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El animal moribundo, de Philip Roth

El animal moribundo es, hasta el momento, la última novela de Philip Roth en la que David Kepesh ejerce como narrador. En ella Roth retoma alguno de los temas recurrentes de sus novelas: la pulsión sexual, la confesión íntima y la decadencia física del cuerpo; sexo y muerte.
Al igual que ocurría en El Pecho, Kepesh se dirige a un innominado interlocutor. Muerto, como el nos cuenta, su amigo íntimo, el lector bien puede identificarse con ese oyente que goza de cierta camaradería con Kepesh, de forma que lo narrado, al pertenecer al campo de lo personal y privado, se convierte, por la misma sinceridad de la confesión, en un texto veraz, en una narración que refleja la realidad.
Kepesh explica muchas cosas en su confesión. Desgrana, como en su momento Portnoy y su reflejo en la madurez Sabbath, su extensa vida sexual y su evolución a lo largo del tiempo. Es una reflexión que enlaza lo sexual con las condiciones políticas y sociales de EEUU durante su vida como profesor universitario de literatura. El peso de ésta en El Animal Moribundo no es determinante como lo era en El Pecho, porque lo que Kepesh quiere explicarnos y constituye el núcleo de la historia es su subjetivo punto de vista de la relación mantenida con una de sus alumnas, una joven de origen cubano, Consuelo Castillo, que culminará en un obsesión morbosa que vinculará el sexo a la muerte.
Hay otros enlaces a temas relacionados, como el ya citado del cuadro de Spencer , o cierta correlación entre la música pop de los sesenta y algunos comportamientos sexuales y, sobre todo, la música clásica, con la que Kepesh mantiene una relación muy intensa como oyente y como interprete.
En todo momento Kepesh, en su perorata en la que busca la complicidad del oyente, se muestra irónico, mordaz, destacando su moral hedónica que puede confundirse con cierta amoralidad en la que la consecución del objetivo sexual justifique todos los medios empleados. Kepesh, como casi todos los narradores de Roth, como el propio Roth me atrevería a decir si fuera posible conocer al “verdadero” Roth a través de sus ficciones, es un personaje muy complejo, inclasificable. Cuando finalmente le vemos mostrarse humano ya que él es capaz de entender la proximidad de la muerte y, por tanto, identificarse con el sufrimiento de Consuelo, la reacción de Kepesh vuelve a sorprendernos. Muestra, sí, lo que oculta bajo su coraza cínica y fría. Pero muestra también que es una persona excepcional. O, tal vez, sea Roth quien, planteando esa inusual reacción de Kepesh, nos conduzca de nuevo, después de hacer que nos olvidemos de ello con la íntima confesión de Kepesh, al campo de la literaturalización de la realidad.
Kepesh fue un pecho femenino que privado de todos los sentidos, excepto de un exacerbado tacto y un atenuado oído redescubre a Shakespeare en la voz de Laurence Olivier. Kepesh, en El Animal Moribundo, es un viejo profesor voluptuoso que encuentra en un pecho femenino el augurio de su propia muerte. En el cuadro que Kepesh menciona, Spencer le muestra la crudeza del cuerpo humano expuesto a la mirada de los otros, la desnudez más sórdida que bella, y, como en un espejo, descubre su decrepitud que contrasta con la juventud de su joven amante. Cuando la muerte aparece, Kepesh debe rendirse y admitir que nuestra vida, la constante búsqueda del placer, no es más que una forma de eludir nuestro ineludible deber, el de adorar el final inevitable de la vida.
Kepesh paga su deuda de ternura voluptuosa con la muerte y luego guarda silencio.
Aguarda en silencio.

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Qué bello texto... aunque no conozco a Kepesh, creo que puedo intuirlo por lo poco que (ya sabes) conozco de Roth. Y sí, creo que te atreves bien a suponer una cercanía muy íntima entre el propio Roth y sus narradores. No sé si hasta sus últimas consecuencias y tampoco nos interesa eso ahora, pero está claro que Roth es inconfundiblemente arrollador.

Saludos

Blanca

Me parece perfectamente posible conocer al verdadero Roth a través de sus ficciones, Portnoy. Al menos, el más verdadero posible. ¿Cómo si no?
Le puedo imaginar muy bien una muy activa y larga vida sexual, sin ir más lejos que notando lo metafísicamente mal que lleva lo de su propio cuerpo y la muerte quizá hijoputamente cercana.
Creo que uno de los pares fundamentales de su obra es efectivamente sexo y muerte. Par que según te leo venís teniendo a tiro cada vez que le entrás a algún cuento o novela.
(Por lo demás, Blanca nos viene debiendo una traducción de Gide y la lectura de Roth.)

A mí Roth siempre me ofrece esa sensación de crepúsculo, de proximidad de fin, pero abordado con una nostalgia sincera, que no intenta idealizar el pasado como suele ser habitual. Si algo noto en la última etapa de la obra de Roth (aunque no he leído El animal moribundo) es que ha sacrificado en parte la farsa en benificio de una crudeza casi metafísica que va directa a las entrañas (aquí no puedo evitar a ese gran personaje que es Mike Sabbath). Probablemente ha convertido la farsa (que antes era interna) en algo externo al relato (bien mostrada en un personaje como Sabbath o en la concepción global, como La conjura contra América), como si funcionara a modo de metáfora del desengaño y la pérdida.
Saludos!!

Es dificil asegurar algo sobre la realidad de Roth... yo al menos no me atrevería a hacerlo. Hay demasiado intento de confundir al lector, de mezclar realidad y ficción, para que podamos asegurar algo sobre la vida privada de Roth, Blanca. Al menos nos deja la posibilidad de admirar la realidad de sus obras.
Me gusta eso de la "crudeza casi metafísica que va directa a las entrañas", Daniel, y también me alegra encontrar a otro admirador de Mike Sabbath, uno de los más consistentes, directos y descarnados personajes de Roth: entre cementerio y cementerio, Sabbath tiene tiempo de hurgar entre la ropa interior de la hija de sus anfitriones... sexo y muerte, Puck, sexo y muerte.
Gracias por vuestros comentarios.

Mmmm, qué envidia que encadene usted estas dos peripecias rothianas sobre Kepesh.

HOLA:
felicitaciones, muy bueno el blog, en realidad me gusto mucho.
haber cuando se pasa por .:. La Maja Enamorada de su Violador .:.
y me deja su parecer. un gran abrazo.

Alvy, si hubiese leído los tres libros de Kepesh entendería la envidia.
;-)
Uff, Martín, no entiendo demasiado sobre poesía... tal vez tampoco entienda demasiado de frases afortunadas o de frases incovenientes, pero me pregunto como puede enamorarse nadie de su violador. Lo siento.

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