18/1/09

Impostura (II): "El adversario", de Emmanuel Carrère

En 1993, después de mantener durante veinte años la impostura de ser un prestigioso médico de la OMS ante su familia y su círculo de amigos, Jean-Claude Romand mató a sus padres, su mujer y sus dos hijos, intentó matar a su amante y, finalmente, fracasó en su intento de suicidarse quemando la casa en la que permanecía junto a los cadáveres de su mujer y sus hijos.

Intentar contar el crimen de Romand tal y como lo he hecho ya supone tomar partido. Aún intentando mantener una posición neutral y limitándome a explicar los hechos, las palabras acaban traicionándonos y hacen que, de alguna manera acabemos implicados en la historia.
Este es el reto que se plantea Emmanuel Carrère cuando escribe
El adversario, narrar una historia real intentando mantenerse lejos de los hechos, para lo cual precisa implicarse personalmente en ellos:
[Los hechos], todo eso que yo llegaría a saber en su momento, no me enseñaría lo que quería saber realmente: lo que había en su cabeza aquellos días que supuestamente pasaba en su despacho (…) que empleaba –se creía ahora – en caminar por el bosque.
(…)

La pregunta que me empujaba a escribir un libro no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand, puesto que estaba vivo, o nadie.
Carrère intenta introducirse en la mente de un criminal y, ante la inescrutabilidad de ésta, ante su aparente “normalidad”, debe limitarse a los hechos, creando así una obra inclasificable, que no es novela, ni relato periodístico, ni análisis psicológico, ni ensayo literario y es, al mismo tiempo, novela, relato periodístico, análisis psicológico y ensayo literario.

Podemos distinguir tres partes que se entremezclan en
El adversario:
Las reflexiones de Carrère sobre lo que le impulsa a escribir sobre Roland y su creciente aversión hacia él, su crimen y su impostura lo que le imposibilita a escribir sobre ello.
Los hechos en la vida de Roland, desde el despertador que suena el día que no acude al examen hasta el asesinato de toda su familia, narrados, o al menos intentado narrar, desde una perspectiva alejada e impersonal.
El juicio de Roland y la relación de Carrère con el criminal.

En esta relación con el criminal el autor descubre la continuada impostura de Roland: Durante el juicio el acusado recrea su imagen y niega insistentemente que, con anterioridad a los crímenes por los que se le juzga, asesinara, empujando por las escaleras, a su suegro:
"Ahora bien, aunque ese homicidio no quede probado, lo demás es cierto: Roland es también un pequeño estafador y le resulta mucho más difícil confesar esto, que es sórdido y vergonzoso, que delitos cuya desmesura le confieren una estatura trágica".
Roland acumula imposturas sobre imposturas. Ante esto Carrère se encuentra impotente. Únicamente puede narrar como el criminal se esconde reinventándose a cada momento, como si el verdadero Roland sólo pudiese existir tras las sucesivas máscaras de las imposturas.
Además Carrère se enfrenta a otro problema. Narrar es adoptar un punto de vista. El narrador, sea omnisciente o neutro, diegético o extradiegético, siempre narra desde una posición, externa o interna, focalizando irremediablemente. Carrère quiere deslocalizar, quiere desvincularse de los hechos, no quiere implicarse emocionalmente.
Porque, además, Carrère sabe que narrar un hecho real es desvirtuarlo, es convertir la realidad en una realidad literaria, la misma cosa, pero otra cosa. En el fondo narrar es una forma de impostura. Y Carrère quiere plasmar la realidad, quiere adentrarse en la mente de un impostor y explicar lo que motiva a una mente criminal.
Lo que pensaba mientras paseaba por los bosques del Jura acaba por no importarle a Carrère, resistiéndose a empatizar con Roland:
“(…) yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan solo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía. Yo sabía, lo había conocido a mi manera, y ya no me incumbía, lo que pasaba en su cabeza a lo largo de aquellas horas vacías transcurridas en isletas de autopista o aparcamientos de cafeterías.”
Al final el escritor debe limitarse a los hechos, como bien sabía Borges cuando se enfrentó a Tom Castro . El impostor Jean-Claude Roland permanece inescrutable y lo que podemos saber de él, a través de los hechos, es triste y miserable. No merece ser narrado.
La impostura, algunos aspectos de ella, puede ser considerada fascinante, y por ello materia de narración. Pero la realidad del impostor es prosaica y soez.
Al final descubrimos que Roland imposta sobre su impostura, intentando aprovecharse de la “dimensión trágica” de su crimen, recreándose a sí mismo como si sólo siendo otro, pudiese ser alguien.
¿Pero acaso no es eso lo que somos todos ante los demás, un Otro distinto a nosotros mismos?, ¿no es el Yo de cada uno una entidad sólo accesible a cada persona?

El adversario es un documento con un contenido muy interesante: Enfrentado a la impostura real, el autor debe claudicar antes de crear otra impostura narrativa que se imponga, y así desplace, a la impostura verdadera. Carrère sabe que no debe imponerse a la realidad, que lo que intenta narrar no debe suplir la crueldad de los hechos, la frialdad asesina de Roland. Sabe que plasmar la realidad es una función inasequible para la literatura. La narrativa reinventa la realidad.
El Raskolnikov de Dostoievsky es un ente literario. La mente criminal real, la de Roland, sustituye el remordimiento y la culpa, eludiendo así la culpa, por una realidad impostada que justifica sus actos. Esa “creación criminal”, lo que se podría llamar “narrativa del asesino”, es la que se escapa al observador, la que es inaprensible , la que, paradójicamente, es imposible narrar.
El misticismo común a Raskolnikov y Roland es lo que hace que la figura del Adversario, se haga finalmente presente.

La obra de Carrère deja una interesante reflexión sobre la imposibilidad de narrar, al mismo tiempo que, sobre ese impedimento, construye una narración que roza, al menos roza, la realidad. Lo cual es mucho.
El criminal, la mente del criminal, del impostor, permanece inasequible e impune. Pero la literatura se acerca al monstruo y lo desvela… o al menos lo intenta.

(continuará)





El libro lo compré en Paradiso... tiene la primera página escrita.

6 comentarios:

Fanshawe dijo...

El enlace a la primera parte "Impostura I" anda mal, compañero.

Este es probablemente uno de los tres o cuatro libros que más me ha hecho pensar de cuantos he leído. Efectivamente, en muchos aspectos habla principalmente de la tortura interior de Carrere en una doble vía: la de la fascinación por el criminal que, a pesar de ella o quizás por ella, le impide narrar su historia; y la repugnancia por el criminal cuando éste responde a su carta mucho tiempo después, cuando ha dejado de ser mefisto con los ojos de Roland para ser simplemente un maniaco homicida.

Aquí seguimos, gracias.

Portnoy dijo...

Arreglado. Gracias, Fanshave. Sí, es curioso El adversario y esa mezcla de fascinación y repulsión. Como ocurría en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Carrère se enfrenta a la biografía de una forma bastante particular y en cierto modo, enriquecedora.
Gracias por comentar y por seguir ahí.

Rafael I. Llodrá-Llopis dijo...

Curioso: a mí lo que me parece impostado es el artificio narrativo de Carrère, al menos en la única obra suya que he leído, la pseudobiografía-pseudonovela que toma como pretexto a P. K. Dick. Quizá necesitaría leer el libro que se comenta aquí para dar una vuelta de tuerca a mi comentario y considerar que lo impostado es éste y no aquel. Quien esté libre de impostura...

Portnoy dijo...

Pues sí que es curioso, Rafael. La verdad es que pensaba que había citado la novela sobre Dick como ejemplo de reinvención (por tanto impostura) de la realidad. Sea lo que sea ese otro libro de Carrère, en éste lo que ocurre es que el autor es consciente de ese hecho y quiere, sin éxito evitarlo. No quiere impostar, quiere mantenerse lejos y a salvo de la impostura de Roland, sin conseguirlo.
Y sí, todos impostamos.
Un saludo y gracias por tu comentario.

Gabriela dijo...

Querido Portnoy, aquí estoy de nuevo, de estranjis, agarrándome con alfileres de una conexión vecina porque se cayó mi router y ando huérfana de internet. No he leído la novela pero te recomiendo la peli del mismo nombre, con Daniel Auteuil 2002, dirigida por Nicole García.
Es una historia fascinante ¿verdad? Con tantas cosas por explorar, tantas contradicciones, tantos misterios oscuros y la mentira enseñoréandose de la vida hasta convertirla en un infierno.
Por cierto que no me pareció mal La vida de nadie, con guión excelente de Piti Español, si bien el final edulcorado o 'moralizante' no se corresponde con el resto de la peli.
Besos y abrazos desde la clandestinidad de una conexión non sancta.

Horrach dijo...

Fascinante la historia y fascinante el libro. Ya que el amigo Rafael lo cita, es mejor 'El adversario' que la biografía de Dick, aunque ésta también me parece una obra nada desechable.

Si me permiten la desfachatez de la autocita, escribí algo sobre 'El adversario' para Kiliedro:

http://www.kiliedro.com/index.php?option=com_content&task=view&id=211