23/1/06

El Genio en La República de las Letras

Un texto de ROBERTOKLES:

Los comentarios que envié pecan de veloces y de irreflexivos, porque el asunto es bastante más complejo que lo que dejé entrever. Aparte, se colaron dos o tres errores de bulto, o inexactitudes que me gustaría corregir ahora. Por descontado, y dado que yo no soy un genio que contempla a la humanidad sentado en su trono de piedra en lo alto de una montaña, no se debe tener sentimiento de insignificancia alguno frente a mí. Tampoco frente a nadie, me parece: son las palabras atinadas o los pensamientos bien hilados los que merecen nuestro respeto, pero un respeto dialogante, discursivo: son ellos los que nos invitan al diálogo, y no a la sumisión o al silencio. Tengamos siempre esto en cuenta.

Yo no tengo problemas en afirmar que hay personas con capacidades amplísimas en ciertas materias, tal y como Mozart (o Bach, o Beethoven) las tenían en lo relativo a lo musical, como Miguel Ángel y Rafael las tenían en las artes plásticas, o como Goethe y Cervantes las tuvieron en las Letras. Sin duda, llegar al nivel donde dejaron sus marcas es rarísimo, y no está permitido al común de los seres humanos, ni al común de los artistas el alcanzarlo. Ahora, una cosa hemos de tener clara: que siendo como fueron los representantes más excelsos de la especie humana, eran hombres de carne y hueso. Hombres que paseaban, que tenían sus amigos, que caminaban del brazo de sus parejas o que se desesperaban por no poder tenerlas; que fracasaban en sus empeños artísticos en ocasiones, y que a ratos cometían chapucerías. Eso sí, que cuando hacían las cosas bien, los resultados eran de una brillantez fuera de toda duda. Jünger afirmaba, al respecto de esa exagerada reverencia, que de haber colocado una grabadora magnetofónica (eran otros tiempos) en la Academia de Platón, hubiésemos registrado una infinidad de tonterías. Y eso que daba gran valor a las obras platónicas. Con la teoría del genio, esto que estoy describiendo y que me parece bastante razonable, se pierde irremediablemente.

El genio, en virtud de sus propias capacidades creadoras, asume un estatus que se alza por encima de lo meramente humano hasta situarse a medio camino entre los dioses y los hombres. Y eso tampoco es. Yo estoy totalmente en contra de que se le arrebate la espléndida humanidad, con todas sus contradicciones, a Miguel Ángel o a Mozart sólo en pro de exagerar las jerarquías. Virgilio dejó gran parte de la Eneida sin pulimentar, y eso se resiente en ciertos libros suyos. Shakespeare inserta a veces escenas desconcertantes (el discurso de Desdémona una vez estrangulada), Kant no termina a veces de atar los cabos: reflejo sin duda de su propia humanidad y de que hasta sus capacidades tenían un límite que les permitía el desliz o la falta de percepción. No digo que esto sea mejor que el no cometer ninguno. Simplemente, me limito a señalar el hecho. De la misma manera que no me satisface que se iguale a todos a la baja (buena muestra de ello tenemos en las biografías-ataque que han funcionado durante largos años, en las que se trata de realzar los defectos —entendidos desde las normas sociales vigentes en la época en la que se escribe el libro, ojo— de los grandes creadores: Shakespeare era homosexual —como si no se pudiese decir de él mejor cosa que con quien prefería acostarse—, Beethoven, un tacaño inigualable —¿y?—, etc), tampoco estoy por la labor de permitir que se les lance a la estratosfera o al pedestal de adoración. Insisto: Seres humanos que hicieron una obra mayúscula, mas seres humanos. Entiende por tanto que no niego su trascendencia o sus capacidades: niego que fuesen semi-dioses.

Por lo demás, la capacidad rectora de los genios y su transformación en pastores de la grey, en luminosos guías, no es ni cosa mía ni una mala interpretación de la teoría del genio: va aparejada a sus mismas entrañas, está indisolublemente ligada a su propia condición, como se puede comprobar en los autores que lo tratan: lo nombran de manera explícita, y de manera tan insistente, que es difícil no interpretar que se traspasan los límites del Arte para alcanzar otras esferas: intelectivas, de comportamiento, vivenciales, etc. De aquí a justificar los Hitlers de turno el tránsito es mínimo.

Pero aunque haya un paso, pequeño o grande, pero paso al fin y al cabo, es consecuencia de la entronización del genio y del acriticismo que genera. Démonos cuenta que, una vez reconocido su fenomenal estatus, no nos queda otra que la aceptación sumisa de todo cuanto salga de su mente. Al aumentar de tal modo la distancia que hay entre el genio y quienes no lo son, se crea un espacio que sólo puede ser transitado de abajo a arriba, y no al contrario. Y visto los mayúsculos poderes de que está investido este genio, y que se halla en comunicación con el Espíritu de los Tiempos, cualquiera viene a lanzar un comentario crítico-analítico sobre sus propias interpretaciones. De esta manera, toda interpretación de un hecho artístico quedaría reducida a una única voz, tonante, eso sí, pero única. Imagina un mundo que declare a Quevedo genio: sería un mundo en el que los Góngoras perderían su espacio sin derecho a reclamarlo. La Querelle des anciens et des modernes quedaría solventada de un plumazo, dependiendo a qué miembro de uno de los dos bandos reclamásemos como genio. La misma investidura supone, no sólo la derrota del bando rival, sino su misma desaparición. Estoy en contra de esa univocidad en el Arte. A mi entender, Fidelio no anula Die Freischütz; los novi poetae no quiere decir que los largos poemas épicos sean un error; las distintas comprensiones de la obra teatral entre Cervantes y Lope no se saldarían con la desbandada de los enemigos y el silencio de uno de los dos, sino con el enriquecimiento acumulativo que vivió la Literatura. Entiende que, si aceptamos la teoría del genio, debemos aceptar su reinado unipersonal y su brillo esplendoroso por encima del resto. Es un reino en el que no puede haber diarquía, ni triarquía, ni ninguno de sus múltiplos. Si el genio es Beethoven, callen todos los demás hasta el próximo Giro de los Tiempos. Por eso, cuando acepto la Gran Literatura, la Alta Cultura, no la considero una dictadura, sino un paraje (y me jode escribirlo con estas palabras, que empiezan a sonar a otra cosa, a pensamientos endebles) global: si quieres que lo digamos en la locución que se empleaba antes (y que tan bella y apropiada me parece), estoy por la República de las Letras, un lugar en el que se respetan las jerarquías, pero en el que la tiranía no tiene razón de ser.

Una de las cosas que no maticé debidamente en mi comentario del día anterior: el ámbito del genio en las teorías pre-románticas y románticas es obviamente artístico y no crítico-analítico. En este panorama, Virgilio podría ser genio, pero su comentarista, Servio, jamás. No obstante, las líneas se entrecruzan y el genio artístico, expandido como está por su condición de divinidad, invade el territorio de la crítica interpretativa al arrogarse las funciones de traducción y de exégesis de ese famoso Espíritu de los Tiempos que me lleva a maltraer. Este punto es especialmente complicado, porque no se logra discernir muy bien si uno es genio por traducir adecuadamente y con fidelidad estas voces fantasmales, o por hacerlo de manera artística captando el espíritu (¡y dale!) del mensaje, o por una combinación de ambas. Independientemente de la opción a escoger y que las tintas se carguen a un lado o al otro o al tercero de ellos, lo que sí parece cierto es que se está hablando de que, efectivamente, el genio tiene un indiscutible papel interpretativo. Y aquí es donde me parece que tiene que medirse con la valía de los críticos y analistas (o los pensadores acerca de Estética o Teoría Literaria). Desde luego que para mí son categorías distintas. Y sin negar que haya creadores que puedan ser excelentes críticos (o viceversa), tiendo a comprenderlo como dos regiones distintas. No es así en la totalitaria teoría del genio, donde el máximo creador tiene también que ser el máximo pontífice de la interpretación.

Con respecto a las vanguardias: para mí, es muy claro su agotamiento actual, y que se traten de buscar nuevos caminos me parece necesario. Tender los puentes hacia la tradición, en una época en que el desconcierto es grande, me resulta más esperable que correcto (aun tengo que reflexionar al respecto y ver un poco más a donde nos lleva todo esto). Lo que no me parece de recibo es saltar por encima de las vanguardias, ningunearlas, hacer como si no hubiesen existido, o terminar por creerlas un error mayúsculo. De veras que esto me parece una exageración sin cuento y un fallo garrafal—pese a ser yo mismo un mal lector de vanguardias.

La relativización no es en sí despreciable, no hay que caer en ese error universalista: lo son sus excesos. El historicismo es naturalmente relativista, al considerar la diferencia entre épocas y al medir los productos de arte dentro del marco de una cultura dada, y yo soy marcadamente historicista. Claro que, de eso, al extremo relativismo que postula que el garabato de un niño tiene o puede tener el mismo valor que la obra de Rembrandt o que Fangoria puede medirse en pie de igualdad con Rossini, no le concedo tregua alguna. Extendiendo de tal modo el concepto de Arte, el problema se desplaza desde saber lo que es Arte hasta plantearnos qué es lo que no puede serlo.

Como colofón: tengo suficiente respeto por la jerarquía, que me parece esencial en el mundo de las Artes, pero no tolero que se cierre la boca de los demás en función del respeto a la jerarquía. El punto al que hay que tender es crear, meditar o criticar Arte. No es defender la tradición en tanto tradición, o la jerarquía en tanto jerarquía. Del primer modo, el día en el que una señora o señor anónimos reflexionen mejor que Steiner estaremos en condiciones de aceptarlo; en el segundo de los casos, nos tendríamos que entretener en acallarnos. Y no estoy para hacer de policía a estas alturas.