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20/5/15

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai, página 53

En vano había intentado adelantarse a los demás, pues mientras descifraba el horario, un auténtico bosque de gorros de piel, gorras con orejeras y grasientos sombreros campesinos fue llenando la plaza, y cuando reunió fuerzas suficientes para ponerse en marcha y se preguntó de súbito, aterrada, qué quería toda esa gente en el fondo, de pronto tuvo la sensación de ver a aquel al que había olvidado del todo, a aquel cuyo terrible recuerdo había sido borrado, como quien dice, por los viajeros del vagón de atrás, al hombre del abrigo de paño, allá a la izquierda, al otro lado, en medio del gentío; le pareció que miraba alrededor, como si buscara algo, y que luego se daba la vuelta y desaparecía de la vista. Todo ocurrió con tal celeridad, y el hombre se hallaba a tal distancia (aparte de que, en aquella tiniebla, ya no podía distinguir lo real de lo irreal), que no podía estar del todo segura de su identidad, pero la mera posibilidad la asustó tanto que se abrió paso entre la gente, que seguía allí sin hacer nada y que no auguraba nada bueno, y se dirigió casi corriendo hacia su casa por la avenida que conducía al centro de la ciudad. En cuanto al hombre, la señora Pflaum, de hecho, ni siquiera se sorprendió, puesto que, por muy absurdo que resultara (¿y no había sido todo su viaje un absurdo?), algo le sugirió ya en el tren, cuando lo encontró de nuevo y se frustraron sus esperanzas, que su historia con el personaje de la cara hirsuta—el escalofriante intento de violación—no había concluido en absoluto; y como ahora ya no sólo había de temer que los «bandidos» la atacaran «por la espalda», sino también que el hombre («si en efecto era él… y no una mera fantasía…») se plantara ante ella surgiendo de cualquier sitio, de cualquier portal, la señora Pflaum caminó como alguien incapaz de decidir si lo más conveniente era retroceder o echar a correr.

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai, página 53; Traducción de Adan Kovacsics para Acantilado.


16/10/14

Werckmeister harmσniαk / Melancolía de la resistencia; Bela Tarr y László Krasznahorkai



Esta es, más o menos, la historia: A un pueblo, que es una ruina tanto física como moral, llega de noche un enorme carromato que lleva en su interior el cadáver disecado de una ballena como parte del supuesto espectáculo de un circo. Instalado en una plaza céntrica, el circo congrega a una multitud silenciosa de hombres, llegados no sé sabe de dónde y del propio pueblo, que esperan la aparición del Príncipe, la otra atracción del espectáculo, que incita con sus palabras a una revolución caótica y destructiva.



Una sinopsis no puede dar una idea de cómo se desarrollará la historia dependiendo quién nos la cuente. Y nada puede ser más diferente que la forma de narrar de Krasznahorkai (literaria, digresiva, irónica) y Tarr (cinematográfica, silenciosa, perturbadora). Sin embargo ambos logran trasmitirnos lo mismo, la idea desoladora de que no existe un orden divino que regule la existencia. La prueba de ello es el desorden violento que se produce tras la revuelta de “los hombres del circo”, pero eso, a pesar de ser la parte importante del relato de Tarr y Krasznahorkai, no deja de ser anecdótico, resulta ser la consecuencia del relato, la demostración de la tesis. La verdadera idea tanto de la película como de la novela se desarrolla en dos escenas, una en la taberna, donde János Valuska, que según avanza la historia vislumbramos como el verdadero foco narrativo, representa junto a los alcoholizados clientes el movimiento de los planetas alrededor del Sol, intentando que entiendan la grandeza y el orden que rige todo aquello que está por encima de lo humano, y la digresión-discurso de György Eszter sobre las Armonías de Werckmeister, una serie de sistemas de afinación creados por Andreas Werckmeister y que viene a demostrar que la belleza (musical, en este caso) está sujeta a una primigenia arbitrariedad. Tanto Valuska como Eszter entenderán, a su manera, como una monstruosidad la ballena disecada, pero serán los únicos, también cada uno a su manera, que a través de la ballena, percibirán el carácter prosaico de la existencia.




Personalmente me siento condicionado por haber llegado a la historia primero a través de Krasznahorkai, lo cual me ha privado de la sorpresa que supone cada film de Tarr. Mientras estoy viendo la película, anticipo los discursos y las acciones de los personajes y es en aquellas escenas puramente cinematográficas a las que nos tiene acostumbrados Tarr donde caigo admirado (la caminata de Janos, el tráveling lateral con el que avanzamos junto a Eszter y Valuska por la calle ventosa, la marcha implacable de la multitud…) Conocer la historia supone un escollo a la hora de admirar plenamente una obra como la de Tarr, y eso a pesar de que la historia no es tan importante a la hora de valorar la “belleza” artística. Pero, de alguna manera, percibía que estaba perdiendo algo en el visionado de la película, o que, todo aquello que te sugiere las películas de Tarr, estaba condicionado a la lectura de Krasznahorkai. Y es que Melancolía de la resistencia ha sido una experiencia literaria que ha desbordado toda expectativa.




No sé, habrá que idear una forma de ver a Tarr y de leer a Krasznahorkai sin que sus innegables genios interfieran. Complicado.

28/8/14

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

Y con esta agudeza no sólo veía la afinidad entre propiedad y propietario, sino también el profundo parentesco que existía entre la calma sepulcral de la sala y el frío sin vida del exterior: como un espejo inexorable que siempre muestra lo mismo, el cielo reflejaba con indiferencia la desolada tristeza que manaba de abajo, y los castaños deshojados, envueltos en un gris cada día más sombrío, se inclinaban bajo un viento cortante, poco antes de desarraigarse definitivamente de la tierra; las carreteras estaban abandonadas, las calles, vacías, «como si ya solo quedaran los gatos vagabundos, las ratas y la gentuza dedicada al saqueo», mientras que la llanura desierta que se extendía más allá de la ciudad ponía en entredicho incluso la sobriedad de la mirada… A este gris y a esta tristeza, a este desierto y a este abandono, ¿cómo podía responder la sala de Eszter sino con su propio páramo, con la irradiación corrosiva de la repugnancia, de la desilusión y de la locura empeñada en atar el cuerpo a la cama, con una irradiación que atravesaba la coraza de las formas y colores y destruía toda tela y madera, todo vidrio y metal desde el suelo hasta el techo?

Melancolía de la resistencia (Az ellenállás melankóliája) László Krasznahorkai; Traducción de Adan Kovacsics para Acantilado.









¿Cómo convertir un texto tan rico en imágenes y con una construcción fraseológica endiabladamente compleja, en un filme en el que el silencio es primordial?
Próximamente.