(Saluda. Empieza con una frase rimbombante, Reafírmate en el lema: “Los blogs son para onanistas”. Introduce el tema)
Impunidad, señoras y señores, ese es el tema. Observarán de que forma en este submundo que dan en llamar blogosfera, se implantan las más peregrinas observaciones y opiniones. No hay más que observar la estructura general de estos lugares: El mensaje inicial ocupa la página principal y los comentarios y respuestas de los visitantes quedan ocultos, de esta forma el propietario del lugar puede, si no eludir, al menos ocultar tanto los elogios como los abucheos.
De esta forma, señoras y señores parece estar creándose un nuevo tipo de realidad en el que la verdad, en su sentido de certidumbre, y las opiniones fundadas en rigurosos estudios, tienen tanta validez como la más irresponsable suposición, elevada al grado de “opinión personal avalada por mi propia persona” Nos dirigimos, y es triste comprobarlo, señoras y señores, a la profusión interactiva de infinidad de solipsismos.
(Haz una pausa. Bebe agua. Acércate al estrado. Mírales a los ojos. Mírala a los ojos)
Se me acusa, cierto. Pero dentro de poco las acusaciones que pesan sobre mí podrán recaer sobre cualquiera que mantenga un blog. Señoras, señores, seguro que conocen a alguien que se dedique también a escribir en un blog. Seguro que alguno de ustedes también lo hace. ¿Usted, señora? En fin, no importa. El caso es que se me acusa por algo que pronto será tan común que perseguirlo será inútil. Las opiniones proliferan en la red. La comprobación de la veracidad de todas ellas es imposible. Yo estoy aquí porque no sentí la necesidad de ocultarme. Porque proclamé mi derecho a establecer mis propios criterios en contra del sentir general. Tal vez eso sea un delito, pero pronto dejará de serlo, o más bien la justicia (poética, si se quiere) se abandonará a la laxitud en este campo consciente de la imposibilidad de detener la ingente proliferación del desvarío crítico.
(No te pases. Casi los tenías. Expón el caso)
Porque, señoras y señores, al menos yo me baso en datos reales, en hechos comprobados, en documentos y declaraciones. Es cierto que dejo divagar mis ideas y que establezco ilaciones tal vez no demasiado consistentes, pero el fondo documental avanza en esa dirección. Les pondré un ejemplo, una declaración de Nabokov recogida en Opiniones contundentes:
Los lectores no rusos no se dan cuenta de dos cosas: de que no a todos los rusos les gusta Dostoievski tanto como a los norteamericanos, y de que la mayoría de los rusos a quienes sí les gusta, lo veneran como un místico no cómo un artista. Fue un profeta, un periodista hábil para alcanzar popularidad y un comediante chapucero. Reconozco que algunas de sus escenas, algunas de sus trifulcas tremendas, de farsa, son extraordinariamente entretenidas. Pero sus asesinos sensitivos y sus prostitutas conmovedoras no pueden soportarse un momento... este lector, al menos, no puede
¿Por qué Nabokov rechaza todas las novelas de Dostoievski, exceptuando El doble, y niega continuamente cualquier influencia de Dostoievski en sus novelas que inciden, casi obsesivamente, una y otra vez en el tema del doble? ¿Por qué Nabokov escribe una extensa crítica de Memorias del subsuelo reduciendo la obra a una miserable condición y escribe Lolita en el mismo tono que la novela de Dostoievski?
Dice, señoras y señores, para justificarse, que esta sutil influencia del autor de Crimen y castigo, supone un intento de rebatirle. Pero la continua reescritura de las obras de Dostoievski nos puede llevar a pensar en una obsesión no confesada. Porque la otra cara de la moneda recurrente de Nabokov se llama Freud. Como le comentaba a Pívot en la célebre (por falsa) entrevista en Apostrophes:
-Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.
-No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un burlesco increíble, pero hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.
Nabokov se empeña una y otra vez en rechazar a Freud y a Dostoievski. Sin embargo, sus novelas son un compendio, irónico, frío, estrictamente literario, de las ideas expuestas tanto por Freud como por Dostoievski.
Por eso, señoras y señores, me pregunto, les pregunto a ustedes, jurado, si es delictivo concluir que quizás la obsesión de Nabokov fue un permanente intento de superar a Dostoievski, cuyas ideas pueden ser más o menos cuestionadas, pero su literatura es impecable. Superarlo literariamente, por supuesto. Quien sabe que oscuras razones, que podrían haber sido expuestas a través del psicoanálisis, motivaban el odio de Nabokov a su compatriota. Hoy, si decimos San Petesburgo, recordamos a Dostoievski, no a Nabokov, el exiliado.
(Sonríe. Mantente firme. Todo es mentira, pero una bella mentira)