Mostrando entradas con la etiqueta Haruki Murakami. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Haruki Murakami. Mostrar todas las entradas

23/1/19

La muerte del comendador, de Haruki Murakami

El Libro 1 está a 535 kilómetros de aquí.
En estos momentos el Libro 2 está dentro de una caja precintada.

Pero no me hace falta tener los volúmenes a mano para hablar de esta novela de Murakami incomprensiblemente dividida en dos partes.
[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

Y no me hace falta porque La muerte del comendador son los Greatest Hits de Murakami.
Todos aquellos que hemos seguido durante años la obra de Murakami vamos a reconocer todos sus clichés y todas las situaciones recurrentes.
Me atrevería a decir que no hay en La muerte del comendador ni una sola frase original, es decir, ninguna frase que el propio Murakami no hubiese escrito antes.
Se cambia el nombre del protagonista, cambiamos viudo o soltero por divorciado, cambiamos la actividad profesional por la de pintor, le rodeamos de los típicos personajes de sus otras novelas, lo aislamos en un pozo y ya tenemos una nueva novela, que dividimos en dos partes y [Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd].

¿Es una mala novela? No. Sí. Es una novela de Murakami.
¿Es una novela original? No. Es una novela de Murakami. Sí, en el sentido de que, como objeto reconstruido a partir de otros textos, tiene su gracia, como una criatura de Frankestein que nos guiñase el ojo.
Pero, ¿es intención de Murakami la construcción de una novela que recopile lo más interesante de sus anteriores novelas o tiene que ver por como empieza esa canción de Pink Floyd?
Y yo cómo voy a saber cuales eran las intenciones de Murakami.

Lo que demuestra esta novela es que Murakami es, ni más ni menos, con algunas virtudes más y con los mismos defectos, el Stephen King japonés.

Y yo disfruto con algunas novelas de King y con algunas de Murakami.

Por La muerte del comendador me he deslizado como si conociese el camino, sin sorpresas. Ha sido como visitar a un viejo amigo... a uno muy viejo, de esos que repiten monocordamente el mismo discurso a cada visita.

Propongo desde aquí el Nobel ex-aequo a King y Murakami por su contribución a desvelar los misterios del alma humana entreteniendo.

[Insertar aquí el ruido de la caja registradora con el que se inicia la canción Money de Pink Floyd]

14/11/11

1Q84. Libro 3, de Haruki Murakami (II)

"Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente —una cavidad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediatamente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: «Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos».
«¡Bah —dijo él—, esto sí que es un absurdo!». «Pues no», le respondí, «se equivoca usted, señor profesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido». Y, efectivamente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!
Freud me miró horrorizado."
Carl Gustav Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos

Esta reseña empezó hace tiempo con un reproche a Murakami por presentar 1Q84 como un folletín. A ello le siguió una rectificación debido a la estructura musical que domina los dos primeros libros de la trilogía.
Y ahora de nuevo me remito a la primera reseña, porque ¿es 1Q84 una trilogía? No sé, me he sentido bastante decepcionado con el tercer libro que, supuestamente, cierra la serie. Pero, ¿está de verdad cerrada la narración? Tengo la sensación de que ciertamente es una obra terminada, pero temo que, debido a la falta de conclusión de algunos aspectos de la trama, Murakami puede estar tentado de escribir una continuación de la novela o trilogía o folletín o lo que sea. Y esa incertidumbre me fastidia.
Ya he hablado en varias ocasiones de las dos características que dominan las narraciones de Murakami, la sentimental y la siniestra. 1Q84 es, puesto que la trama se centra en el reencuentro de Tengo y Aomame, principalmente sentimental, pero con la peculiaridad de estar inmersa en un entorno siniestro.
Ya no sé de cuantas cosas más tendré que retractarme, pero esta novela me ha dejado descolocado: Por una parte quería que me gustase y por la otra me ha decepcionado profundamente. Y por otra, más, desconfío de la conclusión. Quizás dentro de unos años tendré que volver a retractarme.
Porque hay otros indicios para entender este Libro 3. Si en los dos primeros la estructura se basaba en El clave bien temperado de Bach, en esta tercera parte son mencionados de forma aparentemente casual a Proust y a Jung. Si Proust es relevante en la forma de escribir de Murakami, la mención a Jung, sobre todo a la Torre de Bollingen, en la que Jung se aisló del mundo como los personajes de Murakami parecen vivir, abre la puerta a una interpretación psicológica de 1Q84 basada en términos jungianos.
Pero, la verdad, estoy cansado. La decepción que me ha provocado no me permite investigar y argumentar sobre si la novela tiene un sentido oculto. Si sigo escribiendo lo haré para convencerme de que debe gustarme en función de una segunda lectura simbólica que subyace al texto. Pero la narración principal, la que constituye la primera lectura, se demora demasiado, avanza con demasiada lentitud, se detiene en detalles intrascendentes (aunque importantes en la narrativa de Murakami) que hacen que el lector se irrite, porque, sí, Tengo y Aomame deben encontrarse, así quedó claro en las dos primeras partes, pero hay muchas cosas más que debían ocurrir. En esta tercera parte Tengo y Aomame esperan encontrarse y el lector desespera de la tardanza de ese encuentro. Luego se encuentran y fin (¿fin?)
Escribo esta reseña porque debía escribirla. Javier Munguía lo hizo mejor y más exhaustivamente.

25/10/11

1Q84. Libro 3, de Haruki Murakami

–De acuerdo, te lo mandaremos –dijo Tamaru–. Si se te ocurre algo más que puedas necesitar, apúntalo en un papel y déjalo sobre la encimera de la cocina. Te lo llevaremos en el siguiente suministro.
–Gracias, pero por ahora creo que no necesito más.
–¿Libros, cintas de vídeo...?
–No se me ocurre ningún título, ninguna película en particular.
–¿Qué te parece En busca del tiempo perdido de Proust? –sugirió Tamaru–. Si aún no lo has leído, quizás ahora sea un buen momento.
–¿Tú la has leído?
–No. Nunca he estado en la cárcel, y tampoco he tenido que esconderme durante mucho tiempo. Dicen que, si uno no se ve en situaciones como ésa, difícilmente lee En busca del tiempo perdido.
–¿Conoces a alguien que lo haya leído entero?
–Bueno, hay personas cercanas a mí que han pasado largas temporadas entre rejas, pero no son la clase de gente a la que le interese Proust.
–Voy a intentarlo. Si tienes los libros, envíamelos con el próximo abastecimiento.
–En realidad, ya los tenía preparados –dijo Tamaru.

1Q84. Libro 3, Haruki Murakami
Traduc. de Gabriel Álvarez para Tusquets.

Tendré que ir a la cárcel.

5/6/11

Vórtice de lecturas

Acabo de terminar La flecha del tiempo, de Martin Amis. Durante toda la mañana cualquier acto cotidiano se convierte en una extraña sucesión de menudencias que sé bien a dónde llevaran. Incluso me creo capaz de adivinar mi futuro. No. Conozco mi futuro. Todo resulta ajeno y desconcertantemente pendiente de una ilación que no acabo de entender, como si toda la línea del tiempo se estuviese invirtiendo y no pudiese adecuar las cosas a su contexto actual. En estas condiciones es mucho más complicado descubrir de qué manera unas lecturas condicionan otras o cómo influyen la percepción y los comentarios que pueda hacer sobre los textos leídos. Porque hay un orden, pero no entiendo cuál es el correcto, cuál nos lleva a una correcta interpretación evolutiva.
Entonces digamos que últimamente, como una nube de conceptos que parecen trascender a la sucesión temporal, he leído 1Q84, Cartas en el asunto, Contraluz, La cúpula, Némesis y La flecha del tiempo (hay otros títulos, pero estos sirven para lo que sea que quiero explicar si es que quiero explicar algo o simplemente intento poner orden a este desbarajuste que me bloquea (aunque lo que realmente me bloquea sea otra cosa que no quiero comentar (cobarde)))

En facebook lancé una botella con mensaje intentando ser rescatado: “Antes de Contraluz de Pynchon, leí Cartas en el asunto, de Pratchett y a continuación La cúpula de Stephen King. ¿Pensáis que eso puede afectar a mi apreciación crítica de la novela de Pynchon?”



Las respuestas incluían este curioso vídeo en el que supuestamente aparece Thomas Pynchon (aunque en realidad el personaje que aparece cruzando la imagen en el televisor (atención: no un vídeo subido directamente a youtube, sino el vídeo de la proyección de un vídeo) parece Stephen King) y la no sorprendente revelación de que Pynchon lee a King.
De momento en Contraluz he encontrado dos referencias directas a la obra de King, la mención a Castle Rock y la aparición de los Tommyknockers en las minas (lo cual me llevó también a Desesperación, pero eso es otra historia)
Martin Amis rompe la línea temporal para ofrecernos un sorprendente relato involutivo de la vida de un hombre. Los personajes de Pynchon corren (no hay otra palabra, toda la novela es como la carrera de la reina roja, un frenético sprint para quedarnos en el mismo sitio) obsesionados por la textura del tiempo y por la difracción producida por el espato de Islandia, similar a la dicotomía espacio temporal en la que nos sumerge Murakami con Bach como pretexto. Y leo a Pynchon y debo recordarme que ya no estoy leyendo a Pratchett (como ya quedó dicho). Y leo a King y no me es difícil recordar que no estoy leyendo a Pynchon, pero tengo la sensación de que en cierta manera La cúpula es una historia que le hubiese gustado contar a Pynchon. Me doy cuenta que Contraluz es el centro obsesivo de toda esta elucubración. Pero en medio de todo este maremagnum que parece conducir inevitablemente al maelstrom creado por Pynchon destaca (como una tabla de salvación indiferente a la corriente que todo lo engulle, como el ataúd de Queequeg) Némesis de Philip Roth. Parece una novela libre de influencias más allá de la propia autoreferencia de Roth... todo Roth recuerda a Roth. Después (¿al principio?) Martin Amis hace que todo se tambalee.
Está claro que solo hay una forma de acabar con esto: Hay que desmenuzar Contraluz. (¿Pensabais que iba a decir que había que matar a Pynchon?) Pero eso sería tan inútil como desmenuzar a martillazos (estoy descubriendo el martillo como una estupenda arma literaria) una roca e intentar reconstruirla de nuevo. La entropía juega en nuestra contra.
Así que este blog se da un respiro de un par de semanas hasta que este lamentador encuentre una forma de abordar Contraluz sin desaparecer en el vórtice del abismo.
Tal vez no lo consiga.

19/3/11

1Q84, de Haruki Murakami (II)

A MODO DE DISCULPA:

Las fugas tienen la interesante propiedad de que cada una de sus voces es una pieza musical en sí misma; y así una fuga puede ser pensada como una colección de varias piezas distintas de música, todas basadas en un tema único, y todas tocadas simultáneamente. Y depende del auditor ( o su subconsciente) decidir si debe ser percibida como una unidad, o como una colección de partes independientes, todas las cuales armonizan.
(Gödel, Escher, Bach; D. R. Hofstadter)

El "preludio" en su origen consistía en la improvisación que hacían los músicos con sus instrumentos para comprobar la afinación. Inicialmente como forma musical, era una pieza que introducía a otra más extensa. De los siglos XV a XVII se compusieron preludios no ligados a ninguna obra extensa, improvisados.
Fue durante el siglo XVIII cuando el preludio se asocia a la fuga con Johann Sebastian Bach en su obra "el clave bien temperado" -escrita para enseñarnos la existencia de la tonalidad- y así, la forma alemana "preludio y fuga" alcanza su máxima cumbre en las obras compuestas para órgano y piano.
(Wikipedia)

El Clave bien temperado es el nombre de dos ciclos de preludios y fugas compuestos por Johann Sebastian Bach en todas las tonalidades mayores y menores de la gama cromática. Compuesto por dos libros ambos comparten el mismo esquema: cada libro comprende 24 grupos constituidos por un preludio y una fuga en el mismo tono. Empieza por la tonalidad de Do mayor, y después la de Do menor, a la que le sigue Do sostenido mayor y así sucesivamente, hasta haber completado toda la gama cromática de mayor a menor. Es, por tanto, una colección enorme que comprende 48 preludios y 48 fugas cuyo objetivo es, a la vez, musical, teórico y didáctico.
(Wikipedia)

La estructura de
1Q84 se basa en la de El clave bien temperado , es decir, dos libros compuestos cada uno de 24 preludios y 24 fugas. A Aomame le corresponderían los preludios y a Tengo las fugas:
“
El primer preludio del primer libro está, naturalmente, en la tonalidad de do mayor. Es la pieza más conocida del conjunto; su belleza llevó a Gounod a usarla como base de su Ave María” (Fuente: Seikilos )
Ese primer preludio, bajo el lema “
No se deje engañar por las apariencias”, correspondería a la presentación de Aomame. En él, siguiendo a Seikilos “En los primeros compases se puede ver el típico tríptico del jazz del siglo XX: segundo, quinto, primer grado”, lo cual nos lleva a la anterior novela de Murakami, After dark, que yo postulo que se puede leer en tiempo real y que está basada en la pieza de Curtis Fuller Five spot after dark. Habría que analizar hasta que punto cada uno de los personajes de After dark puede estar representado por uno de los miembros del quinteto (Curtis Fuller, trombon; Benny Golson, saxo tenor; Tommy Flanagan, piano; Jimmy Garrison, bajo; Al Harewood, batería)

Lo que me interesa ahora es disculparme por mi anterior comentario sobre la novela de Murakami sobre todo cuando digo que toda esa morosidad en la narración “se puede interpretar como un intento de alargar una narración por motivos comerciales”. La estructura que se impone Murakami a la hora de elaborar
1Q84 condiciona la misma narración. El ritmo pausado y repetitivo tiene que ver con cada una de las piezas musicales que componen El Clave bien temperado y, es posible, que el conjunto obedezca al bucle con el que Bach adornó la carátula de su manuscrito:



Independientemente del resultado, que mantengo que no es lo intenso que se podía esperar del Murakami siniestro de otras de sus novelas, es de admirar el trabajo del escritor japonés, las condiciones a las que debe someter tanto a su relato como a su estilo como al aire de cada uno de sus capítulos. Tal vez, en estas condiciones de correlato entre una obra musical y otra narrativa, quien debiera comentar esto fuese alguien más versado en música, capaz de interpretar de qué manera transcribe Murakami cada una de las piezas de Bach. Curiosamente, y hasta ahí puede llegar todo mi análisis musical, la tercera pieza, el segundo preludio que corresponde a Aomame, de tempo que me atrevo a calificar de allegro vivace (por favor, no me dejéis decir estas cosas… ¡no tengo ni idea!) corresponde a la protagonista en plena acción y es uno de los capítulos en los que la narración es más fluida.
¿Qué otros misterios encerrará la novela? Me parece fascinante el mundo que abre esta relación narrativa-musical. No es posible una lectura normal de 1Q84, se precisa una lectura en Bach.

(Y yo no lo hice. Escribí ufano una reseña calificando a Murakami de tener intereses comerciales. Más tarde, María me descubrió lo torpe que había sido… si no fuera por ella, ni blog, ni novela, ni nada de nada)

16/3/11

1Q84, de Haruki Murakami



Murakami describe con detalle y una prolijidad podríamos decir que exhaustiva todo aquello que sus personajes comen y beben, la ropa que visten, la forma en que se desplazan. En el libro se alternan capítulos focalizados en cada uno de los dos personajes principales: Aomame quien, además de otra disciplina menos usual, es instructora de gimnasia y masajista, y Tengo, que da clases de matemáticas. Pero lo común en ellos, aparte de algunos aspectos que se desvelan según avanza la trama, es que su verdadera vida, aquella alejada de lo laboral, consiste en esperar un acontecimiento que convulsione sus mundos.
En mi lectura, cuando Tengo subido en lo alto de un tobogán de un parque infantil descubre las dos lunas en el cielo, una ola gigantesca barría las costas del noreste del Japón después del terremoto.
La cultura japonesa está demasiado condicionada por la provisionalidad de todo lo material, el carácter japonés está supeditado a una tensa espera del próximo desastre, de una nueva catástrofe, a partir de la cual los supervivientes reconstruirán una nueva realidad, siempre iguales en tradición, siempre nuevos en su apariencia.
Desde nuestra perspectiva occidental podemos interpretar toda historia japonesa como alegoría o metáfora de su inestabilidad geológica (o de sus avatares históricos), pero para ellos, sus historias se basan en un principio irrefutable: la precariedad de la realidad material.
Las meticulosas descripciones y enumeraciones van encaminadas a mostrar esta situación de espera indeterminada, de inminencia, de resignación. No se trata de que Murakami no sepa o no quiera mostrarnos a los personajes en sus trabajos. Lo hace y, por ejemplo, con Aomame consigue una narración fluida, casi vertiginosa en comparación con la morosidad del resto, y con Tengo nos deja ver la rigidez de los escalafones laborales, partiendo de la premisa de que a él las matemáticas le sirven de válvula de escape de la realidad.
Eso es lo que los personajes parecen ser: Su trabajo público.
Lo que los personajes son es otra cosa.
Tengo y Aomame deberán renunciar a lo que tienen, desaparecer, esconderse, transformarse en otras personas. Son supervivientes de un seísmo en marcha que les amenaza personalmente.
Murakami quiere mostrarnos a dos individuos solitarios, esperándose mutuamente y esperando el desastre, empujados, sin que ellos quieran abandonar su cómoda apatía, hacia acontecimientos que anuncian un desenlace siniestro, enfrentados a fuerzas primordiales que les sobrepasan en todos los aspectos, y que, al mismo tiempo, les conducen a su unión imposible separados como están por distintos espacios y tiempo.
En 1Q84 se unen los dos Haruki Murakami: el sentimental y el siniestro, en una confrontación narrativa de la que no podemos concluir nada hasta que no se publique el Libro 3 (segundo volumen aquí) después del verano. Pero al parecer hay Libro 4, que aún no ha aparecido en Japón.
Odio las novelas por entregas.
Y eso va en contra de las consideraciones anteriores. Porque tanta escrupulosidad en los detalles, tantas vueltas en analizar una y otra vez los mismos acontecimientos, es cierto que crea esa sensación de soledad y desamparo tan propia de los personajes de Murakami, pero, por otra parte, se puede interpretar como un intento de alargar una narración por motivos comerciales.
Leyendo una parte no se puede juzgar el todo pero tengo la impresión de que Murakami podía haber escrito una (única) buena novela. Lo que tenemos en la manos es una especie de folletín.
Se formaron colas en Japón para adquirir el Libro 3, las librerías abrieron en horario nocturno el día del lanzamiento…
Pues eso.


Editado cuatro días después:
Esta reseña precisa una RECTIFICACIÓN

11/12/09

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami

Parece que ahora hay que pedir disculpas si disfrutas leyendo a Murakami.
Vayan por adelantado y con toda la ironía posible.
Pero no puedo dejar de alabar una novela que contenga un laberinto subterráneo. Dame pasadizos oscuros y llámame tonto.

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (Sekai no owari to hâdoboirudo wandārando) es una novela de 1985, inmediatamente posterior a La caza del carnero salvaje (a cuyo protagonista se cita en la novela). No existían entonces Norwegian Word -Tokio blues (1987), ni Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992), ni Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994/5)
Yo arriesgaría la hipótesis que La caza del carnero salvaje, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo forman una trilogía sobre la desesperanza y la inevitabilidad, sobre la invasión de un mundo misterioso y amenazador que distorsiona la realidad.

Yo divido la obra de Murakami en dos, aquella en la que predomina el elemento, digamos, sentimental, Norwegian Word -Tokio blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sputnik, mi amor… y aquellas en las que predomina el elemento fantástico, La caza del carnero salvaje, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la arena y en cierta medida After Dark. En realidad todas ellas tienen elementos de ambas divisiones, lo cual queda patente en la más reciente de las novelas traducidas, After dark, por lo que si hubiese que definir un rasgo común en toda la narrativa de Murakami, dejando de lado la temática, posiblemente sería la extrañeza ante lo cotidiano.

Pero lo importante es el subterráneo.
Según Cirlot el subterráneo representa el interior del cuerpo, pero el psicoanálisis le da un nuevo sentido equiparándolo al subconsciente. El Infierno es un lugar subterráneo y también para los japoneses los demonios son seres de origen subterráneo. La simbología que se desprende de la novela de Murakami es tan evidente que no es preciso mencionarla.
Se trata de dos relatos intercalados, el que sucede en El fin del mundo, un lugar desolado y aislado y el que sucede en Un “despiadado” país de las maravillas, un Tokio parecido al actual y controlado por conglomerados técnico-empresariales enfrentados en una lucha por el control de la información, todo ello sobre un mundo subterráneo en el que habitan criaturas malignas que jamás han visto la luz del sol.

Lo importante, a pesar de los defectos que se le pueden achacar a la narración, lo que hace de Murakami un escritor destacable, es la sensación de desamparo, tristeza e inevitabilidad que dejan todas sus historias. Se puede hablar de un personaje típico de Murakami, un hombre solo, desapegado de lo material, que acepta todas las cosas con una lógica indiferente, que se enfrenta a la muerte, a la inexorable fugacidad del tiempo, dedicando su atención a las cosas mínimas. Condenado a dejar de existir en menos de veinticuatro horas, el protagonista de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, se extasía ante la indefensión de unos tornillos y compra un cortaúñas. Esa propensión hacia el detalle mínimo, hacia las cosas cotidianas irrelevantes hacen de los héroes de Murakami seres reales con los que es posible identificarse. Murakami se centra en los tiempos muertos, elude la acción, entendida como las cosas que suceden, y se centra en los pensamientos desbordantes, digresivos y vitales de sus protagonistas, consiguiendo que el lector quede atrapado en esa inexorabilidad indiferente, natural y vital que sus personajes emanan.

Qué narices, yo disfruto mucho con Murakami. Y tiene subterráneos.

Leo en pjorge que “en japonés, las dos partes (…) se distinguen por el pronombre de primera persona empleado para referirse al protagonista de cada una. En inglés, ese problema de traducción se resolvió traduciendo una parte en pasado y la otra en presente”. En la traducción en castellano de Lourdes Porta para Tusquets no hay distinción entre los narradores de cada una de las partes ni en el tiempo verbal empleado. No sé si la decisión es acertada ya que, en cierta manera, esa indistinción puede revelar parte de la explicación final, pero como ese hecho se va intuyendo según transcurre la novela quizás no tenga tanta importancia.

Además las explicaciones son lo de menos.

Me recordó (a la inversa, ya que son posteriores en el tiempo) las películas de Shinya Tsukamoto, Marebito (como actor), Haze (actor-director), pero ya sabéis… dadme un subterráneo:


12/6/09

A day in a life

Woke up, got out of bed
Dragged a comb across my head
Found my way downstairs and drank a cup
And looking up, i noticed i was late


Este es un post autoreferencial (es decir, en el que no se dice nada nuevo) para agradecer vuestra adhesión a la convocatoria Bloomsday (y animaros a participar)


(Imagen robada a Javier )


Casualmente (no es cierto, nada es casual) estoy leyendo ahora
Cosmópolis de Don DeLillo, novela que sucede durante un único día (un día de abril del año 2000). Además del Ulises de Joyce hay otras novelas cuya trama se desarrolla en un único día.
Entre ellas dos, junto a la de Joyce, de las grandes novelas del siglo XX, La señora Dalloway de Virginia Wolf y Bajo el volcán de Malcom Lowry (
¿Le gusta este jardín que es suyo? Evite que sus hijos lo destruyan)
¿Dejaré de citar a Faulkner en el que cada uno de los capítulos de El ruido y la furia sucede en un único día, aunque la trama se extienda por varios años?

De acuerdo, también está
La jornada de un interventor electoral, de Italo Calvino, obra que abandoné por motivos extraños hace años y que no he vuelto a retomar (“porque quien le declara la guerra al escepticismo no puede ser escéptico con respecto a su victoria, no puede resignarse a perder, de otro modo se identifica con el enemigo”), la decepcionante Sábado de Ian McEwan (autor sobrevalorado a mi entender) y alguna otra que desconozco o no recuerdo.

Es posible leer
Cosmópolis en tiempo real, dependiendo del ritmo de lectura, algo que también ocurre con After Dark de Haruki Murakami. Se podría decir que en un signo de nuestros tiempos, la coincidencia de lo narrativo con el ritmo de la realidad (pero no una realidad “real” sino más bien cinematográfica) si no fuera porque La señora Dalloway también admite una lectura en tiempo real.
Pero la novela de Wolf es comparable con las de Joyce y Lowry, que de ningún modo, por su complejidad estilística y estructural, pueden admitir una lectura en “tiempo real” (siempre queda la lectura anfetamínica, pero nunca la he probado)

Cosmópolis es una compleja visión de quienes ostentan el poder. No me indigna DeLillo cuando en la novela introduce reflexiones sobre quienes se oponen al Poder, anarquistas o grupos antiglobalización. Es duro reconocerse, pero quizás por esa visión desde fuera tenga que reconocer que,más que nunca, es necesaria la lucha:

(durante una violenta manifestación anarquista):
-Ya sabes que produce el capitalismo. Según Engels y Marx, claro.
-Sus propios enterradores- dijo él
- Pero éstos no son sus enterradores. Esto es el libre mercado, sin más. Toda esta gente sólo es una fantasía generada por el mercado. No existen fuera del mercado. A ningún sitio podrían ir si se empeñan en quedar fuera. No existe ese afuera.
(…)
- Ya sabes lo que siempre han querido los anarquistas.
- Sí.
- Pues dímelo- dijo ella.
- El afán de destruir es un afán creador.
- Ése es también el sello distintivo del pensamiento capitalista. La destrucción forzosa. Es preciso eliminar sin contemplaciones las industrias anticuadas. Hay que reclamar a la fuerza nuevos mercados. Es preciso reexplotar los mercados anticuados. Destruyamos el pasado, construyamos el futuro.
Cosmópolis, Don DeLillo, traducción de Miguel Martinez-Lage para Seix Barral

16/11/08

After Dark, de Haruki Murakami

¿Una novela en tiempo real?

Mediada la novela, según los relojes que encabezan cada capítulo van avanzando, mientras nos sumergimos en la oscuridad de la noche, me pregunto si existe correspondencia entre el tiempo de lectura con el tiempo de la acción narrativa.
Esa pregunta no es posible en los primeros capítulos de After Dark o en aquellos en los que entramos en un tempo onírico (muy lyncheano, cierto, Murakami sintetiza literariamente lo que Lynch propone en imágenes). Es más, si somos escrupulosos y nos ceñimos al tiempo narrativo y a la extensión de lo narrado, podemos ver que es imposible que se trate de una novela en tiempo real:

Capítulo Inicio Duración Nº de páginas
Cap. 1- 23:56 1 min. 25 págs.
Cap.2- 23.57 28min. 8 págs.
Cap.3- 00:25 12 min. 21 págs.
Cap.4- 00:37 41 min. 6 págs.
Cap.5- 01:18 60 min. 16 págs.
Cap.6- 02:18 25 min. 14 págs.
Cap.7- 02:43 20 min. 8 págs.
Cap.8- 03:03 4 min. 3 págs.
Cap.9- 03:07 18 min. 17 págs.
Cap.10- 03:25 18 min. 13 págs.
Cap.11- 03:43 15 min. 17 págs.
Cap.12- 03:58 11 min. 11 págs.
Cap.13- 04:09 16 min. 11 págs.
Cap.14- 04:25 8 min. 6 págs.
Cap.15- 04:33 19 min. 19 págs.
Cap.16- 04:52 46 min. 13 págs.
Cap.17- 05:38 62 min. 11 págs.
Cap.18- 06:40 10 págs.


Pero el tiempo es importante en After Dark. La narración se inicia cuando el reloj, como el ominoso y sangriento reloj del fin del mundo que aparece en Watchmen, está cercano a la medianoche. Termina al amanecer, cerca de las siete de la mañana:

"El segundero se va deslizando, suavemente, por la esfera del reloj. El mundo prosigue su avance continuo, sin pausas. La lógica y la acción funcionan de un modo sincrónico, sin fisuras. Al menos por ahora". (After dark, cap. 4)




A pesar de eso tienes la sensación de leer en tiempo narrativo, que lo que ocurre ocurre mientras lo lees, como en toda narración, por supuesto, pero en After Dark parecen coincidir el tiempo del lector con el diegético.
Sería un experimento interesante empezar a leer la novela cuando falten cuatro minutos para las doce de la noche (debe ser de noche) y ver si termina la novela a la hora prevista. Realizaría el experimento, pero ya estoy mayor para trasnochar, así que si alguien se anima y empieza a leer After Dark a la hora prevista ya me contará como ha ido la experiencia (si es que puede salir de esa habitación onírica y volver para contárnoslo)

La coincidencia de tiempos se acentúa con cierto carácter de experimento cinematográfico que tiene la novela. Cada capítulo se inicia situándonos en el lugar en el que se desarrolla la acción como el script de un guión de una película. La voz narrativa, omnisciente, involucra al lector en la visión de lo narrado: “Nuestra mirada escoge una zona donde se concentra la luz, enfoca aquel punto”. Así narrador y lectores (no un lector único sino una comunidad de lectores como espectadores en una sala oscura ante una proyección) se presentan como un “nosotros” ante cuyos ojos se desarrolla la acción. En el segundo capítulo de After Dark Murakami deja bien clara sus intenciones: “ Ahora nuestros ojos se convierten en una cámara aérea que flota por el aire y que puede desplazarse libremente por la estancia. (…) Somos unos intrusos, anónimos e invisibles. Miramos. Aguzamos el oído. Olemos. Pero, físicamente, no estamos presentes en el lugar, no dejamos rastro. Respetamos las reglas de los genuinos viajeros a través del tiempo”. Esa es la esencia de After Dark, la reunión de un grupo de lectores para visionar unas imágenes que un narrador interpreta para nosotros. La lectura de la novela se convierte así en un acto colectivo, en la comunión de todos los lectores de Murakami.


David Lynch

La traducción al inglés de After Dark se publicó en mayo de 2007. La novela se publicó en japón en 2004. Inland Empire de David Lynch se estrenó a finales de 2006. En ambas obras hay una habitación, un televisor y un drama que se desarrolla en su pantalla. En ambas dos mujeres se abrazan cuando consiguen salir de la pesadilla. Los universos de Murakami y Lynch convergen en estas dos obras realizadas prácticamente al mismo tiempo. Hay que decir que Murakami era lyncheano antes de Lynch. El pájaro que da cuerda al mundo y Lost highway se pueden consideran también coincidentes en el tiempo. El encierro y el sueño son dos temas recurrentes en ambos autores así que no es extraño encontrar coincidencias entre sus obras. Pero decir que Murakami se inspira en Lynch es tan estúpido como decir que Lynch se inspira en Murakami (algo que no aceptaríamos de ninguna manera)
After Dark es una película. Es decir es una novela que estructuralmente se presenta como una película o, más bien, como el visionado de una película. En este aspecto es una película japonesa empezando in media res y acabando sin concluir las tramas abiertas. Muestra aquello que nuestros ojos pueden ver en un espacio de tiempo limitado. No nos es dado ver más. Las amenazas y los misterios quedan suspendidos y nos debe bastar nuestro breve paseo por la realidad y los sueños.


Paul Auster

Con Paul Auster comparte Murakami el tema de la habitación cerrada. Mucho se criticó que Auster en La noche del oráculo dejase inconclusa la historia del hombre encerrado. A efectos narrativos esa incertidumbre puede tener el mismo valor que la inconclusión, al modo occidental, de las historias del cine y la literatura japonesa. La noche del oráculo es contemporánea de After Dark pero, a diferencia de Auster, Murakami rescata a su personaje de la habitación cerrada. Sin embargo otro personaje queda dentro de ella... el amenazante hombre sin rostro que roba los sueños puede ser el personaje de Auster intentando sobrevivir en su encierro.
Tal vez queramos ser demasiado consecuentes y no podamos sufrir la incertidumbre. Necesitamos la conclusión de la obra, que todo cuanto se nos muestra pueda ser contenido en una esfera narrativa y que no exista nada fuera de ella.
Prefiero que las novelas y las películas hablen entre ellas. Que el hombre sin rostro de Inland Empire sea el mismo que amenaza a Eri Asai y que, finalmente, podamos nombrarle, Nick Bowen, extrayendo los nombres de sus víctimas de viejas guías telefónicas.






Haruki Murakami

Sencillez no es siempre un calificativo peyorativo para una obra artística. Murakami desarma por la sencillez de su escritura. Es simplemente terrorífico (nos lo parece como lectores pero también, en otro sentido, como proyectos de escritores) comprobar la naturalidad narrativa con la que Murakami nos enfrenta a lo abyecto, al mal. Esa sencillez redunda en el resultado final. After Dark basa su fuerza en esa claridad de la escritura de Murakami y, sobre todo, en su estructura. No me gustan demasiado las novelas de Murakami en la que la sencillez es el único mérito destacable, prefiero aquellas en las que bordea los límites de la realidad y la maldad sin abandonar su estilo.
Pero After Dark introduce un elemento estructural nuevo que la hace especialmente destacable: El tiempo narrativo “real”, durante el cual nos muestra un fragmento fugaz, banal y terrible, apenas siete horas, de realidad. O no.

(Todos los fragmentos de la traducción de Lourdes Porta para Tusquets)



Como dice Luis, coincidencias austerianas: Primero Conrad, ahora After Dark