Bolígrafo (Interludio relático)
Comparado con los bolígrafos que él solía usar, aquel era más pesado. La tinta era de un azul tan oscuro, que simulaba ser negra, una ambigüedad, una discordancia entre la realidad (tinta azul) y la apariencia (tinta negra) que redundaba en el sentimiento de culpabilidad que le embargaba cada vez que escribía con él. El bolígrafo no era suyo, pero había decidido, desde el momento en que lo vio a los pies de su compañero de trabajo, que era justamente el bolígrafo que necesitaba. Después, cuando comprobó el peso inesperado del aparato lo creyó predestinado para él, como si en su interior, fluyendo entre la tinta, estuviesen todas aquellas historias que se resistían a ser escritas. Sentía, una vez sopesado, que cierta forma de destino, una forma más elaborada que el azar, una predestinación, aunque se negaba a creer en el determinismo que implicaba, aceptar la inferencia en la vida de emanaciones, en cierta manera superiores, o caóticamente ciegas que acabasen por hacer superflua cualquier decisión, había puesto el bolígrafo en la trayectoria de su mirada, invisible para el resto, incluso para su compañero que rebuscaba en sus bolsillos unas gafas o una calculadora. Lo cierto es que no vio caer el bolígrafo. Lo vio ya inerte en el suelo, indiferenciado por todos, con los contornos definiéndose instantes antes de que él lo divisase.
Ahora, pesado, traza en el papel oscuros signos que van conformando palabras, frases, posibles historias. Pero un sentimiento de la culpa le impide continuar, la terrible sensación de haberse apropiado de algo que no le correspondía. Paradójicamente, no puede devolverlo. Ni siquiera sabe si realmente pertenece a su compañero. Sería estúpido acercarse a él y preguntarle si lo ha perdido. Si no es de él la pregunta abrirá nuevos interrogantes que no se atreve ni a plantearse hipotéticamente. Si es de su compañero no podrá justificar que lo tenga en su poder desde hace tres días. Lo contempla posado en la palma de su mano. Ni siquiera es un utensilio elegante que despierte la codicia, un objeto lujoso que demande su posesión. No tiene ninguna marca grabada. Intenta abrirlo para ver el mecanismo interior, acceder al depósito de tinta para cambiarlo pero no encuentra la forma de hacerlo. Hermético, pesado, oscuro, el bolígrafo late en su palma ansiando el contacto con el papel. Empieza a escribir. Sigue un método aparentemente sencillo pero que denota una escrupulosidad casi maniática, numerando lo escrito, condensando ideas y acciones sin una extensión determinada, pero sólo permitiéndose la pausa en capítulos cuyo ordinal sea un número primo. Es sencillo; el inicio, tal vez una frase, o una idea que después, en un hipotético mañana, desarrollara, va marcado con un uno. El dos y el tres también son fáciles, no hay necesidad de una relación coherente con el número uno. De todas formas escribe: Uno: El bolígrafo era negro, de un tono mate que absorbía la luz de la misma manera que los apliques plateados la reflejaban. Dos: La tinta era azul, aunque de un tono tan oscuro que se confundía con el negro. Tres: El bolígrafo no es mío. El bolígrafo es mío. Pasar al cuarto punto supone un esfuerzo superior. Es preciso hacerlo de tal forma que permita acceder al quinto punto, donde podrá detenerse y plantear de qué forma abordar los puntos seis y siete, punto éste verdaderamente crítico y que precisará una concienzuda meditación. Después de la pausa del siete la próxima parada debería ser obligatoriamente la del once. Ocho, nueve, diez y once. La mayoría de las veces la narración se detiene en ese punto. Llegar hasta el once le dejaba tan exprimido que, en caso de alcanzar el trece se agotaba toda su inspiración. El nuevo vacío que aparecía entre el trece y el diecisiete solía acabar con sus intentos de ejecutar algo narrativamente digno. Sus historias podían ser, con este criterio, de siete, once o trece apartados. Nunca había pasado de allí. Esta vez sin embargo, el bloqueo llega mucho antes. En el cuatro, la contradicción que imponía la ambigua posesión del bolígrafo desarrollada en tres le impide continuar. El bolígrafo es mío, no es mío, soy del bolígrafo. La culpa pesa. Una culpa injustificada y persistente. No puede escribir. Su palma sudada. El peso del bolígrafo le obliga a sostenerlo de forma extraña. Distingue en su mano una mancha de tinta, que en su piel era, en contra de cómo aparecía en el papel, de un azul luminoso. Siente repentinamente la imperiosa necesidad de deshacerse de aquel instrumento que se adhiere a su mano, como si el sudor hubiese producido la emulsión del material de la superficie, creando una excrecencia pegajosa. Y al mismo tiempo sabe que no puede hacerlo. En la boca del estómago crecía una urgencia como un rumor sordo que preludiaba la nausea que arrastraba biliosa toda su impotencia.
¿...?
Ahora, pesado, traza en el papel oscuros signos que van conformando palabras, frases, posibles historias. Pero un sentimiento de la culpa le impide continuar, la terrible sensación de haberse apropiado de algo que no le correspondía. Paradójicamente, no puede devolverlo. Ni siquiera sabe si realmente pertenece a su compañero. Sería estúpido acercarse a él y preguntarle si lo ha perdido. Si no es de él la pregunta abrirá nuevos interrogantes que no se atreve ni a plantearse hipotéticamente. Si es de su compañero no podrá justificar que lo tenga en su poder desde hace tres días. Lo contempla posado en la palma de su mano. Ni siquiera es un utensilio elegante que despierte la codicia, un objeto lujoso que demande su posesión. No tiene ninguna marca grabada. Intenta abrirlo para ver el mecanismo interior, acceder al depósito de tinta para cambiarlo pero no encuentra la forma de hacerlo. Hermético, pesado, oscuro, el bolígrafo late en su palma ansiando el contacto con el papel. Empieza a escribir. Sigue un método aparentemente sencillo pero que denota una escrupulosidad casi maniática, numerando lo escrito, condensando ideas y acciones sin una extensión determinada, pero sólo permitiéndose la pausa en capítulos cuyo ordinal sea un número primo. Es sencillo; el inicio, tal vez una frase, o una idea que después, en un hipotético mañana, desarrollara, va marcado con un uno. El dos y el tres también son fáciles, no hay necesidad de una relación coherente con el número uno. De todas formas escribe: Uno: El bolígrafo era negro, de un tono mate que absorbía la luz de la misma manera que los apliques plateados la reflejaban. Dos: La tinta era azul, aunque de un tono tan oscuro que se confundía con el negro. Tres: El bolígrafo no es mío. El bolígrafo es mío. Pasar al cuarto punto supone un esfuerzo superior. Es preciso hacerlo de tal forma que permita acceder al quinto punto, donde podrá detenerse y plantear de qué forma abordar los puntos seis y siete, punto éste verdaderamente crítico y que precisará una concienzuda meditación. Después de la pausa del siete la próxima parada debería ser obligatoriamente la del once. Ocho, nueve, diez y once. La mayoría de las veces la narración se detiene en ese punto. Llegar hasta el once le dejaba tan exprimido que, en caso de alcanzar el trece se agotaba toda su inspiración. El nuevo vacío que aparecía entre el trece y el diecisiete solía acabar con sus intentos de ejecutar algo narrativamente digno. Sus historias podían ser, con este criterio, de siete, once o trece apartados. Nunca había pasado de allí. Esta vez sin embargo, el bloqueo llega mucho antes. En el cuatro, la contradicción que imponía la ambigua posesión del bolígrafo desarrollada en tres le impide continuar. El bolígrafo es mío, no es mío, soy del bolígrafo. La culpa pesa. Una culpa injustificada y persistente. No puede escribir. Su palma sudada. El peso del bolígrafo le obliga a sostenerlo de forma extraña. Distingue en su mano una mancha de tinta, que en su piel era, en contra de cómo aparecía en el papel, de un azul luminoso. Siente repentinamente la imperiosa necesidad de deshacerse de aquel instrumento que se adhiere a su mano, como si el sudor hubiese producido la emulsión del material de la superficie, creando una excrecencia pegajosa. Y al mismo tiempo sabe que no puede hacerlo. En la boca del estómago crecía una urgencia como un rumor sordo que preludiaba la nausea que arrastraba biliosa toda su impotencia.
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