14/3/05

Me casé con un comunista, de Philip Roth

Dejando aparte lo anecdótico que puede ser esa mencionada coincidencia entre la realidad del autor y la ficción que crea, hay que reconocer que Me casé con un comunista es una excelente novela. No es, como se podría creer, la venganza de Philip Roth ante el libro escrito por su ex mujer, Claire Bloom, aunque mucho de eso tiene, no sé si en la génesis de la novela o como tema concurrente entre la novelización de unos hechos ficticios y la realidad. Quisiera olvidar esta coincidencia.
El tema fundamental de Me casé con un comunista es la mentira y la traición, pero sobre todo la mentira como algo habitual en nuestra sociedad y, sobre todo, en el ámbito político. La culminación de esa tesis está magistralmente descrito en la descripción del funeral de Richard Nixon:

Cierto que el funeral de nuestro trigésimo octavo presidente apenas era soportable. La orquesta y el coro de los marines tocando todas las canciones destinadas a suspender el pensamiento de la gente y ponerla en estado de trance (...) Nada como las exaltantes observaciones de Billy Graham, un ataúd envuelto en una bandera y un grupo de soldados de varias razas para llevarlo a hombros, todo ello coronado por “La bandera tachonada de estrella” y seguido por el saludo de veitiuna salvas de artilleria y el toque de silencio para provocar la catalepsia en la multitud.
Entonces los realistas toman el mando, los expertos en hacer y deshacer tratos, los maestros en las maneras más desvergonzadas de arruinar al adversario, aquellos para quienes las inquietudes morales deben quedar siempre para el final, pronuncian el consabido, irreal e hipócrita canturreo sobre todo menos las verdaderas pasiones del difunto.
(...)
Clinton exalta a Nixon por su “notable trayectoria” (...) por los “sabios consejos”
(...)
Pete Wilson (por su) “elevadísimo intelecto”
(...)
Kissinger (...) lleva a cabo un tributo tan prestigioso como el de Hamlet a su padre asesinado para referirse a “nuestro valeroso amigo”. “Era un hombre, en todo y por todo, como no volveré a ver otro igual”. La literatura no es una realidad primordial, sino una especie de costosa tapicería para un sabio a su vez tan rollizamente tapizado, y así no tiene idea del contexto equívoco en el que Hamlet habla del rey sin par. ¿Pero quién, sentado ahí y obligado al tremendo esfuerzo de mantener la cara seria mientras contempla la ejecución del encubrimiento definitivo, va a sorprender al judío de la corte en una metedura de pata cultural cuando menciona una obra maestra inadecuada? ¿Quién está ahí para advertirle de que no debería citar a Hamlet hablando de su padre, sino de su tío, Claudio, de que debería mencionar lo que dice Hamlet del nuevo rey, el ursupador asesino de su padre? (...) “Aunque toda la tierra las aplastase, las fechorías aparecerán ante los ojos de los hombres”
(...)
Todos ellos trivialmente de duelo bajo el sol y la brisa deliciosa de California: los encausados, los declarados culpables y los que se habían librado de ambas cosas, y el elevadísimo intelecto del ex presidente por fin descansando en el ataúd tachonado de estrellas, terminado para siempre el forcejeo y la búsqueda de un poder sin obstáculos, el hombre que volvió del revés la moral de todo un país, el generador de un enorme desastre nacional, el primero y único presidente de los Estados Unidos de América que ha obtenido de un sucesor elegido a dedo un perdón completo e incondicional de todas las irregularidades cometidas durante su mandato.



Bueno. Este extenso fragmento tal vez pueda dar una idea de en que dirección apunta la novela de Roth. La mentira, la condescendencia política con la mentira, es algo tan habitual que la asumimos sin perplejidad. Philip Roth ambienta Me casé con un comunista en las décadas de los 40 y 50 del siglo pasado, cuando en Estados Unidos se desarrolló lo que se dio en llamar La caza de brujas, promovido por el Comité de actividades antiamericanas.

(Continuará)
(Los fragmentos de la traducción de Jordi Fibla para Alfaguara)