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24/8/22

Patos, Newburyport, de Lucy Ellmann

Esta novela no es el Ulises de Joyce, aunque el padre de Lucy Ellmann fuese biógrafo de Joyce. No es La señora Dalloway, aunque se trate de una colección de extensos párrafos de corriente de conciencia, deudora de la obra de su madre, Mary Ellmann, crítica literaria y feminista, nacida en Newburyport. No es nada de todo eso sino un esplendoroso ejemplo de cómo puede ser la narrativa contemporánea en el momento que no da la espalda a la tradición vanguardista del siglo XX. Es una novela inteligente, elaborada, compleja y no tan complicada como en principio parece. Porque ese es el gran acierto de Patos, Newburyport, emplear la modernidad narrativa, eso que algunos todavía se empeñan en calificar de ilegible o “difícil”, con la trivialidad cotidiana.


...el hecho de que las morsas pueden nadar más de seiscientos kilómetros, sí, pero no pueden nadar perpetuamente, por el amor del cielo, el hecho de que los animales no se enorgullecen de su irracionalidad como hacemos nosotros, el hecho de que, según Ben, la mitad de los mamíferos del planeta habrá desaparecido en 2050, doscientas especies al día o algo así, el hecho de que Ben dice que todo del mundo se morirá pronto de hambre o de asfixia o de SARS o de ébola o de H5N1, el hecho de que el H5N1 solo tiene que mutar unas pocas veces más y estamos todos sentenciados, así que quizá todo ha sido para nada, los logros humanos, pero antes de que eso pase todavía tenemos que presentar la declaración de impuestos, y Leo tiene que arreglar la puerta del garaje, el hecho de que sigue atascándose, botón perdido, enlechar los azulejos del baño, el hecho de que a Stacy posiblemente le parecería bien una pandemia planetaria, siempre y cuando nos incluyera, a nosotros, sus seres queridos...


De la traducción de Enrique Maldonado Roldán para Automática Editorial.


Patos, Newburyport nos muestra a la Molly Bloom del siglo XXI: Un ama de casa que tiene un negocio de pastelería en su propia cocina para ayudar a la economía familiar, en crisis a causa de los gastos médicos, mientras trata de educar a sus cuatro hijos, incluida una adolescente rebelde a la que “ posiblemente le parecería bien una pandemia planetaria, siempre y cuando nos incluyera, a nosotros, sus seres queridos”, piensa la ominosa voz que detesta a Trump y a los que llevan armas y sufre por sus hijos, expuestos a ser acribillados por cualquier demente en el colegio, sintiendo que no hay solución y que todo se desmorona pero que debe luchar como la leona de las montañas de la, por llamarla de alguna forma, narración paralela, aunque al final no concluya la analogía de forma perfecta, aunque si satisfactoria.


Patos, Newburyport es una novela monumental y menos compleja de lo que parece a priori. No hay que dejarse amedrentar por su extensión, solo es preciso dedicarle tiempo y dejar que la voz de la narradora nos lleve por el confuso mundo en el que nos ha tocado vivir.

12/6/09

A day in a life

Woke up, got out of bed
Dragged a comb across my head
Found my way downstairs and drank a cup
And looking up, i noticed i was late


Este es un post autoreferencial (es decir, en el que no se dice nada nuevo) para agradecer vuestra adhesión a la convocatoria Bloomsday (y animaros a participar)


(Imagen robada a Javier )


Casualmente (no es cierto, nada es casual) estoy leyendo ahora
Cosmópolis de Don DeLillo, novela que sucede durante un único día (un día de abril del año 2000). Además del Ulises de Joyce hay otras novelas cuya trama se desarrolla en un único día.
Entre ellas dos, junto a la de Joyce, de las grandes novelas del siglo XX, La señora Dalloway de Virginia Wolf y Bajo el volcán de Malcom Lowry (
¿Le gusta este jardín que es suyo? Evite que sus hijos lo destruyan)
¿Dejaré de citar a Faulkner en el que cada uno de los capítulos de El ruido y la furia sucede en un único día, aunque la trama se extienda por varios años?

De acuerdo, también está
La jornada de un interventor electoral, de Italo Calvino, obra que abandoné por motivos extraños hace años y que no he vuelto a retomar (“porque quien le declara la guerra al escepticismo no puede ser escéptico con respecto a su victoria, no puede resignarse a perder, de otro modo se identifica con el enemigo”), la decepcionante Sábado de Ian McEwan (autor sobrevalorado a mi entender) y alguna otra que desconozco o no recuerdo.

Es posible leer
Cosmópolis en tiempo real, dependiendo del ritmo de lectura, algo que también ocurre con After Dark de Haruki Murakami. Se podría decir que en un signo de nuestros tiempos, la coincidencia de lo narrativo con el ritmo de la realidad (pero no una realidad “real” sino más bien cinematográfica) si no fuera porque La señora Dalloway también admite una lectura en tiempo real.
Pero la novela de Wolf es comparable con las de Joyce y Lowry, que de ningún modo, por su complejidad estilística y estructural, pueden admitir una lectura en “tiempo real” (siempre queda la lectura anfetamínica, pero nunca la he probado)

Cosmópolis es una compleja visión de quienes ostentan el poder. No me indigna DeLillo cuando en la novela introduce reflexiones sobre quienes se oponen al Poder, anarquistas o grupos antiglobalización. Es duro reconocerse, pero quizás por esa visión desde fuera tenga que reconocer que,más que nunca, es necesaria la lucha:

(durante una violenta manifestación anarquista):
-Ya sabes que produce el capitalismo. Según Engels y Marx, claro.
-Sus propios enterradores- dijo él
- Pero éstos no son sus enterradores. Esto es el libre mercado, sin más. Toda esta gente sólo es una fantasía generada por el mercado. No existen fuera del mercado. A ningún sitio podrían ir si se empeñan en quedar fuera. No existe ese afuera.
(…)
- Ya sabes lo que siempre han querido los anarquistas.
- Sí.
- Pues dímelo- dijo ella.
- El afán de destruir es un afán creador.
- Ése es también el sello distintivo del pensamiento capitalista. La destrucción forzosa. Es preciso eliminar sin contemplaciones las industrias anticuadas. Hay que reclamar a la fuerza nuevos mercados. Es preciso reexplotar los mercados anticuados. Destruyamos el pasado, construyamos el futuro.
Cosmópolis, Don DeLillo, traducción de Miguel Martinez-Lage para Seix Barral

8/6/05

Doris Kilman, un personaje de La señora Dalloway, de Virginia Woolf

La novela de Virginia Wolf esta basada principalmente en los personajes que sucesivamente se van convirtiendo en protagonistas parciales de la narración. El título parece querer centrar el interés principal en la señora Dalloway. No creo que se pretenda focalizar la narración desde la perspectiva de Clarissa, que puede provocar la incertidumbre de lo adecuado del título que suscitan quienes pretenden que la novela debería llamarse Septimus. Clarissa Dalloway es el personaje con el que el resto de los personajes tienen relación directa. Todos, inclusive Septimus y Lucrecia Warren Smith, vislumbrados tenuemente por la señora Dalloway en una antigua visita a Sir Bradshaw. La fiesta es la culmincion que aglutina a todos los personajes en un lugar común, incluido a Septimus, que irrumpe con la noticia de su muerte. Sin embargo hay una ausencia clamorosa en la fiesta de la señora Dalloway.
De todos los personajes que aparecen en la novela Doris Kilman es el peor tratado de todos y además lo es a todos los niveles

En opinión de Clarissa:

Hacía años y años que llevaba aquel impermeable; sudaba; en cuanto entraba en una habitación no pasaban cinco minutos sin que hiciera sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era ella; lo rica que era una; cómo vivía en un cuartucho, sin un almohadón, sin una cama, sin una alfombra, o sin lo que sea, con el alma cubierta por la herrumbre de la ofensa, después de haber sido despedida de la escuela, durante la guerra, ¡pobre criatura, amargada y desdichada! Sí, porque no se la odiaba a ella sino al concepto de ella, y, sin duda alguna, este concepto llevaba incorporadas muchas cosas que no eran de la señorita Kilman; y la señorita Kilman se había convertido en uno de esos espectros con los que se lucha por la noche, uno de esos espectros que se ponen a horcajadas sobre nosotros y nos chupan la mitad de la sangre, dominadores y tiránicos, pero, sin la menor duda, si los dados de la fortuna hubieran caído de otra manera, más favorable a la señorita Kilman, Clarissa la hubiera amado. Pero no en este mundo. No.


Y en boca de la narradora (*)

Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.
Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón (...)


La señorita Kilman no estaba dispuesta a ser amable. Siempre se había ganado la vida. Sus conocimientos de historia moderna eran extremadamente concienzudos. De sus menguados ingresos siempre apartaba ciertas cantidades para donarlas a causas en las que creía (...)



Desde el punto de vista de Elisabeth (quizás la más condescendiente):

Su madre siempre trataba con mucha, mucha amabilidad a la señorita Kilman, pero la señorita Kilman formaba un apretujado haz de flores, y no sabía sostener una conversación ligera, y lo que interesaba a la señorita Kilman aburría a su madre, y ella y la señorita Kilman eran terriblemente amigas; y la señorita Kilman se hinchaba y parecía muy vulgar, pero la señorita Kilman era tremendamente inteligente.



La propia Doris Kilman:

—Yo nunca voy a fiestas—dijo la señorita Kilman, sólo para evitar que Elizabeth se fuera—. No me invitan.
(...)
—¿Y por qué van a invitarme?—dijo—. Soy fea, soy desdichada.
Le constaba que estas palabras eran una idiotez. Pero aquella gente que pasaba—gente con paquetes que la despreciaba—la obligaron a decirlas. De todos modos, ella era Doris Kilman. Tenía título académico. Era una mujer que había desarrollado su carrera en el mundo. Sus conocimientos de historia moderna eran más que respetables.
—No me compadezco de mí misma—dijo.
"Me compadezco", había querido decir, "de tu madre", pero no, no podía decir esto a Elizabeth.
—Compadezco mucho más a otra gente.


Desde nuestra perspectiva histórica podemos decir que Doris Kilman representaría la auténtica mujer liberada, sin embargo, hasta cuando la narración se focaliza en su personaje, no podemos extraer de él más que resentimiento y mezquindad.

Me cuesta recordar otro personaje literario cuya negatividad trascienda las distintas posibilidades o puntos de vista que ofrece la narración.
Por otra parte, quiero pensar debido a la fugacidad del personaje y su relativa intrascendencia en el conjunto de la narración, que se trata de alguna especie de desliz por parte de la autora. Como si, de alguna manera, se tratase de una inmiscusión de la realidad en la novela de Wolf, la intrusión en forma de personaje de una persona real dentro de la novela.
De no ser así, todo apuntaría a un snobismo descalificante que no sé en que situación nos dejaría como lectores.


(*) ¿Tiene sexo el narrador?