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29/9/07

TRM 3 ¿?

Me he tomado la libertad de tomar prestadas de la excelente página sobre Javier Marías que administra Montse Vega, las reseñas que sobre las dos primeras entregas de Tu rostro mañana de Javier Marías realizó Rafael Conte en el suplemento literario de El País, Babelia.
Resulta curioso esperar casi con la misma ansiedad que la tercera entrega de las aventuras de Jacobo Deza, la tercera parte de la crítica y la desilusión consiguiente cuando he comprobado que no existe (al menos de momento) esa tercera parte de la reseña.
Cualquier noticia al respecto será bien recibida.
Mientras tanto os dejo las anteriores entregas:

TRM 1. La maldición de la palabra, por Rafael Conte
TRM 2. El origen del terror, por Rafael Conte

Tu rostro mañana: 2. El origen del terror

RAFAEL CONTE
Babelia, El País
13 de noviembre de 2004

(Continuación) He aquí la segunda parte de lo que por el momento continúa llamándose Tu rostro mañana, que por lo visto ha desbordado las previsiones de su autor, pues esta su décima y monumental novela estaba prevista en un principio sólo para dos volúmenes -y así presentó el primero a su aparición hace dos años- pero que al correr de la escritura se ha ampliado para presentarse como la segunda parte quizá de una posible trilogía, o de una serie narrativa que pudiera (o pidiera) ir todavía más allá.

Por eso mismo, por la necesidad en la que me encuentro de proseguir el comentario que en su día publiqué sobre el primer tomo, empiezo estas líneas recordando que no son más que la continuación de aquéllas, pues ya dije entonces que adoro escribir in medias res, sobre un trabajo todavía en marcha, ya que pienso que toda gran obra de arte está muchas veces inacabada, pues parece haberse detenido en la mente de su autor en un momento de su discurso interior, que siempre le empuja a ir más allá, a hacerlo mejor, o al menos a pensarlo así, y ese pensamiento le acompañará siempre hasta el final, aun cuando la obra haya sido ya publicada como si se hubiera terminado. Pues el arte -como la vida- es una sucesión de interrupciones hasta la postrera, en la última mañana que nunca llegaremos a ver del todo, y que así nos ocultará cuál será la visión final de nuestro rostro.

Así las cosas, este proyecto narrativo es tan peculiar -porque intenta negar el tópico de que a partir de cierta edad (los treinta quizá, o los cuarenta como mucho) todo hombre es responsable de su propia cara- que lo mismo podrá ser una trilogía, o encadenarse en una serie de volúmenes sucesivos que no tengan un final no tan sólo aparente sino convincente o al menos suficiente, hasta que una interrupción lo convierta en definitivo. No otra cosa pasó con Cervantes, que escribió su primer Quijote sin pensar en un segundo, que llegaría después merced a su éxito y a la aparición del falso de Avellaneda, que era preciso rectificar y así llegó a verlo, o con Proust, que había terminado En busca del tiempo perdido en dos gruesos volúmenes y tras publicar el primero y verse interrumpido por la guerra y el cambio de editor, fue reescribiendo el resto hasta los siete volúmenes en total que nunca llegó a ver del todo, pues la muerte interrumpió su publicación, asegurada hasta el final por sus herederos a partir del cuarto volumen aunque de modo inconcluso, lo que todavía da lugar a interminables batallas de filólogos y especialistas que así pueden seguir viviendo a sus expensas.

Y termino este arbitrario repaso con dos apéndices opuestos. ¿Dónde está por ejemplo ese gran artista que era -es- el francés pascal Quignard que a sus 54 años, tras publicar 50 libros muchos de ellos premiados y ocupar puestos de primera magnitud se perdió en las brumas extremo -orientales tras ganar el Premio Goncourt en 2002 con el primer volumen (Sombras errantes) de una serie de tres ya publicados, que bajo el título de Último Reino prometía indefinida? ¿Acaso el propio Juan Benet, tan cercano a Javier Marías, pudo poner final a la asombrosa serie de sus Herrumbrosas lanzas, interrumpida por la muerte tras publicar sus tres primeros libros divididos en 14 cantos (1983-1986) -más dos fragmentos póstumos añadidos (1998)- de una inacabada epopeya que su fallecimiento dejó abierta para siempre en 1993?

Pues bien, aquí apenas hay interrupciones, sino digresiones y cada vez más, en este torrente narrativo que quiere acarrearlo todo, empezando por su propia prosa, compleja, total, o por lo menos global, a la manera proustiana, pues es el estilo quien intenta arrastrarlo todo, lo que se dice y contradice, lo que se pone, opone y contrapone, en un brillantísimo ejercicio de lo que se afirma y se niega a la vez, o porque siempre se imagina o se puede imaginar y nadie puede pensar en poner puertas al campo, por sembrado de minas que se encuentre. Entre historias y digresiones, unas quizá reales y las más completamente imaginarias, saltos atrás y adelante, la historia continúa porque siempre hay que ir más allá, y así volvemos a encontrar a Jack (o Jaime, Jacobo, Santiago o lo que sea) Deza, ex profesor en Oxford y traductor, vuelto a España, casado, separado y regresado otra vez a Londres, esperando la visita de una mujer, dejada en suspenso al final del primer volumen, y que se deflaciona cuando empieza el, segundo por lo previsible, pues sólo se trata de una compañera de trabajo que va a pedirle un favor; pero si pensamos que además se cuentan otras muchas cosas -se pasa del "nunca hay que contar nada" del principio al "ojalá nunca nadie nos pidiera nada" que es como comienza este nuevo, porque las palabras siguen siendo el primer sujeto del terror- todo se vuelve a poner en marcha hacia los nuevos abismos que se nos abren ante nuestros ojos ya demasiado fatigados. Y para empezar, nuevo contacto telefónico con la esposa lejana, dejando aparcada a la nueva visitante, para contar la historia de una mendiga y volver a empezar otra vez. Pues además, no hay que olvidar que Jack Deza se ha reconvertido en un espía, y que la narrativa de espionaje es una de las debilidades del actual "Monarca de Redonda", pero que sí es un buen oficio para el narrador de ficciones que es, pues en la realidad puede ser también toda una concepción del mundo, un mundo, claro, exasperado, aterrorizado y sometido a la dialéctica paranoica del miedo, del terror y del terror de su contrario.

Como si el haz del mundo fuera también su envés, y a la maldición de la palabra ("calla y sálvate") sucede la puerta del infierno, pues no pedir nada es renunciar a toda salvación. Así, la ciega Madame de Dudeffand se despide de Sir Horace Walpole, o Juan Benet nos cuenta desde ultratumba que sólo el tiempo puede hacer que las palabras digan la verdad al comunicar a los vivos con los muertos. Si en Fiebre se presentaban los personajes (procedentes de Todas las almas) y se nos contaban historias de nuestra Guerra Civil, en Lanza se nos introducía en el mundo del espionaje, pero ahora vamos más allá, a la acción propiamente dicha. En Baile se nos resuelven algunas dudas -una aún suspendida, la de la visita de la compañera de trabajo, y otra la paródica de la mancha de sangre en la escalera-, pero nos precipitamos en el cuarto canto (Sueño) en otra más feroz de un baile en una discoteca que se disuelve en la caricatura de un ridículo diplomático español, para caer en el castigo del malo y el terror de las palabras. Pues aunque aquí no haya violencia mortal, sí se nos describen sus características con el mayor sadismo. Menos mal que la parodia interrumpe continuamente la tragedia (como en el gran Shakespeare) ya que este libro tiene bastante de ejercicio de traducción y de literatura comparada, pues aparte de las caricaturas expresas (de Bush a Berlusconi, del felpudo Tony Blair no se dice nada y es una pena) se nos describe un mundo originado por el miedo movido por el terror y por el terror antiterror que nunca lo controlará. Y para final -en suspenso- aquí está la vieja despedida cervantina que nos reconcilia con todo, hasta con el mundo exasperado que aquí se nos ha descrito: "Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida". O esta otra versión, por ejemplo: " Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos". Menos mal, porque (Continuará).

Tu rostro mañana: 1. La maldición de la palabra

RAFAEL CONTE
Babelia, El País
Sábado 26 de octubre, 2002


No es la primera vez que en este oficio me veo sometido a la obligatoriedad de escribir sobre algo que no existe del todo. Ejemplos sobran en la historia donde las obras se multiplican (Proust), dividen (Borges), interrumpen (Faulkner), cortan (Musil) o recortan (Gide), se siguen (Balzac) y se persiguen (Cervantes), y al final nunca sabremos si lo editado es lo que su autor había previsto. De todas formas, los modos y maneras de su publicación no deben influir ni en su entidad ni en su estimación. Adoro abordar la lectura y el estudio de una obra in medias res por dos razones: por un lado carga la lectura de suspense, lo que la enriquece; por otro me devuelve a la extraña sensación de atravesar límites que superan los de una obra concreta, como si la obra de arte verdadera tendiera siempre -cuando es buena- hacia lo ilimitado. En todo caso, cuando Javier Marías nos propone esta su décima novela -si conservamos como tal la tercera, El monarca del tiempo-, empezando sólo por la primera y sin fecha para la aparición de la segunda, no dejo de sentirme estimulado por la apuesta.

En esta ocasión, el plan está previsto de antemano y del rigor y minucia del escritor cabe esperarlo todo, incluso que lo cumpla. Pues no creo que Cervantes hubiera previsto el Quijote en las dos partes que al final nos legó. Sólo dos nuevos datos tras la publicación de la primera parte le empujaron a escribir la segunda, que apareció dos lustros después: la buena acogida del público y la versión apócrifa de Avellaneda para poner los puntos sobre las íes y así perfeccionarla todavía más. El caso de Proust fue al revés: tenía previsto En busca del tiempo perdido en dos volúmenes. Publicó una primera parte, luego vino la guerra, todo se detuvo durante un lustro, cambió de editorial, y siguió escribiendo mientras se reorganizaba la publicación, con lo que los tomos se fueron multiplicando para desembocar en un texto para siempre inacabado.

Pero, ¿qué han venido a hacer aquí Cervantes y Proust? Pues porque siento a estos autores muy cercanos al espíritu de Javier Marías, lo que no deja de ser de mi parte el mejor de los elogios. En el caso de Cervantes, el acercamiento de Marías es a través del de su tan cacareada anglomanía, Inglaterra fue el país que antes y mejor se acercó al Quijote, a su manera, claro está, y el autor de Corazón tan blanco tiene el suyo compartido entre su pasión por Shakespeare y la tentación de la parodia cervantina, aunque vista desde el ángulo británico, fascinado por la relación entre lo ficticio y lo real, y por ese espíritu paródico que ha estallado en sus manos con la creación del Reino de Redonda y su biblioteca. Y en el caso de Proust, más secreto al parecer -pero tan seguro como en su amigo y modelo Juan Benet-, es la ambición totalitaria ( en el buen sentido) de su prosa lo que les acerca, siendo la de Proust más deslumbrante y formalista, pero la de Marías no menos compleja y paradójica, pues también se plantea como un torrente verbal que intenta acarrearlo todo, el derecho y el revés con todas las sospechas a la espalda.

Confieso mi debilidad por Corazón tan blanco (1992) -lanzada entre nosotros por el Premio de la Crítica y por Reich-Ranicki en Alemania- pues fue en ella donde Marías empezó a desarrollar en serio las raíces de su desolación, proclamando la necesidad del secreto, de la negación y hasta de la traición para que el mundo siga siendo un lugar habitable y medio civilizado, lo siento. Aunque fuera cuatro años antes, con Todas las almas (Premio Ciudad de Barcelona), en la que narraba sus experiencias como profesor en Oxford en un hábil juego entre ficción y realidad, donde Marías había encontrado ya la más fecunda de sus inspiraciones, que a través de algunos cuentos, el hallazgo del Reino de Redonda y sus deliberadas interferencias entre lo real y lo imaginario en Negra espalda del tiempo (con la mezcla inextricable entre autor y narrador), llega hasta nuestros días, hasta esta primera mitad de Tu rostro mañana I (Fiebre y lanza), donde este juego quijotesco de ficción y realidad se reabsorbe a través de una aventura basada en el odio a (o el rechazo de) lo más necesario de todo: las palabras, esas malditas palabras que nos hacen vivir y nos destruyen a la vez.

Y así lo declara para empezar: 'No debería uno contar nunca nada, ni dar datos, ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra ni cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido'. Y tras esta obertura que es a la vez negación, lítote o contradicción de la novela misma que aquí empieza, todo se convierte en una palinodia irremediable y al revés: el Javier Marías autor da un paso más allá al proclamarse narrador y espectador de su propia historia, convertida así en una sucesión de traiciones y crímenes tanto más cruentos cuanto que no todos derramaron sangre (pues da igual) entre historias de la guerra civil -Orwell, Simone Weil, Andréu Nin- y personales de su propia familia en la posguerra (la de Marías, aquí convertido en Jacques o Jaime, o Santiago, o James, o Jacobo, hasta un inverosímil Jack, todo vale, incluso bajo el apellido Deza, separado de su país, de su esposa e hijos). No nos engañemos, no hay ni crímenes ni mentiras incruentos, todo crimen es sangriento por encima de sus resultados que no son lo que parecen, toda mentira es siempre un asesinato y toda traición o explotación derrama sangre, sudor y lágrimas también, y así convierte al mundo -Redonda manda- en la naturaleza total de la máxima traición de todas: el espionaje como metáfora total del mundo y la condena de la maldición universal de las palabras. Pues como en esta vida todo lo que une -la lengua, la patria, la religión, las ideas y hasta el amor- también separa, será el espionaje lo que más y mejor nos exprese siempre, nuestro máximo espejo y nuestro mejor resumen.

Tras esta primera parte (la fiebre) viene la segunda, en la que el testigo-protagonista-narrador, el autor en resumidas cuentas, ingresa en una especie de imaginario servicio de espionaje británico (la lanza, bastante herrumbrosa dada su indefinición total) donde parece desenvolverse como pez en el agua. Todo se desarrolla durante una conversación iniciada en una divertida y sarcástica fiesta, proseguida durante una noche y una mañana indecisas, en la que, con frecuentes incisos, analepsis y prolepsis, que vertebran la novela, entre el narrador y un viejo profesor y antiguo espía también salido intacto de Todas las almas, que le va revelando la verdad que va a conocer dentro de poco. Surgen nuevos personajes actuales entrevistos como en recuerdos o anticipaciones y episodios que nos aclaran -o se niegan- zonas de una realidad tan compacta como porosa, o que siguen inexplicados (el bailarín de enfrente, o el papel de una etérea esposa) hasta la interrupción que abre el suspense final y luego ya veremos, pues hay y siempre habrá un después que se abre fulminante y sorprendentemente cuando terminamos esta parte ante un rostro que podemos imaginar (mañana) pero que tampoco vemos de verdad. De hecho, el rostro que se nos oculta en la última frase del libro recuerda los mejores folletines decimonónicos, y yo no soy -ni juego a- profeta, pero aquí el libro, de repente, parece que ha cambiado. Y así, recuerdo con nostalgia el favor que les hizo Proust a los críticos de su tiempo al permitirles ir afinando sus propuestas, corrigiendo y corrigiéndose sin parar durante siete ocasiones diferentes, aunque nunca distintas, desde luego. Una gozada. Y que además (continuará).