8/2/05

Bestiario II: Los caballos de Flem Snopes

Poco antes de la puesta del sol, los hombres que holgazaneaban en el porche del almacén vieron, acercándose desde el sur por la carretera, una carreta cubierta tirada por mulas y seguida de una ringlera de objetos evidentemente vivos que, iluminados por el sol ya casi en el horizonte, parecían trozos de distintos tamaños y colores arrancados al azar de grandes carteles publicitarios, anuncios de circo, pongamos por caso, sujetos a la parte trasera de la carreta, formando parte de ella, pero con movimiento propio, colectiva y particularmente, como sucede con la cola de una cometa.
-¿Qué demonios es eso?-dijo uno.
-Es un circo-dijo Quick. Empezaron a ponerse en pie, examinando la carreta. Ahora pudieron ver ya que los animales de detrás eran caballos. Había dos hombres dentro del vehículo.
-Demonios coronados -dijo el primero en hablar, apellidado Freeman-. Es Flem Snopes.
Estaban todos de pie cuando la carreta se detuvo y Snopes se apeó, dirigiéndose hacia los escalones. Se diría que hubiese abandonado la aldea aquella misma mañana. Llevaba la misma gorra de paño, la diminuta corbata de lazo sobre la camisa blanca, los mismos pantalones grises.
-¿Qué tal, Flem? -le dijo Quick, mientras Snopes subía los escalones, lanzándoles una breve ojeada a todos y a ninguno-. ¿Vas a montar un circo?
-Señores-dijo Flem, atravesando el porche; los otros se apartaron para dejarle pasar. Luego bajaron los escalones y se acercaron a la carreta, detrás de la cual los caballos se apelotonaban inquietos, algo mas grandes que conejos, tan llamativos como loros y atados entre si y a la carreta con trozos de alambre de púas. De piel moteada, cuerpo pequeño, patas delicadas, hocicos rosados y ojos de distinto color que giraban de un lado para otro, salvajes y sumisos, se apelotonaban, llamativos, inmóviles y vigilantes, asustadizos como ciervos, peligrosos como serpientes de cascabel, mansos como palomas. Los hombres se quedaron mirándolos desde una distancia respetuosa. En aquel momento Jody Varner se abrió camino a empellones hasta situarse delante del grupo.
-Tenga cuidado, jefe-dijo una voz desde detrás. Pero ya era demasiado tarde. El animal más próximo se alzó sobre las patas posteriores con la velocidad del rayo y golpeó dos veces con las pezuñas delanteras el rostro de Varner, más deprisa que un boxeador. El tirón que dio para levantarse al alambre de púas que le sujetaba se extendió hacia atrás entre el resto de la cuadrilla en una oleada de golpes sordos y embestidas-. Eh, vosotros, crótalos comedores de heno con rabo de escoba -dijo la misma voz. Era el otro individuo que había llegado en la carreta. Se trataba de un forastero. Lucía un gran bigote muy negro y un sombrero de ala ancha de color claro. Al atravesar el grupo a toda prisa y volverse para apartarlos de los caballos, los otros vieron, hundidas en los bolsillos de atrás de sus pantalones vaqueros muy ajustados, la culata de una pistola de buen tamaño y una caja de cartón con muchos adornos, como las que se utilizan para vender galletas-. No se acerquen, muchachos-dijo-. Están un poco nerviosos, porque hace mucho tiempo que no los montan.
-¿Desde cuándo no los han montado?-preguntó Quick. El forastero se le quedó mirando. Tenia un rostro ancho, imperturbable, consumido por el viento, y unos ojos fríos y desolados. Su tripa quedaba perfectamente recogida dentro de los pantalones ajustados.
-Supongo que la ultima vez fue cuando los montaron en el transbordador para cruzar el río Mississippi-dijo Varner.

El villorrio, William Faulkner (Trad. J. L. López Muñoz)