29/1/05

Notas sobre Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Ahora quiero enfocar estas notas sobre la obra de Cervantes más como reflexiones sobre la literatura y el acto de escribir, olvidando las comparaciones con Sterne y con Marías, entre otros autores, cuyas obras, independientemente de las influencias voluntarias que tienen de la obra de Cervantes, tienen su propia validez literaria.

Volvamos al parlamento de Mauricio en el capítulo 14, con el que critica la historia de Periandro:

-Paréceme, Transila, que con menos palabras y más sucintos discursos pudiera Periandro contar los de su vida, porque no había para qué detenerse en decirnos tan por estenso las fiestas de las barcas, ni aun los casamientos de los pescadores; porque los episodios que para ornato de las historias se ponen no han de ser tan grandes como la misma historia; pero yo, sin duda, creo que Periandro nos quiere mostrar la grandeza de su ingenio y la elegancia de sus palabras.

Y la respuesta de Transila que maliciosamente escamoteé:

-Así debe de ser -respondió Transila-, pero lo que yo sé decir es que, ora se dilate o se sucinte en lo que dice, todo es bueno y todo da gusto.

El relato de los viajes de Periandro se inicia en el capítulo diez del libro segundo a instancias de la enamorada Sinforosa:

Estando, pues, juntos, como se ha dicho, un día Sinforosa rogó encarecidamente a Periandro les contase algunos sucesos de su vida; especialmente se holgaría de saber de dónde venía la primera vez que llegó a aquella isla, cuando ganó los premios de todos los juegos y fiestas que aquel día se hicieron, en memoria de haber sido el de la elección de su padre. A lo que Periandro respondió que sí haría, si se le permitiese comenzar el cuento de su historia, y no del mismo principio, porque éste no lo podía decir ni descubrir a nadie, hasta verse en Roma con Auristela, su hermana.

La narración oral de Periandro se sucederá durante once capítulos. Parte de esa historia ya es conocida para el lector por haber sido contada con anterioridad, con lo que el relato de Periandro busca llenar las lagunas y los interrogantes que el libro hasta el momento ha ido deliberadamente dejando. Esos fragmentos ya narrados no serán repetidos ahora, lo cual creará algunas incoherencias narrativas que muchos críticos han destacado y que, personalmente, me parecen sin importancia. La narración de Periandro irá mezclándose con otras historias en el tiempo “real” de la novela: la fuga de la isla de Policarpo, la llegada a la isla de los ermitaños Renato y Eusebia, la narración de la historia de Renato y el final feliz de ésta. Lo que quiero destacar, más que la sucesión de historias dentro de historias que es la base narrativa del Persiles, es la interacción sobre el propio texto por el autor. La narración de Periandro está continuamente contrapunteada por las opiniones, a veces no expresadas directamente al narrador oral, de los otros personajes-oyentes de la narración. Mauricio es el más crítico en este sentido:

Cap 14:
Paréceme que si no se arrimara la paciencia al gusto que tenían Arnaldo y Policarpo de mirar a Auristela, y Sinforosa de ver a Periandro, ya la hubieran perdido escuchando su larga plática, de quien juzgaron Mauricio y Ladislao que había sido algo larga y traída no muy a propósito, pues, para contar sus desgracias propias, no había para qué contar los placeres ajenos. Con todo eso, les dio gusto y quedaron con él, esperando oír el fin de su historia, por el donaire siquiera y buen estilo con que Periandro la contaba. (...) -Apostaré -dijo a esta sazón Mauricio a Transila, su hija- que se pone agora Periandro a describirnos toda la celeste esfera, como si importase mucho a lo que va contando el declararnos los movimientos del cielo. Yo, por mí, deseando estoy que acabe, porque el deseo que tengo de salir de esta tierra no da lugar a que me entretenga ni ocupe en saber cuáles son fijas o cuáles erráticas estrellas; cuanto más, que yo sé de sus movimientos más de lo que él me puede decir. Cap 15
-Pésame -dijo a esta sazón Ladislao a su suegro Mauricio- que se haya muerto Clodio; que a fee que le había dado bien que decir Periandro en lo que va diciendo''. -Callad, señor -dijo Transila, su esposa-, que, por más que digáis, no podréis decir que no prosigue bien su cuento Periandro. El cual, como se ha dicho, cuando algunas razones se entremetían de los circunstantes, él tomaba aliento para proseguir en las suyas; que, cuando son largas, aunque sean buenas, antes enfadan que alegran.
En este capítulo Periandro intercala un sueño que los oyentes creen, pues no han sido advertidos, parte de las aventuras del narrador:

-¿Luego, señor Periandro, dormíades? -Sí -respondió-; porque todos mis bienes son soñados. -En verdad -replicó Constanza-, que ya quería preguntar a mi señora Auristela adónde había estado el tiempo que no había parecido. -De tal manera -respondió Auristela- ha contado su sueño mi hermano, que me iba haciendo dudar si era verdad o no lo que decía. A lo que añadió Mauricio: -Esas son fuerzas de la imaginación, en quien suelen representarse las cosas con tanta vehemencia que se aprehenden de la memoria, de manera que quedan en ella, siendo mentiras, como si fueran verdades. A todo esto callaba Arnaldo, y consideraba los afectos y demostraciones con que Periandro contaba su historia, y de ninguno dellos podía sacar en limpio las sospechas que en su alma había infundido el ya muerto maldiciente Clodio, de no ser Auristela y Periandro verdaderos hermanos. Con todo eso, dijo: -Prosigue, Periandro, tu cuento, sin repetir sueños, porque los ánimos trabajados siempre los engendran muchos y confusos, y porque la sin par Sinforosa está esperando que llegues a decir de dónde venías la primera vez que a esta isla llegaste, de donde saliste coronado de vencedor de las fiestas que por la elección de su padre cada año en ella se hacen. -El gusto de lo que soñé -respondió Periandro- me hizo no advertir de cuán poco fruto son las digresiones en cualquiera narración, cuando ha de ser sucinta y no dilatada. Callaba Policarpo, ocupando la vista en mirar a Auristela y el pensamiento en pensar en ella; y así, para él importaba muy poco, o nada, que callase o que hablase Periandro, el cual, advertido ya de que algunos se cansaban de su larga plática, determinó de proseguirla abreviándola y siguiéndola en las menos palabras que pudiese.
Cap 20:
»Y así, no tan maduro como presuroso, fui donde estaba el caballo y subí en él sin poner el pie en el estribo, pues no le tenía, y arremetí con él, sin que el freno fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una peña que sobre la mar pendía; y, apretándole de nuevo las piernas, con tan mal grado suyo como gusto mío, le hice volar por el aire y dar con entrambos en la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo me acordé que, pues el mar estaba helado, me había de hacer pedazos con el golpe, y tuve mi muerte y la suya por cierta. Pero no fue así, porque el cielo, que para otras cosas que él sabe me debe de tener guardado, hizo que las piernas y los brazos del poderoso caballo resistiesen el golpe, sin recebir yo otro daño que haberme sacudido de sí el caballo y echado a rodar, resbalando por gran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no pensase y creyese que yo quedaba muerto; pero, cuando me vieron levantar en pie, aunque tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a locura mi atrevimiento.»
Cap 21:
Duro se le hizo a Mauricio el terrible salto del caballo tan sin lisión: que quisiera él, por lo menos, que se hubiera quebrado tres o cuatro piernas, porque no dejara Periandro tan a la cortesía de los que le escuchaban la creencia de tan desaforado salto; pero el crédito que todos tenían de Periandro les hizo no pasar adelante con la duda del no creerle: que, así como es pena del mentiroso que cuando diga verdad no se le crea, así es gloria del bien acreditado el ser creído cuando diga mentira. 
No sé si tenga por cierto, de manera que ose afirmar, que Mauricio y algunos de los más oyentes se holgaron de que Periandro pusiese fin en su plática, porque las más veces, las que son largas, aunque sean de importancia, suelen ser desabridas. Este pensamiento pudo tener Auristela, pues no quiso acreditarle con comenzar por entonces la historia de sus acontecimientos; que, puesto que habían sido pocos desde que fue robada de poder de Arnaldo hasta que Periandro la halló en la Isla Bárbara, no quiso añadirlos hasta mejor coyuntura; ni, aunque quisiera, tuviera lugar para hacerlo, porque se lo estorbara una nave que vieron venir por alta mar encaminada a la isla, con todas las velas tendidas, de modo que en breve rato llegó a una de las calas de la isla (...) 

De esta manera, a lo largo de toda la historia narrada por Periandro, Cervantes se anticipa al ataque de sus críticos, introduciendo una reflexión a través de sus personajes sobre la narración y la forma de narrar.
Es este diálogo interno entre autor, lector, críticos y personajes, también presente en el Quijote, el que lleva a extrapolar lo contado en la novelas de Cervantes con su vida personal.
En un interesante documental exhibido por la televisión pública de Cataluña sobre el Quijote (y no entraremos a debatir lo extraño de la iniciativa, que hubiese sido más propia de una televisión pública nacional) se llegaba a comparar la derrota de Don Quijote en la playa de Barcelona, playa que era visible desde la pensión en la que (¿supuestamente?) se alojó Cervantes mientras esperaba embarcarse hacia Nápoles en la corte literaria del conde de Lemos, con la derrota que supuso no partir con el de Lemos. Derrota literaria fruto de una derrota real que supuso, en cierta manera, un freno a las pretensiones literarias de Cervantes. El Quijote dio fama a Cervantes, pero, según afirman Rico y de Riquer en el documental, lo que precisaba el autor era el reconocimiento literario. Los trabajos de Persiles y Sigismunda buscan ese prestigio que la popularidad no da. En palabras de Carlos Romero, encargado de la edición publicada por Cátedra: El éxito deseado por Cervantes (con una obra seria, que no sólo consolidara su fama, sino que lo hiciese finalmente entrar en el número de los autores de “alta literatura”) llegó demasiado tarde, cuando el escritor había muerto hacía ya algunos meses.

Aquí podéis encontrar el texto íntegro de la obra:http://cervantes.uah.es/Persiles/persiles.html