16/11/05

El señor y la señora Z. (II) Agujas

Un cadáver exquisito (pero menos) (menos cadáver o menos exquisito) (en fin)
La cosa no empieza aquí, sino en otro lado, con los trabajos forzosos del señor y la señora Z., por Rosa

Y esta es mi parte:

La señora Z suspende su labor, junta las dos agujas y escucha la respiración entrecortada por el esfuerzo de la lectura del señor Z.. Jadea, amor mío, jadea como un cerdo. Recuerda otros jadeos impregnados de saliva que llegaban a su oreja desde atrás, donde el señor Z. se agitaba presa de un frenesí bestial. La bestia, piensa, el cerdo que hay en ti, amor mío. Y vislumbra en la acerada punta de las agujas el rastro olvidado de la sangre de Raúl goteando hasta el suelo donde se oscurecieron en un charco viscoso. Renuncia a seguir tejiendo y mientras observa al señor Z. deja que las gafas se deslicen por la curva de su nariz cayendo finalmente sobre su pecho sujetas al cordón que envuelve su cuello. Su mirada se concentra en el señor Z. como si pudiera, observándole fijamente, penetrar en el interior de su cabeza. Un hombre es sólo esa cosa inhiesta que les precede cada mañana, una tumefacción sanguinolenta, la carne henchida que en última instancia controla sus actos y piensa por ellos. Un cuerpo cavernoso repleto de sangre, una ficción de espacio inexistente y que, sin embargo, muestran orgullosos y beligerantes al enemigo. Todo es cuestión de tamaño, de intimidación brutal, de supremacía tribal. Los hombres siguen siendo un poco animales, piensa la señora Z. haciendo tintinear la punta de las agujas. Eso explicaría lo de Raúl: Un plan del señor Z. pensado con la polla y ejecutado por pelotas. Una estupidez.
Lo vi en una película, dijo el señor Z., una película de esas independientes de los años setenta cuando independiente era sinónimo de cutrez nos comemos a no sé quien de Paul no sé qué en fin he pensado que podemos hacer lo mismo ahora con internet y eso será mucho más fácil lo único que debes hacer es mostrarte disponible atraer a infelices con promesas sexuales no es como prostituirse no pongas esa cara no debes llegar a ese extremo si no quieres aunque si lo deseas sí será lo mejor porque en esos momentos es cuando un hombre está más desprevenido es más vulnerable sería como en esa otra película del manchego ese la de los toros pero con agujas de tejer en vez de peinetas la pequeña muerte convertida en muerte real la sangre brotando como un manantial de vida de su cuello atravesado por las dos agujas el hombre agonizante sobre ti y tu toda empapada de sangre creo que me estoy excitando querida luego luego nos comemos a la víctima filetes costillas suculentos caldos jamones embutidos y entrañas entrañas como el señor ese del Ulises que se comía un riñón y luego tu y yo en la cama yo detrás.
La señora Z. suspira aliviada. Pensó en Raúl y en su sangre jamás derramada. Quizás le escriba esta noche, pensó atravesando al señor Z. con su mirada.