Fin, de David Monteagudo
Digamos, que se puede decir, que de alguna manera se podría clasificar, que existe cierta tendencia a catalogar, o lo-que-sea que nos hace distinguir entre dos tipos de narrativa. Aquella que por su estructura y su forma nos produce (o pretende producir) un placer intelectual y que nos remite directamente, más que a lo qué se cuenta y a cómo se cuenta, al propio hecho de la escritura (todo esto considerando unas líneas generales y con límites más que discutibles… iba a decir que este tipo de narrativa remite en última instancia al propio autor, tan inevitable como el narrador, pero al final, a causa de esa indefinición de las propias fronteras, he preferido no mencionar, ya que en un análisis exhaustivo toda obra literaria nos lleva irremediablemente al su autor y sus circunstancias). Y aquella narrativa en la que prima lo que se cuenta sobre otras consideraciones extranarrativas (o metanarrativas o postmodernas o metaficcional o lo-que-sea)
Esta segunda categoría es la que provoca más controversias ya que lo que se cuenta (que radica en las fuentes de la realidad de cada autor, por tanto, contemporáneo), parece estar reñido con la forma en que se cuenta (siendo esta en muchas ocasiones deudora de la tradición clásica). Ahí tenemos a Murakami, Auster, Irving e, incluso (no se rasguen las vestiduras todavía) King.
Fin, de David Monteagudo pertenece al tipo de narrativa caracterizado por la hibridación de géneros y la preponderancia de lo que se cuenta sobre el estilo. Pero eso, a priori, no debería ser peyorativo. Fin es una excelente novela de misterio postapocalíptico, capaz de mantener la tensión argumental casi desde el principio. Y ese “casi” es la única pega que le pondría a la novela, porque, como ocurre en ocasiones, el planteamiento de Monteagudo sobre sus personajes le lleva a cierto condicionamiento que lastra de alguna manera la narración, por lo menos así me lo parece, en particular en los primeros capítulos de la novela.
Los personajes de Fin son banales. Y no me refiero a que estén mal descritos o que sean transcripciones de estereotipos. Son tan banales como lo puedo ser yo o cualquiera de nosotros. Monteagudo explota crudamente a sus personajes prosaicos, que hablan sobre todoterrenos, discuten con argumentos trillados sobre inmigración y arrastran sus fracasos sentimentales y familiares. Son personajes con los que cualquiera de nosotros es capaz de identificarse o reconocer en ellos a sus familiares, compañeros de trabajo o vecinos. Son tan banales y prosaicos como lo podemos ser nosotros en nuestra vida diaria. Esta característica de los personajes, que mediada la narración se muestra como una lección ejemplar, a mi entender lastra el inicio de la narración, demorando innecesariamente el detonante (literal) de la acción. La presentación de los personajes se convierte, por la trivialidad de estos, en algo que difiere el inicio, confundiendo al lector hasta que descubre la ruptura estilística que Monteagudo propone: La transformación de una novela realista en una historia de misterio y supervivencia.
Tal vez este efecto se prolongue demasiado. Es una opinión personal.
Una vez las cosas en su sitio, la narración fluye salvajemente absorbiendo la atención del lector hasta el final (en cuanto que ya no hay nada más escrito) La banalidad deja paso a lo extraordinario sin que los personajes abandonen su prosaicismo. Lo recurrente del género es que, enfrentados a circunstancias extremas, los personajes devengan héroes. Pero nada de eso hay en Fin, no hay nada recurrente, nada concluyente en la novela de Monteagudo. La realidad, por mucho que nos sobrepase, nunca dejará que nos convirtamos en seres extraordinarios. Siempre seremos esos banales personajes capaces de fascinarse por la potencia de un motor de combustión.
¿Qué haremos cuando todos los símbolos de estatus social se desmoronene y devengan inservibles? Desaparecer. Qué si no.
Tengo mucho en común con David Monteagudo. Mucho más de lo que él podría imaginar en el hipotético caso que leyese esta no-reseña. (Si lo haces y te interesa algo de lo que he dicho, puedes escribir a la e-dirección que aparece en la columna de la derecha). Por todas esas cosas en común, por todo eso que arrastramos y absorbemos a lo largo de los años, me siento entusiasmado con Fin, recomiendo Fin.

Ah, sí… se me olvidaba. Esta entrada empezó categorizando la narrativa, como si hubiese dos tipos distintos que se opusieran, la que provoca placer intelectual y la que lo hace de forma emocional. Creo que no hace falta que diga que esta teoría no tiene ninguna validez. Como lectores sólo podemos contemplar una categoría posible, la de los libros que nos gustan, que nos conmueven, que nos perturban, por la causa que sea.
Fin, de David Monteagudo, me gustó, disfruté, me absorbió, la devoré en dos días.
Lo demás son teorías.
Etiquetas: David Monteagudo, Fin, narrativa española, teoría











































Historia abreviada de la literatura portátil










