16/2/15

El congreso (de futurología, de Stanislaw Lem), de Ari Folman

La realidad. La Realidad. La “(R) (r)ealidad”

¿Por qué insistir (yo) en un tema gastado y efectivamente acotado por su definición?

Según la RAE realidad es la existencia real y efectiva de algo y define a su vez real como aquello que tiene existencia verdadera y efectiva.
La realidad como existencia “verdadera”
La Wikipedia se extiende algo más: La realidad (del latín realitas y éste de res, «cosa»), es el término lingüístico que expresa el concepto abstracto de lo real, es decir de aquello que en filosofía se refiere a lo que es auténtico, la inalterable verdad en relación -al mismo tiempo- al ser y la dimensión externa de la experiencia.

Una consulta al Ferrater Mora complica más las cosas.
La realidad, dicen unos, está sujeta a la experiencia. Lo Real es, en principio, inasible.
La realidad es subjetiva, otros.
Debe haber (existir) algo que sustente la última instancia de la realidad. Lo verdaderamente real, valga la redundancia.
El resto, queda supeditado a nuestra experiencia sensorial, verdadera o falsa.



Un grupo de científicos se reúnen para debatir ciertos temas de vanguardia cuando una revolución estalla y el despótico poder emplea armas psíquicas para desmantelar a la insurgencia. Los efectos de esas armas se vuelven contra los mismos que los emplean.

Una actriz madura con problemas familiares (¿la verdadera Robin Wright?) recibe la propuesta de ser escaneada bajo unas cláusulas contractuales que la impedirán actuar en lo que le resta de vida. En su lugar, el estudio se reserva el derecho de explotar a la actriz virtual llamada Robin Wright.

Veinte años después.

Ijon Tichy ha sido operado, congelado y devuelto a la vida en una sociedad completamente medicalizada. ¿Robin Wright es Robin Wright? Ya no es la actriz que se interpreta a sí misma de la primera parte de la película, sino un “dibujo animado” que se dirige al Congreso, donde descubriremos, al igual que de la mano de Tichy, que nada es lo que parece.
Realidad impostada.



Nos debatimos entre el horror y la aceptación. Sí, efectivamente, es una idea espantosa no ser capaces de distinguir la verdadera realidad. Pero desentrañar el misterio no nos hará más felices.

Tichy busca la forma de huir de un espantoso futuro en el que la felicidad y el bienestar son simulaciones. Robin Wright (¿o es la Robin Wright propiedad del estudio cinematográfico?... es decir, ¿lo que vemos es la realidad del personaje de la primera parte de la película o una película basada en el personaje Robin Wright?) (“personaje Robin Wright” porque no tiene nada que ver con las circunstancias personales de la persona, actriz, Robin Wright) puede encontrar cierta esperanza para su hijo en una realidad impostada a pesar de no estar conforme con ella.

Es una novela. Es una película. Es la realidad.

2/2/15

Institute Benjamenta, de los hermanos Quay

Institute Benjamenta, or This Dream People Call Human Life, es el título de la película que los hermanos Quay, Stephen y Timothy, estrenaron en 1995, basándose muy libremente en Jakob von Gunten y otros textos de Robert Walser.



Muy libremente.
El primer aspecto que hay que destacar es que es la primera película que los Quay rodaron sin emplear las técnicas de animación por las que son reconocidos.
El segundo es que parecen aportar una interpretación, o un par de ellas, al texto de Walser.
Por ejemplo, me pregunto si hay que considerar la procedencia de los alumnos del instituto (o simplemente coincide con el origen de los actores):
Auclair: Barcelonnette; Fridolin: Fisoloebede; Schilinski: Nyepertatikva. Jorgenson: Aarhus; Hebling: Fnetenberbel; Pepino: D'Agrigento; Iñigo: Euskadikoa.



Tengo que decir que ignoro a que lugar hacen referencia algunos de los toponímicos. Pero parece que los alumnos del Benjamenta fílmico se extienden por toda Europa, mientras que en la novela de Walser parece confinarse al espectro centroeuropeo.
Recordemos que el Instituto de la película imparte los conocimientos necesarios para convertirse en sirviente, algo que en la novela no es descrito tan explícitamente, sino que se acepta como posibilidad.
De hecho en el Instituto Benjamenta no se enseña nada.



En segundo lugar, el carácter de Jakob queda difuminado y sólo podemos contemplar su actitud. Lógico si pensamos que una narración en primera persona se convierte en una narración fílmica, es decir, externa al personaje. Kraus también se transforma. No lo contemplamos a través de los ojos de Jakob sino a través de la cámara, por lo que se convierte en alguien (algo) inextricable.

En tercer lugar, y quizás el logro más interesante de los Quay, es transformar la historia de (no) aprendizaje de Jakob von Gunten en una fantasmagoría en la que subyace cierta pulsión erótica centrada en Lisa Benjamenta.



Todas las libertades narrativas que se permiten los Quay son circunstanciales. Hay un personaje principal claro y evidente desde el inicio, desde el mismo título de la película: El Instituto Benjamenta. No los rectores del establecimiento, no sus alumnos. El mismo edificio.



Lo que los Quay nos proponen es adentrarnos en un mundo opresivo y herrumbroso, un lugar en proceso de descomposición cuyos días están contados, cuya decrepitud, que se extiende como el moho, es angustiosa y terminal.



La verdad es que la película es un maravilloso ejercicio de iluminación y composición. No intenta adaptar la novela de Walser porque no es posible. Crea un mundo nuevo, subsidiario del Jakob von Gunten, que permite una lectura paralela de la novela, pero constituyendo en sí misma un ente autónomo de los textos de Walser. Un brillante (y oscuro) homenaje.




Nieve.

1/2/15

Jakob von Gunten, de Robert Walser

[Amaneció todo nevado. No hay huellas en la nieve. No hay un cuerpo tendido en ella. Sigue nevando]

¡Qué sueño más horrible tuve hace unos días! Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. Era un ser brutal de pies a cabeza, un trozo de carne humana emperejilado, torpe, cruel. Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. Me bastaba con estirar la mano, cosa que de rato en rato hacía. En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas sólo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral. ¡Oh, cómo me complacía la idea de haber dejado en el aire a varios de mis congéneres! Y cogí una campanilla y llamé. Un anciano entró..., perdón, se introdujo a rastras – era la sabiduría de la vida –, y a rastras se llegó hasta mis botas, para besármelas. Y yo se lo permití a ese ser degradado. Pensad un poco: la experiencia, principio noble y bueno entre todos, lamiéndome los pies. Es lo que yo llamo ser rico. Y como me vino en gana, volví a llamar, pues sentía, no sé bien dónde, un acuciante deseo de divertirme; y apareció una tierna jovencita, un auténtico bocado para un libertino como yo. Dijo llamarse ‘inocencia infantil’ y, mirando furtivamente el látigo que había a mi lado, empezó a besarme, lo que me reanimó a un grado increíble. El miedo y la corrupción precoz aleteaban en sus hermosos ojos de cierva. Cuando tuve bastante, volví a llamar y entró un joven esbelto y bello, pero pobre: el lado serio de la vida. Era uno de mis lacayos, y yo, frunciendo el ceño, le ordené que hiciera pasar a esa fulana, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, las ganas de trabajar. Poco después hizo su entrada el empeño, y me di el gusto de asestarle a ese hombre íntegro, a ese trabajador de extraordinario físico, un sonoro latigazo en el centro de la plácida y expectante cara: ¡para morirse de risa! Y él, que era el afán, la prístina energía creadora, lo toleró sin protestar. Cierto es que luego le invité a un vaso de vino con gesto perezoso y altanero, y el pobre idiota bebió a sorbos el vino de la vergüenza. «Anda, trabaja para mí», le dije, y él obedeció. Luego compareció la virtud, figura femenina de una belleza avasalladora para todo el que aún no esté completamente congelado. Entró llorando; yo la senté en mis rodillas e hice disparates con ella. Cuando le hube robado su inefable tesoro, el ideal, la eché entre expresiones de sarcasmo y, a un silbido mío, se presentó Dios en persona. “¿Cómo? ¿Tú también?”, grité, y me desperté bañado en sudor.


Creo que el mensaje de Jakob von Gunten es explícito: “Huir de la cultura, ¿sabes, Jakob? ¡Qué gran cosa!”. La novela de Walser supone la exaltación de la mediocridad para alcanzar… ¿alcanzar, qué?... ahí se me desmorona el mensaje de Walser y me impulsa a buscar en el texto un significado alegórico.
Pero no lo encuentro.
¿No lo encuentro porque no lo hay o porque carezco de referencias contextuales sobre Walser?
Abandonó la escuela, abandonó el hogar familiar, tuvo varios trabajos no relacionados con la literatura…
¿Acaso no hay más que lo que el mismo texto muestra, la decisión voluntaria de impregnarse de mediocridad para sobrevivir?

“Esta idea, es decir, la de que, como todo hombre humilde, siempre podré comer mi pan cotidiano, me dejaría profundamente herido si aún fuese el antiguo Jakob von Gunten, el descendiente, el retoño de mi estirpe, pero me he convertido en algo totalmente distinto, en un hombre común y corriente, y esta transformación en un hombre común y corriente, que debo a los Benjamenta, me llena de una confianza indecible, perlada por el rocío de la satisfacción. He cambiado mi orgullo, mi sentido del honor. ¿Cómo he podido degenerar siendo tan joven? Aunque ¿será esto degeneración? En cierto sentido, sí; pero por otro lado es conservación de la especie”


La ironía que encierra el texto autobiográfico de Jakob von Gunten es que no se puede ser un hombre común y corriente, ser, además, consciente de ser un hombre común y corriente y ser un hombre nada común y corriente cuando escribe. El narrador de Jakob von Gunten no es un hombre común y corriente, pero se empeña en afirmárnoslo. Es una persona que ha hecho una elección y la mantendrá en su vida (voluntariamente mediocre), pero que sin embargo nos cede un texto en el que la mediocridad no está presente. De alguna manera Jakob nos engaña. No es un narrador infidente, porque cree verdaderamente en lo que dice.  Pero no olvida la ironía que encierra su situación. Podríamos decir que es una persona disociada. Por un lado abraza la mediocridad de la cotidianeidad, por otro la excelencia literaria.

Tal vez sea ese el significado alegórico, salvo que no es alegórico. ¿Alcanzar, qué? No hay nada que alcanzar. Es, simplemente, conservación de la especie. Después (al mismo tiempo) en otro nivel distinto, lejos de las “necesidades”, se encuentra la Literatura.

Gracias, Jakob von Gunten. Muchas gracias, Robert Walser.

[Sigue nevando. No hay pasos en la nieve]



Los fragmentos de Jakob von Gunten, de Robert Walser, en la traducción de Juan José del Solar, Debolsillo.

22/1/15

La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee.

Antes de leer esta reseña INTENTAD NO PENSAR EN UN OSO POLAR.

Bien. En esta reseña no va a aparecer ningún oso polar. Es una idea vírica que se atribuye, como muchas otras frases, indistintamente a Dostoievski y a Tolstoi (a una de las muchas conversaciones que Tolstoi y su hermano, también Tolstoi, mantuvieron a lo largo de su vida en las que tantas cosas se dijeron para la posterioridad)
En esta reseña tampoco aparecerá El Juego. Ya sabéis, ese juego que acabáis de perder sí estáis leyendo esto. “Cuando uno piensa en El Juego, pierde”, es una de las reglas. Obviamente, perdí.
Pierdes si piensas en un oso blanco.
Pierdes si piensas en Jesús.
En la Patrulla de salvación (ese blog que nadie lee) recopilaron una serie de reseñas negativas de la novela de Coetzee (Lo últimode Coetzee es una cagada) en la que muestran a la Inteligentsia de este país obsesionada y condicionada con la idea del oso polar.

La infancia de Jesús de Coetzee tiene dos partes bien diferenciadas: La novela y el título. El título es una idea vírica implantada en la mente del lector que condiciona la lectura alegórica de la novela. Lo que hay que hacer es intentar no pensar en el oso blanco. Lo que hay que hacer es no pensar en el título. Y eso, ya lo sabemos, es imposible. Luego, hemos perdido.
Coetzee nos propone un viaje a una sociedad extraña. En todas esas reseñas que mencionan en la Patrulla, se desmenuza, a falta de otra idea, el argumento de la novela. Intentaré no redundar en ello. Sólo decir que se trata de una sociedad simple, incluso ingenua, en las que las necesidades básicas están garantizadas por el Estado, en la que se habla español, pero en la que la cuestión de si el loco está cuerdo y los locos son los cuerdos es considerada una cuestión de filosofía colegial. Lo que los críticos de la novela parecen aborrecer es que no hay grandes ideas en la novela de Coetzee, que sus personajes son simplistas, irritantemente básicos, que sus parlamentos son incongruentes, contradictorios y sin fundamento intelectual. Bienvenidos al mundo real, habría que decirles. Coetzee, desde luego, ya lo ha demostrado, no va a ponernos las cosas fáciles, no va a decirnos cómo debemos leer la novela, no va a decirnos cómo debemos interpretarla. Si los diálogos y los hechos resultan irritantes y contradictorios lo que debemos preguntarnos es por qué Coetzee nos los muestra así, cuál es su objetivo. Y por qué la obsesiva presencia del oso polar… quiero decir, la obsesiva posibilidad que se nos brinda cada poco de interpretar la novela en un contexto “bíblico” que, finalmente, resulta erróneo.

Y ahora pienso en el oso polar.

O no resulta erróneo, porque esa es otra cuestión: se puede interpretar la novela alegóricamente como una vida de Jesús, pero una especie de Jesús fallido, que quizás se acerque más a la verdadera vida de Jesús, no al Jesucristo mítico que se conoce a través de los evangelios, sino a la persona real y sus hechos, que fueron la base para el relato (exagerado, como todo relato) de la vida de Jesús que recoge la Biblia.
Y es que aunque nos empeñemos en no pensar en el oso polar que aparece en el título, la misma novela da pie a una interpretación bíblica. O, posiblemente, nos muestre una posible realidad que reinterpretada da origen a un mito. Lo que propone Coetzee, si pensamos en el oso polar, es cómo funciona la creación del pensamiento mítico partiendo de situaciones y hechos banales, que pueden a su vez ser interpretados en su misma prosaicidad o, mediante argumentos psicológicos, en nuestro caso reducidos a un caso de educación contraria a las normas establecidas. Un cuerdo entre locos. O al contrario. Ya sabemos que eso es filosofía de colegial.
La clave de esa interpretación es el Quijote que aparece en la novela, que tiene las siguientes características: a) es un texto abreviado para niños; b) su autor es un tal Benengelí, que aparece retratado con su característico turbante; c) el niño, David-Jesús-Oso Polar, aunque puede leer el texto, con limitaciones en el significado de algunas palabras, interpreta el libro a través de las ilustraciones que contiene; d) el niño no distingue entre realidad y ficción.

Y esto, señoras y señores, es sencillamente fantástico.




P.S.: La coda consecuente al oso polar sería buscar el referente de la novela.

9 Quien tiene oídos para oír, oiga. 10 Entonces, llegándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? 11 Y él respondiendo, les dijo: Por que á vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos; mas á ellos no es concedido. 12 Porque á cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 13 Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. 14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no miraréis. 15 Porque el corazón de este pueblo está engrosado, Y de los oídos oyen pesadamente, Y de sus ojos guiñan: Para que no vean de los ojos, Y oigan de los oídos, Y del corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane. 16 Mas bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. 17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron: y oír lo que oís, y no lo oyeron.
Mateo 13:9-17: La Biblia Reina-Valera.

En fin, mitos sin fundamento.

No pensemos en el oso polar.

16/1/15

La estrella de Ratner, de Don DeLillo

Hay un pasaje en La estrella de Ratner, en la que Don DeLillo parece definir su narrativa. Es un pasaje que me temo será repetido y copiado y enlazado muchas veces:

No hace falta poner por escrito las palabras. Tú ya sabes qué aspecto tendrá cada página, y con saber eso ya basta. En realidad no hay más que eso. Existe toda una clase de escritores que no quieren que sus libros se lean. Hasta cierto punto, eso explica su prosa enloquecida. Si formas parte de esa clase de escritores, expresar lo expresable no es la razón de que escribas. Hasta resulta vagamente embarazoso que te entiendan. Lo que quieres expresar es la violencia de tu deseo de que no te lean. Es la fricción del público lo que enloquece a los escritores. Esa gente va a leer lo que escribas. Y cuanto más entiendan ellos, más vas a enloquecer tú. No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado. Si formas parte de esa clase, lo que tienes que hacer es o no publicar o asegurarte del todo de que tu obra deje a los lectores tirados por los márgenes. Esto no es solamente lo que permite que exista literatura, sino que también es indispensable para tu salud mental.
  
DeLillo tenía cuarenta años cuando se publicó La estrella de Ratner, su cuarta novela. Todavía le faltaban diez años para alcanzar la excelencia de Ruido de fondo. Ya sabía lo que era la violencia del deseo de no ser leído. El personaje al que se refiere este fragmento, el peor maltratado de todos los que aparecen en la novela (no por el autor, por el resto de los personajes, particularmente por uno), una periodista, tiene desperdigados por la habitación una gran cantidad de folios en blanco numerados que constituyen una novela que no es necesario ser escrita. Ya sabe qué aspecto tendrá cada página, y con saber eso ya basta. “En realidad no hay más que eso”.

 Una vez escrita la novela que no precisa ser escrita, cabe preguntarse qué es La estrella de Ratner partiendo de la premisa (¿impuesta por el propio autor, por uno de sus personajes?) de que no se puede permitir que el lector sepa de qué está hablando el autor. Así podemos hablar de ciencia-ficción, de crítica social, de comedia, de la influencia de Kafka, de psicología, de literatura, de algunas de esas cosas o de todas ellas.

(Por cierto, habría que indagar en la influencia que esta novela de Delillo tuvo sobre Los inconsolables de Kazuo Ishiguro)
(Por cierto, habría que indagar en la influencia que esta novela de DeLillo tuvo sobre algunos aspectos de las películas de Lynch: “También el encendedor de acero inoxidable. Tenía una llama inmensa. Cada vez que su padre acercaba el pulgar a la ruedecilla traqueteante, Billy se apartaba. La enorme llama azulada venía acompañada de una ráfaga de aire furioso, un efecto que él no asociaba con cosas que se encendían sino con cosas que se apagaban, con el último aliento de un cuerpo apenas formado, calor y luz sorbiendo un momento supremo”)

La clave de la está de nuevo en el párrafo que encabeza este texto: “No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado”. Lo que hace DeLillo es construir un texto denso, farragoso, verborreico, a ratos plúmbeo, que parte de un mcguffin interestelar. Plaga el libro de discursos confusos sobre temas vagamente científicos desacreditados en sí mismos por la subjetividad con que son expuestos. Solo la punzante ironía del personaje principal puede salvar al lector de caer en la trampa de DeLillo. Porque La estrella de Ratner NO PUEDE GUSTAR al lector. Está escrita CONTRA el lector y lo hace tratando unos temas ante los que el lector se siente un tanto desprotegido. La misma presentación del enclave científico como un lugar diseñado con una arquitectura irracional para los habitantes, pero “lógica” y “matemática”, critica en cierta manera la idea mítica con que la sociedad contempla a la ciencia. La ciencia es la nueva religión, parece decirnos DeLillo y, como la religión, el concepto social de Ciencia, tiene pies de barro. Y la novela es como el edificio que alberga el Experimento de Campo Número Uno, es lógica, es matemática, es científica y es hostil a las personas.

Al final la única solución es excavar un agujero en la tierra del desierto y enterrarnos todo lo profundamente que podamos.

De ahí, quizás, la recurrencia del desierto y de la desaparición (y búsqueda) del individuo en él, un tema que aparece en varias novelas de DeLillo.



Los textos de la traducción de Javier Calvo de Ratner’s Star para Seix Barral.

9/1/15

A vueltas con Beckett

Escribo un post que título Samuel Beckett, el último humanista, cuando la biografía de Cronin se titula realmente "Samuel Beckett, el último MODERNISTA"
¿Qué clase de lapsus es ese?
Obviamente no estoy muy de acuerdo con lo de Modernista y sí mucho más con el Humanismo de Beckett... o con los restos de humanismo que conservan sus personajes.
Pero debe haber algo más.

Olvidé copiar un fragmento que demuestra como debe una persona enfrentarse a los verdaderos genios:

Aidan Higgins, escritor irlandés, a través de John Beckett, primo de Samuel concertó una cita con el autor de Molloy.
"Higgins estaba intrigado: el hombre al que iba a conocer podría ser Demócrito o podría ser Heráclito, el hombre que dice no o el hombre que dice sí. Lo cierto es que no fue ni lo uno ni lo otro. Higgins estuvo muy nervioso, mientras que Beckett estuvo cortés, cordial, considerado, 'incluso de una forma devastadora'. Tanto fue el nerviosismo de Higgins, sin embargo, que en un momento dado tuvo que ir a vomitar al lavabo, al baño. Le pareció una reacción apropiada tras conocer a Beckett, cuya cortesía y consideración fueron casi excesivas, imposibles de soportar"

De la traducción de Miguel Martinez-Lage, para la editorial La Uña Rota. 

8/1/15

Samuel Beckett, el último modernista, de Anthony Cronin





Una persona. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No. Esa persona sabe sobre sí misma. El resto, a nuestra vez personas insondables, podemos apreciar fragmentos, retazos, esbozos.
Samuel Beckett. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No.

“Molloy y todo lo que vino después fue posible el día que tomé conciencia de mi propia estupidez. Entonces empecé a escribir lo que sentía”

dijo Beckett… o así aparece recogido en Beckett par lui-même por Ludovic Janvier.

¿Sabemos? No.

Se insinúa por parte de Cronin cierta disfunción de tipo sexual, que en cierta manera condicionó la vida de Beckett… tal vez no profundiza más por respeto y pudor. Lo cual no me parece mal. Beckett se enfureció cuando se publicaron las cartas íntimas que a lo largo de su vida se habían cruzado James Joyce y Nora Barnacle.

(“Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico”, escribía en una de ellas Joyce)

¿Queremos saber? No. En serio, hay ciertas zonas de las vidas de cada uno de nosotros que deberían ser opacas para el resto. No por nada especial, ni por nada lascivo o prohibido, ni por mojigatería… sencillamente los detalles de nuestra vida pertenecen a cada uno de nosotros, quizás sea lo único que verdaderamente poseemos. No queremos saber.

No deberíamos querer saber.

Escribe Cronin casi al final de su biografía:
“Cuando [Beckett] leyó el Oscar Wilde de Richard Ellman le sorprendió lo que denominó ‘la hipocresía de los ingleses’, aunque el libro le pareció demasiado largo y demasiado detallado, como de hecho suelen ser casi todas las biografías modernas”

Tal vez un intento de autodefensa. La virtud, la gran virtud, de la biografía de Beckett escrita por Cronin, es que se fundamenta principalmente en fuentes escritas por el propio Beckett. Para suerte de su biógrafo, Beckett escribió infatigablemente miles de cartas a lo largo de su vida. Disponer de esa fuente documental le permite bucear en el pensamiento de Beckett, en los sucesos de su vida, en sus sufrimientos y alegrías.

Pero recordemos que somos espectadores que no podemos apreciar más que fragmentos. Lo que nos propone Cronin es acercarnos lo más posible a aquello que podría considerarse una visión fragmentada pero casi completa de la vida de Beckett. Tal vez fundamentada en una ficción, porque todo escrito deviene ficción en contraposición a la “realidad”. Por eso, lo que nunca debemos olvidar es la abismal diferencia entre ese calidoscopio de imágenes truncadas que podríamos creer que es la vida de Beckett y la contundencia de su obra literaria. Hay una brecha que nunca podremos salvar, podemos ver a esa persona, haciendo, diciendo, pero no podemos alcanzar, ni rozar siquiera, el proceso mental de creación de unas obras prodigiosas. Ni descubrir el sentido hermético de la mayoría de su obra, sentido que, afortunadamente para nosotros, lectores, Beckett se resistío a revelar.

Beckett, en la antesala del tribunal, “intercambia saludos” con la persona que le apuñaló. Pregunta a su agresor por qué lo había hecho. Prudent contesta: “No lo sé”. Ahí está la diferencia que hace que toda biografía sea inabarcable: La diferencia entre lo que dice, “no lo sé”, y lo que verdaderamente impulsó a Prudent a perforar el pulmón de Beckett. “No lo sé”, dice Beckett que dijo. Pero Cronin apunta con verdadera cordura: Esta versión es muy posterior a los hechos. Es algo que Beckett cuenta a posteriori, algo que resulta muy conveniente y consecuente con el sentido (o con el no-sentido) de sus obras teatrales. Quizás el “no lo sé” forme parte de otra narración, de una mayor.
Una narración cuyo principal argumento sea el sentido de Esperando a Godot y la insistencia casi obsesiva en que en cada representación que Beckett pudo controlar de la obra, se respetase estrictamente el texto y las acotaciones, que los actores no se empeñasen en “ser” los personajes, sino en representar el texto según las directrices del propio texto. Actuación textual, podría llamarse.
Y la incógnita sobre quién es Godot, o qué representa el personaje que no aparece, o qué significa o a qué se debe su nombre:

- Godeau: Un conocido ciclista francés de la época, al que Beckett había visto (sus intereses extraliterarios se decantaban por el deporte) “me parece recordar que era calvo”.
- Godillot: Palabra en argot que en francés significa bota (dijo Beckett)
- Rue Godot le Mauroy: una calle de Paris en la que se apostaban prostitutas. “Cuando una de las prostitutas le ofreció sin éxito [a Beckett] sus servicios, le dijo con sarcasmo a qué esperaba y si esperaba a Godot”, relata Cronin.
- “God ist tod”: Nietzsche.
- Dios: “God en inglés significa Dios… Nota del traductor” (sic).

Sigamos.

Años antes Beckett oyó a Hitler hablar por la radio y pensó que era como oír salir el aire de una rueda pinchada.

Cronin no desvela qué película había visto Beckett la noche que fue apuñalado. Es algo que me preocupa desde hace mucho tiempo.

Consideramos a Beckett un hito histórico. Pero contextualizo. Quizás mientras yo leía en un tren Cómo es, Samuel Beckett cruzaba una calle de París en medio del tránsito como era su costumbre. Quizás mientras yo leía Molloy, Beckett miraba por la ventana la curiosa vista que se contemplaba desde su habitación del asilo Tiers Temps: Un único árbol en un patio.
Aún siendo de alguna manera coincidentes en el tiempo, es imposible contemporizar con la enorme figura del escritor irlandés, Beckett ha sabido con su obra trascender el tiempo, abolirlo.

Entonces, yo no viajaba en tren. El árbol lleno de vida, floreciente. No ramas secas. Lleno de pájaros. Junto a las vías.
  
¿Tienen sentido sus textos? ¿Tienen el mismo sentido para Beckett mientras los escribe que para nosotros mientras leemos? Una respuesta afirmativa a la primera pregunta sería asegurar que tienen un sentido en sí mismos, más allá de la experiencia creativa y de la interpretación lectora. Seguramente lo tienen, seguramente la intención de Beckett era esa. Lo importante (y trascendente) es que desvelan una porción de la condición humana plagada de desolación y de una patética comicidad. Esa es la innegable grandeza de los textos de Samuel Beckett, un escritor fundamental para la narrativa y la dramaturgia del siglo XX, quizás cruel (más que injustamente) olvidado por la mayoría. Los límites de la narrativa a los que nos condujo Beckett suponen un gran escollo para el avance o, querrán algunos, un punto muerto a partir del cual no se puede continuar.

Y luego está su vida. La narrativa en torno a su vida.

He tenido mucha suerte con algunas biografías de escritores que he leído, un género al que me acerco con susceptibilidad: Vida y confesiones de Oscar Wilde, (Laertes) de Frank Harris, un libro que presté y que jamás me devolvieron. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982, (Minotauro) de Emmanuel Carrère y la que nos ocupa Samuel Beckett, el último humanista, de Anthony Cronin.


Los textos entrecomillados pertenecen a la traducción de Miguel Martinez-Lage, para la editorial La Uña Rota.

17/12/14

Hace poco tiempo

Entro en una librería y deambulo mirando las estanterías buscando algún título, alguna novela que me apetezca leer de forma especial. Nada. No encuentro nada que me interese. Acabo comprando una novela de Modiano, Accidente nocturno, la última publicada por Anagrama aunque fue escrita en 2003. Las novedades suelen tener 10 años por aquí… como mínimo. 
A todo esto es una buena novela. Aunque no despierta en mí interés por seguir leyendo a Modiano. 
Creo que es un síntoma de mi progresiva perdida de entusiasmo.
No es cuestión de este último año en otra ciudad. Es algo que arrastro desde hace bastante tiempo. Gaddis fue la excepción. Markson fue la excepción. Vollmann fue la excepción. Munro fue la excepción. Gombrowicz fue la excepción. Danielewski fue la excepción. El resto de mis lecturas ha sido en su mayor parte placenteras, pero sin esa emoción que me impulsa a querer ir más allá de los textos.
Exagero.
Pienso, por ejemplo, en alguien que en su momento me produjo una emoción parecida. No es un nombre tomado al azar. Deliberadamente elijo a un autor casi olvidado. Me pregunto si sería capaz de volver a leer a Joan Perucho. Es decir, si volviese a leer a Perucho (Les histories naturals, Les aventures del cavaller Kosmas, et al.), ¿volvería a sentir esa emoción? Si dentro de diez años decido releer a Markson ¿volvería a sentir esa especie de revelación que me han producido sus no-novelas?
El transcurso del tiempo es verdaderamente repugnante.
Mata el entusiasmo. 
O ¿acaso se pierde?
Tampoco siento ningún entusiasmo al escribir (si es que alguna vez lo he sentido) Pero esa es otra cuestión.
Tengo una lista de lecturas sin comentar. ¿Debería desenterrarla? Porque si no me entusiasma comentarla tal vez tampoco os interese leerla. Ni las novelas que comento por pura desidia. 
La verdad es que todo esto (el blog, las novelas que comento) tiene más que ver conmigo que con las novelas que leo y comento y no comento.
La verdad es que cada día estoy más cerca de estar muerto y cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien y ya tengo decidido que la última novela que leeré será La educación sentimental de Flaubert.
(Escritores que dejan de escribir. ¿Lectores que dejan de leer?)

Voy a intentarlo. No me culpen.

Mediocristán es un país tranquilo, de Luis Noriega no tiene distribución en España a pesar de que su “anterior” novela, Donde mueren los payasos, si que la tuvo. Mediocristán es mucho mejor que la sátira de los payasos. Bastante mejor. Además bastante más cercana a los que vivimos aquí que la lejana parodia que retrataba Donde mueren los payasos. Bastante más ácida y cruel.

Pensé que tras leer Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, no volvería a leer nada más del autor japonés debido a la fuerte conmoción que me produjo su lectura. Gracias a Gonzalo Torné he vuelto a Oé, a una de sus primeras novelas, La presa. No tan contundente como Una cuestión, pero igualmente perturbadora. Lo mejor es la transformación del narrador, tanto emocionalmente como estilísticamente, a lo largo de la novela.

(¿He comentado alguna vez que padezco una especie de narcolepsia provocada por la lectura? Resulta frustrante despertarse por el ruido del volumen que con tanto interés había estado intentando leer cayendo al suelo. Por eso no suelo usar el e-reader.)

Despegue, de Javier A. Moreno. Quizás algún día todos los libros infantiles sean como este. Ya de entrada reconozco que llamarlo “libro infantil” es un completo error. No voy a decir que es una historia maravillosa, porque ya sabéis que Javier es mi amigo y no ibais a creerme.

Mamut, de Esther García Llovet. Una interesante novela negra. Un más que notable guión para una película de corte lynchiano.

(Picor de ojos, necesidad de una luz directa, preferiblemente natural, dificultad para leer cierto tipo de impresiones tipográficas bien por su claridad, bien por su tamaño)

Mimodrama de una ciudad muerta, de Álvaro Colomer. Interesante. Oscura y al mismo esperanzadora. Todos necesitamos cierto tipo de redención para librarnos de nuestros fantasmas. La literatura en una forma de redención.

En Diario de un hombre engañado de Pierre Drieu La Rochelle hay un relato magnífico. No recuerdo su título.

(La memoria es un lastre: Pesa y su contenido es apenas distinguible. Solo me sirve para saber que he vivido o que creo haber vivido. Pero como dijo Gaff, ¿quién vive?)

Me está costando mucho entrar en La hoguera pública de Coover. Me cuesta mucho contemporizar con sátiras políticas de un tiempo que no me pertenece. Me cuesta mucho aceptar a Richard Nixon como narrador. Entiendo el juego que nos propone Coover al focalizarlo todo sobre los delirios del infidente Tricky Dicky, comprendo el mérito de sostener una narración tan arriesgada. Pero el contexto se me escapa. Me ocurrió algo parecido con Nuestra pandilla de Roth. Demasiado lejana a mi realidad. Aunque jamás le exijo realidad a la ficción.

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy. Cómo no fascinarse por una novela que comienza así:

A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, después de casi treinta años de manicomio en Herisau.

De una sencillez deslumbrante, la breve novela de Jaeggy resulta breve. Quisiéramos más de esa narración que oculta más que muestra, sincera e infidente al mismo tiempo. Salimos de la novela con la misma velocidad a la que entramos. Hubiese querido más.

(También sufro cierta parestesia en los dedos que me impide mantener durante mucho tiempo la misma posición de mis manos y brazos)

Con Clarice Lispector me pasa lo mismo. Sus relatos me entusiasman pero no acaban de llenarme. Cuando me doy cuenta ya he sido expulsado de la narración. Felicidad clandestina. Silencio.

Tengo que confesar que no entendí absolutamente nada de En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart. 

(Es una muestra de la creciente obtusidad que me invade)

¿Es esto todo lo que quería contar? Seguramente no. Ni recuerdo lo que quería contar.

Leer (y escribir) sigue siendo una necesidad. No concibo la vida sin lectura. Sigo transportándome a increíbles mundos reales a través de la lectura. Pero quizás soy demasiado grávido. No logro despegarme de la Realidad.
Y la Realidad dice cosas que no quiero escuchar. 

(Habla de entumecimiento y sopor)

9/12/14

Tal día como hoy, hace diez años.

De la entrevista concedida a Nabokov a Paris Review, en octubre de 1967:

El poshlust, o poshlost en su transliteración más exacta, tiene muchos matices, y si usted cree que se puede preguntar a cualquiera si le tienta el poshlost, evidentemente no lo he explicado con suficiente claridad en mi librito sobre Gogol. Basura cursi, vulgares clisés. “Filisteísmo” en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta…ésos son los ejemplos obvios. Ahora bien si deseamos restringirnos a los escritos contemporáneos, tenemos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos. El poshlost se manifiesta en conceptos tales como “Norteamérica no es mejor que Rusia”, o “Todos participamos de la culpa de Alemania”. Las flores del poshlost se dan en frases y términos como “el momento de la verdad”, “carisma”, “existencial” (empleado seriamente), “diálogo” (aplicado a conversaciones políticas entre naciones), y “vocabulario” (aplicado a un mamarrachista). Enumerar de un tirón Auschwitz, Hiroshima y Vietnam es poshlost sedicioso. Pertenecer a un club muy selecto (y que ostenta un solo nombre judío… el del tesorero) es poshlost, elegante. Los comentarios críticos mercenarios frecuentemente son poshlost, pero éste acecha también en ciertos ensayos petulantes. El poshlost llama gran poeta al Sr. Vacío y gran novelista al Sr. Fanfarrón. Uno de los viveros favoritos de poshlost ha sido siempre la exposición de arte; allí lo producen los llamados escultores que trabajan con herramientas de derribar, construyendo cigüeñales cretinos de acero inoxidable, estereotipos zen, cosas raras de poliestireno, objetos trouvés en letrinas, balas de cañón, albóndigas en conserva. Allí admiramos las muestras de las paredes de gabinetti de los llamados artistas abstractos del surrealismo freudiano, los borrones rugientes y las manchas de Rorschach… todo ello tan cursi por derecho propio como las académicas “mañanas de septiembre” y las “ramilleteras florentinas” de hace medio siglo. La lista es larga y, claro está, cada uno tiene su bête noire, su pesadilla dentro de la serie. La mía es ese aviso de una línea aérea: el refrigerio servido por una moza servicial a una pareja joven… ella con la mirada extática clavada en el canapé de pepinos, él admirando anhelante a la azafata. Y, desde luego, Muerte en Venecia. Ya ve el alcance.


Opiniones contundentes, traducción de María Raquel Bengolea para Taurus.


Opiniones contundentes, traducción de María Raquel Bengolea para Taurus.


El blog El lamento de Portnoy acumula 10 años de poshlost y lo celebra repitiendo un post.

¡Larga vida a la trivialidad!

Y recordad: Cuando un letrero indique "Usted está aquí", no estáis dentro del letrero. 

30/11/14

Los reconocimientos, de William Gaddis (recopilación)

Así a posteriori, desde la distancia, desde la asimilación de un texto, desde desde que se inicia ese lapso de tiempo en el que la memoria convierte en algo tuyo, propio, una obra ajena, (no desde la emoción suscitada por la reciente lectura), puedo pensar que lo que Gaddis quería decirnos es que nuestra sociedad es demasiado frágil para contener una obra maestra. Me refiero a una auténtica obra maestra. Ya sabemos, lectores gaddisianos, fanáticos (pues no puede ser de otra manera), que la ejecución de una obra maestra trae consecuencias desastrosas.
Los reconocimientos de Gaddis es una novela demoledora. La sociedad la seguirá ignorando porque de otra forma deberían rendirse ante la evidencia: NO se puede escribir como Gaddis, NO se puede construir una narración como lo hacia Gaddis. Y no solo eso, todas nuestras novelas, todos nuestros textos, todos nuestros relatos, palidecen a la sombra de la inmensidad narrativa de Gaddis.
Si la sociedad reconociese la existencia de una auténtica obra maestra, la producción artística en ese campo debería detenerse necesariamente para siempre. O hasta la aparición de una nueva obra maestra.
Para eso hay que establecer una interminable cadena de intento-fracaso hasta que el feliz suceso ocurra de nuevo.

Inciso:
Franzen llamó a su novela Las correcciones en homenaje a Los reconocimientos de Gaddis (cada vez que escucho alguna de sus declaraciones me cae peor)
En fin.

Por fin el día ha llegado. Sexto Piso ha recuperado la traducción que Juan Antonio Santos hizo de la novela de Gaddis y le ha añadido el fantástico prólogo de William H. Gass.

Sinceramente yo no dejaría pasar la ocasión de tener/leer esta magnífica novela. 

Aparte de lo que escribí en su momento, poco más puedo añadir:


29/11/14

Homeopatía; Dickens, 1838



EL PROFESOR MUFF se refirió a una muy extraordinaria y convincente demostración de la maravillosa eficacia del sistema de dosis infinitesimales, que, como sin duda sabía el comité, se basaba en la teoría de que mínimas cantidades de cualquier medicina adecuadamente distribuidas por el cuerpo humano, darían exactamente el mismo resultado que una dosis muy alta administrada de la forma habitual. Así, se suponía que la decimocuarta parte de un grano de cloruro mercurioso era equivalente una píldora de cinco granos, y así sucesivamente con todas las clases de medicinas. El profesor había probado el experimento de una forma muy curiosa con el dueño de una taberna al que habían llevado al hospital con una fractura en la cabeza, y al que curó con el sistema infinitesimal en el increíblemente corto espacio de tres meses. Este hombre era un bebedor empedernido. Él (el profesor Muff) había diluido tres gotas de ron en un cubo de agua y le había pedido al hombre que se lo bebiera todo. ¿Cuál fue el resultado? Antes de haberse bebido un cuarto de galón ya estaba en estado de espantosa intoxicación etílica. Y otros cinco hombres se emborracharon como cubas con lo que quedaba.
EL PRESIDENTE quiso saber si con una dosis infinitesimal de gaseosa se habrían recuperado. El profesor Muff contestó que la vigésimo quinta parte de una cucharilla de postre, adecuadamente administrada a cada paciente, les habría quitado la borrachera de inmediato. El presidente comentó que aquél era un descubrimiento importantísimo y que esperaba que el Lord Mayor y los concejales lo apoyaran sin demora. Un miembro rogó que se le informara sobre si sería posible administrar, por ejemplo, la vigésima parte de una pizca de pan con queso a todos los pobres adultos, y la cuadragésima parte a los niños, con resultados tan satisfactorios como los presentados.
EL PROFESOR MUFF se mostró dispuesto a poner en juego su reputación profesional para demostrar la idoneidad de tal cantidad de comida para el sostenimiento de la vida humana… en los hospicios; aunque añadiendo la decimoquinta parte de una pizca de pudin dos veces a la semana se obtendría una dieta más rica.
 

 Los papeles de Mudfog; Charles Dickens. Traducción de Ángeles de los Santos para Editorial Periférica.

3/11/14

Al límite, (Bleding Edge), de Thomas Pynchon

Le tomo prestada la afirmación que Juan Francisco Ferré dejó hace unos días en twitter: “Algún día los historiadores más serios recurrirán a Pynchon para entender el devenir americano en la historia occidental” y ordena las novelas de Pynchon en orden cronológico: Mason & Dixon, Contraluz, V, El Arco Iris De Gravedad, La Subasta Del Lote 49, Vicio Propio, Vineland y Al Límite.

Visto desde esta perspectiva no podemos negar que la obra de Pynchon abarca la totalidad de la historia estadounidense, desde su fundación hasta la caída de las Torres Gemelas. Sin poder afirmar que lo que hace sea novela histórica, sobre todo desde que se ha convertido en una especie de subgénero en el que tiene acogida parte de lo peor y parte de lo más vendido, sin que una cosa excluya a la otra, de la narrativa contemporánea, si podemos decir que sus “ficciones históricas”, con toda la carga de ironía y delirios fantásticos que llevan, constituyen lo que afirma Ferré, una especie de panel histórico que muestra no tanto la Historia que reflejan los textos académicos, sino esa especie de infrahistoria que no tiene cabida en ellos.

Al límite, (¡Bleeding edge, cojones!) es una panoplia de situaciones que ocurren en torno a la época del ataque al World Trade Center. Y uso deliberadamente panoplia porque muestra una serie de “armas” empleadas para desestabilizar la sociedad o para encontrar resquicios en el sistema para enriquecerse. Desde la injerencia encubierta de instituciones gubernamentales estadounidenses en Centroamérica, hasta el ataque terrorista, desde los hackers, independientes o contratados por el gobierno, hasta las burbujas financieras, desde los fraudes hasta las conspiraciones. 
Lo bueno de Pynchon es que sabe que no debe profundizar en este tipo de cosas sino mostrarlas simplemente a través de las aventuras personales de cada uno de los (¿cientos?) de personajes que pueblan la novela. Esto consigue un tono de profundidad, y quizás de denuncia, al mismo tiempo que un aire de liviandad irónica que constituye la marca personal del autor. Intenta abarcarlo todo a través de una sucesión de anécdotas y esa dualidad convierte a Al lím.. Bleeding edge en una novela amena y apreciable. Pero, lo que está claro es que no es una de las grandes novelas de Pynchon. Parece que ha decidido abandonar sus monumentales novelas “históricas” para volver, con ésta y ViciInherent Vice, a lo que ya abordó en Vineland, novelas de falso género noir que retratan una época determinada.
Sigue siendo Pynchon. Un autor, eso sí, que demanda que entres en su juego paranoico-conspiratorio y que no te pide nada más, como lector, que te entregues y disfrutes.
¿Seguro?
No. Hay algo más en las novelas de Pynchon. Algo que las hace destacar sobre el resto. Pero está oculta entre sus páginas… así que no solo disfrutes leyendo. Investiga.

(La verdad es que los que admiramos a Pynchon acabamos pareciendo miembros de una secta. Somos lectores fanáticos y, por tanto, poco fiables cuando recomendamos una de sus novelas. Somos lectores paranoicos dispuestos a creer toda conspiración que Pynchon desvela. Y lo somos porque la realidad siempre nos sorprende imitando a la ficción. Tengo que confesar una cosa, creo haber visto a Mohamed Atta en 2001. Y eso que podría parecer algo descabellado coincide con la cronología de sus pasos por el mundo… tal vez Atta, su fotografía, se haya instaurado en el subconsciente colectivo tras los ataques al WTC… pero comparto esa seguridad, la de haberle visto, con otra persona de absoluta confianza… y ahora la protagonista de Al lím… de Bleeding Edge también puede haber coincidido con Atta… o es otra broma de nuestro conspiranoico favorito:  

Ya en el taxi de vuelta a casa, por la radio suena una ruidosa cháchara en árabe, que Maxine al principio toma por un programa de llamadas de oyentes, hasta que el taxista coge un auricular y se une a la charla. Ella mira la tarjeta de identificación fijada en el plexiglás. La cara de la fotografía es demasiado borrosa pata distinguirla, pero el nombre es islámico, Mohammed no sé qué. 

Es como oír una fiesta desde la habitación de al lado, aunque Maxine se fija en que no hay música ni risas. Emoción intensa, sí, pero más cerca de las lágrimas o la rabia. Hombres que se pisan al hablar, gritando, interrumpiéndose. Un par de las voces podrían ser femeninas, aunque más tarde le parecerá que pertenecían a hombres de voz aguda. La única palabra que Maxine reconoce, y la oye más de una vez es Inshallah.

 —“Lo que sea” en árabe —dice Horst asintiendo con la cabeza. 

Están parados en un semáforo, esperando. 
—Si Dios quiere —le corrige el conductor, medio volviéndose en su asiento, de manera que Maxine de repente puede mirarle directamente a la cara. Lo que ve en ella hará que le cueste conciliar el sueño. O al menos así lo recordará”)

De la traducción de Bledding Edge, Al Límitede Vicente Campos, para Tusquets.

Ah, y aquí un agradecimiento autoreferencial a José Luis Portero, lector razonablemente cabreado, por su búsqueda del fragmento correcto:

24/10/14

Al límite, de Thomas Pynchon

Bleeding edge: Dícese de aquella tecnología aún en desarrollo cuyo uso puede comportar un gran riesgo o un elevado coste. Un filo cuyo uso (desconocido) puede provocar una sangría (económica, principalmente… siempre hablamos de economía… de crear burbujas y dejar que exploten en las narices de la ciudadanía… de crear una serie de condiciones ficticias que permitan un desmedido flujo de capital sin límite (no tanto financiero, que parece no existir, sino moral, ético y todas esas zarandajas sociales de las que parecen reírse los prebostes del capital (sólo así, sin un límite moral, pueden entenderse las actitudes personales de aquellas personas al frente de entidades financieras y económicas que, supuestamente deben velar para que precisamente esas cosas no ocurran (referencia obvia (literaria) Karnaval de Juan Francisco Ferré (si no fuera redundante, qué gran novela hubiera podido ser una protagonizada por Rodrigo Rato en lugar de Strauss-Kahn))) sin importar las consecuencias sociales que se deriven de ellas… el capitalismo debe seguir en marcha… de hecho, el capitalismo no es más que un sistema que se reinventa a cada momento para seguir funcionando a pesar de sus limitaciones, una especie de “Ultimate machine” cuya única función es apagarse a sí misma y volver a encenderse, precisamente destrozando esos límites… como ejemplo serviría la reutilización de los tratados de libres comercio que se negocian en la actualidad… ya no es preciso que las multinacionales derroquen gobiernos (al amparo de oscuras facciones de servicios de inteligencia)… la política (local, nacional, internacional) ha perdido todo vestigio de ideología y se ha convertido en política económica… son los propios gobiernos de los estados los que, condicionados por su propia incapacidad para comprender la (iba a poner Maldad, así, con mayúscula) del sistema económico y financiero quienes están creando los instrumentos para delegar el Poder en las empresas multinacionales y las entidades financieras… por ejemplo el TTIP (


Más grande AQUÍ ) “Su objetivo principal es la eliminación de las “barreras” regulatorias, dicho de otro modo, acabar con las normas sociales y medioambientales que constituyan “barreras” a la libertad de comercio y de inversión y se “interpongan” en el flujo transatlántico”… … al parecer los tratados de libre comercio los negocian estados y empresas al margen de la ciudadanía, llegándose a dar casos de presiones para que países reacios acepten las condiciones: “La UE amenazó a Ecuador con eliminar ayudas al desarrollo si no aceptaba el libre comercio”  y convierte a las empresas multinacionales en gestoras de la economía y políticas nacionales: "Este tipo de procedimientos ha sido ya incluido en muchos acuerdos comerciales, y su utilización por parte de las multinacionales para atacar normas de protección de la salud, del medio ambiente, laborales, etc... no se ha hecho esperar. Que se sepa, se han presentado más de 500 demandas contra al menos 95 países. Entre ellas es conocido el caso de la tabacalera Philip Morris que reclama al Gobierno australiano miles de millones de dólares como indemnización por las pérdidas derivadas de la norma que en Australia prohíbe la publicidad en los paquetes de cigarrillos. Es también el caso de la empresa francesa Veolia, que demandó al Gobierno egipcio porque, entre otras cuestiones, sus márgenes de beneficio se vieron reducidos por la aplicación de un salario mínimo en el país" (por Laura Gonzalez de Txabarri, en Rebelión)  las empresas se constituirán en estados supranacionales por encima de los gobiernos locales… y esto qué nos deja… nada, ni siquiera la paranoia… cómo asombrarnos con las teorías conspiratorias si la realidad demuestra que no son más que un pedazo de la realidad que nos imponen esos entes llamados Mercados… hay algo insano, algo autodestructivo, algo que nos arrastrará a todos a las cloacas… mierda… perdón… me he dejado llevar… se supone que iba a hablar de la novela de Pynchon… ya escribiré la reseña (o lo que sea) otro día, que la novela me ha gustado y me ha sugerido muchas cosas)

18/10/14

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski

LEDL50A NO ES UNA NOVELA

Es la “transcripción” de la puesta en escena de un recitado coral a cinco voces que solo se representa la noche de Halloween. O bien, la traslación narrativa de un bordado sobre una tela gris con hilos de cinco colores. O bien, la representación del aturdimiento olfativo que provocan en una habitación en penumbras velas impregnadas con cinco olores distintos.



LEDL50A NO ES UN CUENTO PARA NIÑOS

Es un cuento para niños narrado por un ser maligno, por “una sombra proyectada por nada más que la propia oscuridad”. Es un cuento para niños interceptado por adultos a punto de cumplir cincuenta años. Es un cuento para niños en el que la maldad ancestral se enfrenta a la maldad mundana. No. No es un cuento para niños.



LEDL50A NO ES UN LIBRO OBJETO

No lo es en la medida en que no solo el libro, como objeto artístico, tiene importancia. Hay un equilibrio premeditado entre lo que la narración cuenta y la forma en que lo hace, yendo más allá de la estructura narrativa convirtiendo las mismas páginas (en este caso las impares) como ya ocurría en La Casa de hojas y la composición tipográfica en parte fundamental de la narración.



LEDL50A ES UN LIBRO OBJETO

En la medida en que se puede considerar que contiene una narración mínima (una buena narración, todo hay que decirlo) adornada con elementos extraliterarios que en sí mismos, ateniéndonos al simple texto desnudo, no aportan nada. Pero es el conjunto, la unión de todos sus componentes (la narración oral y los elementos bordados), lo que conforma LEDL50A. No el texto, no los elementos visuales-táctiles. Todo.

Por eso:

LEDL50A SERÁ VILIPENDIADA

O amada irracionalmente.




(Dejad que vuelva a acariciar las protuberancias de la portada, dejad que vuelva a perderme en el marasmo de sangre que salpica sus páginas, dejad que vuelva a abrir ese cofre con cinco candados, dejad que me pierda en desiertos, bosques y montañas… dejadme a solas con esta maravilla)

16/10/14

Werckmeister harmσniαk / Melancolía de la resistencia; Bela Tarr y László Krasznahorkai



Esta es, más o menos, la historia: A un pueblo, que es una ruina tanto física como moral, llega de noche un enorme carromato que lleva en su interior el cadáver disecado de una ballena como parte del supuesto espectáculo de un circo. Instalado en una plaza céntrica, el circo congrega a una multitud silenciosa de hombres, llegados no sé sabe de dónde y del propio pueblo, que esperan la aparición del Príncipe, la otra atracción del espectáculo, que incita con sus palabras a una revolución caótica y destructiva.



Una sinopsis no puede dar una idea de cómo se desarrollará la historia dependiendo quién nos la cuente. Y nada puede ser más diferente que la forma de narrar de Krasznahorkai (literaria, digresiva, irónica) y Tarr (cinematográfica, silenciosa, perturbadora). Sin embargo ambos logran trasmitirnos lo mismo, la idea desoladora de que no existe un orden divino que regule la existencia. La prueba de ello es el desorden violento que se produce tras la revuelta de “los hombres del circo”, pero eso, a pesar de ser la parte importante del relato de Tarr y Krasznahorkai, no deja de ser anecdótico, resulta ser la consecuencia del relato, la demostración de la tesis. La verdadera idea tanto de la película como de la novela se desarrolla en dos escenas, una en la taberna, donde János Valuska, que según avanza la historia vislumbramos como el verdadero foco narrativo, representa junto a los alcoholizados clientes el movimiento de los planetas alrededor del Sol, intentando que entiendan la grandeza y el orden que rige todo aquello que está por encima de lo humano, y la digresión-discurso de György Eszter sobre las Armonías de Werckmeister, una serie de sistemas de afinación creados por Andreas Werckmeister y que viene a demostrar que la belleza (musical, en este caso) está sujeta a una primigenia arbitrariedad. Tanto Valuska como Eszter entenderán, a su manera, como una monstruosidad la ballena disecada, pero serán los únicos, también cada uno a su manera, que a través de la ballena, percibirán el carácter prosaico de la existencia.




Personalmente me siento condicionado por haber llegado a la historia primero a través de Krasznahorkai, lo cual me ha privado de la sorpresa que supone cada film de Tarr. Mientras estoy viendo la película, anticipo los discursos y las acciones de los personajes y es en aquellas escenas puramente cinematográficas a las que nos tiene acostumbrados Tarr donde caigo admirado (la caminata de Janos, el tráveling lateral con el que avanzamos junto a Eszter y Valuska por la calle ventosa, la marcha implacable de la multitud…) Conocer la historia supone un escollo a la hora de admirar plenamente una obra como la de Tarr, y eso a pesar de que la historia no es tan importante a la hora de valorar la “belleza” artística. Pero, de alguna manera, percibía que estaba perdiendo algo en el visionado de la película, o que, todo aquello que te sugiere las películas de Tarr, estaba condicionado a la lectura de Krasznahorkai. Y es que Melancolía de la resistencia ha sido una experiencia literaria que ha desbordado toda expectativa.




No sé, habrá que idear una forma de ver a Tarr y de leer a Krasznahorkai sin que sus innegables genios interfieran. Complicado.