todo el patriarca Anse, muestran un orgullo ciertamente injustificado. Su pretensión de no necesitar a nadie, tanto para llevar la granja como para llevar el cadáver de la madre muerta a Jefferson para ser enterrada, se ve continuamente contradicha por la necesidad de la ayuda de sus vecinos. Esa dependencia social aviva aún más el orgullo de los Bundren.

Y a pesar de todo, perseveran.

En Mientras agonizo resuenan las voces de los humildes, de los miserables, de los parias, capaces de las más grandes gestas y de los actos más deleznables. Hay en ellos cierta inmoralidad, cierta falsedad hipócrita que demuestra el final de la novela:
“Os presento a la señora Bundren- dice”
Una frase que suena casi como un chiste, como si toda la narración estuviese condicionada a esta última frase, convirtiéndola en una anécdota relatada en las escaleras de la tienda de Varner, mientras los hombres escupen al suelo.
Anse, con su dentadura nueva seguida por la mujer con el gramófono funcionaría, a nivel de las referencias que implican el título, como Clitemnestra, dejando el papel de Agamenón, quien dice que su esposa“se apartó de mí y no esperó siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos ni juntar mis labios con sus manos”, a la difunta Addie Bundren.
Esto sería más o menos a nivel narrativo.
A nivel literario, Mientras agonizo es una obra coral. Faulkner había ensayado el monólogo interior en El ruido y la furia a través de tres personajes: Benjy, retrasado mental, Quentin, incestuoso y suicida, y Jasón, intolerante y malvado. Pero en Mientras agonizo, las voces son muchas y totalmente diferenciadas: Si a través de sus voces podemos descubrir la personalidad de los personajes, Jewelll, al que conocemos subjetivamente por narradores interpuestos y una breve intervención, debe cargar con una violencia interior que prácticamente le anula para el diálogo: Jewelll es acción pura, prácticamente carece de voz interior, pero, es posible que se mueva únicamente por amor a su madre y que su carencia de voz se deba a que no es estrictamente un Bundren.
Darl, el segundo hijo de Anse y Addie, considerado raro y encerrado por loco, resulta ser la única voz discordante en esta sucesión de visiones subjetivas e interesadas de la acción. Darl en algunas ocasiones se convierte en narrador omnisciente por encima de lo que podía considerarse correcto en la novela. Describe hechos que no puede presenciar de primera mano, con lo cual, en cierta manera, recibe la voz del autor.

"'It's Cash and Jewel and Vardaman and Dewey Dell,' pa says, kind of hangdog and proud too, with his teeth and all, even if he wouldn't look at us. 'Meet Mrs Bundren,' he says."

"Os presento a la señora Bundren", la frase final del libro supone un contundente golpe, lleno de cinismo o de esperanza según los intérpretes, que, aunque sólo sea por el vuelco narrativo que supone, merece la leyenda de que pensaba en esa frase desde el principio de la novela.

Esa frase final de Mientras agonizo pone en duda todo el elemento trágico que se nos muestra durante la odisea de los Bundren y pone de relieve un elemento latente en toda la novela: La imposibilidad de toda la familia Bundren de mostrar sentimientos por la muerte de su madre. Es cierto que Jewell vende su caballo, que Darl pega fuego al granero, pero da la sensación que estos actos responden a una acuciante necesidad de terminar de una vez con la pantomima más que responder a actos piadosos. Incluso el propio deseo de Addie Bundren parece ser un acto vengativo contra su marido.
Pero aún así, a pesar de esta falta de piedad, fruto tal vez achacable a la ignorancia más que a la maldad, el lector no puede dejar de sentir cierta empatía hacia los Bundren. Tal vez porque son muy humanos, demasiado humanos.


El otro tema, el verdaderamente interesante es el del papel de Darl como narrador. Sí que parece que hay una voz única en la novela, quizás todos los monólogos de los personajes sufren la fuerte influencia del estilo de Faulkner, lo que, en cierta manera, los unifica formalmente. Pero hay otra influencia importante en la narración y es la capacidad de Darl de describir situaciones y sentimientos ajenos a su realidad. Su impresionante monólogo, mientras Jewel arregla bajo la lluvia la rueda de la carreta, en el que nos describe los últimos momentos de su madre y, lo que es verdaderamente impactante, los sentimientos de su hermana clavando los ojos en la espalda del doctor Peabody. Yo estoy por pensar que Darl-Faulkner es la única voz de la novela, y que la locura del personaje (que no aparece más que como esa capacidad para “saber” lo que narrativamente no puede) lo sitúa en un plano superior al resto de narradores (si los hay) y que su encierro es una especie de venganza “metaliteraria”. En una primera lectura de la novela, aceptamos que estamos ante una novela coral, narrada desde distintos puntos de vista. Analizándola en posteriores lecturas, podemos pensar que esa multitud de narradores se resume en una única voz. Pero eso sólo funciona en el caso de los Bundren. Admitiendo que la voz de Darl sea la única, debemos hacer un esfuerzo para justificar esa unicidad en el caso de los narradores de fuera de la familia, Tull, Cora, Peabody, etc...
Sea como sea, a mí siempre me ha parecido que la novela funciona extraordinariamente, que no hay premeditación simbólica en ella (la referencia a Agamenón es meramente anecdótica) y que la última frase del libro resume bastante bien las intenciones del autor, contarnos un enrevesado y malicioso chiste “sureño”. Es cierto que la novela tiene algo más, mucho más, si no, no estaríamos aquí hablando de ella, pero un análisis profundo de ella desvirtúa en cierta manera el impacto inicial que produce.

3 comentarios:

Cel.lia dijo...

Darl es como un Santo. Un personaje místico, por esa clarividencia, esa capacidad de ver y conocer lo que los demás no saben.
Por eso el sacrificio.

Cel.lia dijo...

Ah, y hola, y esas cosas. Hace 20 minutos que me acabé el libro.

Me gustó la reseña.

Jose Gabriel Acosta Alcazar dijo...

Linda reseña, buena perspectiva, la tomo prestada que es la que más interesante me ha parecido hasta el momento!

Saludos!