20/4/18

La soledad de las vocales, de José María Pérez Álvarez

Letanía.
Una letanía desesperada que anuncia que no hay futuro gritando que tampoco hay pasado.
Una letanía que enumera nadadoras y botellas.
Ora pro nobis, inquilino de la 9.
Ora pro nobis, cristo herrumbroso de sangre fundente.
Ora pro nobis, franz dertod, tuè par les allemands.
Una letanía de pérdidas y de ficciones perdidas.

Podría intentar hacer una especie de sinopsis de La soledad de las vocales, pero sería traicionar su esencia. Podría, incluso enumerar alguna otra novela en la que de forma más o menos tangencial se propone un escenario similar. Podría, entonces, comparar esas novelas con la de J. M. Pérez y destacar los puntos esenciales de divergencia. Podría, sí, pero eso implicaría poner en la misma página a otros escritores, escritoras y a otras novelas que, pienso, no merecen figurar junto a la de J. M. Pérez.

Volvemos pues al tema de siempre. La narrativa española vigente, mainstream, difundida por los principales, prepotentes, grupos editoriales (y de opinión) en oposición a la Literatura.
La conclusión (estadística) es que la Literatura no interesa.

Si la Literatura interesase (y ya no me refiero a cuestiones estadísticas) La soledad de las vocales, Nembrot, José María Pérez Álvarez, serían nombres que aparecerían asociados a un análisis de la Literatura contemporánea española.
Pero lo único que interesa es la narrativa. Y puesto que los grandes grupos insisten en copar el mercado de narrativa inane, cuando se supone, como parte principal del contrato, que las editoriales velan por la calidad y excelencia de lo que publican, se confunde narrativa con Literatura.
Y así vamos tirando.
Y los días pasan, y los meses y los años y la vida.
Y los nombres se olvidan.
Y las novelas caducan.

La soledad de las vocales es Literatura.
Pero lo curioso del caso es la gran habilidad que tiene J. M. Pérez para crear una obra Literaria de forma tan natural y directa, sin excesos, apelando a la atención lectora pero acompañándonos en la lectura. Creemos estar leyendo una novela cuando en realidad el autor nos coloca en el banco de un parque a escuchar la incesante letanía alcohólica del inquilino de la habitación 9 de la pensión lausana. Nos sitúa entre la incomodidad y el interés, entre el desasosiego y la empatía, en la tesitura de elegir entre la indiferencia, o el desprecio, hacia el narrador, por ser quien es, y la curiosidad por su historia, que remolonea en torno a unas cuantas obsesiones. O nos levantamos del banco o nos quedamos a escuchar. Y aunque lo que escuchamos no parece ser gran cosa, el lamento fervoroso de un perdedor, el grito pronunciado en soledad, lo que importa, lo que verdaderamente importa en estos casos, es la voz cautivadora del desahuciado, el canto de la sirena que te arrastra al interior del libro y te consume. Eso que raramente encontramos y que se suele denominar Literatura.

Levantarse del banco sería un gran error.

9/4/18

Homo Lubitz, de Ricardo Menéndez Salmón

Andreas Lubitz estrelló deliberadamente el avión que copilotaba, tras hacerse dueño del control del aparato, contra una montaña en los Alpes. Murieron 149 personas y Lubitz.
En 2026 David Cronenberg estrenó una película basada en el suceso.

Esto no es más que una pequeña revelación del argumento de la novela de RMS.
Lubitz como síndrome. Lubitz, Breivik, Atta... nombres que quisiéramos olvidar. Nombres unidos a rostros que millones de personas han visto. Millones de personas que creen poder reconocer en esos rostros infaustamente famosos atisbos de locura e impiedad. Rostros que son idénticos a los nuestros en las fotografías que guardamos.
Lubitz como síndrome: La total, nihilista, falta de empatía.
No se aprecia en las fotos.
Personas que para conseguir sus objetivos no dudan en sacrificar a cientos de personas.
Personas que se comportan como empresas.

El Homo Lubitz al que hace referencia el título no sería otro que aquel cuyo comportamiento a nivel personal no difiere del de una empresa: mayor rendimiento a menor precio y a cualquier coste.

¿En eso nos hemos convertido?
La Economía Mundial (esa entelequia sin ninguna base) obliga a los Estados a comportarse como Empresas. Cada Nación es evaluada en razón de los beneficios que obtiene y los gastos que genera.
El siguiente paso, obviamente, es considerar a cada ciudadano de la misma manera.

Richard O'Hara, el protagonista de la novela de RMS es un Homo Lubitz. Eficaz empleado de una corporación empresarial multinacional su vida está en cierta manera vacía de contenido. Obsesionado con los accidentes mortales, donde siempre existe un culpable o se puede inventar uno y unos objetivos, puede constatar como esa culpa se diluye y desaparece cuando el causante de esos accidentes es una Empresa o un Gobierno.
Pero no parece importarle. O sí. La complejidad del personaje se resuelve de manera brillante en la novela de RMS.
Por ejemplo, el paraíso de felicidad infantil nace de un gesto de total altruismo, el mayor que pueda efectuar un ser humano.

Homo Lubitz, de lo que he leído del autor (que no es mucho pero tampoco es poco), es la novela que más me ha gustado de RMS. No sólo porque plantea temas interesantes sobre nuestra condición, ni por su elegancia narrativa sin juicios diegéticos. Sobre todo porque es un no-velado homenaje a dos grandes autores de nuestro tiempo que han desvelado nuestros rincones más oscuros, el ya citado Cronenberg, que aparece como personaje, y Don DeLillo, cuyo estilo y temática impregna las páginas de la novela.
No es un desmérito la influencia de DeLillo en Homo Lubitz. De hecho es todo un acierto ya que esta novela es del tipo de las que nos gustaría que siguiese escribiendo el estadounidense.

Tal vez habría que hablar de la magnífica capacidad de RMS para destilar por ósmosis los estilos de otros narradores, para que sus novelas nos recuerden a las de otros autores sin dejar de ser genuinamente suyas. Por eso, tal vez, no esté suficientemente valorado en nuestra narrativa contemporánea local.

4/3/18

El atlas, de William T. Vollmann

Un intento de biografía de William T. Vollmann hasta llegar a El atlas:

Nace en 1959 en California. Su infancia transcurre entre California, New Hampshire, New York y el área de la bahía de San Francisco.
La culpa es un elemento de mi personalidad. Es verdad que fui culpable de la muerte de mi hermana de seis años que mis padres dejaron a mi cuidado cuando yo tenía nueve. Murió ahogada.” (La cuestión es que jamás mencionaría un acontecimiento trágico al hablar de un escritor, pero él lo menciona en las entrevistas, aunque supongo que no con muchas ganas, e intenta exorcizar el suceso en uno de los relatos de El atlas)
Licenciado suma cum laude en Literatura comparada en la Universidad de Cornell.
Trabaja de secretario en una compañía de seguros. Con el dinero que gana, en 1982, viaja a Afganistán a combatir junto a los muyahidín. Enferma.
Vuelve a EEUU y entra a trabajar de programador informático sin tener ninguna idea sobre el tema. Durante un año escribe su primera novela escondido fuera del horario en el edificio de la empresa, alimentándose de los productos de las máquinas expendedoras y escondiéndose de los empleados de la limpieza. (Una historia convenientemente narrativa, si se me permite la apostilla)
El éxito de la novela, You Bright and Risen Angels, le permite colaborar con numerosos medios, y de una forma que no acabo de entender, le permite viajar (¿como corresponsal de prensa, a título personal?) de nuevo a Afghanistan y luego a Bosnia, Yemen, Somalia, Congo, Kosovo... no sé ni el orden de sus viajes, ni la lista de países. Recuerdo una foto suya enfundado en un traje antirradiación en la central nuclear de Fukishima.
De alguna manera su biografía está en sus libros.
Rising Up and Rising Down, de 3300 páginas, es una recopilación de historias a lo largo del mundo con el telón de fondo de la violencia.

El atlas es un conjunto de historias breves que se desarrollan por distintos lugares del planeta. De Afganistán a Zagreb.

Entrevista en El Periódico
En 1994 durante la guerra en Bosnia fuimos atacados por un francotirador que mató a dos amigos míos con los que compartía coche. Yo me salvé porque estaba en el asiento trasero. Inmediatamente después, otro de mis amigos, que sobrevivió, me trajo una naranja. Mientras me la comía pensé: ¿quiero llorar? ¿tengo miedo de morir? No, me siento agradecido por todas las experiencias que he tenido, por esta naranja. Mostrarme agradecido ante la vida es mi religión. Creo que es absurdo pensar que quienes tienen dioses distintos a los tuyos deben morir.

Cuentan en Newsweek que en una ocasión rescató a una niña tailandesa de un burdel rural. La instaló en una escuela de Bangkok, donde ella al parecer fue feliz. Pero para eso tuvo que pagar al padre de la niña, convirtiéndose paradójicamente en propietario de un ser humano.

La culpa es un elemento de mi personalidad”

De la misma entrevista:

La empatía es un aspecto clave en mi trabajo. Una vez en Yemen entrevisté a terroristas de Al Quaeda, deseosos de masacrar a todos los estadounidenses. Después de una larga conversación me dijeron que los querían matar a todos, menos a mí. Les pregunté que a cuántos norteamericanos conocían y me confesaron que solo a mí. Creo que esa es la cuestión central, ponerme en la piel del otro.

Nos hemos adelantado.
El atlas se publica en 1996. El libro es todo lo que Vollmann es y ha escrito hasta ese momento. En esta recopilación palindrómica de relatos se pueden encontrar todas las obsesiones y preocupaciones del autor, todas sus culpas, todos las personas que le maravillan por su entereza ante el desarraigo, todos los muertos y todos los supervivientes, todos los desastres de la guerra y toda la inmensidad de la naturaleza. Los desastres, la pobreza, el desamparo, la guerra y el olvido. Pero siempre, siempre, con un gran amor por los seres humanos.

Siguiendo la sugerencia del autor he leído el libro ateniéndome a la numeración. El primer relato, el último, el segundo, el penúltimo y así. De esta manera se puede leer como el ascenso a una montaña desde dos laderas simultáneas. No un ascenso y un descenso, como sería de seguir el orden de la páginas. Dos ascensos complementarios que se encuentran en el centro del texto, el relato que da nombre al libro, la cumbre, El atlas.

Y ahí, en la cima, Yasunari Kawabata.

El tren salió casi en silencio de su oropel de oscuridad, metal, hormigón y cristal reluciente. Dejó a otro tren atrás. Luego enfiló hacia el cielo, que permanecía luminoso, despejado y alborotado de gaviotas desde las cinco de la mañana. El atlas se abrió en cuanto entró en aquel amanecer de pájaros.
Vollmann, El atlas, traducción de J.L. Amores para Pálido Fuego.

Al final del largo túnel, en la frontera, estaba el país de la nieve. Las profundidades de la noche se volvían blancas. El tren se detuvo en la señal.
Kawabata, Historias de la palma de la mano, traducción de Amalia Sato para Emecé.

Trenes que salen de un túnel para inundarse de luz o de oscuridad, de amanecer de pájaros o de noches de nieve. Trenes que son como relatos y nos introducen en países nuevos, oscuros o luminosos según el azar que marca nuestro dedo posándose en un lugar del atlas.
Vollmann homenajea y contradice al maestro japonés.
Historias de la palma de la mano son, en principio, relatos (muy) breves. Vollmann toma esa idea: de la misma manera que Kawabata redujo su novela País de nieve al relato (de la palma de la mano) del mismo título, él intenta compendiar en El atlas, sus anteriores novelas y reportajes periodísticos. Pero, y esto es una opinión personal motivada por mi desafección por Kawabata, prefiero lo que hace Vollmann. Los personajes de Kawabata son fríos, incomprensibles quizás debido a la barrera cultural entre la nuestra y la tan peculiar japonesa. Tienen comportamientos que podríamos calificar de reprochables, pero también los tienen algunos personajes de Vollmann. Pero hay en el estadounidense ese destello de amor que en Kawabata es un desangelado trazo con tinta sobre el papel; hermoso, sí, pero con las emociones tan contenidas en los profundos pliegues del kimono que resultan casi imposible descifrar. No hay rastros de empatía en la obra de Kawabata. Esa tan importante en Vollmann, incluso cuando nos muestra lo peor de nuestra sociedad.

Pues eso es El atlas: (casi) todo Vollmann condensado.

26/2/18

Nembrot (Transmigraciones y máscaras), de José María Pérez Álvarez.

«Raphel maí amech zabí aalmos»,
a gritar comenzó la fiera boca,
en la que no encajaban otros
salmos.

Y mi guía le dijo: «¡Ánima loca,
coge el cuerno y tocándolo desfoga
la furia o la pasión que así te toca!

Búscate el cuello y hallarás la soga
con que está atado, oh ánima confusa,
y que a tu enorme pecho casi ahoga».

Después me dijo: «A sí mismo se acusa:
éste es Nemrod(*), por cuya idea insana
en el mundo un lenguaje no se usa.

Déjale, porque hablarle es cosa vana:
que, igual que nadie entiende su lenguaje,
no comprende ninguna lengua humana».

Divina Commedia, de Dante Alighieri; en traducción de Ángel Crespo para Galaxia Gutemberg.

(*) En el original: Elli stessi s’accusa; / questi è Nembrotto per lo cui mal coto / pur un linguaggio nel mondo non s’usa.

Nemrod, Nembrotto, Nimrod, Nembrot, el "osado cazador delante del Señor", primer monarca de la humanidad, el primero en usar corona, el constructor de la torre de Babel.
El de varios heterónimos.
Aquel del que nadie entiende su lenguaje.

1 Un poco de ficción:

Tras la muerte de Xavier Uribe, cuya participación en el encuentro de Escritores de Literatura Popular de Barcelona se había anunciado, donde, como dijo “durante una semana debatiremos qué significa literatura popular, abstrusa locución donde cabemos Lafuente Estefanía, Pérez y Pérez, hay que echarle pelotas para dedicarse a escribir con ese pleonasmo congénito, Corín Tellado, Pérez Galdós, García Márquez y Xavier Uribe”, se encontraron en su piso de la calle Tomás Alonso de Vigo, arrinconados tras la puerta, como si alguien hubiese tenido la intención de llevárselos y luego lo olvidase, una serie de objetos que paso a enumerar:
Una botella de licor de café.
Una bolsa conteniendo los restos carbonizados (los libros no son fáciles de quemar, creedme) de las 74 novelas de Uribe.
La correspondencia remitida por Pedro Oliver a un tal Ernesto Jorge Bralt Cosío a la dirección del finado Uribe. Al estar incompleta, faltando las respuestas de Bralt a Oliver, no se puede colegir gran cosa, pero arroja ciertas sombras a la autoría de las novelas de Uribe.
Unos juguetes de niño, incongruentes con la soltería del escritor.
El mecanoscrito de una novela titulada Nembrot.





2 Demasiada realidad:
Nadie recuerda Nembrot, la novela de José María Pérez Álvarez, quizás porque hay que echarle pelotas para dedicarse a escribir con esa aliteración congénita. Nadie recuerda Nembrot porque la Realidad sepulta con su discurso monocorde cualquier expresión artística que no forme parte del sistema o no cree un peculiar y efímero escándalo. En su momento, Juan Goytisolo y algunos de los mejores críticos literarios alabaron la consistencia narrativa de la novela.
Pero la Realidad es un tremendo rodillo que aplasta todo cuanto encuentra a su paso.
Ya lo dije no hace mucho, lo que mayoritariamente se publica en España son novelas que no son nada. Son novelas en las que lo único que importa es el nombre y el apellido y cuyo contenido parece que ningún editor está dispuesto a cuestionar. La narrativa española es un producto de mercado donde lo único que importa es la marca.
Y fuera de ese mercado los escritores están condenados al olvido.





3 Reseña
Apuntad:
Nembrot es la mejor novela española que he leído desde La saga/fuga de J.B.


No únicamente porque en la novela de José María Pérez Álvarez se mencione a la de Torrente Ballester, a través de un Mondoñedo irreal cuya consistencia se debe a Álvaro Cunqueiro, ni porque tenga ciertas concomitancias con ella, como la tiene por otra parte con las de Cunqueiro o con el Rayuela de Cortázar.
Es la mejor novela española que he leído en años por su narrativa contundente que no se pliega a la comodidad del lector; porque su léxico y su fraseología no renuncia a la rica tradición clásica, al tiempo que con esos elementos elabora un constructo moderno; porque su estructura no lineal, acaso circular, acaso como una O o como una O escrita de forma que no llega a cerrarse, esta configurada de forma que a través de distintos episodios no ordenados temporalmente podamos comprender, y sorprendemos con ello, las personalidades de los distintos personajes, sobre todo de los principales; porque a pesar de esas características, o, más bien, a pesar de lo que podáis pensar después de que las haya destacado, la lectura de Nembrot, sin dejar de ser exigente, es cómoda y satisfactoria; y porque Nembrot apela a la complicidad del lector dejando a la vista los trucos y las referencias al tiempo que le sumerge en una historia interesante y no exenta de misterio.

Nembrot habla del amor y la amistad y la impostura y los heterónimos y la muerte y la literatura. Es absoluta literatura. Por eso nadie habla de ella.

Déjale, porque hablarle es cosa vana: que, igual que nadie entiende su lenguaje, no comprende ninguna lengua humana

17/2/18

Residuos, de Tom McCarthy


Me dirigí de nuevo a la escalera que bajaba, pero antes de llegar vi que estaban revisando los escalones. Crees que la escalera eléctrica es un único objeto, una banda cerrada en movimiento, pero de hecho está compuesta por un montón de escalones individuales entretejidos en un sistema armónico. Articulados. Estos en particular habían sido des-articulados y estaban regados por el suelo en un área delimitada de la planta superior. Parecían indefensos, como peces varados. Los miré fijamente mientras pasaba a su lado.


De la misma forma, solemos creer que la memoria es un único objeto, una banda que se extiende ordenada cronológicamente. Pero el narrador en primera persona de Residuos ha sufrido un accidente que le ha dejado sin recuerdos, sin constancia de sí mismo, ha pasado cinco años recuperando su movilidad, de forma que tiene que pensar cada movimiento que hace, debe reescribirse a sí mismo. La narración se inicia cuando le comunican que finalmente recibirá una desmedida y multimillonaria indemnización a causa del accidente.
Con ese dinero crea una organización que le permite recrear de forma realista y milimétrica acontecimientos que recuerda sin ningún tipo de contexto, para, en principio, intentar recuperar su pasado.
Es decir, intenta ubicar en su posición correcta esas imágenes del pasado “desarticuladas” del conjunto. Las cosas, por supuesto, acaban perdiendo su sentido inicial y desbocándose, al tiempo que asistimos a la transformación del personaje-narrador.
La historia que cuenta, y cómo la cuenta, es sencillamente fascinante.

La gente nunca se detiene a pensar en estos datos cuando ven programas policíacos o de guerra en la televisión. La gente da demasiadas cosas por sentado. Cada vez que un arma es disparada entra en juego toda la historia de la ingeniería. También de la política: la guerra, el asesinato, la revolución, el terror. Las armas no son solo los accesorios y agentes de la historia: son la historia misma rotando futuros alternos en su recámara, lanzando el presente desde su cañón, desechando los cartuchos vacíos del pasado.

Lo más interesante de Residuos es que funciona como una anti-novela de la narrativa mainstream. El anti-ejemplo sería la narrativa de Paul Auster en la que el azar juega un papel importante, creando una serie de situaciones que, por muy inverosímiles que sean en principio, conforman una narración consecuente que avanza hacia una conclusión. McCarthy se opone radicalmente a esta tendencia. Los acontecimientos que narra no son azarosos, surgen del capricho, o la voluntad, de su narrador, empecinado en recrear a la perfección destellos de recuerdos, residuos de su pasado, cuyo objetivo no es ninguno más que la propia recreación. Es decir, la falsedad, la copia, la imitación no como objetivo final, sino como objeto de la propia realidad, como si nos quisiera decir que solo somos capaces de aprehender nuestra existencia pasada a través de espurias imágenes sin valor fuera de nuestra cabeza. El narrador tiene el poder, económico, organizativo, de re-crear esos residuos, de transformar la imagen falseada en una nueva realidad consistente, mediante un entramado que de nuevo recurre a la ficción y a la interpretación actoral para mostrarse en su plena realidad.
Todos esos acontecimientos que parten del deseo y la capacidad de ser (re)creados y no del azar o de la consecuencia narrativa de muchas novelas, lo cual deja de manifiesto la presencia del autor, es decir, de su entramado narrativo, conducen al personaje-narrador a seguir unos pasos coherentes con su propio objetivo, el de crear Realidad. Para eso, narrativamente en el caso de una novela, consecuentemente en el proyecto del narrador de Residuos, hay que eliminar todo objeto que participe en la recreación y, al tiempo, crear una nueva Realidad dentro de su plan. En esos dos planos, como novela y como narración de unos hechos, Residuos rompe con toda regla preestablecida en la narrativa contemporánea al tiempo que muestra los límites de ese tipo de narrativa.
O bien todo es narración, asumida como falsedad establecida por cierto tipo de demiurgo complaciente, o bien hacemos ochos en el aire.

Reconstrucciones por todas partes. Miré hacia abajo a los imbricados campos cercados, y tuve una visión de toda la superficie de la Tierra acordonada, demarcada, partida en cuadrículas dentro de las cuales los patrones se duplican a sí mismos repitiéndose infinitamente.

Fragmentos de Remainder, Residuos, de Tom McCarthy; Traducción de Andrea Vidal Escabí para Ed. Lengua de Trapo.

8/2/18

Si no hubiese escrito un par de novelas

Si no hubiese escrito publicado un par de novelas que han perdido su capacidad de perdurar físicamente podría hablar de algunas cosas. Pero si lo hiciese, se podría interpretar que me mueve la envidia o la rabia o la frustración.
Por eso no digo nada de las novelas españolas que se publican en la actualidad, las de autoras y autores consagrados cuyos nombres y apellidos son sinónimos de solvencia narrativa, las de quienes no precisan comentarios en las contraportadas elogiando las obras que encierran sino que se refieren a sus trayectorias consolidadas por un "prestigio" que arrastran desde hace años. Esas novelas que no son nada. Esas novelas en las que lo único que importa es el nombre y el apellido y cuyo contenido parece que ningún editor está dispuesto a cuestionar. Novelas que no cuentan nada y que al tiempo revelan cierto signo de nuestro tiempo. Novelas que por el simple hecho de estar publicadas denotan la languidez de nuestra industria editorial. Novelas que de no llevar bajo el título ese nombre y ese apellido irían directamente al contenedor de reciclado de papel, junto a otras novelas, más arriesgadas, más atrevidas, mejores, que han ido a parar a él por no tener nombres y apellidos reconocibles.
Lo grave es que esas novelas condicionan otras novelas que se escriben. Novelistas que quieren tener un nombre y apellido que les abra las puertas de par en par para publicar sus trivialidades se lanzan a escribir a la manera de, logrando una inmensa pradera sembrada de plantas indistinguibles que se agitan acordes bajo el mismo viento, plantas incomestibles que no producen fruto y cuyo único fin es perpetuarse como especie dominante de la pradera y extenderse y conquistar el mundo con su apática futilidad.
Si no hubiese escrito un par de novelas hablaría de todas esas cosas.

12/12/17

Lecturas 2017

Estas son, hasta hoy, mis lecturas de 2017 ajustadas al desafío de Goodreads.

 (ese que no se ve es La piel de zapa, de Honoré de Balzac)





Más detalles de cada libro en mi página de Goodreads, pulsando AQUÍ

1/12/17

Tranvía 83, de Fiston Mwanza Mujila.

Todo el mundo compara esta novela con una pieza de jazz. Quisiera explicar brevemente porque me parece una tontería.
Hay tantos estilos de jazz que la comparación además de absurda es poco clara. Además, desde tiempos de Cortázar sabemos que es imposible trasladar a la escritura la evanescente estructura jazzistica, cuyas improvisaciones en torno a una melodía, salvo grabación mediante, desaparecen en el aire y en el tiempo. Lo mejor del jazz es su inasibilidad.

[Anecdota: La contó una vez Juan Claudio Cifuentes, Cifu, en su programa de jazz en Radio3. Una admiradora de Coltrane (creo que fue él, la memoria flaquea) se le acercó con una partitura para que se la firmase. Coltrane leyó aquello y le devolvió la partitura sin firmar a la admiradora diciendo que él jamás podría tocar aquella música. La mujer, asombrada y asombrando al músico, le dijo que era la transcripción escrita de lo que Coltrane había tocado en un concierto anterior]

De todas formas el jazz es la fusión de los fundamentos musicales africanos con los elementos musicales europeos, una música, blues, jazz, creada en la sociedad esclavista estadounidense y desarrollado en el siglo XX en un ambiente de discriminación racial.

El jazz, pues, no es una invención “occidental” (entendiendo por tal a una sociedad “blanca” europea-estadounidense, o a la que se impone por la fuerza a lo largo de la historia sobre todo en los últimos siglos) pero de alguna forma, de esa forma maligna que las mayorías dominantes tienden a pervertir y a apropiarse todo elemento extraño que pueda ser útil, el jazz ha sido aceptado dentro del canon cultural occidental. El cine y la radio se encargaron de “blanquear” el jazz.
Lo que se podría llamar música popular estadounidense, que al final ha sido la que se ha impuesto en la mayor parte del mundo, desde el blues hasta el rock, es y ha sido, un campo de batalla cultural entre lo occidental y lo africano que ha adoptado distintas formas a lo largo del tiempo pero que se fundamenta en la esclavitud.

Ahora la esclavitud adopta formas más complejas revestida de falsa libertad, pero cuyo objetivo es el mismo que en su origen, la explotación a través de trabajo mal pagado o no pagado de los bienes industriales. Así, África se ha convertido en una inmensa mina que dirigen empresas occidentales y cuyos beneficios no recaen en las zonas de explotación.

De alguna manera de eso habla Tranvía 83.

El título hace mención a un bar en la capital, Cuidad-País, de un país africano genérico e innominado, en el que cada noche se reúnen todos los delincuentes, autóctonos y occidentales, ilegales y pertenecientes a empresas, lugareños y turistas, para beber, fornicar y hacer negocios. El caos, la degeneración moral, la miseria y la ingenua esperanza en la supervivencia son los motores que activan cada noche el Tranvía 83. En ese ambiente se cuela un cándido escritor con firmes convicciones literarias y morales que sirve de contrapunto al duelo ficción-realidad en una obra que podíamos definir como pantagruélica... o boschiana-del-panel-derecho-del-jardín-de-las-delicias.

Una maravilla narrativa plagada de imaginación y excesos. (Frase promocional)

Pero...

Siempre que leo una novela como esta me quedo con una duda. Publicada en 2014 en Francia, escrita originalmente en francés, ¿es un artefacto destinado a un lector europeo?
Dentro de la misma novela, que me ha parecido fascinante, hay pasajes que describen el desprecio que los habitantes de la ciudad africana, una imaginaria sobreexplotación minera, sienten por la literatura. Pero, en cierta manera, eso es exportable a ciertos ambientes europeos-americanos, en los que la posesión de un libro es motivo de desprecio y desconfianza.
La duda provoca cierto malestar, porque no sé si la imagen africana que nos da, desmedida, caótica, visceral, rabelesiana en suma, es la que el autor cree que los lectores no-africanos quieren leer o es realmente la imagen, distorsionada y lírica, alegórica y despiadada, de las sociedades que la explotación industrial, colonial y postcolonial, han contribuido a crear, o a mal crear, en el África ecuatorial.

La duda, que, por otra parte, también me provocan escritores más próximos geográficamente, es saber si Tranvía 83, una divertida y pervertida sátira sobre una sociedad inestable, está escrita para complacer al lector... pero no a cualquier lector, sino al lector “occidental”.
Pero, si es así, lo consigue.

A pesar de la duda recomiendo la novela encarecidamente. Porque es interesante, porque remueve nuestras conciencias, porque es musical y caótica, porque la publica una editorial “pequeña” (Pepitas de calabaza, “una editorial con menos proyección que un cinexín”) y porque la traduce mi amigo Rubén Martín Giráldez.

28/10/17

Tango satánico, de László Krasznahorkai

Existen dos clases de personas: Aquellas que son capaces de engañar a los demás y las que son engañadas.

Uno de los personajes de la novela de Krasznahorkai, que por su siguiente evolución me parece el más interesante, ya que de alguna forma permanece al margen exitosamente, el adolescente Sanyi Horgos, es capaz de estafar a su hermana pequeña haciéndole creer que si entierra las míseras monedas que ella ha atesorado en un hoyo y lo riega pacientemente crecerá un árbol de dinero que la hará rica.



La verdad es que Sanyi, después de beberse y fumarse todo el dinero, no puede creer que su hermana sea tan tonta como para haberse creído semejante embuste.
De forma similar, tampoco Irimiás puede creer que los trabajadores de la explotación sean tan estúpidos.
Pero no se trata solamente de la estupidez mezquina y sucia de los personajes de la novela. Se trata también de la necesidad de salvación, de la esperanza en un líder que los saque de la miseria, aun sabiendo que ese líder les haya traicionado con anterioridad.
No son tan tontos como para ser engañados. Quieren, desean, necesitan, ser engañados.
Porque el engaño da consistencia al universo.



Entonces, ¿qué es Tango satánico?: ¿El delirio de un borracho?¿Una parábola sobre una sociedad que se desmorona?¿Una alegoría sobre la mezquindad humana? ¿Un cuento lleno de barro y lluvia y miseria que nada significa?

La otra pregunta que me hago es si es posible separar la narración de Krasznahorkai de la impecable y precisa adaptación cinematográfica de Bela Tarr, porque no es posible hacer una película con tantos matices sin una magnífica obra literaria detrás y porque, en el círculo vicioso que conforman las dos obras, es imposible borrar de la memoria las inconmensurables (en espacio y tiempo) imágenes que Tarr nos brindó al adaptar Satántangó.

(Recordemos, Tarr y Krasznahorkai han quedado ligados por sus colaboraciones cinematográficas. Pero, cada uno en su campo, es un absoluto maestro. Así que somos afortunados por poder contemplar en una pantalla los frutos de su alianza)

Resumiendo, tengo un gran problema al evaluar Tango satánico. He visto esa película nunca estrenada en este país, nunca distribuida en soportes caseros. Y de alguna manera, todas esas imágenes que han acudido a mi memoria mientras leía, todo el argumento de alguna manera conocido de la novela, no me permiten evaluarla en sí misma. Mi experiencia lectora se ha convertido en una memorística. He leído la novela en blanco y negro. He oído los jadeos de Peter Berling haciendo el papel del doctor, cuando en la novela no se mencionan. En la novela no se oyen. Pero la novela me ha mostrado aquello que la película no es capaz de mostrar: la suciedad, el hedor, las arañas... creo que leer en estas condiciones la novela la ha dotado de una dimensión extra que aumenta el grado de satisfacción.

Hago un esfuerzo. Me centro en la novela.

Tango satánico es circular, como queriendo demostrar que no hay posibilidad de escapar de la miseria. Sin embargo el final nos hace pensar si no habremos estado todo el tiempo en manos de un narrador que como un demiurgo malicioso nos ha querido mostrar una imagen distorsionada de unos personajes a los que íntimamente desprecia. Es decir, como si no se criticase el círculo vicioso de la miseria y la necesidad de liderazgo de unas personas abandonadas entre el barro y la lluvia, y sí, o mucho más, su estupidez y su mezquindad. Pero, nos volvemos a preguntar, ¿acaso el narrador, o supuesto narrador o inventor de la historia, no es también mezquino y estúpido? Si de alguna manera, en el ámbito de la explotación agraria en la que se desarrolla la historia, el doctor representa la “intelectualidad”, no es menos cierto que su actitud, la forma en que queda relejado en la narración, no es demasiado halagüeña. Borracho, obeso, sucio, decrépito, aislado de su entorno al tiempo que quiere controlarlo todo desde su ventana-mirador, el doctor, si simboliza la inteligencia, siendo el más instruido de los habitantes, da la espalda a los problemas de sus vecinos, al tiempo que, controlando todos sus movimientos, se regodea de sus miserias. 


El otro personaje con un rol por el que sobresale del resto de los personajes, Irimiás, el líder mesiánico, tampoco tiene en mejor consideración a sus víctimas-acólitos. De la misma manera que el doctor, Irimiás no se libra de verse descrito como alguien con un comportamiento mísero, interesado y despótico al tiempo que sumiso ante la autoridad.

Pero los verdaderos protagonistas son los habitantes de la explotación. Y en sus caracterizaciones y comportamientos, a la vez que en el ambiente en que se mueven, queda completa y desoladoramente descritas toda la bajeza del ser humano.


Es cierto, existen dos clases de personas: Aquellas que son capaces de engañar a los demás y las que son engañadas. Y ambas clases son igualmente miserables.

Y yo y vosotros pertenecemos a una de esas clases.

Pero podemos redimirnos leyendo está magnífica novela.
(No. Ya es imposible la redención)

24/10/17

Reanudación, de Alain Robbe-Grillet

La reprise, la reanudación, la continuación.

Véase Las gomas.
Véase también Repetición, Gjentagelsen, de Søren Kierkegaard

Las novelas de Robbe-Grillet, también los guiones realizados para películas, hacen continuas referencias a otras obras. Reanudación no es en este sentido una excepción. Es un ejercicio de reescritura de Las gomas, a su vez basada en una famosa obra que me niego a revelar, aunque la influencia, el juego, sea conocido. Pero este ejercicio pasa por el tamiz de otras dos novelas, Repetición de Kierkegaard y Lolita de Nabokov, pero de forma que todo el entramado narrativo se sustenta en ellas y al mismo tiempo las pervierte.

Empecemos cronológicamente.
En Repetición Kierkegaard emplea a un narrador llamado Constantino Constantius (nótese la repetición del nombre, recurso que empleará Nabokov con su Humbert Humbert). Este narrador, frío y cerebral, contrasta con el poeta innominado, cuyas contradicciones amorosas son el eje del relato, de quien, de alguna manera poco útil, C.C. Ejerce de tutor sentimental (o erótico que diría K.) En realidad, las vicisitudes del poeta cuyo nombre se elude son las del propio Kierkegaard y reflejan las emociones que el propio autor sentía en su relación con Regina Olsen, el amor de su vida, a la que conoció cuando ella tenía 15 años y con la que se comprometió tres años después. El noviazgo duró algo menos de un año y las causas de la ruptura creo que se expresan en Repetición, aunque es bastante posible que se trate de una literaturalización de unos sentimientos complejos.
Resalto la edad de Olsen por lo que ello implica en la novela de Robbe-Grillet.

La esperanza es una encantadora muchacha que, irremisiblemente, se le escurre a uno entre las manos. El recuerdo es una vieja mujer todavía hermosa, pero con la que ya no puedes intentar nada en el instante.
Repetición, Søren Kierkegaard

La tesis de la novela de Kierkegaard sería esta:

Todo el mundo sabe que cuando los Eleatas negaron el movimiento, Diógenes les salió al paso como contrincante. Digo que «les salió al paso», pues en realidad Diógenes no pronunció ni una sola palabra en contra de ellos, sino que se contentó con dar unos paseos por delante de sus mismas narices, con lo que dejaba suficientemente en claro que los había refutado.
Algo semejante me ha acontecido a mí mismo, por cuanto hacía ya bastante tiempo que me venía ocupando, especialmente en determinadas ocasiones, el problema de la posibilidad de la repetición y de su verdadero significado, si una cosa pierde o gana con repetirse, etcétera, hasta que un buen día se me ocurrió de repente la idea de preparar mis maletas y hacer un viaje a Berlín. Puesto que ya has estado allí una vez, me dije para mis adentros, podrás comprobar ahora si es posible la repetición y qué es lo que significa. En mi propia casa, y dentro de las circunstancias habituales, me sentía como estancado en torno a este problema, que por cierto, dígase lo que se quiera sobre el mismo, llegará a jugar un papel muy importante en la nueva filosofía. Porque la repetición viene a expresar de un modo decisivo lo que la reminiscencia representaba para los griegos. De la misma manera que éstos enseñaban que todo conocimiento era una reminiscencia, así enseñará también la nueva filosofía que toda la vida es una repetición. Leibniz ha sido el único filósofo moderno que lo ha barruntado. Repetición y recuerdo constituyen el mismo movimiento, pero en sentido contrario. Porque lo que se recuerda es algo que fue, y en cuanto tal se repite en sentido retroactivo. La auténtica repetición, suponiendo que sea posible, hace al hombre feliz, mientras el recuerdo lo hace desgraciado, en el caso, claro está, de que se conceda tiempo suficiente para vivir y no busque, apenas nacido, un pretexto para evadirse nuevamente de la vida, el pretexto, por ejemplo, de que ha olvidado algo.


Repetición, Søren Kierkegaard

Así el narrador de Kierkegaard se dirige a Berlín buscando comprobar la validez de sus tesis sobre la repetición. Se aloja en un hotel de la Gendarmenplatz.

El protagonista de Reanudación se dirige a Berlín, en 1949 y allí le conducen a la misma habitación, que en esta ocasión tiene una placa con las iniciales J.K., en que se había alojado Constantino Constantius. La descripción de los muebles y los objetos de la habitación es idéntica a la que hace Kierkegaard, con la salvedad de la decrepitud propia de los cerca de 110 años que han pasado entre ambas.
Aquí Robbe-Grillet hace trampas. Dice sobre lo que se ve desde la ventana (desde el mismo sillón tapizado de rojo en el que se sentó Constantius-Kierkegaard:

Franz Kafka la contempló [la plaza] largo y tendido, hace justo un cuarto de siglo, cuando vivía en las casas aledañas, en compañía de Dora Dymant, el último invierno de su corta vida. Wilhelm von Humboldt, Heine y Voltaire vivieron también en esta Gendarmerie Platz.

Es cierto que con anterioridad menciona que Kierkegaard consideraba la Gendarmenplatz la más bonita de Berlín, pero elude mencionar que se alojó en esa misma habitación. En este fragmento aparece una de las primeras peculiaridades de la novela. Lo que estamos leyendo, al menos en principio, es una especie de informe que el protagonista, cuyo nombre va cambiando a lo largo de la novela (Henri Robin, HR, Ascher, Boris Wallon, Wall, Mathias Franck... hasta el nombre final) elabora para la organización secreta o servicio de información o agencia de espías, para la que trabaja. Este informe va a ser apostillado en numerosas ocasiones por alguien, en principio un superior en la organización, cuyas observaciones ponen en duda al narrador principal. En este momento aparece para indicar que es imposible que sea “ hace justo un cuarto de siglo”, sino que se trataría de veintiséis años exactamente. Ninguna mención a Kierkegaard. ¿Omisión deliberada o ignorancia? Este lector del informe va a cuestionar muchas de las cosas que el narrador principal revela, intentando que no creamos lo que nos dice, pero desde su primera intervención debemos dudar de la credibilidad del lector del informe como contra-narrador.
De hecho esta es uno de los principales temas de la novela de Robbe-Grillet, la repetición, la duplicación.
Se inicia así:

Aquí, pues, reanudo, y resumo. Durante el interminable trayecto en tren que, partiendo de Eisenach, me conducía hacia Berlín a través de la Turingia y la Sajonia en ruinas, vi, por primera vez desde hacía muchísimo tiempo, a ese hombre al que llamo mi doble, para simplificar, o bien mi sosias, o también y de modo menos teatral, el viajero.


Toda la novela es una especie de duplicación de los escenarios, tramas y personajes que acontecían el Las Gomas, sustituyendo el tono policíaco de aquella por un entorno de espías en el Berlín de posguerra.
(Nota mental porque no tengo la primera novela a mano, ¿cronológicamente son anteriores los sucesos de Reanudación que los de Las gomas? De ser así, ¿qué reanuda esta novela?)

Esta duplicación nos lleva por terrenos que deberían ser re-conocidos, pero no son indispensables para entender en sí misma la novela. Si como lector me hubiese enfrentado antes a Reanudación que a Las gomas, mi asombro y admiración ante esta novela no hubiese sido diferente.
Pero al haber coincidido el orden de lectura con el de escritura me sorprendió la subtrama pornográfica que encierra Reanudación, que más que enlazarla con Lolita de Nabokov, lo hace con Historia de Ô, de Pauline Réage.
(Segunda nota mental: Javier, deja claro que has leído Historia de Ô por razones científico-literarias y no por otras más mundanas)

¿Por dónde iba?

Esa subtrama me chocó porque de alguna manera no coincidía con el espejo que hasta entonces estaba resultando ser la novela. Y porque para ser una historia que de alguna manera confronta la maldad del doble y la perversidad de las relaciones familiares, que es una de las facetas destacables de la historia, me dio la sensación de que el autor se recreaba innecesariamente en los detalles erótico-escabrosos de las escenas sadomasoquistas.

Y aquí Lolita. Gigi o Gegenecke, la niña de catorce años, que trabaja en una especie de burdel en el Berlín en ruinas de 1949, inocente y depravada, se convierte en un símbolo de la adulteración del relato. Su madre, Jo Kast (J.K.), había regentado (¿en Nantes, cerca de Nantes?) una librería en la que vendía lápices y gomas. Wallas, el protagonista de Las gomas, vuelve una y otra vez a una librería para, con la excusa de ver a la dependienta, comprar gomas de borrar. Humbert Humbert sabía que para llegar a Lolita debía casarse con la madre. Según se desprende de la lectura Wallas ya se ha casado con la madre y en Reanudación Wall, o su doble, se ve seducido por la hija. Entonces, sí Las Gomas era una reescritura de cierta obra de teatro, ¿es Reanudación la reescritura de esa “otra” obra de teatro relacionada con la primera? Esa obra que según George Steiner (copio de la wikipedia) condensa los cinco conflictos fundamentales que dan origen a todas las situaciones dramáticas, esto es los conflictos entre hombres y mujeres, entre la vejez y la juventud, entre la sociedad y el individuo, entre los seres humanos y la divinidad y entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

O quizás Robbe-Grillet es consecuente con la obra que origina la primera de las dos novelas y más que una reanudación, Reanudación es un paso más hacia adelante. Un paso de un genial novelista que irrumpió con esta magnífica novela en el siglo XXI, compendiando la narrativa de todos los siglos anteriores.


Los fragmentos de Reanudación de la traducción de La reprise, de Javier Albiñana para Anagrama Editorial.
Los fragmentos de Repetición, Gjentagelsen, de Karla Astrid Hjelmstrom para JVE Psique. (Encontrado en internet)

20/9/17

Estado de gracia, de Joy Williams

El 3 de junio de 1844, en la isla de Eldey, frente a las costas suroccidentales de Islandia, Jon Brandsson y Sigourour Isleffson mataron a una pareja de alcas en su nido. Ketil Ketilsson aplastó el único huevo que había en el nido y el mundo perdió para siempre el alca gigante.
UN CRIMEN CONTRA LA NATURALEZA. Por fin, el uso adecuado del término. Nadie habla ya de los crímenes contra Dios. Quizá nadie lo hizo nunca. Y las alcas gigantes eran unas criaturas buenas. No eran malvadas como esas aves que se defienden. Y en cuanto a los hombres, me los imagino con buenas dentaduras, ropa caliente y amorcitos que les esperaban en casa. ¿Y adónde ha ido a parar todo el tiempo ahora que descansan a salvo en sus tumbas? He oído que otros se proclamaron merecedores de tal honor. Pero no se lo concedieron. Su petición descartada tras una investigación exhaustiva. Lo mismo que con el piloto de Hiroshima; todo el mundo quiere un trozo del pastel.


Ejemplar disecado de alca gigante en un museo en Leipzig.



Si empiezo a contarle la historia y no la termino, o si la empiezo pero no se la cuento como es debido, tal cual ocurrió, en el momento, el lugar y las circunstancias precisas, respetando la sucesión correcta de consecuencias, ¿acaso la historia no perdurará entonces como un ahogado, que no cesa de habitar los mares igual que un espectro?

Pues exactamente eso es esta magnífica novela de Joy Williams, una historia que perdura como un espectro. Desestructurada, fragmentada, no contada “como es debido”, se convierte en un ahogado que no cesa de habitar los mares de la narrativa.
Hay que leer esta novela y después hay que releerla para apreciar la sutileza con la que la historia está hilvanada, la maestría que demuestra Williams en el dominio de la voz narrativa (la de Kate en la primera y en la tercera parte; la omnisciente en la segunda) y el sentimiento desolador que domina todo el texto.
Es una novela increíblemente buena y compleja.
Solo puedo entender que esta escritora sea prácticamente desconocida en nuestro país y apenas mencionada cuando se habla de narrativa estadounidense contemporánea, como resultado de un ejercicio de discriminación patriarcal. Estado de gracia, la primera novela escrita por Williams, fue finalista en 1974 del National Book Award que ganó Thomas Pynchon con El arco iris de gravedad. The Quick and the Dead (Los vivos y los muertos) fue finalista, junto a Joyce Carol Oates por Blonde, en el año 2000 del Pulitzer Prize for Fiction, que ganó Michael Chabon por Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (novela mastodóntica pero mediocre) Pero creo que no se trata simplemente de machismo o de menosprecio a las escritoras. Es que la visión que Williams da de temas como, por ejemplo, la maternidad está muy alejada de los estereotipos convencionales. No se trata de que su narrativa de voz a las mujeres, sino que muestra una femineidad real y muy perturbadora. Y eso, en nuestra sociedad occidental, es punible.


La mecedora se mece en la fría corriente de aire. Está vacía, lo que anuncia muerte.

Estoy tentado a interpretar Los vivos y los muertos como un ejercicio de reescritura de Estado de gracia en otra clave. No lo voy a hacer, pero si quiero destacar los temas en común:

La muerte (por supuesto)
La orfandad.
La inutilidad de la figura paterna.
El maltrato a perros.
Los cementerios de animales, sean estos zoológicos destartalados o museos de taxidermia.
La muerte estúpida de personas indefensas.
La naturaleza.
Y las personas... y el desamparo de la vida.


A Bryant le encantaría, como es natural, que sus fieras se convirtieran en una atracción turística imprescindible, pero los visitantes sólo quieren ver atracciones indígenas. Las fieras son el eslabón más débil del negocio de Bryant. (...) El problema lo tiene con las fieras, porque nadie quiere verlas, aunque la entrada sólo cuesta setenta y cinco centavos. Tiene un oso negro, una llama, un leopardo, un búfalo, un coyote, tres ciervos y dos serpientes que se alimentan de huevos. Tiene un par de tiburones areneros, un tiburón toro, un acuario con tortugas, rayas águila y dos peces gato, lo que por sí solo debería garantizar medio centenar de visitantes diarios. Tiene loros, una avestruz, un cernícalo y un zopilote. Casi nadie acude a verlos. Pasan los días sin que nadie eche una ojeada a las fieras, pero de noche, Corinthian, su cuidador, las vigila, y cuando se marcha lo hace con una mirada pura y despreocupada. Porque nadie vigila a Corinthian. Ni daría un centavo por ver lo que él vio.
Corinthian sabe que el hecho de que nadie te mire ni te escuche es una de las pequeñas burlas que la muerte le tiene reservada a la vida. De momento nadie ha descubierto qué burlas podría tenerle reservadas la vida a la muerte.

Los fragmentos de la traducción de State of Grace, de Joy Williams, a cargo de Albert Fuentes para ed. Alpha Decay.