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2/7/08

Todas las almas, de Javier Marías


Ilustración de Laurence Hutton

Al final de Todas las almas aparece, a modo de epílogo, una conferencia dictada por Javier Marías titulada Quién escribe, en la que el autor intenta alejarse de la identificación con el narrador. Hay, explica Marías, muchos aspectos de la vida del narrador sin nombre de Todas las almas que coinciden con otros de la suya. Lo que podría considerarse un préstamo narrativo del autor. Pero otros que , deliberadamente por parte de Marías, son introducidos en las circunstancias del narrador que nada tienen que ver con el autor:

El Narrador que antes definí como “quien pudo ser yo” empezaba, por así decir, a no poder ser otro que yo, cuando precisamente la frase “ni tampoco es su prolongación, ni su sombra, ni su heredero, ni su usurpador”, lo que había logrado era, a mi juicio, que el Narrador no fuera Nadie, y por tanto que pudiera ser Cualquiera.


Lo curioso del caso es que durante la presentación del tercer volumen de Tu rostro mañana, Marías debía, al parecer ya con cierta molestia (*), seguir diferenciando al narrador del autor, y eso que en esa larga continuación de Todas las almas, el narrador leva un letrero en sus manos que dice “Jacobo Deza” y que debe leerse como “Yo no soy Javier Marías”
(*) Creo que Javier contaba la anécdota de la presentación de Tu rostro mañana, pero no he sabido encontrarla en las referencias a Javier Marías en Bluelephant Balad

De todas formas los tres libros de Tu rostro mañana se diferencian de lo que podría ser la esencia narrativa de Todas las almas. Aunque la digresión es un elemento primordial en las obras de Marías, en la “trilogía” es una forma de hacer avanzar la historia, mientras que en Todas las almas es, sencillamente, la idea central de la narración. Es posible que en esta novela de Marías haya un hilo narrativo de fondo, pero es tan tenue que mediada la novela comprendemos que Marías (perdón, el Narrador sin nombre) no quiere contarnos nada y, al mismo tiempo, contarnos todo sobre su estancia durante dos años en Oxford.
No sé hasta que punto esa ambición de abarcar todo es la que hace que el Narrador descubra un carácter en algunas ocasiones reprochable. Está claro que no quiere caernos simpático, que no intenta justificar sus acciones, que no oculta sus prejuicios ni sus fobias, que no es un narrador que, a fin de cuentas a quién le importa, quiera contactar emocionalmente con el lector.
Por eso en Todas las almas no importa el Narrador ni sus circunstancias. Lo que verdaderamente importa, y de eso deberían darse cuenta quienes aún se preguntan si lo que se cuenta le sucedió en realidad a Marías, es cómo se cuenta.
Estructura y estilo. Sencillamente… lo cual no es poco teniendo en cuenta que el principal recurso literario empleado es la siempre dificultosa y arriesgada digresión.
Y en ese sentido, en el de la excelencia estructural y de estilo, y, además, como muestra de las posibilidades narrativas de la digresión hay un capítulo modélico en Todas las almas. Un capítulo ejemplar, perfecto, de los que crecen desde dentro y terminan donde empezaron, dejándole al lector una sensación de plenitud que, quizás, le hace murmurar “ah, es así como se hace”… y responderse "sí, es eso en resumidas cuentas".
El capítulo empieza con una bolsa de basura, una bolsa negra de plástico y continúa por las librerías de viejo de Oxford, para encontrarse, un “domingo desterrado del infinito”, con Arthur Machen y una sociedad que lleva su nombre, y, entre todas esas cosas, la herencia literaria de Richard Francis Burton, los sótanos de las librerías, un perro con tres patas, una vendedora de flores, la pareja horrorosa…

No digo más, hay que leer Todas las almas. Y eso a pesar de que el propio autor parece hacer un símil, que seguro que a sus muchos detractores les encantará y lo habrán utilizado en su contra, centrado en la bolsa de basura:

“El resultado del discernimiento es esa obra que impone su propio término: cuando el cubo rebosa está concluida, y entonces, pero sólo entonces, su contenido son desperdicios.”


Que cada cual lo interprete como quiera.

12/11/07

Los intérpretes de vidas, de Javier Marías

Para Mónica y Javier

En un absurdo derroche editorial, Alfaguara premia a quienes compran ahora los tres tomos de Tu rostro mañana en lugar de tener cierta consideración con quienes llevamos años en suspenso esperando la segunda y tercera parte de la (mega)novela de Marías... o quizás pretenden que volvamos a comprar los volúmenes anteriores.
Aunque no venga a cuento el premio consiste en, aparte de un precio bastante más ajustado, un pequeño volumen adicional en el que se recogen varios informes que la agencia dirigida por Bertram Tupra, según nos narra Jacobo Deza, realiza sobre tres personalidades públicas.
Según dice Marías en la introducción a los informes “es de suponer que los fotocopió o sustrajo Deza, quién sabe por qué motivo, seguramente para hacer dinero”
El caso es que leo a Marías y los informes sustraídos del edificio sin nombre cercano a Vauxhall Cross en Londres en fotocopias que Mónica y Javier me hacen llegar por correo. Por un momento me parece tener en mis manos los originales documentos sustraídos por Deza, o por cualquier otro. Cuando compruebo que dicho libro al parecer no existe, al menos no hay noticia de él en la red, mi entusiasmo no hace más que crecer: El Plan hace que los dedos me cosquillen cuando toco los folios.

Los títulos de los informes son: Informe de Pérez Nuix sobre Silvio Berlusconi (2002), Informe de Rendel sobre Michael Caine (2002) e Informe de Tupra sobre Diana de Gales (1996)

Si recordamos lo que comentábamos el otro día sobre la naturaleza del narrador de Marías, tan parecido a él y tan lejano a su persona, tan parecidos entre ellos y tan singulares en cada novela y sobre lo difícil que es para el autor introducir un punto de vista femenino en sus novelas, con estos Informes comprobaremos como en cierta manera Marías intenta solventar esas limitaciones estilísticas.
Cada uno de los informes tiene un redactor distinto, Pérez Nuix, una mujer, algo inusual en Marías, Rendel (“o Rendl o Randl o Reinl o incluso Handl (britanizado como) Randall o Rendell o Randell”... un apellido múltiple, al igual que lo es el nombre del narrador de Tu rostro mañana: Jaime o Jacobo o Jacques o...) y el todopoderoso Tupra. El tono de los informes, si exceptuamos el de este último, están despojado de toda emoción. Tienden a la burocratización, por lo que es difícil encontrar diferencias de estilo entre los tres informes. Sin embargo cada uno de ellos tiene una impronta singular que hace que sea posible considerar que cada informe está redactado por una persona distinta sin que el registro general varíe mucho de una artículo dominical de Javier Marías.
Ese detalle, el de la individualización de cada uno de lo informes, sobre todo el de Tupra, inmisericorde con Diana de Gales, hará posible que crezca esa singular paranoia que pone al mismo Javier Marías en el edificio sin nombre elaborando informes, adivinando el “rostro de mañana” de destacadas personalidades, esas especulaciones que identifican al autor con sus personajes-narradores.

La verdad es que yo tengo las fotocopias sustraídas del organismo inexistente y ninguno de los informes va firmado por Javier Marías.
Pero eso no quiere decir nada.




Pack Tu rostro mañana. Obra completa + Los intérpretes de vidas

1/11/07

Tu rostro mañana, de Javier Marías

Confesémoslo: Todos quisiéramos ser capaces de poseer la clarividencia de distinguir en los demás “el rostro de mañana”, quienes y como serán las personas que conocemos o que nos influencian de alguna, incluso remota, manera.
Tu rostro mañana es la (gran) novela de Javier Marías (no tiene sentido ahora considerarla una trilogía) en la que introduce este fascinante concepto que tiene un enorme potencial literario. Si queremos podemos buscar las raíces en la literatura de género, en especial en la de espías y en la de ciencia-ficción: Un grupo de personas trabajando para una organización inexistente que analizan el comportamiento futuro de destacadas figuras públicas. La gente de Smiley con poderes precog. John LeCarre y Philip K. Dick.
Pero conformarse con eso no haría de Tu rostro mañana la excepcional novela que es.

Si hay gente empeñada en demostrar que Javier Marías es Jacobo Deza a través de deducciones que simplemente demuestran que los malos lectores abundan, que sigue habiendo personas que no entienden que todo texto es literatura, es porque en Tu Rostro mañana (Fiebre y lanza, Baile y sueño, Veneno, sombra y adiós) Marías emplea elementos de su propia experiencia vital para crear un extraordinario fresco sobre la maldad y la crueldad humana y sobre la facilidad con que nos dejamos llevar por ellas, y también sobre la imperiosidad del silencio y la necesidad de contar, de conseguir que las experiencias destacables perduren. Dos personajes señalados de la novela, Peter Wheeler y el padre de Jacobo Deza, pueden tener su reflejo en la realidad, y sus experiencias reales, merecen ser rescatadas del olvido a través de la literatura. Por eso contar, aunque sea mejor guardar silencio.
Porque el silencio nos preserva a nosotros mismos de los demás. Narrar nos ensalza, pero el silencio, callar, es una forma pasiva de ensalzamiento. Callando ocultamos lo que verdaderamente somos. Jacobo Deza finalmente narra y nos muestra su rostro mañana. Deza se revuelca en la iniquidad humana y sale de ella reafirmado como persona.

Quizás nosotros como lectores también.

Si al inicio de Tu rostro mañana Deza duda entre contar o callar, pronto comprobaremos como se vuelca en un torrente literario plagado de digresiones que confunden y mantienen alejado al lector del propósito final de la obra. El modelo literario de Marías es, sin ninguna duda, Lawrence Sterne y su Tristram Shandy. Tal vez deberíamos añadir como influencias a Faulkner, pero, creo, un Faulkner multiplicado a través de Benet, de tal manera que alimentando esas influencias, enorgulleciéndose de ellas, Marías crea un apabullante estilo personal: El lector no tiene más que dejarse llevar, ser paciente y atender a todo lo que se nos cuenta. Porque que alguien nos cuente algo es ya un gran privilegio y, en el caso de Marías, cuando al final descubramos que contrariamente a nuestra primera impresión todo es trascendente en la novela, un enorme placer.

Tal vez siendo exigentes en extremo, se le podría recriminar la saturación del texto de sinónimos y antónimos, o de reacciones derivadas de determinadas situaciones, sumándolas u oponiéndolas, como si en cada frase Marías quisiera abarcar todas las posibilidades de acción... pero esto, en el fondo, no es recriminable... supongo que forma parte del estilo de Marías
Tal vez, también, podríamos recriminar el que en repetidas ocasiones, tanto en artículos como en la novela, Marías confunda la clepsidra (un reloj de agua que puede adoptar diversas, incluso aparatosas formas) con el reloj de arena cuya peculiar forma de vasos opuestos y comunicados es la que el autor quiere traernos a la cabeza (en inglés sí hay una palabra para designarlo, Hourglass, no entiendo porque no la empleó cuando la variación de expresiones entre el inglés y el castellano es uno de los temas recurrentes de la novela)


Ilustración de Joanna Barnum

¿Buscabas la palabra "guebrídguma"? Pues la encontraste.

29/9/07

TRM 3 ¿?

Me he tomado la libertad de tomar prestadas de la excelente página sobre Javier Marías que administra Montse Vega, las reseñas que sobre las dos primeras entregas de Tu rostro mañana de Javier Marías realizó Rafael Conte en el suplemento literario de El País, Babelia.
Resulta curioso esperar casi con la misma ansiedad que la tercera entrega de las aventuras de Jacobo Deza, la tercera parte de la crítica y la desilusión consiguiente cuando he comprobado que no existe (al menos de momento) esa tercera parte de la reseña.
Cualquier noticia al respecto será bien recibida.
Mientras tanto os dejo las anteriores entregas:

TRM 1. La maldición de la palabra, por Rafael Conte
TRM 2. El origen del terror, por Rafael Conte

Tu rostro mañana: 2. El origen del terror

RAFAEL CONTE
Babelia, El País
13 de noviembre de 2004

(Continuación) He aquí la segunda parte de lo que por el momento continúa llamándose Tu rostro mañana, que por lo visto ha desbordado las previsiones de su autor, pues esta su décima y monumental novela estaba prevista en un principio sólo para dos volúmenes -y así presentó el primero a su aparición hace dos años- pero que al correr de la escritura se ha ampliado para presentarse como la segunda parte quizá de una posible trilogía, o de una serie narrativa que pudiera (o pidiera) ir todavía más allá.

Por eso mismo, por la necesidad en la que me encuentro de proseguir el comentario que en su día publiqué sobre el primer tomo, empiezo estas líneas recordando que no son más que la continuación de aquéllas, pues ya dije entonces que adoro escribir in medias res, sobre un trabajo todavía en marcha, ya que pienso que toda gran obra de arte está muchas veces inacabada, pues parece haberse detenido en la mente de su autor en un momento de su discurso interior, que siempre le empuja a ir más allá, a hacerlo mejor, o al menos a pensarlo así, y ese pensamiento le acompañará siempre hasta el final, aun cuando la obra haya sido ya publicada como si se hubiera terminado. Pues el arte -como la vida- es una sucesión de interrupciones hasta la postrera, en la última mañana que nunca llegaremos a ver del todo, y que así nos ocultará cuál será la visión final de nuestro rostro.

Así las cosas, este proyecto narrativo es tan peculiar -porque intenta negar el tópico de que a partir de cierta edad (los treinta quizá, o los cuarenta como mucho) todo hombre es responsable de su propia cara- que lo mismo podrá ser una trilogía, o encadenarse en una serie de volúmenes sucesivos que no tengan un final no tan sólo aparente sino convincente o al menos suficiente, hasta que una interrupción lo convierta en definitivo. No otra cosa pasó con Cervantes, que escribió su primer Quijote sin pensar en un segundo, que llegaría después merced a su éxito y a la aparición del falso de Avellaneda, que era preciso rectificar y así llegó a verlo, o con Proust, que había terminado En busca del tiempo perdido en dos gruesos volúmenes y tras publicar el primero y verse interrumpido por la guerra y el cambio de editor, fue reescribiendo el resto hasta los siete volúmenes en total que nunca llegó a ver del todo, pues la muerte interrumpió su publicación, asegurada hasta el final por sus herederos a partir del cuarto volumen aunque de modo inconcluso, lo que todavía da lugar a interminables batallas de filólogos y especialistas que así pueden seguir viviendo a sus expensas.

Y termino este arbitrario repaso con dos apéndices opuestos. ¿Dónde está por ejemplo ese gran artista que era -es- el francés pascal Quignard que a sus 54 años, tras publicar 50 libros muchos de ellos premiados y ocupar puestos de primera magnitud se perdió en las brumas extremo -orientales tras ganar el Premio Goncourt en 2002 con el primer volumen (Sombras errantes) de una serie de tres ya publicados, que bajo el título de Último Reino prometía indefinida? ¿Acaso el propio Juan Benet, tan cercano a Javier Marías, pudo poner final a la asombrosa serie de sus Herrumbrosas lanzas, interrumpida por la muerte tras publicar sus tres primeros libros divididos en 14 cantos (1983-1986) -más dos fragmentos póstumos añadidos (1998)- de una inacabada epopeya que su fallecimiento dejó abierta para siempre en 1993?

Pues bien, aquí apenas hay interrupciones, sino digresiones y cada vez más, en este torrente narrativo que quiere acarrearlo todo, empezando por su propia prosa, compleja, total, o por lo menos global, a la manera proustiana, pues es el estilo quien intenta arrastrarlo todo, lo que se dice y contradice, lo que se pone, opone y contrapone, en un brillantísimo ejercicio de lo que se afirma y se niega a la vez, o porque siempre se imagina o se puede imaginar y nadie puede pensar en poner puertas al campo, por sembrado de minas que se encuentre. Entre historias y digresiones, unas quizá reales y las más completamente imaginarias, saltos atrás y adelante, la historia continúa porque siempre hay que ir más allá, y así volvemos a encontrar a Jack (o Jaime, Jacobo, Santiago o lo que sea) Deza, ex profesor en Oxford y traductor, vuelto a España, casado, separado y regresado otra vez a Londres, esperando la visita de una mujer, dejada en suspenso al final del primer volumen, y que se deflaciona cuando empieza el, segundo por lo previsible, pues sólo se trata de una compañera de trabajo que va a pedirle un favor; pero si pensamos que además se cuentan otras muchas cosas -se pasa del "nunca hay que contar nada" del principio al "ojalá nunca nadie nos pidiera nada" que es como comienza este nuevo, porque las palabras siguen siendo el primer sujeto del terror- todo se vuelve a poner en marcha hacia los nuevos abismos que se nos abren ante nuestros ojos ya demasiado fatigados. Y para empezar, nuevo contacto telefónico con la esposa lejana, dejando aparcada a la nueva visitante, para contar la historia de una mendiga y volver a empezar otra vez. Pues además, no hay que olvidar que Jack Deza se ha reconvertido en un espía, y que la narrativa de espionaje es una de las debilidades del actual "Monarca de Redonda", pero que sí es un buen oficio para el narrador de ficciones que es, pues en la realidad puede ser también toda una concepción del mundo, un mundo, claro, exasperado, aterrorizado y sometido a la dialéctica paranoica del miedo, del terror y del terror de su contrario.

Como si el haz del mundo fuera también su envés, y a la maldición de la palabra ("calla y sálvate") sucede la puerta del infierno, pues no pedir nada es renunciar a toda salvación. Así, la ciega Madame de Dudeffand se despide de Sir Horace Walpole, o Juan Benet nos cuenta desde ultratumba que sólo el tiempo puede hacer que las palabras digan la verdad al comunicar a los vivos con los muertos. Si en Fiebre se presentaban los personajes (procedentes de Todas las almas) y se nos contaban historias de nuestra Guerra Civil, en Lanza se nos introducía en el mundo del espionaje, pero ahora vamos más allá, a la acción propiamente dicha. En Baile se nos resuelven algunas dudas -una aún suspendida, la de la visita de la compañera de trabajo, y otra la paródica de la mancha de sangre en la escalera-, pero nos precipitamos en el cuarto canto (Sueño) en otra más feroz de un baile en una discoteca que se disuelve en la caricatura de un ridículo diplomático español, para caer en el castigo del malo y el terror de las palabras. Pues aunque aquí no haya violencia mortal, sí se nos describen sus características con el mayor sadismo. Menos mal que la parodia interrumpe continuamente la tragedia (como en el gran Shakespeare) ya que este libro tiene bastante de ejercicio de traducción y de literatura comparada, pues aparte de las caricaturas expresas (de Bush a Berlusconi, del felpudo Tony Blair no se dice nada y es una pena) se nos describe un mundo originado por el miedo movido por el terror y por el terror antiterror que nunca lo controlará. Y para final -en suspenso- aquí está la vieja despedida cervantina que nos reconcilia con todo, hasta con el mundo exasperado que aquí se nos ha descrito: "Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida". O esta otra versión, por ejemplo: " Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos". Menos mal, porque (Continuará).