16/4/19

La moral del comedor de pipas, de Pedro de Silva

Una distopía es una especie de relato fantástico en el que a través de la exageración se muestran los defectos sociales de nuestra época. No hablan tanto del futuro sino de lo que somos en el presente. De igual manera el género fantástico puede describir lo que realmente somos a través de conceptos alejados de la realidad. Todo funciona como metáfora.
La metáfora en esta novela de Pedro de Silva es la de una persona comiendo pipas en un banco, saboreando cada semilla y esparciendo las cáscaras a su alrededor. Lo que queda del comedor de pipas es, finalmente, su ausencia, ese vacío cercado por los restos en el lugar donde han estado sus piernas.
Lo que describe realmente es la lucha ancestral entre la individualidad y la sociedad. Y en el caso de esta novela es una lucha material, truculenta y salvaje, que rezuma vísceras y soledad, violencia e indefensión, sangre y sexo.

Lo que me viene a la cabeza, quizás por osmosis en la coincidencia temporal, es que la historia de De Silva sería un interesante punto de partida para un guión cinematográfico. Pero evitando, sin eludirla ni esconderla, que la violencia constituya el eje vertebral. Que aparezca como actos puntuales. Tan necesario como la sordidez de los actos que acontecen en la novela es la amoralidad ingenua del narrador, por lo que la película que imagino tendría un aire como las de Tarr o Lanthimos, que no en vano se han asociado con excelentes narradores como Kraznahorkai o Efthimis Filippou. Lo que quiero decir es que la película en la que pienso no sería Ash contra el ejercito maligno, una sangría de cuerpos desmembrados, sino una especie de espacio distópico en el que primaría la soledad del individuo y la forma de afrontar una batalla perdida de antemano. Es decir de qué manera puede el individuo vencer a la sociedad que nos arrastra y nos iguala y nos distorsiona y nos convierte en un rostro indistinguible entre la multitud de rostros.

Lo que tiene de bueno La moral del comedor de pipas es su narrador en primera persona. Posiblemente infidente aunque no por voluntad propia, posiblemente abocado a una tarea, la de narrar, que le sobrepasa, un narrador muy atado a lo mundano y básico, muy alejado de cualquier tipo de teoría, alguien en cierta manera “simple” a quien el mismo acto de escribir le supera. Receptor de ideas antes que pensador, hombre de acción antes que reflexivo. Constituye el hombre perfecto para esta narración que le supera y a la que sobrevive. El perfecto narrador para una historia que combina la descripción de las anormalidades-convencionalismos sociales con las herramientas de la narrativa de género.

29/3/19

8.38, de Luis Rodríguez

Escribes en un muro un montón de nombres, tantos como te apetezca, y tachas uno. Cualquiera que los mire es probable que lea algunos, pero puedes estar seguro de que intentará leer el que has tachado. Algo así quiero hacer con mi novela”.

Esta es una novela tachada, solo que no hay forma de leer la parte tachada.
Esta también es una novela sobre muertos. Luis Rodríguez está muerto. Al parecer lo enterraron pero nadie se quedó a ver si salía de su tumba.
No como en el entierro de Houdini, del que nadie quería irse esperando la fuga del escapista.
Luis Rodríguez es mejor escapista que Houdini.

No se puede decir de que trata 8.38. Puede ser porque no cuenta ninguna historia. O porque cuenta infinidad de historias, un montón de nombres, tantos como te apetezca. Y luego está la parte tachada, la novela que confiesa querer escribir Rodríguez, y que está simplemente esbozada o levemente explicada.
Pero si nos quedamos con esa parte tachada no lograremos descubrir la verdadera novela que esconde 8.38, que no es otra que la propia 8.38.

¿Mi problema con la novela? Que estoy un poco cansado de los juegos metanarrativos, de la inmersión del autor en su propia novela y de la constante autoreferencia.

No voy a negar que tiene pasajes de gran calidad narrativa y que va insertando historias muy interesantes en todos los sentidos. Pero me parece que toda la parte metanarrativa (sea lo que sea eso, pero creo que ya entendemos de que habla) y que de alguna manera sirve para darle “cuerpo” a la novela, una especie de continuidad que enlaza los fragmentos, es superflua.
Quiero decir, ¿por qué esa parte, la de Rodríguez y sus novelas, no es la que está tachada? De alguna manera podemos sobreentender esa parte en todo texto y, creo, hubiese sido mejor que las historias se enlazasen por sí solas... o dicho de otra forma, ¿por qué se necesitan nexos que enlacen un batiburrillo de historias por sí mismas interesantes? ¿por qué cuesta tanto aceptar una novela que no tenga concesiones con el lector? Y creo que 8.38 las tiene. Aunque no tantas como una novela convencional.
Y puedo asegurar que 8.38 no es convencional.

El pollo bailarín




No es la primera vez que este pollo aparece por aquí.


Lo utilicé en la narración sobre She's lost control, de Joy Division en la serie de 50 grandes éxitos publicados en la Revista Rosita.

Traigo el texto:

1978, She’s lost control, Joy Division

Quería contarte una cosa pero lo he olvidado completamente. Trataba sobre el futuro, sobre la ausencia de futuro. Y de cómo solo aquellos con una lucidez tormentosa son capaces de comprender que no vale la pena seguir adelante. El amor los desgarrará, pueden tener el espíritu necesario pero han perdido el sentimiento, se avergüenzan de ser cómo son, aislados, sintiendo que son extraños, que todos lo somos, y que eso genera violencia, almas muertas que no pueden recordar y a las que no les importa nada.

Escuchó la voz que le decía cuándo y dónde actuar, pero perdió el control.

Live fast, die young, leave a good-looking corpse, dijo la voz de John Derek, llamad a cualquier puerta del vecindario, dijo Humphrey Bogart, pero también dijo que si Derek era inocente, esa era la primera vez. Vive rápido, muere joven: No hay futuro. No hay inocencia.

Caminó por el filo del abismo. No había vuelta atrás. Joy Division se formó tras un concierto de los Sex Pistols, porque estos habían desvelado la gran estafa del rock’n’roll. La música no importa. El rock es cuestión de actitud. Y Curtis tenía a Kafka, a Burroughs, un montón de camisas oscuras y su epilepsia. Tenía actitud, amiguito. Y graves problemas. El principal de ellos es que si no hay futuro solo te queda el presente. Y el presente es un pollo que baila cuando introduces una moneda en la máquina. El presente es una chica que se desploma delante tuyo sufriendo un ataque epiléptico. El presente es la ausencia de alguien que te recuerde que no es para cualquiera. NO PARA CUALQUIERA. Y piensas que no eres cualquiera, pero bailas como un pollo descabezado por una moneda y descubres que la chica murió poco después y esa, esa, no otra, es la inequívoca señal que anuncia la ausencia de futuro. Ella perdió el control y piensa cuándo lo perderá él. En el escenario, bajo los focos ardientes y cegadores, entre la insistencia rítmica. Perdió el control de nuevo.

Reveló los secretos de su pasado antes de volver a perder el control, porque si no hay futuro y el presente es insatisfactorio el pasado no tiene importancia. Aferrándose a los transeúntes que, sorprendidos, ven la confusión en sus ojos. No se preocupe, sólo ha vuelto a perder el control. Si es que alguna vez lo tuvo. Quizás sí, quizás no. Lo que tenían eran limitaciones. Entonces actitud. Lúgubre, siniestro, oscuro, repetitivamente obsesivo, críptico, simple en su complejidad. Una actitud que conduce al abismo y de la que no hay regreso. Una actitud que divide, escinde, hiende y rompe. Una actitud que precisa medicación y a Ballard y Burroughs y Kafka. ¿Lo último que leyó?

Quería contarte algo que no era para nada lo que estoy contando. Pero una cosa lleva a otra y otra a otra y esa otra a otra distinta y al final parece que no hay relación pero todo esta encadenado aunque no sea capaz de explicártelo. Y era que no hay futuro, y de ahí a la aceptación de que no hay futuro para llegar después a la falacia de que no hay futuro, pero esa será otra historia, la siguiente. Pero en esa ilación hay personas que desaparecen. Y no son hermosos cadáveres, sino ausencias del fulgor que nos deslumbró.

Al final no queda más que un estribillo. El amor nos destrozará.

Se expresó de muchas maneras distintas y bebió café y whisky y caminó por filo del abismo y lo último que vio antes de perder el control fue un pollo bailando. Se vio a si mismo en un futuro imposible.

1978: She's Lost Control, de Joy Division, por J. Avilés en Revista Rosita


Dicen que la última película que vio Curtis, el mismo día, antes de morir, fue Stroszek de Werner Herzog. Y la última escena de la película contiene el fragmento del pollo bailarín.
Lo que ocurre es que hace poco he leído que para que esa atracción funcione, para que el pollo baile, la plataforma sobre la que se coloca el pollo está electrificada, lo que hace que el animal levante las patas intentando inútilmente librarse de las descargas eléctricas.
Cruel.
Lo que ocurre es que no logro recordar dónde he leído eso.
(Quizás fuese en American Gods, pero como me parece una banalidad de novela no la incluyo en mi búsqueda)
Repaso El arte del puzle sin resultados. Como tuve que consultarla para la reseña de la novela de Pérez Álvarez busco también en La vida instrucciones de uso de Perec. Nada. En 8:38 de Luis Rodríguez tampoco.

Quiero entonces que la revelación del mecanismo de la atracción de feria me haya sido dada por Saul Bellow en El legado de Humbold. Pero no aparece ningún pollo ni gallina en la novela. Pero quiero que sea Bellow. No en vano tiene una novela que se llama Herzog y Werner Herzog es el director de la película en la que aparece el pollo. La última película que vio Ian Curtis.

A fin de cuentas todos bailamos sobre una plataforma electrificada, sin poder de decisión.
Hasta que decidimos que ya tenemos bastante.



24/3/19

El arte del puzle, de José María Pérez Álvarez

Para qué demonios (…) sirve un puzle si no se desmonta y se monta y se desmonta y se monta y. Porque es preferible un puzle que uno no sabe armar a otro que nadie intenta reconstruir y”.
Gaspard Winckler, Le Magazine Littéraire, 1967.

Gaspard Winckler es un personaje de una novela de Perec, La vida instrucciones de uso, resucitado por José María Pérez Álvarez para su novela El arte del puzle. Aunque el hecho de que el personaje muriese en la novela de Perec junto a que algunos detalles de la vida de Winckler no sea coincidente en la novela de Pérez, hace que dudemos de si se trata del mismo personaje. Aunque ambos tienen en común que son constructores de puzles.
Pero, sea como sea, el personaje que salta de una novela a otra no es más que una pieza más en el puzle que propone Pérez.


Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad, contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto considerado —ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera— no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen: esto significa que podemos estar mirando una pieza de un puzzle tres días seguidos y creer que lo sabemos todo sobre su configuración y su color, sin haber progresado lo más mínimo: sólo cuenta la posibilidad de relacionar esta pieza con otras (…) considerada aisladamente una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta imposible, reto opaco (...)”
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Pongamos que el Winckler que se relaciona con otra de las piezas-personajes, Ana Álvarez, puede ser el personaje de Perec. Pero el Winckler de la novela de Pérez no puede ser el personaje de la novela de Perec:

Hace veinte años, en mil novecientos cincuenta y cinco, acabó Winckler, tal como estaba previsto, el último puzzle que le había encargado Bartlebooth. Todo hace suponer que el contrato que había firmado con el multimillonario incluía una cláusula explícita que estipulaba que nunca más volvería a fabricar ningún puzzle, aunque, de todos modos, se puede pensar que no le habían quedado ganas de hacerlos”.
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Yo ya me entiendo.

Puzles y Perec son los elementos emocionales-narrativos que emplea Pérez. Pero como puede comprenderse por todas las citas acumuladas hasta ahora, que no hacen más que dilatar lo que quisiera decir, las propuestas oulipianas inherentes a la estructura de El arte del puzle hacen que esta novela sea aparentemente sencilla (piezas de puzle) y tremendamente compleja (panorama completo tras la construcción)
(O quizás sea al revés, compleja-piezas, sencilla-cuadro)

Lo que nos propone José María Pérez Álvarez es desmontar una historia compleja en una sucesión de escenas en principio aparentemente inconexas, distribuidas temporalmente de forma aleatoria, de forma que esas escenas pueden subdividirse a su vez en pequeños grupos de escenas en los que predomina un tipo u otro de narrador o de modo de narración, para que una vez acabada la novela cada lector pueda tener una panorámica general de la historia.

No voy a explicar qué cuenta El arte del puzle. Pero puedo asegurar que la inmersión histórica y sicológica en unos años oscuros de la historia de España, los últimos años del franquismo (y también posteriores) con toda la parafernalia casposa y mortecinamente triste con que se adornaba el régimen (y que en cierta manera constituía la “cultura” de la época) es demoledora y sitúa perfectamente a los personajes y sus condicionamientos sociales.
No voy a decir nada más para recomendar esta novela porque ya sabéis, si habéis leído otras entradas del blog referidas a novelas del autor, que lo que siento por José María Pérez Álvarez es una sincera admiración.

Y llegamos a lo que quería decir.
¿Cómo es posible que en este país se premien mediocridades, se publiciten novelas insignificantes, se alaben encargos editoriales afrontados con una apatía que resulta insultante para el lector, se tengan en podios de excelsitud a autores que no han escrito nada relevante en los últimos treinta años, se de cancha a todos aquellos que han aceptado que lo “normal” es lo que el público lector quiere y necesita, se permita que las editoriales consideren que lo insulso y convencional es lo que debe ser publicado...?

Pues, la verdad, no entiendo cómo todo esto, y algunas cosas más, no solo sea posible sino que vertebre lo que se considera “cultura”.

En una realidad en la que todas estas aberraciones son posibles ocurre que José María Pérez Álvarez, un gran escritor, es relegado a ser prácticamente un desconocido.
Un desconocido que escribe unas novelas que merecerían todos los premios y alabanzas posibles.



Los fragmentos de La vie mode d’emploi de Georges Perec de la traducción de Josep Escué para Ed. Anagrama.

5/3/19

Moonglow (Novela), de Michael Chabon

Estamos ante uno de esos casos de obra de no-ficción presentada en forma de novela. Chabon nos quiere narrar la vida de su abuelo (no-ficción) presentándola a través de una estructura no lineal en la que el narrador, presuntamente el propio Chabon, es de alguna manera el foco ya que nos cuenta lo que él sabe o va descubriendo sobre su abuelo, que no lo es biológicamente, pero eso es otra historia, mientras éste le cuenta detalles de su vida en el lecho en el que agoniza.
¿Por qué no es una novela, quiero decir que es una obra que trata hechos ocurridos realmente, y sin embargo debe poner en el título la apostilla-advertencia de que es “una novela”?
La respuesta es paradójica. Porque la “novela” sobre su abuelo la escribió hace muchos años Thomas Pynchon en El arco iris de gravedad. Tanto es así que la novela de Pynchon aparece en la de Chabon cuando éste quiere realizar una consulta sobre Peenemünde y Nordhausen, los centros nazis de desarrollo y producción de los cohetes V-2, y recurre a ella antes que a cualquier enciclopedia.





Entiendo en cierta manera la desesperación de Chabon. Los pasajes más novelescos de la vida de su abuelo han sido narrados con anterioridad por el referente narrativo de su generación y en la obra más famosa de éste. Así que los capítulos en los que narra la búsqueda de Von Braun por parte de su abuelo por los campos de guerra europeos de la Segunda Guerra Mundial pueden quedar empañados por la obra de Pynchon, así que decide pasar de puntillas por ellos y presentarnos un par de escenas, que por otra parte acaban siendo de los más interesantes de Moonglow.
Hay otros instantes destacables en la novela, pero da la sensación de que Chabon es consciente de haberse topado con un escollo infranqueable. Como si cierta parte de la vida de su abuelo le haya sido arrebatada y que cualquier cosa que escriba sobre ella, incluida la obsesión tras la guerra por la figura del transfuga Von Braun, estará, o parecerá estarlo, bajo la influencia de Pynchon.
Así que normaliza su narración.
Y en cierta manera se pierde en ella.

 

Porque es precisamente la obsesión de su abuelo por todo lo que se refiera a los cohetes (y al impostor Von Braun) lo que no solo determina su vida, sino también la existencia del propio Chabon. Y esa parte se queda en un esbozo como si no fuese lo que verdaderamente quisiera contar Chabon, como si lo que verdaderamente quisiera contar le hubiese sido arrebatado en una novela escrita por otra persona cuando él era un adolescente.
La sombra de Pynchon se abate sobre Moonglow y la eclipsa.
Pero porque Chabon quiere que así sea.

No es una mala novela. Quizás en algún momento sea algo complaciente y poco crítica, pero tiene momentos de gran intensidad narrativa. El resultado es irregular. Y tengo la sensación de que no es la novela que hubiese querido escribir Chabon. Es más, Chabon no quería escribir “una novela”, sino la vida de su abuelo.

Si la sombra de Von Braun persiguió a su abuelo, parece que la de Pynchon hace lo propio con Chabon. Tal vez porque no puedes ni quieres liberarte de la influencia de aquellas personas a las que, en el fondo, admiras.

25/2/19

Cuánto azul, de Percival Everett

La confesión es el método para librarse del peso de los secretos. El relato en primera persona es la forma habitual en narrativa para contar los secretos que oprimen al narrador. Pero en nuestro caso el protagonista-narrador es un pintor. La forma de expresar los sentimientos, entonces, adquieren un sentido nuevo que no es posible plasmar por escrito.
A no ser que seas un prodigioso escritor como es el caso de Everett.
Esta novela combina esos dos aspectos casi contradictorios del narrador, la del escritor, ya que escribe su “confesión” y la del pintor, que queda patente a través de las descripciones en las que la concreción de los colores es abrumadora y las digresiones en torno al arte pictórico.
Luego está la estructura de la novela.
Se alternan tres épocas temporales distintas. En cada una de ellas el narrador explica unos sucesos en los que el secreto, la mentira, la traición tienen un papel importante. El lector está un poco perdido hasta prácticamente el final de la novela en la que queda patente la tesis del autor. Agobiado por el peso de sus propios secretos no puede concebir que algunos secretos se pronuncian para ser revelados y eso pone en peligro, más que sus propias mentiras, sus propios secretos inconfesables, la integridad de su vida familiar.

Todos somos lo que somos gracias a nuestras traiciones o a pesar de ellas.
Y siempre nos queda la duda de si nuestro narrador no nos oculta también algo a los lectores.
Porque Cuánto azul es una confesión verdadera, ¿no, Everett?

Cuánto azul en editorial DeConatus con traducción de Javier Calvo.

28/1/19

La entreplanta, de Nicholson Baker

Un oficinista sale de su despacho en la entreplanta, a la que solo se tiene acceso por las escaleras mecánicas, de un edificio, a la hora del descanso y compra una galleta, un pequeño brick de leche y cordones para los zapatos. Luego, se sienta en un banco al sol a leer las Meditaciones de Marco Aurelio y vuelve a la oficina.
Y ya está.
Narrado en primera persona desde el futuro, es decir con el recurso “aquella mañana salí...”, la novela es un compendio del pensamiento humano, pero no en un aspecto transcendental sino más bien en el cotidiano. Baker eleva la trivialidad a obra de arte en un continuo juego de digresiones mentales ampliadas en prolijas notas al pie de página, (no hace falta decir que D. F. Wallace tenía muy presente la novela de Baker a la hora de dar forma a La broma infinita), con un lenguaje muy elaborado y una estructura que desmiente el azaroso devenir de los procesos mentales.
Es, sencillamente, una pequeña maravilla de la narrativa contemporánea estadounidense.

Aquí, como ejemplo, la justificación a las notas a pie de página en una nota al pie de página, por supuesto:


A Boswell, al igual que a Lecky (para retomar el asunto de esta nota al pie), y a Gibbon antes que él, le encantaban las notas al pie. Ellos sabían que la cara externa de la verdad no es lisa, ni brota ni va reuniéndose de párrafo en párrafo bien formados, sino que trae incrustada una rugosa corteza protectora de citas, de comillas, de cursivas e idiomas extranjeros, todo un variorum en forma de costra repleta de "íbid." y de "cfr." y de "véase" que conforman la armadura del puro fluir de un argumento mientras este viva por un instante en la mente de uno. Eran conocedores del placer anticipatorio de percibir con visión periférica, conforme pasaban la página, el cieno gris de un ejemplo y de una salvedad adicionales esperándoles en letra diminuta al pie. (Eran conscientes, de un modo más general, de la utilidad de la letra diminuta para realzar el regocijo de leer obras de oscura erudición: la densidad tipográfica te fuerza a encorvarte igual que Robert Hooke o que Henry Gray sobre los tejemanejes y los intríngulis de la verdad). Les gustaba decidir conforme leían si se molestarían o no en consultar cierta nota al pie, y si la leerían en contexto, o la leerían antes que el texto del cual colgaban, como aperitivo. Los músculos del ojo, ellos lo sabían, buscan itinerarios verticales; el recto lateral y el medial se aturden al oscilar de acá para allá con las zetas que nos enseñan en el colegio: la nota al pie funciona como un conmutador, proporcionando esa satisfacción del coleccionista de trenes en miniatura de capturar la marcha del pensamiento con un "I" volado y de reconducirlo, a veces largo y tendido, por apeaderos abandonados, por túneles sumergidos y llenos de goteras. La digresión –un movimiento que se aleja del gradus, o la intensificación, del argumento– es a veces el único modo de ser exhaustivo, y las notas al pie son la única forma de digresión gráfica sancionada por generaciones de tipógrafos. Y no obstante la Hoja de estilo de la Modern Languaje Association que tenía en la facultad desaconsejaba las notas al pie “tipo ensayo”. ¿Estaban majaras?¿Adonde va a ir a para la erudición? (En ediciones posteriores han eliminado esta mácula)
[…]
Pero las grandes, eruditas o anecdóticas, notas al pie de Lecky, Gibbon o Boswell, escritas por el propio autor del libro para complementar, e incluso corregir, a lo largo de varias ediciones posteriores, eso que dicen en el texto primario, reafirman que el afán de verdad no posee límites exteriores claros: no termina con el libro; la reformulación el desacuerdo con uno mismo, el envolvente océano de las autoridades referenciadas, todo ello continúa. Las notas al pie son esas superficies de mejor adherencia que permiten que los párrafos tentaculares se aferren a la realidad más amplia de la biblioteca.


El fragmento de la traducción de Ce Santiago para La Navaja Suiza Editores.

25/1/19

Sartor Resartus, de Thomas Carlyle

Sartor Resartus, el sastre sastreado o el sastre remendado. Todo, desde el título, en esta novela debe ser explicado. Por ejemplo, sobre qué trata. Digamos, por ser fiel a la primera lectura del texto, que se trata de una especie de hagiografía por parte de un editor de la vida y obra del Profesor de Ciencia de las Cosas en General, Diogenes Teufelsdröckh (Hijodedios Estiercoldeldiablo) de la Universidad de Weissnichtwo (Nosesabedónde) en Alemania, autor de una enciclopédica Filosofía del Vestido.
Será a través de fragmentos de esa obra, titulada El vestido, su origen e influencia, y de textos encontrados dentro de seis bolsas de papel, con títulos referentes a constelaciones del zodiaco, remitidas al editor por el mejor amigo de Teufelsdröckh, Herr Hofrath Heuschrecke (Señor Consejero Saltamontes) como conoceremos la vida (o lo que el propio Teufelsdröckh ha escrito sobre ella) y parte de su obra.

En estas condiciones no es difícil deducir que nos encontramos ante una sátira.

Pero también ante una obra exuberante y desproporcionada cuya importancia en la literatura del siglo XX no ha estado lo suficientemente reconocida.
En primer lugar, creo, porque la misma esencia de la sátira, que no se refiere únicamente al tema tratado, sino que es un compendio crítico del siglo XIX y sus usos sociales y literarios, le confina al territorio de lo “poco serio” por los “gestores del canon”. Además en la época de su publicación no fue entendido ni por editores, ni libreros, ni críticos, como se recoge en el apéndice al final del texto. Solo Ralph Waldo Emerson parece que captó la grandeza del texto y sus implicaciones narrativas.
En segundo lugar la crítica que desarrolla Carlyle no se limita únicamente al absurdo de intentar explicar el mundo a través de la evolución del vestido. Es en los textos rescatados de Teufelsdröckh donde el autor demuestra sus verdaderas intenciones. En realidad ante lo que nos encontramos es ante una parodia de la narrativa romántica. No en vano se inicia con una cita de Goethe.
El espíritu de Goethe, de Sterne, de Milton sobrevuela toda la novela. Pero también es una crítica a toda la tradición narrativa de su época. Lo que hace Carlyle, a través de Teufelsdröckh, es mostrar los defectos de esas novelas grandilocuentes a través de una elaborada pedantería farragosa, en las que, por ejemplo, las emociones sentimentales son descritas a través de los paisajes en los que se producen, descripciones delirantes y excesivas que nada dicen en el fondo sobre la condición humana.
Y aunque Teufelsdröckh emplea el recurso de los paisajes hablando de los acontecimientos de su vida dice después:

Poco antes de que se erradicase la viruela—dice el profesor— apareció en Europa una nueva enfermedad de carácter espiritual: me refiero a la epidemia, hoy endémica de los coleccionistas de paisajes. Los Poetas de la antigüedad, poseedores como eran de unos Sentidos privilegiados, también habían disfrutado de la Naturaleza exterior, pero siempre tal como nosotros disfrutamos de la copa de cristal que contiene un buen o mal licor, es decir, en silencio o con un breve comentario incidental, nunca, que yo sepa, hasta después de Los sufrimientos de Werther, hubo nadie que dijera “¡Vamos, hagamos una descripción! ¡Consumido el licor, comámonos la copa!”


Y es en ese sentido donde la novela muestra su aspecto más complicado que la ha relegado a un segundo plano en la historia de la Literatura. Porque los discursos desaforados, desmedidos y casi mesiánicos tanto del Editor como del Profesor (ahí lamento yo que no exista mayor diferenciación entre el estilo de ambos) hacen que la lectura sea en ocasiones muy complicada. Y esto es algo deliberado. No tan solo los discursos son grandilocuentes, sino que ellos mismos, bañados en cierto non-sense, se contradicen a sí mismos en un pantagruelico festín narrativo.

O, por hablar sin metáforas—un modo de expresión que por desgracia nos ha contagiado en parte Teufelsdröckh —¿puede ocultársele al editor que muchos lectores británicos se sientan al leer la Obra más ofuscados y afligidos que ilustrados por ella? Sí, hace tiempo que muchos lectores británicos se preguntan con una especie de gruñido: “¿Adonde conduce todo esto o de qué sirve?”


La Obra se muestra en todo su esplendor y se contradice a sí misma. Se presenta como una gran Obra filosófica, digna del gran Profesor de la Ciencia de las Cosas en General, pero al mismo tiempo se contradice a sí misma, criticando todo aquello que dice. Porque la intención es mostrar a través de los discursos del Editor y el Profesor la inanidad de los mismos. La misma vida de Teufelsdröckh, rescatada a través de textos autobiográficos de dudosa veracidad, resulta tan risible, o más bien “normal”, cuanto más trascendente o trágica intentan mostrárnosla ambos narradores.
Es, como se dice en la novela, una Biografía poético-filosófica que ha de leerse de manera poético-filosófica.

Por eso, como dice el pasaje al que continúa el texto citado anterior, si el lector vislumbra en la Obra, aunque sea por un solo momento la Tierra de los Sueños y la Región de lo Maravilloso (“hasta tus mantas y calzones son Milagros”), deberá sentir gratitud por el Profesor.

Y así dejamos cumplida cuenta de nuestra deuda con el autor:
Muchas gracias, Thomas Carlyle.

23/1/19

La muerte del comendador, de Haruki Murakami

El Libro 1 está a 535 kilómetros de aquí.
En estos momentos el Libro 2 está dentro de una caja precintada.

Pero no me hace falta tener los volúmenes a mano para hablar de esta novela de Murakami incomprensiblemente dividida en dos partes.
[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

Y no me hace falta porque La muerte del comendador son los Greatest Hits de Murakami.
Todos aquellos que hemos seguido durante años la obra de Murakami vamos a reconocer todos sus clichés y todas las situaciones recurrentes.
Me atrevería a decir que no hay en La muerte del comendador ni una sola frase original, es decir, ninguna frase que el propio Murakami no hubiese escrito antes.
Se cambia el nombre del protagonista, cambiamos viudo o soltero por divorciado, cambiamos la actividad profesional por la de pintor, le rodeamos de los típicos personajes de sus otras novelas, lo aislamos en un pozo y ya tenemos una nueva novela, que dividimos en dos partes y [Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd].

¿Es una mala novela? No. Sí. Es una novela de Murakami.
¿Es una novela original? No. Es una novela de Murakami. Sí, en el sentido de que, como objeto reconstruido a partir de otros textos, tiene su gracia, como una criatura de Frankestein que nos guiñase el ojo.
Pero, ¿es intención de Murakami la construcción de una novela que recopile lo más interesante de sus anteriores novelas o tiene que ver por como empieza esa canción de Pink Floyd?
Y yo cómo voy a saber cuales eran las intenciones de Murakami.

Lo que demuestra esta novela es que Murakami es, ni más ni menos, con algunas virtudes más y con los mismos defectos, el Stephen King japonés.

Y yo disfruto con algunas novelas de King y con algunas de Murakami.

Por La muerte del comendador me he deslizado como si conociese el camino, sin sorpresas. Ha sido como visitar a un viejo amigo... a uno muy viejo, de esos que repiten monocordamente el mismo discurso a cada visita.

Propongo desde aquí el Nobel ex-aequo a King y Murakami por su contribución a desvelar los misterios del alma humana entreteniendo.

[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

23/12/18

Las variaciones Bradshaw, de Rachel Cusk

Mis problemas con cierto tipo de narrativa (Parte 1)

De la contraportada: “Como siempre, Cusk indaga en las relaciones sentimentales y familiares con una lucidez hiriente. Aquí, el protagonista es un matrimonio que ha decidido trastocar las posiciones tradicionales: Thomas Bradshaw deja su trabajo para cuidar de su hija Alexa y se dedica a tocar el piano, una práctica que parece llenar el súbito vacío de su mediana edad. Su elección irrita tanto a sus padres como a sus suegros. En cambio, su intensa mujer, Tonie, ha aceptado un absorbente trabajo en la Universidad, apartándose así de la vida doméstica y reecontrando aspectos y modos de vida que creía perdidos. A lo largo de un año lleno de crisis y revelaciones...” etc o blablabla.

Aún así, a pesar de la advertencia, tomo en préstamo el libro en la biblioteca. Porque alguien ha dicho que Cusk es una de las grandes narradoras contemporáneas.

La novela resulta ser una nadería.

Si acaso la salva en ocasiones su tímida estructura en la que destaca algún capítulo que podría considerarse casi un relato.

Pero ni por esas.

A ver, es muy posible que yo pueda tener cierto tipo de prejuicios. Prejuicios que me impiden leer cierto tipo de novelas centrados en la “pareja” o en las “relaciones familiares” en las que los protagonistas suelen ser profesores universitarios o artistas o empresarios independientes o tener profesiones que les permitan tener años sabáticos o mierdas en vinagre por el estilo.
Prejuicios motivados por la envidia... quizás. Pero la gran mayoría de esas novelas me interesan bien poco. En primer lugar porque me excluyen. Y lo hacen porque no soy capaz de entender ni de ver dónde están los “problemas” de esas personas-personajes. Es más, me da la impresión que los propios autores pertenecen a ese mismo tipo de personas-personajes y que, es comprensible, estén muy preocupados por el devenir de sus vidas, la insatisfacción, la inseguridad de sus privilegiados trabajos y de su papel en la vida como padres y parejas.
Para mí todo eso es mucho más lejano e increíble que lo que proponga la más absurda novela de ciencia-ficción.
Es más, me importa una mierda la problemática sentimental y existencial de ese tipo de personas-personajes.

Me parece que no es redundante volver a señalar lo elitista que es el mundo literario. Leed la biografía de cualquier autor y veréis como se destacan sus estudios académicos y sus trabajos, ambos relacionados de alguna manera con la literatura. Eso sí, cada vez que irrumpe de alguna manera alguien ajeno a ese mundo se señala de forma ostentosa su procedencia laboral. Su intrusismo, en suma.

Lo que quiere el mundillo literario es historias de personas-personajes que sean como ellos. Lo que quieren es una narrativa acorde con su mundo, en el que aparezca de forma tangencial y anecdótica la verdadera esclavitud laboral. Lo que quieren, en definitiva, son narraciones que no desmonten su visión clasista y elitista de su mundo de casas de dos pisos en calles que se extienden hasta perderse de vista. Lo que quieren es que el orden y la pulcritud sea la enseña que los defina y distinga como “grupo social” y que ese mismo orden y pulcritud se demuestre en las novelas que escriben y publican.

El representante autoerigido de ese grupo es Jonathan Franzen así que todas las críticas recaen sobre él, no porque lo que escriba no sea acorde con las premisas que sus colegas escritores y sus empleadores editores exijan, crean y desarrollen. Simplemente, ese mismo “grupo social”, el gremio de la intelectualidad, que se sostiene a sí mismo a través de complejas relaciones de apoyos y contra-apoyos, necesitan, debido a la endeblez de su sistema corporativo, un chivo expiatorio sobre el que recaigan las culpas a fin de poder seguir con su labor.
Ahora bien, me pregunto, cómo este sistema endogámico puede interesar a lectores ajenos a él. ¿Interesa?

Es todo una estafa.

Creo que la verdadera literatura de nuestro tiempo se está haciendo en otro sitio y no se está publicando.

12/12/18

La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf

Desde hace años, a pesar de que nace como idea en un relato de ciencia-ficción, se baraja la idea de Terraformación de otros planetas para dotarlos de las condiciones necesarias para hacerlos habitables para los humanos. El proceso es extremadamente complejo ya que no solo se trata de dotar a esos “otros mundos” de atmósfera y agua, sino de crear un sistema ecológico que permita la conservación de esos elementos imprescindibles para “nuestra” vida.
Supongamos que eso es posible. Supongamos que se lleva a cabo con éxito pongamos en Marte y que parte de la humanidad, acuciada por la falta de espacio y de medios de subsistencia en la Tierra se traslada al nuevo planeta terraformado. ¿Y entonces qué? Sencillamente nos dedicaríamos a explotar y devastar el nuevo planeta creado.

Uno se pregunta si vale la pena salvar a la humanidad o si no será mejor para el Universo, que por otra parte seguramente nos ignora, que nos dejemos morir en el desierto estéril en que vamos a convertir nuestro mundo, nuestro insignificante “pálido punto azul”.

Alexander von Humboldt inventó la naturaleza.

Hasta su obra la Naturaleza era el medio en el que nos movíamos y subsistíamos. A partir de él, la naturaleza es la víctima de nuestra insaciable codicia.
Con la salvedad de que el ser humano forma parte de la naturaleza. Así que la destrucción continua del medio natural para satisfacer nuestras necesidades, las básicas, sí, pero también otras menos esenciales, significa en el fondo un lento, pausado, sistemático e inevitable proceso de suicidio planetario.

Humboldt nos dio una visión global de los procesos que rigen el equilibrio ecológico. Advirtió de la magnificencia de nuestro planeta, desde la inmensidad del cosmos a la inimaginable hasta entonces fecundidad de la vida microscópica, desde la compleja distribución de las especies en el mundo hasta los desastres medioambientales que provoca la explotación humana.
Humboldt inventó la naturaleza porque hasta entonces nadie había dado una visión global del equilibrio que rige el mundo natural y porque nadie hasta entonces había advertido de los desastres que se avecinaban.

Por consiguiente, Humboldt es una figura olvidada.

 Alexander von Humboldt in his library in his Oranienburger Strasse, Berlin apartment, by Eduard Hildebrandt

A pesar de la influencia que tuvo sobre ideas que marcarían el rumbo del pensamiento en el siglo XIX, por ejemplo la teoría de la evolución o la idea de la ecología, casi nadie recuerda a Humboldt.
Humboldt está prácticamente olvidado porque, reconozcámoslo, el Progreso, como representación del Mal, como fuerza destructora de la Naturaleza, está triunfando.
Y al Progreso, y a sus brazos ejecutores, las Empresas, cuyo poder e influencia se extienden más allá de los ámbitos de sus negocios, no les interesa que se recuerde la figura de alguien que hace ya más de doscientos años advertía que debemos detenernos.

(Eso sí, ahora esa mismas empresas depredadoras que no tienen inconveniente en saquearnos como consumidores al tiempo que explotan sin escrúpulos los recursos naturales, se nos presentan en vomitivos comerciales como defensores del medio ambiente... pero no digo con eso que nosotros, en nuestro papel pasivo de consumidores no seamos también responsables)

En fin, este libro de Andrea Wulf intenta acercarnos a la figura de Humboldt, a su genio y erudición y a la influencia de su obra en las generaciones posteriores. Renueva el aviso de Humboldt sobre los estragos que el ser humano causa en el propio entorno que debe garantizar su supervivencia. Demuestra en él un profundo amor y fascinación por la obra de Humboldt y su significado, por la maestría que desarrollo durante toda su obra combinando ciencia y poética, llegando a ser en su tiempo una figura de prestigio en los medios académicos al tiempo que sus textos gozaban del fervor popular.
Algo impensable hoy en día... si exceptuamos a Carl Sagan... quien ya empieza a ser olvidado también.




En fin, leed este libro tan interesante y luego prosigamos con la destrucción del planeta.

En pocos siglos la terraformación de Marte significará dejarlo tal y como está ahora. Estamos en un proceso cuesta abajo hacia la martificación de nuestro planeta.

Sigamos leyendo.

18/11/18

Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán

El tiempo parece haber prolongado todas las acciones, suspensas absurdamente en el ápice de un instante, estupefactas, cristalizadas, nítidas, inverosímiles como sucede bajo la influencia de la marihuana.
Tirano Banderas

Lo primero que llama la atención en la novela de Valle-Inclán es el lenguaje.
(Un ejemplar de la Biblioteca Municipal está TAN subrayado en las palabras que un lector impertinente no había entendido que hace el texto ilegible)

Ahora decidme si, a pesar de su dificultad, el siguiente fragmento no es una maravilla:

Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida, el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios. Don Celestino Galindo, orondo, redondo, pedante, tomó la palabra, y con aduladoras hipérboles saludó al glorioso pacificador de Zamalpoa:
La Colonia Española eleva sus homenajes al benemérito patricio, raro ejemplo de virtud y energía, que ha sabido restablecer el imperio del orden, imponiendo un castigo ejemplar a la demagogia revolucionaria. ¡La Colonia Española, siempre noble y generosa, tiene una oración y una lágrima para las víctimas de una ilusión funesta, de un virus perturbador! Pero la Colonia Española no puede menos de reconocer que en el inflexible cumplimiento de las leyes está la única salvaguardia del orden y el florecimiento de la República.
La fila de gachupines asintió con murmullos: Unos eran toscos, encendidos y fuertes: Otros tenían la expresión cavilosa y hepática de los tenderos viejos: Otros, enjoyados y panzudos, exudaban zurda pedancia. A todos ponía un acento de familia el embarazo de las manos con guantes.

Le bastan tres párrafos para describir toda la miseria moral que envuelve a los aduladores mezquinos que se mueven en torno al tirano, para mostrarnos la sumisión al poder, al tiempo que éste, absolutista y despótico, aparece como la caricatura de un despojo andante. No hay en toda la novela casi ningún personaje que se libre de este tratamiento tan despiadado por parte de su narrador. Y deben pulular por la novela más de cincuenta personajes.
Se trata pues de una novela coral en la que se describe la caída del tirano Santos Banderas, en Santa Fe de Tierra Firme.

Y exactamente como ocurriría al año siguiente con su novela La corte de los milagros, la estructura de la novela, que es un aspecto muy elaborado en la narrativa de Valle-Inclán, remite a un descenso-ascenso al infierno de la sociedad.

Dejaré que alguien mucho más competente que yo lo explique:




Como se aprecia en dicho esquema, la correspondencia entre los tres libros de la Primera y la Séptima Parte es exacta: los Libros Tercero y Primero de ambas están centrados en la figura del Tirano; el Libro Segundo de cada una nos habla del Cuerpo Diplomático. Entre la Segunda y la Sexta Parte la correspondencia no es tan evidente; destaca, sobre todo, la simetría de los respectivos Libros Tercero y Primero, que tienen por objeto al dictador: si en «La oreja del zorro» (Segunda Parte, Libro Tercero) Banderas preguntaba al Inspector de Policía sobre el arresto de Roque Cepeda, en «Lección de Loyola» (Sexta Parte, Libro Primero) acude a Santa Mónica para disculparse ante el político; otros también están relacionados, siquiera por contraste: si en «Cuarzos ibéricos» (Segunda Parte, Libro Primero) se planteaba el tema de la dictadura, la represión y el ideario de los revolucionarios, «La Nota» (Sexta Parte, Libro Tercero) recoge la tímida respuesta del Cuerpo Diplomático a la tiranía; de modo análogo, mientras en «El Circo Harris» (Segunda Parte, Libro Segundo) se expone el ideal humanista del doctor Sánchez Ocaña, en «Flaquezas humanas» (Sexta Parte, Libro Segundo) el Barón de Benicarlés hace gala de su cínica amoralidad. La Quinta Parte parece en su totalidad consecuencia de la Tercera y tiene sus mismos protagonistas, Nachito Veguillas y el estudiante: la farra de «La Recámara Verde» (Tercera Parte, Libro Primero) contrasta con las distracciones de los presos de Santa Mónica en «Carceleras» (Quinta Parte, Libro Tercero); el falso romanticismo de Nachito en «Luces de ánimas» (Tercera Parte, Libro Segundo) es enfrentado a las sólidas convicciones de Roque Cepeda en «El número tres» (Quinta Parte, Libro Segundo); finalmente, la huida de los dos personajes, Domiciano y Nachito, relatada en «Guiñol dramático» (Tercera Parte, Libro Tercero) se corresponde con el ingreso del segundo y del Estudiante en el «Boleto de sombra» (Quinta Parte, Libro Primero) de Santa Mónica. A partir de la constatación de esa simetría, la Cuarta Parte se instituye claramente como el eje de la novela; y, en el centro de aquélla, la muerte del hijo de Zacarías aparece como episodio fundamental. Como ha señalado Díaz Migoyo (1989), a partir de ese suceso, que el autor presenta como un sacrificio crístico —piénsese en el apellido, San José, de Zacarías y en el carácter milagroso del cadáver del chamaco—, se desencadenan las fuerzas contrarias al Tirano: el compromiso de Filomeno y Domiciano y la venganza de Zacarías; de ese modo, la segunda mitad de la novela se pliega sobre la primera para derribar la dictadura de Santos Banderas, justificando así la circularidad sugerida por la dislocación temporal del «Prólogo».

Introducción, notas y Apéndice a Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas por Juan Rodríguez.
Véase la página Tirano Banderas por Juan Rodríguez y siguientes.


Tenemos pues en las dos novelas un hecho crucial que se convierte en el centro de la narración: El transporte de un cadáver. Pero, en contraposición, si en La Corte de los milagros, la muerte de la madre es esperada y su entierro un trámite que se convierte en algo tragicómico, en Tirano Banderas la muerte del hijo de Zacarías San Juan es tremendamente trágica (y atroz y truculenta). La venganza de Zacarías le empuja a unirse a la revolución armada que derroca a Banderas.



Lo habilidoso de Valle-Inclán en su narración es que ha anticipado este hecho en el prólogo que, como se ve en el cuadro anterior, es cronológicamente posterior al grueso de la narración. Al igual que Zacarías se encuentra en las filas de Filomeno Cuevas, el prólogo nos desvela en ellas la presencia de De la Gándara.
El prólogo se presenta como una visión del futuro.
¿Cómo llega De la Gándara, que en principio parece estar en el círculo de confianza del tirano, a luchar contra él?
La tesis de Valle-Inclán, el retrato que quiere darnos de una dictadura, es que la vida y la muerte de los ciudadanos dependen de acontecimientos irrelevantes y del capricho malsano del tirano.
Así De la Gándara tira unos vasos de una vendedora que hace muchos años que conoce al dictador. El bufón del tirano coincide en un burdel con De la Gándara y con una vidente que adivina que van a apresarle. De la Gándara huye a través de la ventana de un estudiante de un edificio contiguo al burdel. El estudiante y el bufón serán encarcelados. De la Gándara pide ayuda a Zacarías y éste le lleva a una zona donde estará seguro para finalmente unirse a los insurgentes. Cuando Zacarías vuelve a su casa se encuentra el cadáver de su hijo devorado por los cerdos después de que los militares se hayan llevado a su mujer y arrojado al niño a la porqueriza. La venganza de Zacarías tiene a mi parecer de nuevo muchas concomitancias con la narrativa de Faulkner... pero eso es otra historia.

Lo importante de toda esta estructura es que el final está anticipado en el prólogo. El resto es un descenso desde el palacio del tirano hasta una pocilga y de ésta ascendemos de nuevo hasta el palacio para presenciar la muerte del dictador.
Y es, como en toda buena novela, el viaje narrativo el que importa.
Y el viaje que propone Tirano Banderas es magistral, exuberante, lírico, esperpéntico, realista y brutal.


...



Ahora viene la reflexión sobre lo que supone Valle-Inclán en la narrativa española contemporánea: NADA.
En la actualidad se presenta como novedad y signo de nuestra narrativa la inclusión de la fragmentación y la preponderancia de la estructura. Es decir que escribimos como si Valle-Inclán no lo hubiera hecho mucho antes. Alabamos, en ocasiones con desmesura, la influencia de novelistas como Joyce, Faulkner y (es premeditado) Dos Passos en la narrativa occidental (o global) contemporánea y desviamos nuestra atención haa los escritores anglosajones como paradigma vanguardista. Olvidamos, yo ya no sé si con desprecio o fruto de un catetismo innato, a los novelistas españoles. Lo curioso del caso es que esos grandes escritores que, no olvidados, más bien deliberadamente ignorados y ninguneados, describieron hace casi un siglo todos los vicios y defectos de una sociedad basada en el nepotismo en la que los arribistas copan puestos administrativos y de opinión. Una sociedad, la de principios del siglo XX, que no difiere en nada de la de nuestros tiempos. En estas condiciones no es de extrañar que nuestra sociedad denigre hasta el olvido a aquellas personas que destacan por méritos propios.

Se celebrarán centenarios, pondrán su nombre a calles, museos y bibliotecas, honrarán su memoria, al tiempo que procurarán que se olviden sus obras.

No olvidemos a Valle-Inclán, no olvidemos su obra y, sobre todo, no escribamos como si él no lo hubiese hecho antes y mejor.