28/2/05

Julio César, de W. Shakespeare

Julio César debería titularse La tragedia de Bruto, pues Marco Bruto es el principal protagonista de la obra, el esforzado héroe que intenta, a pesar del amor que siente por Julio César, restituirle a Roma la República arrebatada por el tirano. Julio César es una historia de intrigas y conspiraciones, y, sobre todo, como siempre en Shakespeare, del poder de convicción de la palabra.
Es posible que Julio César no sea una de las más afortunadas obras del bardo, sobre todo, por la constricción histórica que supone representar acciones documentadas. Julio César, Antonio y Cleopatra, Titus Andrónico y Coriolano son las obras del ciclo romano que compuso Shakespeare ante la prohibición de basar las obras teatrales en hechos ocurridos en Inglaterra. No sé si esta prohibición consiguió eliminar los paralelismos entre historia y actualidad de la época de Shakespeare a que se prestaban. Lo cierto es que Julio César es una obra política en la que se plantea la decisión de Bruto de acabar con César para restaurar la República. Dos son los personajes que influirán en los acontecimientos: Casio, el tentador de lengua ágil que seduce a Bruto, y Marco Antonio, a quien Bruto, y el resto de conspiradores, subestiman en cierta manera, permitiéndole hablar en el funeral de Julio César, lo que será fatal para ellos y nos brindará el momento más álgido de toda la obra. El personaje de Julio César en la obra de Shakespeare se paseará como un acerico por escena sin apenas líneas de diálogo interesantes. Se podría destacar la siguiente:

César: Quiero tener a mi alrededor hombres gordos, de cara lustrosa, y de los que duermen bien por la noche. Ese Casio tiene aire macilento y hambriento: piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.
Antonio: No le temas, César, no es peligroso: es un noble romano de buena condición.
César: Querría que fuese más gordo. Pero no le temo. Sin embargo, si mi nombre estuviese sujeto al temor, no conozco otro hombre al que evitaría tanto como a ese flaco de Casio. Lee mucho, es un gran observador, y penetra bien en las acciones de los hombres. No le gustan los juegos, como a ti, Antonio: no oye música: rara vez sonríe, y sonríe de tal modo como si se burlara de sí mismo y despreciara a su espíritu por poderse mover a sonreír de algo. Los hombres como él nunca tienen el ánimo en paz mientras observan a alguno mayor que ellos mismos, y por tanto son muy peligrosos. Te digo lo que hay que temer, más bien que lo que yo temo, pues siempre soy César.


La pluma agudísima de Shakespeare siempre nos muestra certeros caracteres humanos, y en nuestro caso, practicó el derribo de mitos:

Casio: (...) Bueno, el Honor es el tema de mi historia: no puedo decir que pensaréis de esta vida tú y otros hombres, pero por mi parte, preferiría no ser antes que vivir para estar temeroso de nada semejante a mí mismo. Yo nací tan libre como César, y tú también: los dos nos hemos sustentado lo mismo, y los dos podemos soportar el frío del invierno tan bien como él. Pues una vez, en un día crudo y ventoso, cuando el turbado Tíber golpeaba sus orillas, César me dijo: “ ¿Te atreves ahora, Casio, a saltar conmigo a esta colérica corriente, y nadar hasta allí?” Ante estas palabras, me zambullí, vestido como estaba y le dije que me siguiera, como hizo en efecto. El torrente rugía, y nosotros lo vencíamos con fuertes músculos, echándolo a un lado y haciéndole frente con corazones combativos. Pero antes que pudiésemos llegar al punto señalado, César gritó: “¡Ayúdame, Casio, me hundo!”. Yo, igual que Eneas, nuestro gran antepasado, sacó sobre sus hombros al viejo Anquises de entre las llamas de Troya, así saqué al cansado César de entre las ondas del Tíber: y ese hombre ahora se ha hecho un Dios, y Casio es una criatura desgraciada y debe inclinar el cuerpo sólo porque César le haga una cabezada distraída. Cuando estuvo en España, tuvo una fiebre, y al venirle el ataque, me fijé en cómo temblaba: es cierto, ese dios temblaba, sus labios cobardes huyeron de sus colores, y esos ojos cuya mirada asusta al mundo, perdieron su fulgor: yo le oí gemir: sí, y esa lengua suya que ordenó a los romanos fijarse en él, y escribir sus discursos en sus libros gritó: “Ay dame algo de beber, Titinio”, igual que una muchacha enferma. Oh dioses, me sorprende que un hombre de temple tan débil tenga de tal modo la precedencia en el mundo majestuoso y lleve la palma él solo.

En el último acto César vuelve a escena como espectro, en un tímido intento de introducir algunos de los temas shakesperianos clásicos (las apariciones, las predicciones), pero el parlamento de Marco Antonio culmina la obra, que después no hace más que alargarse innecesariamente en cumplimiento de un rigor histórico, que, por cierto, Shakespeare desprecia olímpicamente.
A pesar de eso, Julio César parece ser la más coherente históricamente de las obras de Shakespeare, tal vez por las numerosas biografías que se conservan sobre él, siendo la de Suetonio la más conocida (por lo menos en la actualidad) Supongo que al bardo, dejando aparte el atractivo histórico de una figura como la de Julio César, debió entusiasmarle la parte en que se refieren los prodigios observados antes de la muerte de César, cataclismos, tormentas, sueños premonitorios, que él fuese hacia el Senado con un escrito donde se detallaban detalles de la conspiración. Tampoco pudo evitar, tan sardónico como siempre, relatar el error de la muchedumbre que linchó a Helvio Cina confundiéndole con Cornelio. Sin embargo Shakespeare en Julio César se centra en el drama de los conspiradores, buscando como siempre el lado humano, el retrato psicológico antes de que se inventase la psicología, y enmarca todo ello en los hechos históricos recopilados.
A pesar de sus defectos, Julio César es una obra imprescindible, de visión o lectura obligatoria, aunque sólo sea por su enseñanza, por como nos previene contra demagogos y charlatanes, por como nos muestra las artimañas que llevan al Poder.

(Los textos son de la traducción de José María Valverde)
(Como no tengo muchas ganas de escribir, sigo rescatando mensajes... aquellos que ya los hayan leído sabrán perdonarme... supongo)