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16/8/12

Eduardo Mendoza y el mal escritor

Apreciado señor Mendoza:
El vídeo tiene tiempo, pero lo he descubierto esta semana:

"Kafka era un mal escritor; y él lo sabía"

Me sorprende la clarividencia crítica en cuestiones de narrativa de una persona capaz de escribir y publicar, sin ningún rubor aparente, "La aventura del tocador de señoras"

Pero tiene razón, hay que refundar la narrativa... y la inteligencia.
Atentamente

24/5/09

La muerte de Virgilio (III)

Leo La muerte de Virgilio los sábados y los domingos, sobre las siete de la mañana, algo más de una hora cada día. La lucha entre Virgilio y Octavio se prolonga el resto de la semana. El poeta agoniza y a su afán por destruir La Eneida se opone la idea de Roma representado por el César. Roma y La Eneida son la misma cosa, un símbolo no tanto de su grandeza sino de su permanencia en la Historia. Permanencia sostenida por la falacia de un poema hagiográfico a mayor gloria de la familia Julia. De “Arma virumque cano” (aunque, quizás Virgilio rememora su origen campesino en la versión de Austral: “Yo, aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de la avena”) hasta “uitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras” (indignado su espíritu, huye, lanzando un gemido, a la región de las sombras), el ambiente sombrío y agonizante de la novela de Broch me persigue el resto de la semana.
A fin de cuentas leo libros como si fuesen una única y extensa novela, hasta que, indignado, lance un gemido. Leo a Broch casi sin luz, mientras amanece. Leo El proceso de Kafka, y no puedo librarme de la sensación lúgubre que me transmite Broch. Leo a Stanislaw Lem como si fuese Kafka. El Edificio, de sus Memorias encontradas en una bañera, parece un castillo kafkiano lleno de burócratas que mienten y traicionan. Decían que los afiliados al partido comunista en San Francisco en los años sesenta eran todos agentes del FBI. Chesterton sabía bien de que hablaba. Leo a Lobo Antunes y veo a un personaje kafkiano visto desde fuera, desde una bañera quizás, y continúa mi desasosiego (es así, no puede ser de otra manera). Leo las Historias Falsas de Tavares como ensayos de Montaigne y los Ensayos como historias falsas en las que vuelvo a encontrar a Virgilio. Podría pensar que hay libros que rigen mi vida, pero veo que mi vida es un fluir de libros sin descanso. Sé que hay un libro que me matará. Desde los tiempos de Paradiso pensé que ese libro era Locus Solus. No ha sido así. Luego tiene que haber otro que hará que mi espíritu indignado (¿tan mala será esa última novela?) huya, lanzando un gemido, etc.
Los libros, entonces, sólo tienen sentido desde la existencia del lector, desde ese fluir incansable que convierte a cada uno de ellos en una única, personal y exclusiva vivencia. Joder, la vida son los libros, lo demás, esa puta realidad, no vale para nada.
Y además, reto a cualquier autor a que intente matar al lector. Mátame, venga.
La novela que me matará ya está escrita… pero el autor de esa obra no tendrá nada que ver en ello. Es más bien la acumulación de lecturas, la exacta combinación de todas ellas, las que finalmente harán imposible que pueda continuar.
El escritor no es más que un mero soporte iconográfico con fines publicitarios. Se deja fotografiar ante estanterías repletas de libros y legajos. En algunos de ellos, cuidadosamente seleccionados, se pueden leer los títulos. Dice, la historia, la verdad, la realidad, como si él, a su vez, no fuese lector y no supiese que esas palabras no tienen sentido. En “realidad” no hay nada más que lo que se cuenta, un sinfín de historias que quieren hacernos creer que remedan la vida; no comeré esa mierda. La literatura es otra cosa, ya lo sabemos, y la vida o la realidad no tienen nada que ver con ello, la vida y la realidad se generan a través de la literatura. Nunca al revés. Después otros autores convenientemente fotografiados a su vez, recomiendan con fervor ante estanterías repletas de libros las obras de aquellos que a su vez recomendarán las obras de estos ante estanterías…
No es eso lo que me interesa.
Ya casi no me interesa nada.
Excepto mentir.

26/4/09

Punto muerto

Escucho a Coltrane y siento que fue capaz de llevar la creatividad musical a un punto muerto, a un punto sin retorno y en el que tampoco se puede avanzar más allá a no ser que se sacrifique la inteligibilidad de la música. Como Joyce, aunque él dio un paso más y construyó la obra definitiva, Finnegans wake. Definitiva porque no se puede ir más allá narrativamente.
El Finnegans wake dio nombre a los quark, unas de las partículas definitivas de la materia… todo lleva a un punto muerto. Y en su nomenclatura aún perdura la voluntad literaria: up, down, charm, strange, top y bottom. En el punto muerto de la física encontramos el encanto y lo extraño.
Tal vez Coltrane no acabó con la música. Tal vez lo que encerraba su cabeza abría nuevas puertas, pero él sólo pudo enseñarnos en que dirección se encontraba la puerta. Tal vez Joyce llegó a entreabrir la puerta. Lo que es seguro es que Beckett vio lo que había más allá y volvió para contárnoslo. Pero, como le ocurre a todo visionario, a Beckett se le ha ignorado sistemáticamente a lo largo del siglo XX, y aún ahora.
Nada sin Beckett, debería ser nuestro lema.
No hay voluntad de exploración. Si acaso tímidos intentos que se repiten una y otra vez, pero no hay nada que se aproxime a la rotundidad narrativa de Beckett.
Repetimos una y otra vez los mismos errores del pasado.
La obra actual debe escribirse continuamente. No debe ser definitiva, debe acrecentarse día a día, liberarse de la condena definitiva del papel y ser volátil, fácilmente volátil. No hace falta solicitar a nuestro mejor amigo y albacea que destruya todo aquello que no ha sido publicado, para que después éste no lo haga… aunque quizás El proceso de Kafka, fruto de esa infidelidad, sea un ejemplo de obra no-definitiva que debería marcar el signo de nuestros tiempos. Brod, en este caso, fue un visionario transgresor. Hoy hubiese bastado pulsar el botón “Supr”, o pasar un imán por el disco duro para que todo hubiese desaparecido.
¡Quemar la Eneida!”, grita desesperado Virgilio-Broch. ¡Quemadlo todo, lanzad la bomba!. Todo texto publicado es sinónimo de fracaso. Si acaso en la cabeza de algunos autores queda la idea de la obra perfecta, en la cabeza de Kafka estaba escrito hasta su último párrafo el perfecto y sublime Proceso que no era capaz de plasmar en el papel, que no podía concluir… los textos son fracasos que deben ser corregidos día a día, aumentados o borrados según el día amanezca lluvioso o soleado, mutables e imperfectos y siempre en construcción.

Work in Progress:
Three quarks for Muster Mark!
Sure he has not got much of a bark
And sure any he has it's all beside the mark.

Por eso Max Brod fue un visionario. No nos ofreció una novela, sino el desarrollo creativo de una novela. "Fracaso al intentar terminar el capítulo, otro ya comenzado no podré continuarlo tan bien, mientras que aquella vez, por la noche, me habría sido posible. No puedo abandonarme, estoy completamente solo" escribe Kafka el 29 de agosto de 1914 a propósito de la escritura de El proceso. Es pues también un Work in Progress, indefinidamente en construcción. Presentada siempre como obra inconclusa a mí me parece justamente lo contrario. La veo como la narración definitiva.
Desde el título provisional de la novela que comienza con “Alguien tenía que haber calumniado a Josef K , pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”, hasta el final, “¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle”, El proceso de Kafka es una obra completa y al mismo tiempo mutable. Dentro de su narración se abre un agujero negro narrativo tan fascinante y absorbente como el sistema burocrático-legal al que se enfrenta Josef K.. Dentro de ese agujero caben todas las posibilidades narrativas que podamos imaginar, pero también caben todas las generaciones de lectores que hemos leído a Kafka. Es el inicio de la desaparición del lector. La obra definitiva, permanentemente en construcción, no precisa lectores ni ser comprensible, ni siquiera precisa ser escrita. Permanece en la cabeza del autor y luego, tras su muerte se desvanece en la nada.
Escribir es fracasar y, además, es muy fatigoso y decepcionante.
Dejemos a los que no fracasan que hablen. A nosotros ni la vergüenza nos sobrevivirá:

O más probablemente había leído en alguna parte, en el tiempo en que creía tener interés en instruirme, o en divertirme, o en embrutecerme, o en matar el tiempo, que cuando uno cree avanzar en línea recta en un bosque no hace en realidad más que describir círculos, ponía mi mejor voluntad en describir círculos, con la esperanza de avanzar así en línea recta.

Samuel Beckett, Molloy

Decididamente esta noche no diré nada que no sea falso, quiero decir que no me deje perplejo en cuanto a mis verdaderas intenciones. Porque la tarde, incluso la noche, es una de las más negras que puedo recordar. Tengo poca memoria. Mi dedo meñique, posado sobre la hoja, se adelanta a mi lápiz, le anuncia cayendo el final de la línea. Pero en el otro sentido, de arriba abajo, voy mal. No quería escribir, pero acabé por resignarme. Con el fin de saber dónde estoy, dónde está. Al principio no escribía, sólo hablaba; después, olvidaba lo que había dicho. Un mínimo de memoria es indispensable para vivir de verdad. Su familia, por ejemplo, verdaderamente yo ya no sé, por así decirlo, nada sobre ella. Pero estoy tranquilo: está anotado en alguna parte. Es el único medio de controlarlo. Pero en lo que a mí se refiere, no siento la misma necesidad. Ignoro también mi propia historia, la olvido, pero no necesito conocerla. Y, sin embargo, escribo sobre mí, con el mismo lápiz, en el mismo cuaderno, que sobre él. Ya no soy yo, debí decirlo antes, sino otro cuya vida apenas ha empezado.

Samuel Beckett, Malone muere.

28/1/09

Por la tarde fui a nadar... no se había declarado ninguna guerra.

Dispongo las cosas de modo que cada vez que tengo un firme propósito las circunstancias me lo impidan.
Quizás sea un buen inicio para un relato... pero haré todo lo posible para no escribirlo.
No comento nada sobre Vía férrea, una excelente novela de Aaron Appelfeld. Dejé en el aire la intención (imposible) de comentar Pale Fire de Nabokov y me resigné a ser la sombra del picotero asesinado por el falaz azur de la ventana.
No he vuelto a escribir sobre Alice Munro.
Recomendé La estación de la calle Perdido en Las lecturas de 2008 de Hermano Cerdo, pero no puedo explicar porque me gustó. Ya se sabe, leemos para disfrutar.
Jimmy Corrigan: The Smartest Kid on Earth de Chris Ware es posiblemente la mejor novela gráfica jamás escrita-dibujada.



Los Diarios de Kafka reposan en la mesita de noche. Hay libros, como La trilogía de la memoria de Sergio Pitol que deben reposar y leerse lentamente. De momento el rostro de Kafka queda encarado con la portada de Hijos sin hijos de Enrique Vila-Matas, que tiene también una fotografía de Kafka y su hermana.
Como si ocultando su rostro pudiese librarme de su presencia.
Leí Viaje sentimental de Sterne. Merece una larga reflexión. Por cierto, ¿por qué la edición española no ha respetado el título original A Sentimental Journey Through France and Italy?
Sigo con la Impostura.
Leo La tregua de Primo Levi.
Y esperan, impacientes, Los hechos y Nuestra pandilla, de Roth... y, ¡oh, por fin! La muerte de Virgilio de Hermann Broch.
No escribo sobre Mystery train de Jim Jarmush.
Quería, también escribir sobre Southland Tales, de Richard Kelly. Después de escribir sobre una película de Jean-Claude van Damme hubiese estado bien hacerlo sobre una protagonizada por The Rock. Fluyan mis lágrimas.
¿Y qué más?... seguro que olvido algo.
Seguramente necesito que me obliguen a escribir, que me manden alguna tarea.
Cada día me gustan más los relatos de Javier Moreno. Visite La balada del elefante azul
Prosigue el duelo: La discusión sobre la narrativa inglesa continúa en La Senda:



Murió Updike.

Los servidores de la máquina completarán la información

2/12/08

Franz Kafka, Diarios




Me desagrada la cara de Kafka en la portada de los Diarios publicado en Debolsillo, traducidos por Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual con prólogo de Jordi Llovet.
Se trata en cualquiera de los casos de una fobia personal, nada que ver con la literatura y, desde luego, un argumento no válido para iniciar una reseña.
Pero el que el rostro de Kafka me desagrade condiciona en cierta manera la lectura de la obra. Siento, cuando he olvidado el libro con la portada hacia arriba descuidadamente en cualquier lugar de la casa, que los ojos de K me siguen, como si me aguardase para arrastrarme a algún lugar lóbrego del que jamás podría salir.
Tal vez sea eso.
Tal vez sea miedo.
El miedo a enfrentarme a lo que yo-no-soy.

Escribe Kafka:
27 de diciembre de 1910. No me alcanzan las fuerzas para escribir una frase más. Ojalá se tratase de palabras, ojalá bastase con poner ahí una palabra y uno pudiera darse la vuelta con la tranquila consciencia de haber llenado completamente de sí mismo esa palabra.

Podría forrar el libro y olvidarme definitivamente de la mirada de Kafka. Pero la descubro en cada una de las líneas de sus Diarios. Es imposible rehuirla.
Hay que afrontar la realidad de estos textos que no fueron escritos para ser publicados, que son simples esbozos, ensayos de textos y reflexiones sobre el mismo acto de escribir considerado como un deber, una pulsión irrefrenable, una forma de vida. En cada entrada de los Diarios se puede entrever la escritura como una necesidad, como el único impulso vital. Se puede notar como la literatura sobrepasa a la realidad.
Y en ningún momento hay en ellos pretensiones literarias.
Por eso el talento literario de Kafka destaca mucho más.
Lo que no debía ser leído, lo que es, en definitiva, un ejercicio privado e íntimo que no debe trascender más allá del propio acto de la escritura, contiene más literatura que muchos, muchísimos, pretenciosos textos.
Es por eso que elijo enfrentarme a la mirada de Kafka, que para mí tendrá siempre un aire recriminatorio, que me recuerda cada vez que me enfrento a ella, lo poco que hemos aprendido, lo poco que hemos avanzado literariamente a lo largo del siglo XX, lo pequeños que somos.
La mirada de Kafka me convierte en una cucaracha que lee… y que posiblemente no entiende.


A la tumba de Kafka (siga la flecha)
Kertész en El castillo
El escarabajo de Nabokov

24/9/08

El profesor del deseo, de Philip Roth

A la tumba de Kafka (siga la flecha)

Hace tiempo que no leo a Kafka pero tengo la impresión de estar leyendo siempre a Kafka. Como si el escritor checo fuese el centro de la galaxia literaria generando nuevos soles y consumiendo otros en el agujero negro de su centro.
Y todo gracias a Max Brod.
Y todo por culpa de Max Brod.
Esta es la época de Kafka, como dice Harold Bloom, así que mostremos el lema que debe motivarnos:
Nada sin Kafka.
Para Philip Roth hubo un tiempo en que siguió esa divisa, en la que hemos cambiado a Heracles por el escritor checo, de manera evidente. Kafka es inevitable y así lo reconoce en El oficio, un escritor, sus colegas y sus obras, en la que habla con Appelfeld, con Kundera, con Singer y en todas las conversaciones aparece el espectro de Kafka y, sobre todo, Roth habla con Ivan Klíma sobre Kafka
Esa es la parte “real”

Hay que recordar que a El profesor del deseo le sigue en la bibliografía de Roth La visita al maestro en la que Roth envía a Nathan Zuckerman en busca del escritor fantasma, para que sufra una elucubración erótico-literaria, un delirio enfermizo, donde Kafka tiene un papel importante.
Justo antes había enviado a David Kepesh, curado ya de su transformación en pecho, a Praga, al mismo centro galáctico de la literatura contemporánea, para que sufra a su manera en los disparatados territorios, conscientes e inconscientes, en los que Kafka reina y es explotado:
El cartel está en cinco idiomas- a tantos fascinan las temibles invenciones de este asceta atormentado, a tantos millones asusta:
(A la tumba de FRANZE KAFKY)
Han elegido, para señalar los restos de Kafka, una piedra blancuzca, alargada, firme, que eleva hacia lo alto su glande puntiagudo, un falo sepulcral que en nada se parece a qualquier otra cosa que haya en su entorno. Esa es la primera sorpresa. La segunda es que el hombre obsesionado por su condición de hijo está enterrado para siempre -¡aún!- entre el padre y la madre que le sobrevivieron. Recojo un guijarro del camino de gravilla y lo añado a uno de los montones de piedrecitas que allí han ido apilando os peregrinos, antes que yo. Nunca he hecho nada parecido por mis propios abuelos, enterrados con otros diez mil, a veinte minutos de mi casa de Nueva York, ni he hecho visita semejante a la tumba de mi madre (…) Las oscuras losas rectangulares que hay en torno a la tumaba de Kafka llevan apellidos judíos muy familiares (…) Levy, Goldschmidt, Schneider, Hirsch… Las tumbas se pierden en la lejanía, pero la de Kafka parece ser la única bien cuidada. Los demás muertos no tienen sobrevivientes que anden por aquí arrancando la maleza y recortando la hiedra (…) Parece que solo el soltero sin hijos ha dejado descendencia entre los vivos. ¿Qué mejor sitio, para que cunda la ironía, que à la tombe de Franze Kafky?
¿Pero que es exactamente El profesor del deseo, y por qué Kepesh como protagonista y narrador? Siento decirlo pero estamos ante una novela más de Philip Roth. Una novela que no aporta nada sustancial al conjunto de su bibliografía y que explora las fobias de un joven airado, obsesionado por el sexo y con tendencia a destruir toda relación sentimental que empieza a consolidarse. Insatisfecho y furioso, Kepesh no es distinto de Alexandre Portnoy, ni del Peter Tarnopol de Mi vida como hombre, novela que precede cronológicamente a El profesor del deseo, ni al Nathan Zuckerman que crea Tarnopol, ni al de las primeras novelas en las que ejerce de narrador. Es una repetición de anteriores novelas, un prefacio para las que continuarán, un típico Roth de la década de los setenta que, tal vez por haberla leído en último lugar, cansa por su redundancia temática.
Pero está Kafka.
Es precisamente en los fragmentos que ocurren en Praga donde aparece el Roth más ácido y genial. Ellos justifican recomendar El profesor del deseo, por ese carácter mordaz, cínico y metaliterario (*) que define a Roth.

En el fragmento que transcribo, David Kepesh sueña:
Es el cuarto piso de un decrépito edificio ribereño. La mujer a quien venimos a ver tiene cerca de ochenta años: manos artríticas, mejillas flojas y flácidas, pelo blanco, muy claros y muy dulces y muy azules ojos. Vive sin levantarse de la mecedora, con la pensión de su difunto marido, anarquista. Me pregunto: “¿Cómo puede recibir una pensión del gobierno la viuda de un anarquista?”
(…)
La anciana y X conversan en checo. X me dice:
-Le he dicho que eres norteamericano y una verdadera autoridad en lo tocante a la obra de Kafka. Puedes preguntarle lo que quieras.
-¿Qué le pareció? –pregunto- ¿Qué edad tenía él cuando lo conoció? ¿Qué edad tenía ella? ¿Cuándo exactamente ocurrió todo ello?
X (interpretando):
- Dice:
"Se acercó a mí y lo miré y pensé “¿Por qué estará tan deprimido este muchacho judío?". Cree que fue en mil novecientos dieciséis. Dice que ella tenía veinticinco años. Kafka tenía treinta y tantos.
(…)
X dice:
-¿Y qué otra cosa te gustaría saber?
- ¿Normalmente era capaz de tener una erección? ¿Solía alcanzar el orgasmo? Los diarios no son concluyentes al respecto.
Los ojos de la mujer tienen expresión mientras me responde, pero sus tullidas manos yacen inertes en su regazo. En mitad de su checo indescifrable atrapo una palabra que me activa la carne: ¡Franz!
-Dice que no había problema, que ella sabía muy bien cómo tratar a un muchacho como él.
¿Lo pregunto? ¿Por qué no? A fin de cuentas, no solo vengo de Estados Unidos, sino de la inconsciencia, a la que pronto regresaré.
-¿Cómo lo trataba?
De nuevo como si tal cosa, le dice a X lo que hacía para excitar al autor de…
(…)
X dice:
-Quiere dinero. Dinero norteamericano, no coronas. Dale diez dólares.
Le paso el dinero.
(…)
X espera a que la mujer termine, luego traduce:
-Se la chupaba.
Y esto es una muestra. El desatino onírico sexual en torno a Kafka continúa… pero no voy a copiar el libro entero, ¿verdad?

(*) Dice Kepesh: "(Ahí) está la piscina(**) donde Kafka y Brod iban a nadar juntos. ¿Ven? Es tal como les digo: Franz Kafka existió de veras, no se lo inventó Brod. Yo también existo, no me está inventando nadie, aparte de mí."

(**) A buen entendedor…

Todos los fragmentos de la traducción para Mondadori de Ramón Buenaventura de The professor of Desire, de Philip Roth


29/11/07

Imre Kertész, Diario de la galera: El castillo de Kafka

Junto a Bohumil Hrabal, Kertész es al segundo autor centroeuropeo a quien leo afirmar que los occidentales (¿?) no entendemos a Kafka... ¿deberíamos replantearnos una relectura de las obras de Kafka olvidando todos nuestros prejuicios?
Un fragmento de
Diario de la galera, de Imre Kertész:

¿Es realmente tan misterioso el castillo? De hecho, está descrito con precisión. Se halla a la vista del pueblo, sobre una colina más o menos lejana a la que, de todos modos, se accede con facilidad. La novela menciona una camino que conduce a él. Evidentemente, el camino no sirve sólo para ir del castillo al pueblo, sino también del pueblo al castillo. Sin embargo, todos creen y se resignan a que no se puede entrar en el castillo, lo cual adquiere el carácter de un consenso con rango de ley. Aun así, lo vemos: los vecinos del pueblo podrían emprender, todos cogidos de la mano, el camino hacia el castillo y recorrerlo hasta el final. Las murallas del castillo no están defendidas ni por cañones ni por ametralladoras; el texto no menciona ni una sola vez ni al ejército ni a la policía. Podrían pedir entrar o incluso tirar abajo las puertas, pero no lo hacen, el pueblo se pone de acuerdo en la imposibilidad de entrar en el castillo; sólo pueden entrar determinadas personas, reuniendo determinados requisitos y en determinadas circunstancias. Los vecinos aceptan un orden imaginado, unas reglas de juego, y basan sus vidas en estas reglas de juego, como si ese orden fuese el orden de la vida o de la naturaleza. La libertad de K. es su decisión (de entrar en el castillo); su error, la aceptación del camino oficial; la consecuencia: el desgaste. K. es el Lohengrin de la libertad; pero no vuelve al castillo de los caballeros del Grial, sino que sucumbe probablemente entre los hombres. La frase clave de la novela se encuentra en otro libro de Kafka, en El proceso: «La mentira se convierte en principio universal». El proceso novela este descubrimiento; El castillo, este principio universal. Llama la atención que todos los valores son inmanentes a la novela. Así, por ejemplo, el afán de acceder al castillo, Frieda, Amalia, etcétera. Sólo el castillo podría simbolizar un mundo trascendental. No es ni más ni menos que un símil poético, sin embargo: la vida como un castillo al que el ser humano nunca puede acceder. No obstante, la novela no se basa en esta modesta, modestísima metáfora. El castillo es un hecho, un conglomerado de objetos descritos de forma realista: campana, torre, murallas, bastiones; a veces, desde luego, se refleja en una luz particular, pero vemos este reflejo en la refracción de las conciencias que se relacionan con él. El gran descubrimiento de la novela no es, desde luego, el símil mediocre que hemos mencionado, sino más bien el protagonista. K., el enviado, el—insistamos—Lohengrin de la libertad, que parece haber llegado al pueblo a romper el consenso y acceder al castillo. En el transcurso del tira y afloja que se produce en la novela queda cada vez más patente que K. puede quedarse en el castillo bajo determinadas condiciones, concretamente, si acepta dichas condiciones, que son las impuestas a un forastero tolerado. Esto, sin embargo, se opone directamente al objetivo fijado: K. no quiere ser ciudadano del pueblo —no es ésta su dura e implacable tarea—, sino acceder al castillo. No se dice por qué quiere entrar, y por eso mismo resulta del todo claro: por el paradigma, para romper el orden mundial. Como he señalado, Kafka jamás pone en duda la realidad objetiva del castillo; ni una sola palabra remite a la posibilidad de que el castillo fuera otra cosa, que no fuera el castillo presentado y descrito por el autor. Conclusión: El castillo no es más que la imagen universal de la servidumbre del consenso; es genial, y por eso señala más allá de su objeto, pero no deja de ser la imagen universal de la servidumbre del consenso. Todos los europeos del Este lo saben perfectamente y lo callan, aterrados. Repiten, aterrados, lo que dice Occidente (que no entiende la novela): que El castillo es algo trascendental, al tiempo que comprueban, pasmados, que es un diagnóstico preciso de Europa del Este, la imagen universal de la servidumbre del consenso.



Imre Kertész, Diario de la galera.
Traducción de Adan Kovacsics para El Acantilado

16/10/07

La víctima, de Saul Bellow

Empezaremos muy lejos de Manhattan.



Foto: Henri Silberman - Sky over Manhattan.

Decía Buhomil Hrabal en una entrevista que no logro encontrar que, salvo para los centroeuropeos, la narrativa de Kafka no había sido comprendida, porque la principal característica de su obra era la comicidad. En esas condiciones, entender La Metamorfosis como una tragedia existencial o El Proceso como muestra de la indefensión del individuo ante el estado, o El Castillo como alegoría de la agobiante burocracia para el ciudadano, es un error. Si, salvo para los centroeuropeos, los lectores de Kafka obtenemos sensaciones angustiosas, se debe a una lectura errónea del contexto en que su obra es leída.
Esto viene a cuento ya que en La víctima Saul Bellow intenta recrear una angustiosa situación kafkiana, inspirándose a su vez en cierto texto de Dostoievski. Pero La víctima a su vez es el referente por el cual Philip Roth crea algunas escenas de su Zuckerman desencadenado, sobre todo la insistente presencia molesta de Alvin Peeper y la desmedida respuesta de Zuckerman. Es decir el humor de Kafka precisa dos novelas y cambiar de continente para reencontrarse con el lector.

Sea como sea, lo que entendemos como kafkiano, aquello que ya no precisamos definir porque la sensación que emana de los relatos de Kafka es tan perturbadora (y nada cómica, por cierto... ¿o sí?) que necesitó un adjetivo nuevo para ser comprendida en toda su amplitud, está presente en los diálogos y situaciones de la novela de Bellow.
Un ejemplo basta:

-Sí, sí, ¿qué es lo que quiere ahora? ¿A qué viene?
Allbee llamó con la mano. Leventhal abrió la puerta de golpe y lo encontró con los nudillos alzados, dispuesto a llamar otra vez.
-¿Y bien?
-Quería verlo- dijo Allbee
-Bueno, ya me está viendo.
Hizo un gesto como de cerrar la puerta, y Allbee echó la cabeza adelante con rapidez, en un movimiento de melancólica protesta, aunque mirando a Leventhal sin rencor.
-Eso no es justo – dijo-. Tengo que echar mano de todo mi valor para venir a verlo. Tardo casi un día en hacerlo.
-Para inventar algo nuevo.
La expresión de Allbee era seria. Faltaba el elemento de desequilibrio que sus sonrisas ponían habitualmente de manifiesto.
-La otra noche, la semana pasada, estaba a punto de hablarle de algo –dijo-. Había algo que quería decirle.
-No quiero más discusiones. No pienso permitirlo. Y de todas formas son más de las doce.
-Sí, ya sé que es tarde –concedió Allbee-. Pero tenía algo importante que decir. Nos fuimos por las ramas.
-Usted se fue –dijo Leventhal recalcando mucho las palabras-. Yo ni siquiera tomé parte.
-Imagino de qué está hablando. Pero dijera lo que dijese, no pretendía ser un comentario personal. No debe usted considerar...
-¿Cómo? ¿Era todo teoría, algo puramente teórico? –dijo Leventhal sarcásticamente.
-Bueno, en parte. Y en parte estaba bromeando –explicó Allbee con dificultad-. Es un hábito muy arraigado. Sé que resulta desagradable.
-Lo siento, pero no soy capaz de entenderle. Quizás tampoco entiendo a Emerson. Las dos cosas van juntas.
-Por favor... –dijo Allbee con abatimiento. (...) Lo interpreta usted todo de manera equivocada.
-¿Cómo tendría que interpretarlo?
-Debería usted darse cuenta de que no... –vaciló-, de que no siempre tengo un control perfecto sobre mí mismo (...) Las cosas se me escapan. No estoy tratando de disculparme. Pero no creería usted cuanto...
-Hoy en día puede uno creerse casi cualquier cosa –dijo Leventhal, y se rió un poco, pero sin ganas.

La víctima, de Saul Bellow; traducción de José Luis López Muñoz para Alianza Editorial.


De todas formas la influencia mayor en La víctima es El doble de Dostoievski. Podríamos decir que la novela del ruso se convierte en el centro de un ejercicio metaliterario en el cual Bellow invierte el punto de vista narrativo, centrándolo en el usurpador pero otorgándole el mismo carácter que el personaje principal de la novela de Dostoievski. Pero no es exactamente así, ya que la distancia entre Bellow y Dostoievski es considerable y el entorno temporal, social y urbano de sus respectivas novela domina cada una de ellas. No hay parangón posible entre El Doble y La víctima pero sí cierto nexo que permite el juego de las comparaciones a la vez que se añade al conjunto la coyuntura social de los judeoestadounidenses. La víctima es una especie de “Dostoievski en Manhattan” lo cual resalta la importancia de la ciudad en el relato. Bellow añade a la historia de Dostoievski cierta ambigüedad que al final nos impide saber quien es realmente la “víctima” a la que hace referencia el título ya que el autor estadounidense subvierte la idea del escritor ruso consiguiendo que el suplantador, si es que el caso se ha dado, monopolice el relato.

He tardado más de tres meses en escribir esta especie de nada, de reseña... me falta mencionar a Nabokov, quien consideraba El doble la mejor novela de Dostoievski, la única buena, y se pasó la vida especulando narrativamente en torno a ella... y también cierta reflexión en torno a Kafka y Dostoievski como catalizadores de toda la literatura del siglo XX... pero mejor lo dejo.

20/5/05

Metamorfosis / Subjetividad

Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podia aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hacia el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación del grosor ordinario de sus piernas, ofrecian a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.

Franz Kafka, La metamorfosis.


Gregor Samsa, por Nabokov, (Del Curso de Literatura Europea):

Ahora veamos : ¿Cuál es exactamente el "bicho" en que el pobre Gregor, oscuro viajante de comercio, se ha convertido de repente? Por supuesto, es de la especie de los artrópodos, a la que pertenecen las arañas, los ciempiés, y los crustáceos. Si las "numerosas patitas" a la que alude al principio son más de seis, entonces Gregor no sería un insecto desde el punto de vista zoológico. Pero supongo que un hombre que se despierta tumbado de espaldas y descubre seis patas agitándose en el aire puede suponer que son suficientes como para decir que son "numerosas". Por tanto supondremos que Gregor tiene seis patas, y que es un insecto.
La siguiente cuestión es: ¿qué insecto? Los comentaristas dicen que una cucaracha; pero eso, desde luego, no tiene sentido. La cucaracha es un insecto plano de grandes patas y Gregor es todo menos plano: es convexo por las dos caras, la abdominal y la dorsal, y sus patas son pequeñas. Se parece a una cucaracha sólo en un aspecto: en su color marrón. Aparte de esto, tiene un tremendo vientre convexo, dividido en dos segmentos, con una espalda dura y abombada que sugiere unos élitros. En los escarabajos, estos élitros ocultan unas finas alitas que pueden desplegarse y transportar al escarabajo por millas y millas de torpe vuelo. Aunque parezca extraño, el escarabajo Gregor no llega a descubrir que tiene alas bajo el caparazón de su espalda (ésta es una observación que quiero que atesoreis toda vuestra vida. Algunos Gregorios, Pedros y Juanes, no saben que tienen alas). Además, posee fuertes mandíbulas. Utiliza estos órganos para darle la vuelta a la llave en la cerradura, erguido sobre sus patas traseras, sobre el tercer par (un fuerte par de patas), lo que nos da una idea de la longitud de su cuerpo: unos tres pies. En el transcurso del relato, se acostumbra poco a poco a utilizar sus nuevos apéndices: sus patas y sus antenas. Este escarabajo marrón, convexo, del tamaño de un perro, es ancho. Yo lo imaginaría así: