5/3/19

Moonglow (Novela), de Michael Chabon

Estamos ante uno de esos casos de obra de no-ficción presentada en forma de novela. Chabon nos quiere narrar la vida de su abuelo (no-ficción) presentándola a través de una estructura no lineal en la que el narrador, presuntamente el propio Chabon, es de alguna manera el foco ya que nos cuenta lo que él sabe o va descubriendo sobre su abuelo, que no lo es biológicamente, pero eso es otra historia, mientras éste le cuenta detalles de su vida en el lecho en el que agoniza.
¿Por qué no es una novela, quiero decir que es una obra que trata hechos ocurridos realmente, y sin embargo debe poner en el título la apostilla-advertencia de que es “una novela”?
La respuesta es paradójica. Porque la “novela” sobre su abuelo la escribió hace muchos años Thomas Pynchon en El arco iris de gravedad. Tanto es así que la novela de Pynchon aparece en la de Chabon cuando éste quiere realizar una consulta sobre Peenemünde y Nordhausen, los centros nazis de desarrollo y producción de los cohetes V-2, y recurre a ella antes que a cualquier enciclopedia.





Entiendo en cierta manera la desesperación de Chabon. Los pasajes más novelescos de la vida de su abuelo han sido narrados con anterioridad por el referente narrativo de su generación y en la obra más famosa de éste. Así que los capítulos en los que narra la búsqueda de Von Braun por parte de su abuelo por los campos de guerra europeos de la Segunda Guerra Mundial pueden quedar empañados por la obra de Pynchon, así que decide pasar de puntillas por ellos y presentarnos un par de escenas, que por otra parte acaban siendo de los más interesantes de Moonglow.
Hay otros instantes destacables en la novela, pero da la sensación de que Chabon es consciente de haberse topado con un escollo infranqueable. Como si cierta parte de la vida de su abuelo le haya sido arrebatada y que cualquier cosa que escriba sobre ella, incluida la obsesión tras la guerra por la figura del transfuga Von Braun, estará, o parecerá estarlo, bajo la influencia de Pynchon.
Así que normaliza su narración.
Y en cierta manera se pierde en ella.

 

Porque es precisamente la obsesión de su abuelo por todo lo que se refiera a los cohetes (y al impostor Von Braun) lo que no solo determina su vida, sino también la existencia del propio Chabon. Y esa parte se queda en un esbozo como si no fuese lo que verdaderamente quisiera contar Chabon, como si lo que verdaderamente quisiera contar le hubiese sido arrebatado en una novela escrita por otra persona cuando él era un adolescente.
La sombra de Pynchon se abate sobre Moonglow y la eclipsa.
Pero porque Chabon quiere que así sea.

No es una mala novela. Quizás en algún momento sea algo complaciente y poco crítica, pero tiene momentos de gran intensidad narrativa. El resultado es irregular. Y tengo la sensación de que no es la novela que hubiese querido escribir Chabon. Es más, Chabon no quería escribir “una novela”, sino la vida de su abuelo.

Si la sombra de Von Braun persiguió a su abuelo, parece que la de Pynchon hace lo propio con Chabon. Tal vez porque no puedes ni quieres liberarte de la influencia de aquellas personas a las que, en el fondo, admiras.

25/2/19

Cuánto azul, de Percival Everett

La confesión es el método para librarse del peso de los secretos. El relato en primera persona es la forma habitual en narrativa para contar los secretos que oprimen al narrador. Pero en nuestro caso el protagonista-narrador es un pintor. La forma de expresar los sentimientos, entonces, adquieren un sentido nuevo que no es posible plasmar por escrito.
A no ser que seas un prodigioso escritor como es el caso de Everett.
Esta novela combina esos dos aspectos casi contradictorios del narrador, la del escritor, ya que escribe su “confesión” y la del pintor, que queda patente a través de las descripciones en las que la concreción de los colores es abrumadora y las digresiones en torno al arte pictórico.
Luego está la estructura de la novela.
Se alternan tres épocas temporales distintas. En cada una de ellas el narrador explica unos sucesos en los que el secreto, la mentira, la traición tienen un papel importante. El lector está un poco perdido hasta prácticamente el final de la novela en la que queda patente la tesis del autor. Agobiado por el peso de sus propios secretos no puede concebir que algunos secretos se pronuncian para ser revelados y eso pone en peligro, más que sus propias mentiras, sus propios secretos inconfesables, la integridad de su vida familiar.

Todos somos lo que somos gracias a nuestras traiciones o a pesar de ellas.
Y siempre nos queda la duda de si nuestro narrador no nos oculta también algo a los lectores.
Porque Cuánto azul es una confesión verdadera, ¿no, Everett?

Cuánto azul en editorial DeConatus con traducción de Javier Calvo.

28/1/19

La entreplanta, de Nicholson Baker

Un oficinista sale de su despacho en la entreplanta, a la que solo se tiene acceso por las escaleras mecánicas, de un edificio, a la hora del descanso y compra una galleta, un pequeño brick de leche y cordones para los zapatos. Luego, se sienta en un banco al sol a leer las Meditaciones de Marco Aurelio y vuelve a la oficina.
Y ya está.
Narrado en primera persona desde el futuro, es decir con el recurso “aquella mañana salí...”, la novela es un compendio del pensamiento humano, pero no en un aspecto transcendental sino más bien en el cotidiano. Baker eleva la trivialidad a obra de arte en un continuo juego de digresiones mentales ampliadas en prolijas notas al pie de página, (no hace falta decir que D. F. Wallace tenía muy presente la novela de Baker a la hora de dar forma a La broma infinita), con un lenguaje muy elaborado y una estructura que desmiente el azaroso devenir de los procesos mentales.
Es, sencillamente, una pequeña maravilla de la narrativa contemporánea estadounidense.

Aquí, como ejemplo, la justificación a las notas a pie de página en una nota al pie de página, por supuesto:


A Boswell, al igual que a Lecky (para retomar el asunto de esta nota al pie), y a Gibbon antes que él, le encantaban las notas al pie. Ellos sabían que la cara externa de la verdad no es lisa, ni brota ni va reuniéndose de párrafo en párrafo bien formados, sino que trae incrustada una rugosa corteza protectora de citas, de comillas, de cursivas e idiomas extranjeros, todo un variorum en forma de costra repleta de "íbid." y de "cfr." y de "véase" que conforman la armadura del puro fluir de un argumento mientras este viva por un instante en la mente de uno. Eran conocedores del placer anticipatorio de percibir con visión periférica, conforme pasaban la página, el cieno gris de un ejemplo y de una salvedad adicionales esperándoles en letra diminuta al pie. (Eran conscientes, de un modo más general, de la utilidad de la letra diminuta para realzar el regocijo de leer obras de oscura erudición: la densidad tipográfica te fuerza a encorvarte igual que Robert Hooke o que Henry Gray sobre los tejemanejes y los intríngulis de la verdad). Les gustaba decidir conforme leían si se molestarían o no en consultar cierta nota al pie, y si la leerían en contexto, o la leerían antes que el texto del cual colgaban, como aperitivo. Los músculos del ojo, ellos lo sabían, buscan itinerarios verticales; el recto lateral y el medial se aturden al oscilar de acá para allá con las zetas que nos enseñan en el colegio: la nota al pie funciona como un conmutador, proporcionando esa satisfacción del coleccionista de trenes en miniatura de capturar la marcha del pensamiento con un "I" volado y de reconducirlo, a veces largo y tendido, por apeaderos abandonados, por túneles sumergidos y llenos de goteras. La digresión –un movimiento que se aleja del gradus, o la intensificación, del argumento– es a veces el único modo de ser exhaustivo, y las notas al pie son la única forma de digresión gráfica sancionada por generaciones de tipógrafos. Y no obstante la Hoja de estilo de la Modern Languaje Association que tenía en la facultad desaconsejaba las notas al pie “tipo ensayo”. ¿Estaban majaras?¿Adonde va a ir a para la erudición? (En ediciones posteriores han eliminado esta mácula)
[…]
Pero las grandes, eruditas o anecdóticas, notas al pie de Lecky, Gibbon o Boswell, escritas por el propio autor del libro para complementar, e incluso corregir, a lo largo de varias ediciones posteriores, eso que dicen en el texto primario, reafirman que el afán de verdad no posee límites exteriores claros: no termina con el libro; la reformulación el desacuerdo con uno mismo, el envolvente océano de las autoridades referenciadas, todo ello continúa. Las notas al pie son esas superficies de mejor adherencia que permiten que los párrafos tentaculares se aferren a la realidad más amplia de la biblioteca.


El fragmento de la traducción de Ce Santiago para La Navaja Suiza Editores.

25/1/19

Sartor Resartus, de Thomas Carlyle

Sartor Resartus, el sastre sastreado o el sastre remendado. Todo, desde el título, en esta novela debe ser explicado. Por ejemplo, sobre qué trata. Digamos, por ser fiel a la primera lectura del texto, que se trata de una especie de hagiografía por parte de un editor de la vida y obra del Profesor de Ciencia de las Cosas en General, Diogenes Teufelsdröckh (Hijodedios Estiercoldeldiablo) de la Universidad de Weissnichtwo (Nosesabedónde) en Alemania, autor de una enciclopédica Filosofía del Vestido.
Será a través de fragmentos de esa obra, titulada El vestido, su origen e influencia, y de textos encontrados dentro de seis bolsas de papel, con títulos referentes a constelaciones del zodiaco, remitidas al editor por el mejor amigo de Teufelsdröckh, Herr Hofrath Heuschrecke (Señor Consejero Saltamontes) como conoceremos la vida (o lo que el propio Teufelsdröckh ha escrito sobre ella) y parte de su obra.

En estas condiciones no es difícil deducir que nos encontramos ante una sátira.

Pero también ante una obra exuberante y desproporcionada cuya importancia en la literatura del siglo XX no ha estado lo suficientemente reconocida.
En primer lugar, creo, porque la misma esencia de la sátira, que no se refiere únicamente al tema tratado, sino que es un compendio crítico del siglo XIX y sus usos sociales y literarios, le confina al territorio de lo “poco serio” por los “gestores del canon”. Además en la época de su publicación no fue entendido ni por editores, ni libreros, ni críticos, como se recoge en el apéndice al final del texto. Solo Ralph Waldo Emerson parece que captó la grandeza del texto y sus implicaciones narrativas.
En segundo lugar la crítica que desarrolla Carlyle no se limita únicamente al absurdo de intentar explicar el mundo a través de la evolución del vestido. Es en los textos rescatados de Teufelsdröckh donde el autor demuestra sus verdaderas intenciones. En realidad ante lo que nos encontramos es ante una parodia de la narrativa romántica. No en vano se inicia con una cita de Goethe.
El espíritu de Goethe, de Sterne, de Milton sobrevuela toda la novela. Pero también es una crítica a toda la tradición narrativa de su época. Lo que hace Carlyle, a través de Teufelsdröckh, es mostrar los defectos de esas novelas grandilocuentes a través de una elaborada pedantería farragosa, en las que, por ejemplo, las emociones sentimentales son descritas a través de los paisajes en los que se producen, descripciones delirantes y excesivas que nada dicen en el fondo sobre la condición humana.
Y aunque Teufelsdröckh emplea el recurso de los paisajes hablando de los acontecimientos de su vida dice después:

Poco antes de que se erradicase la viruela—dice el profesor— apareció en Europa una nueva enfermedad de carácter espiritual: me refiero a la epidemia, hoy endémica de los coleccionistas de paisajes. Los Poetas de la antigüedad, poseedores como eran de unos Sentidos privilegiados, también habían disfrutado de la Naturaleza exterior, pero siempre tal como nosotros disfrutamos de la copa de cristal que contiene un buen o mal licor, es decir, en silencio o con un breve comentario incidental, nunca, que yo sepa, hasta después de Los sufrimientos de Werther, hubo nadie que dijera “¡Vamos, hagamos una descripción! ¡Consumido el licor, comámonos la copa!”


Y es en ese sentido donde la novela muestra su aspecto más complicado que la ha relegado a un segundo plano en la historia de la Literatura. Porque los discursos desaforados, desmedidos y casi mesiánicos tanto del Editor como del Profesor (ahí lamento yo que no exista mayor diferenciación entre el estilo de ambos) hacen que la lectura sea en ocasiones muy complicada. Y esto es algo deliberado. No tan solo los discursos son grandilocuentes, sino que ellos mismos, bañados en cierto non-sense, se contradicen a sí mismos en un pantagruelico festín narrativo.

O, por hablar sin metáforas—un modo de expresión que por desgracia nos ha contagiado en parte Teufelsdröckh —¿puede ocultársele al editor que muchos lectores británicos se sientan al leer la Obra más ofuscados y afligidos que ilustrados por ella? Sí, hace tiempo que muchos lectores británicos se preguntan con una especie de gruñido: “¿Adonde conduce todo esto o de qué sirve?”


La Obra se muestra en todo su esplendor y se contradice a sí misma. Se presenta como una gran Obra filosófica, digna del gran Profesor de la Ciencia de las Cosas en General, pero al mismo tiempo se contradice a sí misma, criticando todo aquello que dice. Porque la intención es mostrar a través de los discursos del Editor y el Profesor la inanidad de los mismos. La misma vida de Teufelsdröckh, rescatada a través de textos autobiográficos de dudosa veracidad, resulta tan risible, o más bien “normal”, cuanto más trascendente o trágica intentan mostrárnosla ambos narradores.
Es, como se dice en la novela, una Biografía poético-filosófica que ha de leerse de manera poético-filosófica.

Por eso, como dice el pasaje al que continúa el texto citado anterior, si el lector vislumbra en la Obra, aunque sea por un solo momento la Tierra de los Sueños y la Región de lo Maravilloso (“hasta tus mantas y calzones son Milagros”), deberá sentir gratitud por el Profesor.

Y así dejamos cumplida cuenta de nuestra deuda con el autor:
Muchas gracias, Thomas Carlyle.

23/1/19

La muerte del comendador, de Haruki Murakami

El Libro 1 está a 535 kilómetros de aquí.
En estos momentos el Libro 2 está dentro de una caja precintada.

Pero no me hace falta tener los volúmenes a mano para hablar de esta novela de Murakami incomprensiblemente dividida en dos partes.
[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

Y no me hace falta porque La muerte del comendador son los Greatest Hits de Murakami.
Todos aquellos que hemos seguido durante años la obra de Murakami vamos a reconocer todos sus clichés y todas las situaciones recurrentes.
Me atrevería a decir que no hay en La muerte del comendador ni una sola frase original, es decir, ninguna frase que el propio Murakami no hubiese escrito antes.
Se cambia el nombre del protagonista, cambiamos viudo o soltero por divorciado, cambiamos la actividad profesional por la de pintor, le rodeamos de los típicos personajes de sus otras novelas, lo aislamos en un pozo y ya tenemos una nueva novela, que dividimos en dos partes y [Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd].

¿Es una mala novela? No. Sí. Es una novela de Murakami.
¿Es una novela original? No. Es una novela de Murakami. Sí, en el sentido de que, como objeto reconstruido a partir de otros textos, tiene su gracia, como una criatura de Frankestein que nos guiñase el ojo.
Pero, ¿es intención de Murakami la construcción de una novela que recopile lo más interesante de sus anteriores novelas o tiene que ver por como empieza esa canción de Pink Floyd?
Y yo cómo voy a saber cuales eran las intenciones de Murakami.

Lo que demuestra esta novela es que Murakami es, ni más ni menos, con algunas virtudes más y con los mismos defectos, el Stephen King japonés.

Y yo disfruto con algunas novelas de King y con algunas de Murakami.

Por La muerte del comendador me he deslizado como si conociese el camino, sin sorpresas. Ha sido como visitar a un viejo amigo... a uno muy viejo, de esos que repiten monocordamente el mismo discurso a cada visita.

Propongo desde aquí el Nobel ex-aequo a King y Murakami por su contribución a desvelar los misterios del alma humana entreteniendo.

[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

23/12/18

Las variaciones Bradshaw, de Rachel Cusk

Mis problemas con cierto tipo de narrativa (Parte 1)

De la contraportada: “Como siempre, Cusk indaga en las relaciones sentimentales y familiares con una lucidez hiriente. Aquí, el protagonista es un matrimonio que ha decidido trastocar las posiciones tradicionales: Thomas Bradshaw deja su trabajo para cuidar de su hija Alexa y se dedica a tocar el piano, una práctica que parece llenar el súbito vacío de su mediana edad. Su elección irrita tanto a sus padres como a sus suegros. En cambio, su intensa mujer, Tonie, ha aceptado un absorbente trabajo en la Universidad, apartándose así de la vida doméstica y reecontrando aspectos y modos de vida que creía perdidos. A lo largo de un año lleno de crisis y revelaciones...” etc o blablabla.

Aún así, a pesar de la advertencia, tomo en préstamo el libro en la biblioteca. Porque alguien ha dicho que Cusk es una de las grandes narradoras contemporáneas.

La novela resulta ser una nadería.

Si acaso la salva en ocasiones su tímida estructura en la que destaca algún capítulo que podría considerarse casi un relato.

Pero ni por esas.

A ver, es muy posible que yo pueda tener cierto tipo de prejuicios. Prejuicios que me impiden leer cierto tipo de novelas centrados en la “pareja” o en las “relaciones familiares” en las que los protagonistas suelen ser profesores universitarios o artistas o empresarios independientes o tener profesiones que les permitan tener años sabáticos o mierdas en vinagre por el estilo.
Prejuicios motivados por la envidia... quizás. Pero la gran mayoría de esas novelas me interesan bien poco. En primer lugar porque me excluyen. Y lo hacen porque no soy capaz de entender ni de ver dónde están los “problemas” de esas personas-personajes. Es más, me da la impresión que los propios autores pertenecen a ese mismo tipo de personas-personajes y que, es comprensible, estén muy preocupados por el devenir de sus vidas, la insatisfacción, la inseguridad de sus privilegiados trabajos y de su papel en la vida como padres y parejas.
Para mí todo eso es mucho más lejano e increíble que lo que proponga la más absurda novela de ciencia-ficción.
Es más, me importa una mierda la problemática sentimental y existencial de ese tipo de personas-personajes.

Me parece que no es redundante volver a señalar lo elitista que es el mundo literario. Leed la biografía de cualquier autor y veréis como se destacan sus estudios académicos y sus trabajos, ambos relacionados de alguna manera con la literatura. Eso sí, cada vez que irrumpe de alguna manera alguien ajeno a ese mundo se señala de forma ostentosa su procedencia laboral. Su intrusismo, en suma.

Lo que quiere el mundillo literario es historias de personas-personajes que sean como ellos. Lo que quieren es una narrativa acorde con su mundo, en el que aparezca de forma tangencial y anecdótica la verdadera esclavitud laboral. Lo que quieren, en definitiva, son narraciones que no desmonten su visión clasista y elitista de su mundo de casas de dos pisos en calles que se extienden hasta perderse de vista. Lo que quieren es que el orden y la pulcritud sea la enseña que los defina y distinga como “grupo social” y que ese mismo orden y pulcritud se demuestre en las novelas que escriben y publican.

El representante autoerigido de ese grupo es Jonathan Franzen así que todas las críticas recaen sobre él, no porque lo que escriba no sea acorde con las premisas que sus colegas escritores y sus empleadores editores exijan, crean y desarrollen. Simplemente, ese mismo “grupo social”, el gremio de la intelectualidad, que se sostiene a sí mismo a través de complejas relaciones de apoyos y contra-apoyos, necesitan, debido a la endeblez de su sistema corporativo, un chivo expiatorio sobre el que recaigan las culpas a fin de poder seguir con su labor.
Ahora bien, me pregunto, cómo este sistema endogámico puede interesar a lectores ajenos a él. ¿Interesa?

Es todo una estafa.

Creo que la verdadera literatura de nuestro tiempo se está haciendo en otro sitio y no se está publicando.

12/12/18

La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf

Desde hace años, a pesar de que nace como idea en un relato de ciencia-ficción, se baraja la idea de Terraformación de otros planetas para dotarlos de las condiciones necesarias para hacerlos habitables para los humanos. El proceso es extremadamente complejo ya que no solo se trata de dotar a esos “otros mundos” de atmósfera y agua, sino de crear un sistema ecológico que permita la conservación de esos elementos imprescindibles para “nuestra” vida.
Supongamos que eso es posible. Supongamos que se lleva a cabo con éxito pongamos en Marte y que parte de la humanidad, acuciada por la falta de espacio y de medios de subsistencia en la Tierra se traslada al nuevo planeta terraformado. ¿Y entonces qué? Sencillamente nos dedicaríamos a explotar y devastar el nuevo planeta creado.

Uno se pregunta si vale la pena salvar a la humanidad o si no será mejor para el Universo, que por otra parte seguramente nos ignora, que nos dejemos morir en el desierto estéril en que vamos a convertir nuestro mundo, nuestro insignificante “pálido punto azul”.

Alexander von Humboldt inventó la naturaleza.

Hasta su obra la Naturaleza era el medio en el que nos movíamos y subsistíamos. A partir de él, la naturaleza es la víctima de nuestra insaciable codicia.
Con la salvedad de que el ser humano forma parte de la naturaleza. Así que la destrucción continua del medio natural para satisfacer nuestras necesidades, las básicas, sí, pero también otras menos esenciales, significa en el fondo un lento, pausado, sistemático e inevitable proceso de suicidio planetario.

Humboldt nos dio una visión global de los procesos que rigen el equilibrio ecológico. Advirtió de la magnificencia de nuestro planeta, desde la inmensidad del cosmos a la inimaginable hasta entonces fecundidad de la vida microscópica, desde la compleja distribución de las especies en el mundo hasta los desastres medioambientales que provoca la explotación humana.
Humboldt inventó la naturaleza porque hasta entonces nadie había dado una visión global del equilibrio que rige el mundo natural y porque nadie hasta entonces había advertido de los desastres que se avecinaban.

Por consiguiente, Humboldt es una figura olvidada.

 Alexander von Humboldt in his library in his Oranienburger Strasse, Berlin apartment, by Eduard Hildebrandt

A pesar de la influencia que tuvo sobre ideas que marcarían el rumbo del pensamiento en el siglo XIX, por ejemplo la teoría de la evolución o la idea de la ecología, casi nadie recuerda a Humboldt.
Humboldt está prácticamente olvidado porque, reconozcámoslo, el Progreso, como representación del Mal, como fuerza destructora de la Naturaleza, está triunfando.
Y al Progreso, y a sus brazos ejecutores, las Empresas, cuyo poder e influencia se extienden más allá de los ámbitos de sus negocios, no les interesa que se recuerde la figura de alguien que hace ya más de doscientos años advertía que debemos detenernos.

(Eso sí, ahora esa mismas empresas depredadoras que no tienen inconveniente en saquearnos como consumidores al tiempo que explotan sin escrúpulos los recursos naturales, se nos presentan en vomitivos comerciales como defensores del medio ambiente... pero no digo con eso que nosotros, en nuestro papel pasivo de consumidores no seamos también responsables)

En fin, este libro de Andrea Wulf intenta acercarnos a la figura de Humboldt, a su genio y erudición y a la influencia de su obra en las generaciones posteriores. Renueva el aviso de Humboldt sobre los estragos que el ser humano causa en el propio entorno que debe garantizar su supervivencia. Demuestra en él un profundo amor y fascinación por la obra de Humboldt y su significado, por la maestría que desarrollo durante toda su obra combinando ciencia y poética, llegando a ser en su tiempo una figura de prestigio en los medios académicos al tiempo que sus textos gozaban del fervor popular.
Algo impensable hoy en día... si exceptuamos a Carl Sagan... quien ya empieza a ser olvidado también.




En fin, leed este libro tan interesante y luego prosigamos con la destrucción del planeta.

En pocos siglos la terraformación de Marte significará dejarlo tal y como está ahora. Estamos en un proceso cuesta abajo hacia la martificación de nuestro planeta.

Sigamos leyendo.

18/11/18

Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán

El tiempo parece haber prolongado todas las acciones, suspensas absurdamente en el ápice de un instante, estupefactas, cristalizadas, nítidas, inverosímiles como sucede bajo la influencia de la marihuana.
Tirano Banderas

Lo primero que llama la atención en la novela de Valle-Inclán es el lenguaje.
(Un ejemplar de la Biblioteca Municipal está TAN subrayado en las palabras que un lector impertinente no había entendido que hace el texto ilegible)

Ahora decidme si, a pesar de su dificultad, el siguiente fragmento no es una maravilla:

Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida, el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios. Don Celestino Galindo, orondo, redondo, pedante, tomó la palabra, y con aduladoras hipérboles saludó al glorioso pacificador de Zamalpoa:
La Colonia Española eleva sus homenajes al benemérito patricio, raro ejemplo de virtud y energía, que ha sabido restablecer el imperio del orden, imponiendo un castigo ejemplar a la demagogia revolucionaria. ¡La Colonia Española, siempre noble y generosa, tiene una oración y una lágrima para las víctimas de una ilusión funesta, de un virus perturbador! Pero la Colonia Española no puede menos de reconocer que en el inflexible cumplimiento de las leyes está la única salvaguardia del orden y el florecimiento de la República.
La fila de gachupines asintió con murmullos: Unos eran toscos, encendidos y fuertes: Otros tenían la expresión cavilosa y hepática de los tenderos viejos: Otros, enjoyados y panzudos, exudaban zurda pedancia. A todos ponía un acento de familia el embarazo de las manos con guantes.

Le bastan tres párrafos para describir toda la miseria moral que envuelve a los aduladores mezquinos que se mueven en torno al tirano, para mostrarnos la sumisión al poder, al tiempo que éste, absolutista y despótico, aparece como la caricatura de un despojo andante. No hay en toda la novela casi ningún personaje que se libre de este tratamiento tan despiadado por parte de su narrador. Y deben pulular por la novela más de cincuenta personajes.
Se trata pues de una novela coral en la que se describe la caída del tirano Santos Banderas, en Santa Fe de Tierra Firme.

Y exactamente como ocurriría al año siguiente con su novela La corte de los milagros, la estructura de la novela, que es un aspecto muy elaborado en la narrativa de Valle-Inclán, remite a un descenso-ascenso al infierno de la sociedad.

Dejaré que alguien mucho más competente que yo lo explique:




Como se aprecia en dicho esquema, la correspondencia entre los tres libros de la Primera y la Séptima Parte es exacta: los Libros Tercero y Primero de ambas están centrados en la figura del Tirano; el Libro Segundo de cada una nos habla del Cuerpo Diplomático. Entre la Segunda y la Sexta Parte la correspondencia no es tan evidente; destaca, sobre todo, la simetría de los respectivos Libros Tercero y Primero, que tienen por objeto al dictador: si en «La oreja del zorro» (Segunda Parte, Libro Tercero) Banderas preguntaba al Inspector de Policía sobre el arresto de Roque Cepeda, en «Lección de Loyola» (Sexta Parte, Libro Primero) acude a Santa Mónica para disculparse ante el político; otros también están relacionados, siquiera por contraste: si en «Cuarzos ibéricos» (Segunda Parte, Libro Primero) se planteaba el tema de la dictadura, la represión y el ideario de los revolucionarios, «La Nota» (Sexta Parte, Libro Tercero) recoge la tímida respuesta del Cuerpo Diplomático a la tiranía; de modo análogo, mientras en «El Circo Harris» (Segunda Parte, Libro Segundo) se expone el ideal humanista del doctor Sánchez Ocaña, en «Flaquezas humanas» (Sexta Parte, Libro Segundo) el Barón de Benicarlés hace gala de su cínica amoralidad. La Quinta Parte parece en su totalidad consecuencia de la Tercera y tiene sus mismos protagonistas, Nachito Veguillas y el estudiante: la farra de «La Recámara Verde» (Tercera Parte, Libro Primero) contrasta con las distracciones de los presos de Santa Mónica en «Carceleras» (Quinta Parte, Libro Tercero); el falso romanticismo de Nachito en «Luces de ánimas» (Tercera Parte, Libro Segundo) es enfrentado a las sólidas convicciones de Roque Cepeda en «El número tres» (Quinta Parte, Libro Segundo); finalmente, la huida de los dos personajes, Domiciano y Nachito, relatada en «Guiñol dramático» (Tercera Parte, Libro Tercero) se corresponde con el ingreso del segundo y del Estudiante en el «Boleto de sombra» (Quinta Parte, Libro Primero) de Santa Mónica. A partir de la constatación de esa simetría, la Cuarta Parte se instituye claramente como el eje de la novela; y, en el centro de aquélla, la muerte del hijo de Zacarías aparece como episodio fundamental. Como ha señalado Díaz Migoyo (1989), a partir de ese suceso, que el autor presenta como un sacrificio crístico —piénsese en el apellido, San José, de Zacarías y en el carácter milagroso del cadáver del chamaco—, se desencadenan las fuerzas contrarias al Tirano: el compromiso de Filomeno y Domiciano y la venganza de Zacarías; de ese modo, la segunda mitad de la novela se pliega sobre la primera para derribar la dictadura de Santos Banderas, justificando así la circularidad sugerida por la dislocación temporal del «Prólogo».

Introducción, notas y Apéndice a Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas por Juan Rodríguez.
Véase la página Tirano Banderas por Juan Rodríguez y siguientes.


Tenemos pues en las dos novelas un hecho crucial que se convierte en el centro de la narración: El transporte de un cadáver. Pero, en contraposición, si en La Corte de los milagros, la muerte de la madre es esperada y su entierro un trámite que se convierte en algo tragicómico, en Tirano Banderas la muerte del hijo de Zacarías San Juan es tremendamente trágica (y atroz y truculenta). La venganza de Zacarías le empuja a unirse a la revolución armada que derroca a Banderas.



Lo habilidoso de Valle-Inclán en su narración es que ha anticipado este hecho en el prólogo que, como se ve en el cuadro anterior, es cronológicamente posterior al grueso de la narración. Al igual que Zacarías se encuentra en las filas de Filomeno Cuevas, el prólogo nos desvela en ellas la presencia de De la Gándara.
El prólogo se presenta como una visión del futuro.
¿Cómo llega De la Gándara, que en principio parece estar en el círculo de confianza del tirano, a luchar contra él?
La tesis de Valle-Inclán, el retrato que quiere darnos de una dictadura, es que la vida y la muerte de los ciudadanos dependen de acontecimientos irrelevantes y del capricho malsano del tirano.
Así De la Gándara tira unos vasos de una vendedora que hace muchos años que conoce al dictador. El bufón del tirano coincide en un burdel con De la Gándara y con una vidente que adivina que van a apresarle. De la Gándara huye a través de la ventana de un estudiante de un edificio contiguo al burdel. El estudiante y el bufón serán encarcelados. De la Gándara pide ayuda a Zacarías y éste le lleva a una zona donde estará seguro para finalmente unirse a los insurgentes. Cuando Zacarías vuelve a su casa se encuentra el cadáver de su hijo devorado por los cerdos después de que los militares se hayan llevado a su mujer y arrojado al niño a la porqueriza. La venganza de Zacarías tiene a mi parecer de nuevo muchas concomitancias con la narrativa de Faulkner... pero eso es otra historia.

Lo importante de toda esta estructura es que el final está anticipado en el prólogo. El resto es un descenso desde el palacio del tirano hasta una pocilga y de ésta ascendemos de nuevo hasta el palacio para presenciar la muerte del dictador.
Y es, como en toda buena novela, el viaje narrativo el que importa.
Y el viaje que propone Tirano Banderas es magistral, exuberante, lírico, esperpéntico, realista y brutal.


...



Ahora viene la reflexión sobre lo que supone Valle-Inclán en la narrativa española contemporánea: NADA.
En la actualidad se presenta como novedad y signo de nuestra narrativa la inclusión de la fragmentación y la preponderancia de la estructura. Es decir que escribimos como si Valle-Inclán no lo hubiera hecho mucho antes. Alabamos, en ocasiones con desmesura, la influencia de novelistas como Joyce, Faulkner y (es premeditado) Dos Passos en la narrativa occidental (o global) contemporánea y desviamos nuestra atención haa los escritores anglosajones como paradigma vanguardista. Olvidamos, yo ya no sé si con desprecio o fruto de un catetismo innato, a los novelistas españoles. Lo curioso del caso es que esos grandes escritores que, no olvidados, más bien deliberadamente ignorados y ninguneados, describieron hace casi un siglo todos los vicios y defectos de una sociedad basada en el nepotismo en la que los arribistas copan puestos administrativos y de opinión. Una sociedad, la de principios del siglo XX, que no difiere en nada de la de nuestros tiempos. En estas condiciones no es de extrañar que nuestra sociedad denigre hasta el olvido a aquellas personas que destacan por méritos propios.

Se celebrarán centenarios, pondrán su nombre a calles, museos y bibliotecas, honrarán su memoria, al tiempo que procurarán que se olviden sus obras.

No olvidemos a Valle-Inclán, no olvidemos su obra y, sobre todo, no escribamos como si él no lo hubiese hecho antes y mejor.

27/9/18

C, de Tom McCarthy

C de Carrefax, de Carthy, protagonista y autor.
C de Corion, de Caída, de Colisión, de Citación, los nombres de las distintas partes de la novela.
C de Comunicación, de Cocaína, de Contexto, de Copia, de Críptico... distintas ideas que recorren la novela.

[Copio, de la Wikipedia: “El corion es una envoltura externa que recubre el embrión de la mayoría de los mamíferos y que colabora en la formación de la placenta”. Es curiosa la elección de esta palabra. Podría, al tratar en parte el libro sobre la infancia de Serge Carrefax sobre insectos, haberse llamado Cocoon, Capullo. Pero incide sobre el aspecto placentario del término. Mamífero]

La verdad es que los comentarios que se pueden encontrar sobre esta novela varían entre los extremadamente elogiosos y los rotundamente negativos.
Esto tiene que ver con el Contexto y la Copia, que creo que son los pilares sobre los que se sustenta la novela y los ataques deliberados que McCarthy efectúa dentro de la novela sobre ellos.

La estructura de la novela puede recordar muchas otras. La llegada del doctor que atenderá el nacimiento del protagonista recuerda a Dickens, la relación entre los hermanos en el paraíso de la mansión-laboratorio-escuela de sus padres nos lleva a recordar Ada o el ardor, de Nabokov. Que a un aviador le apoden Pilón, nos lleva a Faulkner... son tantas las referencias ocultas y evidentes diseminadas a lo largo de la novela que no es necesario anotarlas. La cuestión es que tanto el relato como la estructura nos lleva inevitablemente a otras historias ya leídas.

Mi deformación lectora me ha llevado a una relación un tanto peregrina. No sé porque he vinculado la historia de C con las novelas de Harold Robbins. Es decir, sí lo sé: La historia de un personaje desde su nacimiento, explorando sus talentosas habilidades y su imparable ascenso social, destacando en momentos puntuales sus relaciones sexuales (que en ocasiones podemos calificar de peregrinas o irrelevantes narrativamente pero determinantes en la historia)
Una vez que se tiene edificada la estructura de una narración clásica mainstream, McCarthy saca su martillo y se dedica a demoler todos los muros de carga de la construcción. Todo aquello que podemos dar por sentado en este tipo de narración es destruido. Lo que queda son los residuos, las ruinas de una narración convencional.

La Copia y el Contexto son fundamentales. Debemos (re)conocer el texto en el que se basa, el que “copia”, debemos situarnos en el contexto del palimpesto para entender la (re)creación que realiza McCarthy y, sobre todo, la destrucción que disemina a lo largo de todo el texto. Porque muchos fragmentos de la novela nos remiten a otras escritas con anterioridad por otros autores, es cierto, pero no menos cierto que McCarthy trunca esas relaciones. Es decir, las trae a colación para mostrarnos la ruptura con todo texto previo, un efecto que quiere destacar y que sea el que defina su narrativa.

McCarthy construye sus novelas sobre las ruinas de otras, como si la narrativa contemporánea no pudiese avanzar de otra forma. Si no podemos librarnos de la influencia, destruyamos las influencias delante de los ojos del lector y construyamos algo nuevo e interesante sobre sus residuos.

17/9/18

La corte de los milagros, de Ramón del Valle-Inclán

Comenta José Manuel García de la Torre en sus notas introductorias a La corte de los milagros de Valle-Inclán, en la Colección Austral, que la primera edición de la novela constaba de nueve libros, en lugar de los diez que componen la definitiva. De esa manera, argumenta, era más palpable la simetría argumental que el autor desarrolla en la obra.
Así cada libro tiene su reflejo en otro de manera especular según el siguiente esquema: I -IX, II -VIII, III -VI, IV- VI, quedando el libro V como centro de lo que García de la Torre denomina “espiral”.
Yo antes que espiral, denominaría a la estructura escalonar:


                                     IX
  |II                         VIII|
      |III              VII|
           |IV    VI|
                |V|

Así cada uno de los peldaños-libros nos iría haciendo descender en los distintos estratos sociales, empezando desde el Palacio Real y los Ministerios, pasando por las mansiones de los (mal llamados) Grandes de España, su servidumbre, la vida nocturna madrileña y acabando en el entorno rural, donde cohabitan casi sin distinción campesinos y bandoleros.
En este sentido, el Libro V al que hace referencia García de la Torre, que corresponde con el VI de nuestra edición, denominado La soguilla de Caronte, constituye, sea cual sea el caso, en el centro estructural de la novela. Y también emocional, llegado el caso.

Pongamos en contexto el suceso. Narváez agoniza. El Marqués de Torre-Mellada intriga intentando mantener sus privilegios y conseguirlos para sus allegados, su hijo, en una juerga desenfrenada, participa en el asesinato de un guardia. La familia huye a la propiedad que tiene en el campo, en Andalucía, hasta que se olvide el escándalo. Allí el capataz está involucrado en el secuestro del hijo de un propietario de finca por el que los bandoleros piden un rescate desmesurado al tiempo que su mujer agoniza y muere. Una riada desbarata el secuestro e impide también el entierro de la mujer.

Fuera de la estación esperaba el coche. Cascabeleaban las cuatro mulillas del tiro, cubiertas de borlones, primorosas y parejas: Ocupaba el pescante y tenía las riendas un viejo de centeno quemado, duro, ojiverde, las sienes con brillos de acero. El Marqués celebró el atalaje:
Muy bien, Blasillo. ¡Muy bien!
El señor Blasillo de Juanes era un antiguo cachicán, que también terciaba de picador y de cochero. La Marquesa le interrogó con amable indiferencia de gran dama:
¿Cómo anda su gente, tío Juanes?
Pues todos tan guapos, incluso la mujer, que la dejo sacramentada.
Se alarmó el Marqués.
¡Hombre! ¿Por qué la has dejado?
Pues a no ser por la obligación de recibir a sus vuecencias, no la habría dejado. Bien que me lo derrogaba la infeliz, porque está de un momento para otro.
Rezongó Toñete, que acomodaba en el coche un lío de mantas:
¡Mala pata! Entrar en la casa, y estar la muerte dentro.
Se volvió el palatino, con su clásica vuelta refitolera:
¡Tú siempre buscándome preocupaciones! ¡Ya podías callarte!
Dengueó la Marquesa:
¡Pues no es nada agradable!
Murmuró Feliche:
¿Pero está desahuciada?
Respondió el viejo, dando un suspiro:
Así parece. ¡Suerte que los hijos están ya criados!
La Marquesa Carolina, recogiéndose con un tiritón bajo su abrigo de pieles, interrogó:
¿Usted sabe si la enfermedad es de contagio?
¡Un propio contagio!
¿Has oído, Jerónimo? Pero esos muchachos, ¿cómo no nos han puesto un telegrama? Hubiéramos suspendido el viaje.
Preguntó Feliche, serena y pausada:
¿Qué padece?
¡Contagio! Pero nosotros, como no sabemos más, le decimos zaratán maligno. Otros nombran cáncer. ¡Propio contagio de la sangre!
Se avivó la Marquesa:
¿Pero es un cáncer?
Eso han dicho los médicos que la vieron hizo un año este San Martín.
La Marquesa Carolina murmuró al oído de Feliche:
¡Hija, qué susto me ha dado este buen hombre!
Hablaban en el fondo del coche. El Marqués, en el pescante, requería las riendas para guiar. Alargó la cabeza buscando con los ojos a Toñete.
¡Los caballos! Recomiéndale mucho cuidado a Pepe. ¡Que los amante!
¡Buena la trae Pepe!
El Marqués dobló la cabeza con un suspiro y restalló la fusta. Las cuatro mulillas arrancaron, llenando la mañana de cascabeles.
(...)
El Marqués frenaba las mulillas. El cachicán saltaba del pescante. El cortejo labriego rodeaba el coche, con resplandor de frentes tostadas y añejas prosas castellanas. Entre el cortejo labriego, era la sombra trenqueleante y caduca de una mujer adolecida, que se doblaba sobre un palo: Tras ella, la hija, moza lozana, abría el garbo de los brazos, atenta a sostenerla, con bermejo reír de manzana. La sombra trenqueleante, apretando la boca sin dientes, afirmaba en la estaquilla el pergamino de la mano. La Marquesa cerraba los ojos con espeluzno de miedo y repugnancia. Murmuró el viejo cachicán:
¿Por qué dejaste el jergón? Los amos te lo tenían dispensado.
¡Dios se lo recompense!
Saltó la hija, con mentida labia:
No está tan para irse, que aún rompe unas mangas. ¿Verdad, mi madre?
Se volvió arisca la vieja, temblándole la barbilla:
¡Las romperán los gusanos!
Cortó la Marquesa:
¿Los señoritos aún duermen?
Explicó la mozuela, con su bermejo reír:
Los señoritos desde ayer están de caza. ¡Hay muchos guarros, un sinfín!… Veremos los que matan.
La Marquesa, pintando un rubio desmayo, caminaba asida al brazo de Feliche.
¡Al menos han tenido la gentileza de alejarse y dejarnos solas!
¡Si ha sido como supones!…
(...)
La vieja cachicana, trenqueando sobre la estaquilla, tornábase a su jergón, y guardándola, con los brazos abiertos, a la vera, iba la mozuela del bermejo reír. Rezongaba la vieja, erizando los lunares de la barbilla:
¡Cutres! No han sido para darme un chulí.


En el siguiente capítulo, la mujer que ha salido a recibir a los Marqueses, muere.
Lo interesante de este fragmento es no tanto la diferencia social, sino la afinidad moral entre los personajes. Bien es cierto que la moribunda se levanta para recibir a los “amos”, pero también que lo hace por interés. Y no menos patente es el absoluto desprecio con el que es, no diremos tratada sino ignorada. De esa mujer al borde de la muerte lo único que interesa a las “señoras” es la posibilidad de contagio. Tras la muerte de la mujer no hay pésame ni palabras de consuelo para el marido (que por cierto ya anda liado con la molinera y estudia la forma de librarse del molinero), las únicas palabras que, por persona interpuesta del servicio, intercambian con la familia de la difunta es instarles con urgencia a que entierren el cadáver. Una riada impide llevarla al lugar del entierro. Finalmente optan por llevarla a otra parroquia donde hay una posibilidad de atravesar la crecida del río. La llevan hasta la orilla y desde la otra parte lanzan una cuerda. Atan el cadáver que así es arrastrado desde la otra ribera.

Los jayanes que acompañaban a la difunta, halaron de la piola hasta tocar el amarre de una soga fuerte. Gritó el sacristán con la dignidad de un maestro de ceremonias:
¡La gereta por los calcaños!
Ya habían sacado a la difunta del ataúd, y estaban apretándole el lazo de la reata en la canillas de cera:
¡Harto se sabe!… ¡Jalaaa!…
Renovóse el planto de las mujerucas. En la otra orilla, el preste entonaba su latino responso y sacudía el hisopo sobre las aguas del río:
¡Jalaaa!…
El cuerpo de la vieja zozobraba en el curso de la corriente. El sacristán, asistido de algunos mozos, recogía la soga en la ribera. Cantaba el preste. Las remotas campanas daban su doble y abrían en el atardecido círculos de sombra sonora. Los zapatos de la difunta navegaban río abajo, haciendo agua. La mellada luna, en el fondo de la corriente, guiñaba el ojo. Sólo salían fuera del agua las manos de cera:
¡Jalaaa!… ¡Jalaaa!…



Esta escena tan descarnada es, evidentemente, el centro de la narración.

A partir de este punto la narración se refleja en los capítulos precedentes como habíamos visto en principio. Para explicarlo gráficamente había propuesto la imagen de la escalera que desciende y asciende. Pero en realidad la imagen que representaría la estructura de la narración es la siguiente:

I
  |II
     |III
          |IV
               |V
                  |VI
                       |VII
                             |VIII
                                     |IX


Porque lo que nos propone Valle-Inclán es un descenso a la miseria moral de la sociedad española. A partir de La soguilla de Caronte no podemos leer con los mismos sentimientos los capítulos que se corresponden con los ya leídos. Algo, en cierta manera, se ha roto en nuestra percepción de la narración a la que ya no podemos ofrecer el consuelo de la benevolencia histórica. No se trata de que podamos apelar al sentido de la época y los tiempos. Lo que nos está descubriendo-describiendo Valle-Inclán es la maldad, o la mediocridad moral, del ser humano, de todos los seres humanos en todas las épocas. Es, en el sentido esperpéntico, un espejo en el que nos reflejamos deformados al tiempo que nítidamente descritos.
El entierro de la vieja se contrapone con el último capítulo de la novela en la que se describe el entierro de Narváez.
La última frase de la novela es contundente en este sentido:

El cortejo bajaba hacia la Estación de Atocha. Aromaban las primeras lilas y eran plenas de misterio floral las arboledas del Jardín Botánico. En el andén, elocuentes voces del moderantismo tejieron la rocalla de fúnebres loores, y tras el último pucherete retórico, renovóse el flato de añejas conjuras que tenían por patrono al Rey Consorte.

La pompa y el boato de un entierro de estado queda reducido a una serie de “pucheretes retóricos” que no impiden continuar con las conjuras de salón. El cruce del cadáver de la mujer hundido en las aguas es para el marido un mero trámite que no le impide seguir con sus intrigas con la molinera. El asesinato de un guardia no impide que el hijo del Marqués recapacite y abandone su vida de crápula. Y cuando por fin nos encontramos con un personaje que parece más o menos íntegro, Valle-Inclán nos aleja de él dejándolo casi en un abrazo adúltero con la Marquesa.

Entre toda la multitud de personajes que pueblan la novela parecería que destacase, por su falta de implicación en la corriente de corruptela generalizada, el Marqués de Bradomín. Pero no olvidemos que este personaje recurrente de Valle-Inclán, seductor irredento, está al acecho de una nueva presa femenina.
No hay nadie que se salve en El ruedo ibérico.

P.S. 1
Escribí en Goodreads:
Obra maestra. En todos los sentidos: lenguaje, estructura, técnica, propósito histórico-social, protagonismo coral. Representa la vanguardia literaria y es una absoluta obra moderna que parece que todo el mundo ha olvidado.

P.S. 2
Escribí en twitter:
¿Leyó Faulkner a Valle-Inclán?
Ferrán Genis me comentó que su profesor de Literatura había insinuado algo al respecto.
Parece poco probable, pero digamos que el germen de Mientras agonizo puede encontrarse en las páginas de La corte de los milagros. Un entierro imposible de llevar a cabo a causa de una riada, un cadáver en descomposición, unos hijos pintorescos y poco centrados en el duelo, un viudo que ya tiene repuesto para su pérdida... son varias las coincidencias, pero la verdad es que nada tienen en común. Si es verdad que la novela de Valle-Inclán se anticipa a la fragmentación como base narrativa y que tiene mucho de teatro novelado, así que se podría argumentar en ese sentido si quisiéramos buscar similitudes. Pero la novela de Valle-Inclán va mucho más allá, quiere abarcar toda una sociedad, quiere trascender de lo local a lo universal, quiere... vaya... ¿Yoknapatawpha es España?