10/6/07

Zuckerman muere (La Contravida, de Philip Roth)

(Carnovsky) sigue siendo diabólicamente divertido, pero también me resultaba una novedad que también fuese tan triste, tan extenuado en lo afectivo. Lo único que hace Nathan es reproducir para el lector, en su estilo, la claustrofobia histérica de la niñez de Carnovsky. Puede que esa sea una de las razones por las que la gente siempre pregunta: “¿Es novela?” Hay novelistas que se sirven del estilo para marcar las distancias entre ellos, el lector y el material que utilizan. En Carnovsky, Nathan lo utiliza para anular la distancia. Al mismo tiempo, en la medida en que utilizó su vida, lo hizo como si perteneciera a alguna otra persona, saqueando su historia y su memoria oral como un ladrón depravado.
(...)
La minuciosa verosimilitud de Carnovsky me hacía pensar en aquellos monjes del medievo que se flagelaban con su propio perfeccionismo, tallando imágenes santas infinitamente detalladas en pequeños trozos de marfil. La de Nathan es una visión profana, por supuesto, pero cuánto debió de flagelarse en su afán por el detalle. Los padres son una maravilla de lo grotesco, representados con maníaca perfección en cada rasgo, igual que Carnovsky, el eterno hijo que se aferra al convencimiento de que sus padres lo quieren, que se aferra al principio con rabia y, cuando ésta se le pasa, con tierna recordación.
(...)
Carnovsky se pasa el rato dando muestras de docilidad, más que de rebeldía, de una docilidad que no es de motivación ética, como quizás el propio Nathan creyera, sino que procede del miedo y en la que se incurre con profundo desagrado. Lo escandaloso aquí no es el priapismo del personaje, sino otra cosa, no enteramente carente de relación, pero que resulta mucho más censurable: la traición del amor maternal.
La novela se ocupa también, en abundancia, del envilecimiento.(...) Nathan expresa con gran claridad las formas que el envilecimiento puede adoptar, y también recoge, con gran precisión, la mentalidad cavernaria de esos campesinos urbanos judíos (...) que sacrifican sus frutos en el altar de un Dios vengativo, convencidos de que así participan de su omnipotencia (...) pero sin comprender el intercambio.
¿A qué se debe que los lectores de Carnovsky se pregunten con tanta frecuencia si es “novela”? Tengo mis sospechas al respecto: permítanme ustedes comentárselas:
Primero, como ya he dicho, porque camufla su condición de escritor y su estilo reproduce exactamente la angustia afectiva. Segundo, porque pisa territorio sin explorar en el ámbito de la transgresión, al describir tan explícitamente la sexualidad de la vida familiar: él no eleva a una esfera superior el entramado erótico e ilícito en que nos vemos envueltos nada más nacer, sino que nos lo muestra sin disfraz alguno y nos conmociona con la fuerza de una confesión. No sólo eso: al leerlo, cualquiera diría que el confesor se lo está pasando estupendamente.
En cambio leyendo La educación sentimental a nadie se le ocurriría pensar que Flaubert se lo está pasando estupendamente; ni Kafka en la Carta al padre, ni, desde luego, de ninguna manera, Goethe, en Las aflicciones del joven Werther. Sí, bueno, Henry Miller sí que da la impresión de estar divirtiéndose, pero tuvo que cruzar cinco mil kilómetros de océano para que le dejaran decir “coño”. Hasta Carnovsky no se me ocurre nadie prácticamente nadie que se haya plantado delante de “coño”, y del muy característico tejemaneje que la palabra provoca, sin hacerlo, como dirían los freudianos, de un modo exogámico, a una distancia de respeto, metafórica o geográfica, de su casa. No así Nathan: él no se anduvo con remilgos a la hora de sacar partido de su propia casa y pasárselo bien al mismo tiempo. Hubo quien se preguntó si este impulso era fruto de la locura, y no de los redaños del escritor. Dicho en pocas palabras: pensaron que Nathan hablaba de sí mismo, en la novela, y que, por consiguiente, estaba loco; porque ellos, para hacer una cosa así, tendrían que haberse vuelto locos.
Lo que la gente envidia en un novelista no es lo que el novelista considera envidiable, sino las personalidades interpretativas que el autor se permite, la resbaliadiza irresponsabilidad con que se pone y se quita la propia piel, ese deleitarse no tanto en el “yo” como en la evasión del “yo” (...) Lo que la gente envidia es el don que posee el novelista de convertirse en otro, y no de cualquier manera, sino de un modo espectacular (...)
Philip Roth, La Contravida, traducción de Ramón Buenaventura



En la cuarta parte de La Contravida asistimos, quizás como consecuencia del cataclismo provocado por la colisión de “realidades” al funeral de Nathan Zuckerman.

(casualidad: por los altavoces Nacho Vegas canta “todo el mundo fantasea con una muerte dramática”)

Los fragmentos copiados al inicio forman parte del panegírico que el editor de Zuckerman realiza sobre el autor fallecido, con la peculiaridad que, más que una “elegía”, parece una reseña de la novela que le dio fama a Zuckerman, Carnovsky.

Debo confesar que La Contravida es sorprendente en su estructura metaficcional: Es en este capítulo en el que se aclara la hasta ahora desquiciada composición de la novela; es, tras la muerte de Zuckerman, el narrador de la mayor parte de La Contravida, cuando todo parece consolidarse lógicamente... parece.
En realidad deberíamos preguntarnos que clase de fantasma narra el cuarto capítulo de La Contravida.
Muéstrate, Zuckerman.
¿O deberíamos decir, Muéstrate Roth?
Porque si es cierto que descubrimos que el panegírico declamado en su funeral es obra del propio Zuckerman, reseñando y ¿explicando? ¿confundiendo? las intenciones (si las hubiese) de la novela, no es más cierto que Roth nos está invitando a que completemos el círculo rompiendo todas las barreras que separan realidad y ficción: Es decir, nos pide que identifiquemos Carnovsky con El lamento de Portnoy, a Zuckerman con él mismo, que leamos su panegírico, no como obra de Zuckerman el omnisciente, sino que, además, tengamos en cuenta la presencia de una mano que finalmente mueve los hilos y dejemos estar de una vez por todas a la realidad en su lugar (sea cual sea ese sitio)
Roth es el demiurgo literario. Su grandeza consiste en diluirse de tal forma que podemos llegar a pensar que Zuckerman “realmente” existe y escribe sus obras. Y cuando pensamos que empezamos a entender toda la lógica interna de la narrativa de Roth, el autor elimina a su alter-ego.
Zuckerman muere.
Pero no es verdad.
Roth, con su estilo, elimina la distancia entre el autor, el lector y el material que utilizan. No lo olvidemos, son "sus" palabras.

3 comentarios:

Mauricio Salvador dijo...

¿Sabes si hay alguna coincidencia entre el Carnosvky de Zuckerman y la Familia Carnovksy de Joshua Singer?
Nunca me lo había preguntado, pero valdría la pena verlo. Vi un ejemplar del libro de Joshua. Ya te diré.

Anónimo dijo...

Fui a la librería a conseguir Contravida. No sé qué me pasó pero salí con Zuchermann encadenado. Vamos, es que no me lo explico.

Portnoy dijo...

Deben estar relacionados, Mauricio... aunque no lo sé con seguridad, tanta casualidad parece imposible... seguro que Roth conocía la novela de Singer.
Anónimo (no aprenderé), ahora tienes tres novelas.
:-)