Leo La muerte de Virgilio los sábados y los domingos, sobre las siete de la mañana, algo más de una hora cada día. La lucha entre Virgilio y Octavio se prolonga el resto de la semana. El poeta agoniza y a su afán por destruir La Eneida se opone la idea de Roma representado por el César. Roma y La Eneida son la misma cosa, un símbolo no tanto de su grandeza sino de su permanencia en la Historia. Permanencia sostenida por la falacia de un poema hagiográfico a mayor gloria de la familia Julia. De “Arma virumque cano” (aunque, quizás Virgilio rememora su origen campesino en la versión de Austral: “Yo, aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de la avena”) hasta “uitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras” (indignado su espíritu, huye, lanzando un gemido, a la región de las sombras), el ambiente sombrío y agonizante de la novela de Broch me persigue el resto de la semana.
A fin de cuentas leo libros como si fuesen una única y extensa novela, hasta que, indignado, lance un gemido. Leo a Broch casi sin luz, mientras amanece. Leo El proceso de Kafka, y no puedo librarme de la sensación lúgubre que me transmite Broch. Leo a Stanislaw Lem como si fuese Kafka. El Edificio, de sus Memorias encontradas en una bañera, parece un castillo kafkiano lleno de burócratas que mienten y traicionan. Decían que los afiliados al partido comunista en San Francisco en los años sesenta eran todos agentes del FBI. Chesterton sabía bien de que hablaba. Leo a Lobo Antunes y veo a un personaje kafkiano visto desde fuera, desde una bañera quizás, y continúa mi desasosiego (es así, no puede ser de otra manera). Leo las Historias Falsas de Tavares como ensayos de Montaigne y los Ensayos como historias falsas en las que vuelvo a encontrar a Virgilio. Podría pensar que hay libros que rigen mi vida, pero veo que mi vida es un fluir de libros sin descanso. Sé que hay un libro que me matará. Desde los tiempos de Paradiso pensé que ese libro era Locus Solus. No ha sido así. Luego tiene que haber otro que hará que mi espíritu indignado (¿tan mala será esa última novela?) huya, lanzando un gemido, etc.
Los libros, entonces, sólo tienen sentido desde la existencia del lector, desde ese fluir incansable que convierte a cada uno de ellos en una única, personal y exclusiva vivencia. Joder, la vida son los libros, lo demás, esa puta realidad, no vale para nada.
Y además, reto a cualquier autor a que intente matar al lector. Mátame, venga.
La novela que me matará ya está escrita… pero el autor de esa obra no tendrá nada que ver en ello. Es más bien la acumulación de lecturas, la exacta combinación de todas ellas, las que finalmente harán imposible que pueda continuar.
El escritor no es más que un mero soporte iconográfico con fines publicitarios. Se deja fotografiar ante estanterías repletas de libros y legajos. En algunos de ellos, cuidadosamente seleccionados, se pueden leer los títulos. Dice, la historia, la verdad, la realidad, como si él, a su vez, no fuese lector y no supiese que esas palabras no tienen sentido. En “realidad” no hay nada más que lo que se cuenta, un sinfín de historias que quieren hacernos creer que remedan la vida; no comeré esa mierda. La literatura es otra cosa, ya lo sabemos, y la vida o la realidad no tienen nada que ver con ello, la vida y la realidad se generan a través de la literatura. Nunca al revés. Después otros autores convenientemente fotografiados a su vez, recomiendan con fervor ante estanterías repletas de libros las obras de aquellos que a su vez recomendarán las obras de estos ante estanterías…
No es eso lo que me interesa.
Ya casi no me interesa nada.
Excepto mentir.