Tiro en la cabeza (2008), de Jaime Rosales
Eso tiene su riesgo.

De las tres mi prefiero Las horas del día, por la brutal interpretación de Alex Brendemöhl y, sobre todo, porque introduce un momento de ruptura en el momento preciso en que el espectador está a punto de desconectar.
Me explico.
Creo que alguna vez he comentado el tema, sobre todo en lo que respecta a la narrativa literaria, de lo arriesgado que es la inmersión en la rutina y el aburrimiento y las consecuencias que pueden revertir sobre el propio texto despojándolo de interés y convirtiéndolo en rutinario y aburrido. Algo parecido sucede con las películas de Rosales: Al explorar la vida cotidiana de un psicópata, de una familia o de un etarra, al mostrarnos los hechos intrascendentes de sus días, lo acerca humanamente al espectador con el que comparte esa rutina. El problema es que no sé hasta que punto el espectador quiere ver reflejada en la pantalla algunos hechos que se repiten diariamente y que, por lo general, no conforman el material narrativo de literatura y cine.

En Tiro en la cabeza asistimos desde mucha más distancia que en las otras películas de Rosales (no hay más que el sonido ambiente que capta la cámara pero no se puede acceder a los diálogos que los personajes mantienen) a los acontecimientos. El acto de ruptura narrativa con la cotidianidad sucede prácticamente al final del metraje. Hasta ese momento no hay apenas nada más que un ejercicio de estilo prolongado hasta el aburrimiento del espectador.
Entiendo la propuesta de Rosales. Pero creo también que esa propuesta no debe prolongarse innecesariamente. Ochenta minutos de rutina son demasiados minutos. El espectador, a la media hora, ha comprendido perfectamente cuales son las intenciones del director, se siente ya bastante identificado con la rutina del personaje y siente que la espera del desenlace brutal (se sabe, ya que está basado en un atentado real) se demora demasiado. Es decir, nos encontramos ante una película experimental sometida a las leyes del mercado, una propuesta inusual obligada a tener un metraje estandar para su exhibición en salas.
En consecuencia Tiro en la cabeza aburre. La soledad aburre. Las horas del día aburre. Y lo hacen porque se ajustan a las intenciones del director pero, sin embargo, tienen un metraje excesivo.

Tengo sentimientos contradictorios respecto a las películas de Rosales. Por una parte sus propuestas me parecen muy interesantes, sus puestas en escena impecables y ajustadísimas, su técnica tal vez excesivamente evidente, pero de eso se trata, y por otra me cuesta muchísimo mantener el interés en lo que se cuenta. La distancia que Rosales impone con su cámara fija, que mantiene al espectador en un segundo plano tras la cámara, no ante la pantalla, y la reiteración excesiva de momentos muertos, intrascendentes narrativamente, hacen que el espectador no entre en la película, se convierta en espectador de lo que el director le impone ver el tiempo que crea conveniente. Y no es que Rosales no sepa mantener ese “tiempo lento” en cada uno de sus planos, el problema (si es que hay algún problema… quizás todo se deba a mi adocenamiento como espectador mainstream) es la suma de todos esos planos, la acumulación de tanto tiempo muerto, que se podría solventar resolviendo la película como mediometraje.
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