Los Hechos, 1988, supone el punto de inflexión de la narrativa de Roth. Está escrita después de las primeras novelas de Zuckerman como narrador, incluyendo Mi vida como hombre, en la que el futuro alter-ego de Roth es esbozado por Tarnopol.
Esta novela supone en cierta medida el intento por parte del autor de recuperar su propia realidad ficcionalizando a partir de sí mismo. A Los Hechos seguirían Deception, Patrimonio y Operación Shylock, narradas por el propio Roth o protagonizadas por un escritor llamado Philip, mientras que Zuckerman, ya convertido en un narrador de otro tipo, un receptáculo de narraciones, un preservador de memorias ajenas, no volvería a aparecer hasta 1997 en Pastoral Americana.
(Hay pues un vacío en Zuckerman que Roth completa con su propia historia: a Nathan le aguarda “una nueva ronda de auténtico sufrimiento” de la que emergerá nueve años más tarde)
Los Hechos es una lucha desigual entre autor y narrador. Roth, por primera vez, toma las riendas de la narración y construye una autobiografía en la que aspectos de sus anteriores novelas son “verdaderamente” revelados. Y lo de verdaderamente hay que tomarlo en un sentido bastante amplio: Roth cambia nombres y, privilegio de todo autor, cuenta lo que quiere. Zuckerman desenmascara al impostor Roth señalando los fallos de su narración, indicando cuando Roth se separa de la realidad y los intentos hagiográficos de éste para aparecer distinto a los personajes de sus novelas. Roth quiere distanciarse de Kepesh, Zuckerman, Tarnopol y Portnoy, pero será su propio alter-ego quien le ponga finalmente en su lugar.
La estructura de la novela permite esta filigrana narrativa. Philip Roth envía a Nathan Zuckerman el manuscrito de Los Hechos para que éste le de su opinión antes de publicar esa especie de autobiografía que constituye el cuerpo central de la novela, el manuscrito titulado Los Hechos. En ese texto Roth cuenta su vida, pero lo hace centrándose en cuestiones que han sido relatadas en anteriores novelas, sobre todo en Cuando ella era buena, El lamento de Portnoy (ahora El mal de Portnoy) y Mi vida como hombre. Como ya hizo en Zuckerman desencadenado el principal objetivo es desligar al Philip Roth persona real de los hechos que realizan sus personajes. Roth no es Portnoy del mismo modo que Nathan no es Carnovsky. Roth no es Tarnopol, ni Kepesh, ni Zuckerman, aunque compartan muchas similitudes vitales. Para desmentir de una vez por todas este error de apreciación que le persigue desde siempre el propio Roth debe convertirse en un personaje. ¿De ficción? ¿Puede una autobiografía ser una ficción? La realidad y la ficción se enfrentan en un espejo que distorsiona y todo ello es falseado nuevamente, como denuncia Zuckerman en la carta-comentario que remite a Roth tras la lectura del manuscrito. Estas últimas cuarenta páginas remitidas a Roth por Zuckerman dan un giro brutal a toda la relación realidad-ficción que obsesiona al autor. Zuckerman no se rebela, sabe que no puede hacerlo, sabe que no es más que otra voz del autor. Pero es tal la maestría de Roth, es tan demoledor el ataque a su propia narrativa, es tan despiadada y miserable la condición sumisa del narrador que por un momento, durante esas algo más de cuarenta páginas que me gustaría copiar íntegras, llegas a creer que Zuckerman es un personaje real independiente de Roth y que la realidad siempre estará un paso más allá cada vez que intentes atraparla. Sólo siendo consciente de esa imposibilidad, y ese es uno de los motivos recurrentes de la obra de Roth, se puede llegar a ser un excelente narrador.
Zuckerman y Roth se enfrentan, la lucha es desigual pero el combate finalmente se declina hacia un lado. Cierto, uno de los dos es omnisciente y puede todo sobre el otro, incluso condenarle a un silencio de diez años. Pero para combatir con el personaje, el autor debe descender al campo de la narración, convertirse en un personaje.
Creo que no hace falta decir quien pierde.
Sea como sea, ganamos nosotros
Esta novela supone en cierta medida el intento por parte del autor de recuperar su propia realidad ficcionalizando a partir de sí mismo. A Los Hechos seguirían Deception, Patrimonio y Operación Shylock, narradas por el propio Roth o protagonizadas por un escritor llamado Philip, mientras que Zuckerman, ya convertido en un narrador de otro tipo, un receptáculo de narraciones, un preservador de memorias ajenas, no volvería a aparecer hasta 1997 en Pastoral Americana.
(Hay pues un vacío en Zuckerman que Roth completa con su propia historia: a Nathan le aguarda “una nueva ronda de auténtico sufrimiento” de la que emergerá nueve años más tarde)
Los Hechos es una lucha desigual entre autor y narrador. Roth, por primera vez, toma las riendas de la narración y construye una autobiografía en la que aspectos de sus anteriores novelas son “verdaderamente” revelados. Y lo de verdaderamente hay que tomarlo en un sentido bastante amplio: Roth cambia nombres y, privilegio de todo autor, cuenta lo que quiere. Zuckerman desenmascara al impostor Roth señalando los fallos de su narración, indicando cuando Roth se separa de la realidad y los intentos hagiográficos de éste para aparecer distinto a los personajes de sus novelas. Roth quiere distanciarse de Kepesh, Zuckerman, Tarnopol y Portnoy, pero será su propio alter-ego quien le ponga finalmente en su lugar.
La estructura de la novela permite esta filigrana narrativa. Philip Roth envía a Nathan Zuckerman el manuscrito de Los Hechos para que éste le de su opinión antes de publicar esa especie de autobiografía que constituye el cuerpo central de la novela, el manuscrito titulado Los Hechos. En ese texto Roth cuenta su vida, pero lo hace centrándose en cuestiones que han sido relatadas en anteriores novelas, sobre todo en Cuando ella era buena, El lamento de Portnoy (ahora El mal de Portnoy) y Mi vida como hombre. Como ya hizo en Zuckerman desencadenado el principal objetivo es desligar al Philip Roth persona real de los hechos que realizan sus personajes. Roth no es Portnoy del mismo modo que Nathan no es Carnovsky. Roth no es Tarnopol, ni Kepesh, ni Zuckerman, aunque compartan muchas similitudes vitales. Para desmentir de una vez por todas este error de apreciación que le persigue desde siempre el propio Roth debe convertirse en un personaje. ¿De ficción? ¿Puede una autobiografía ser una ficción? La realidad y la ficción se enfrentan en un espejo que distorsiona y todo ello es falseado nuevamente, como denuncia Zuckerman en la carta-comentario que remite a Roth tras la lectura del manuscrito. Estas últimas cuarenta páginas remitidas a Roth por Zuckerman dan un giro brutal a toda la relación realidad-ficción que obsesiona al autor. Zuckerman no se rebela, sabe que no puede hacerlo, sabe que no es más que otra voz del autor. Pero es tal la maestría de Roth, es tan demoledor el ataque a su propia narrativa, es tan despiadada y miserable la condición sumisa del narrador que por un momento, durante esas algo más de cuarenta páginas que me gustaría copiar íntegras, llegas a creer que Zuckerman es un personaje real independiente de Roth y que la realidad siempre estará un paso más allá cada vez que intentes atraparla. Sólo siendo consciente de esa imposibilidad, y ese es uno de los motivos recurrentes de la obra de Roth, se puede llegar a ser un excelente narrador.
Zuckerman y Roth se enfrentan, la lucha es desigual pero el combate finalmente se declina hacia un lado. Cierto, uno de los dos es omnisciente y puede todo sobre el otro, incluso condenarle a un silencio de diez años. Pero para combatir con el personaje, el autor debe descender al campo de la narración, convertirse en un personaje.
Creo que no hace falta decir quien pierde.


