29/5/05

Coetzee: La edad de hierro

En algunos lugares de la red hay cierta discrepancia en la fecha de publicación de las obras de Coetzee, confundiendo su publicación en España con el orden original de publicación de la obra en inglés. Según la Academia Sueca esta es su bibliografía en lo que respecta a sus novelas:

Dusklands, 1974
In the Heart of the Country, 1977.
Waiting for the Barbarians, 1980
Life and Times of Michael K, 1983
Foe, 1986
Age of Iron, 1990
The Master of Petersburg, 1994
Disgrace, 1999
Youth., 2002
Elizabeth Costello : Eight Lessons., 2003
Slow man, 2005 (sept.) *


Acabo de terminar La edad de hierro y quería ubicarla exactamente dentro de su producción literaria. Me ha sorprendido encontrarla entre Foe y El maestro de Petersburgo y, al mismo tiempo, me ha servido para entenderla mejor.
La edad de hierro puede ser interpretada como una alegoría política en la que Sudáfrica es el tema principal. Es también una novela en la que se habla de la decadencia, del dolor y de la muerte sin ninguna concesión. Y sobre todo Coetzee habla de una profunda desesperanza que lo invade todo, el sentimiento de que cualquier acercamiento a otro ser humano está condenado al fracaso. Sudáfrica, el apartheid, que es el objeto de la alegoría literaria de Coetzee, es también a su vez en manos del escritor, alegoría de la condición humana: No hay esperanza, no hay posibilidad de entendimiento, no hay más que palabras vertidas entre espasmos de dolor y legadas a un vagabundo para que las ponga en manos de una persona que vive en el otro extremo del mundo.
Foe y El maestro de Petersburgo inciden también en ese tema, pero desde una vertiente menos “realista” más literaria sí nos atenemos a la personalidad de sus protagonistas: Susan Burton que convivió con un hermético Robinsón Crusoe y con Viernes inmune a las palabras, y por otro lado el propio Dostoievski y sus mezquinas obsesiones. Ambos personajes ponen en marcha la maquinaria narrativa para sublimar una realidad prosaica.
En medio de estas dos novelas la protagonista de La edad de hierro, otra vez una mujer cuyas iniciales, curiosamente, son E. C., como las de otra de sus narradoras, Elisabeth Costello, debe asumir que esa prosaica y cruel realidad no puede ser eludida, no puede ser literaturalizada. La inminencia de la muerte hace que todo intento de empatía sea imposible. En cierto sentido la señora Curren de La edad de hierro enlaza directamente con el protagonista de Memorias del subsuelo de Dostoievski y con sus teorías sobre el dolor. Curren medita sobre el dolor, sobre el propio que la devora desde dentro, al que ella alimenta como a un hijo, y el dolor de los demás, que sólo puede sentirse desde lejos y sobre el que cualquier muestra de solidaridad puede ser malinterpretada. Estamos solos frente al dolor y la comunicación entre seres humanos es imposible, cada uno empeñado en la importancia de su propio dolor, agazapado en su interior, aferrado con uñas de acero a nuestras tripas.