El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.
Un blog de Javier Avilés. Fundado en 2004 forma parte de "Una región ocultamente furibunda"
15/5/15
La montaña mágica, Thomas Mann; página 53
21/2/11
El hombre sin atributos, de Robert Musil
El 28 de junio de 1914 el asesinato del archiduque austrohúngaro da origen a la Primera Guerra Mundial. Escrita entre 1930 y 1943 El hombre sin atributos, de Robert Musil, se inicia en 1913 y se dirige hacia ese punto de inflexión de la historia. Escrita en 1924 La montaña mágica, de Thomas Mann, termina durante la misma contienda europea. Entre 1931 y 1932, Hermann Broch escribe la trilogía de Los sonámbulos también ambientada en la misma época de pre-guerra.
No sé hasta que punto Musil tuvo presente a Mann mientras componía Der Mann ohne Eigenschaften. Pero hay que aceptar que de alguna manera las tres novelas escritas en alemán (Musil y Broch eran austriacos en “contraposición” a Mann, alemán) son referentes de la novela filosófica que buscan una exhaustiva exploración de las ideas y los comportamientos sociales de una época de la historia, la primera mitad del siglo XX, especialmente turbulenta.
(Es una forma de ver las cosas. Los europeos (incluso los no Mitteleuropeos, los europeos limítrofes) somos bastante egocéntricos. Todas las épocas son especialmente turbulentas)
En fin… hoy quería hablar sobre mis hábitos de lectura. Estos últimos meses mi ritmo de lectura ha disminuido y por tanto las entradas en el blog se han resentido. No recuerdo cuantos meses llevo intentando avanzar por los capítulos de El hombre sin atributos. Se puede decir que prácticamente he terminado su lectura. La edición definitiva de Seix Barral incluye galeradas y capítulos a medio corregir y textos manuscritos rescatados. Musil murió sin terminar su monumental novela.
Todo lector de El hombre sin atributos morirá sin saber el final.
Lo que me preocupa es el modo en que la lectura me ha parasitado. Porque uno se pregunta cuál es el motivo por el que se lanza a la lectura de una novela como esta, tan densa, tan plagada de ideas, tan rebosante de opiniones, tan enrevesada en sus razonamientos filosóficos, tan minuciosa en la descripción del entorno social…
Pero claro, ahora puedo añadir a mi currículo la lectura de El hombre sin atributos.
Nunca he entendido el montañismo. Escalar altas montañas, plantar una bandera y volver a bajar. Y en cierta manera se puede decir que practico una especie de montañismo lector. Y El hombre sin atributos es sin duda uno de los ochomiles. ¿Pero qué he obtenido subiendo esa montaña? Me han tenido que amputar varios dedos, he sufrido dolores inexplicables y un cansancio atroz condicionará el resto de mi vida, ¿para qué? Entiendo el montañismo en lo que supone de superación personal y búsqueda de los límites de resistencia del cuerpo humano y que en todo ello, lo verdaderamente importante, intransferible y personal (de una manera casi mística), es el hecho de la ascensión.
Pero no tiene sentido en sí.
He leído la novela de Musil. Los dos volúmenes están llenos de dobleces en muchas de sus hojas para recordar pasajes memorables y frases dignas de mención. Pero tengo la puñetera sensación de que quiero olvidar haberla leído.
(continuará) (o no)
24/3/09
Indignación, de Philip Roth
Thomas Mann, La montaña mágica.
No hay mucho que decir de una obra de poco más de 160 páginas sobre todo si no se quiere revelar el argumento. De lo que se trata, en cualquier caso, es de repetir “hay cierta mierda que no voy a tragar”, convertirlo en un lema que nos lleve a donde sea.
Y dirán, muchos lo harán, que Indignación es una obra menor de Roth, que no es de las mejores de su producción. Pero leyéndola uno puede captar la esencia de la maestría literaria, la precisa fluidez de la experiencia.
Decir que Philip Roth es magistral (en lo que se refiere a su condición de “maestro”) es una obviedad.
Así que la reseña ideal sobre Indignación, aquella que no se refiere al argumento ni reitera la calidad narrativa del autor debería resumirse en el título de la obra:
(¡Alzaos los que os negáis a ser esclavos!)
Eso sería todo.
Pero a la rendición total ante la narrativa de Roth y a la admiración por las trampas que pone en nuestro camino (uno cree encontrarse con una novela “típica” de Roth en la que un joven airado afirma su personalidad a través de tumultuosas relaciones erotico-sentimentales, pero finalmente resulta ser otra tipo de narración) se suma una conexión no sé si demasiado descabellada.
Releo Indignación en la memoria como la versión de Philip Roth de La montaña mágica de Thomas Mann.
Hay que salvar muchas distancias, de extensión, de tema, de contexto...
Indignación sería una especie de síntesis de la monumental novela de Mann que conduce a una nueva tesis con un final más concreto que la del alemán. La versión de Roth va de lo universal (las ideas que se generar en el aprendizaje de Hans Castorp en el mundo aislado del sanatorio) a lo particular (Marcus Messner en una Universidad de Ohio durante los años cincuenta) para devolvernos una idea universal (que las elecciones personales obtienen resultados desproporcionados). Roth convierte Indignación en una fábula moral en el que las imposiciones religiosas se confrontan a las libertades individuales y que concluye que, a causa de esos efectos desproporcionados que conllevan las elecciones, hay cierto tipo de opciones ante las que ninguna persona debe de enfrentarse jamás, sobre todo cuando afectan a las libertades individuales.
Se podría pormenorizar el paralelismo entre las dos novelas, pero no llevaría a ninguna parte. Indignación merece leerse por sí misma.
La montaña mágica no digamos:
¡Adiós, Hans Castorp, hijo mimado de la vida! Tu historia ha terminado. Hemos acabado de contarla. No ha sido breve ni larga; es una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, no por amor a ti, pues tú eras sencillo. Pero en definitiva es tu historia. Puesto que la has vivido, debes sin duda tener la materia necesaria, y no renegamos de la simpatía pedagógica que durante esta historia hemos sentido hacia ti y que podía llevarnos a tomar delicadamente, con la punta del dedo, un ángulo de nuestros ojos, al pensar que ya jamás te volveremos a oír ni a ver.Thomas Mann, La montaña mágica; traducción de Mario Verdaguer.
13/6/07
Ada o el Ardor y el Tiempo
(Es) algo que atañe al alma: la conciencia de la duración, la vivencia del tiempo, que amenaza perderse en una monotonía persistente, la conciencia de que ella misma se halla emparentada y unida al sentimiento de la vida y que la una no puede ser debilitada sin que la otra sufra y se debilite a su vez. Se han difundido muchos conceptos erróneos sobre la naturaleza del hastío. Se cree que la novedad y el carácter interesante de su contenido «hacen pasar» el tiempo, es decir, lo abrevian, mientras que la monotonía y el vacío alargan a veces el instante y la hora patéticamente. Pero esto es inexacto, pues, siendo en ocasiones así, la monotonía y el vacío pueden abreviar y acelerar vastas extensiones de tiempo hasta reducirlas a la nada. Por el contrario, un contenido rico e interesante es sin duda capaz de abreviar una hora e incluso un día, pero, considerado en conjunto, confiere al paso del tiempo amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos pasan con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y ligeros, que el viento barre y se alejan volando. El hastío es, pues, en realidad, una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta la vida más larga sería vivida como muy breve y pasaría en un momento.
(...)
Pero luego, en la medida en que uno se «adapta», comienza a sentir cómo se abrevian; quien se interesa por la vida o, mejor aún, quien desea interesarse por ella, percibe con espanto cómo los días se van haciendo ligeros y furtivos, y la última semana —por ejemplo, de cuatro— posee una rapidez y fugacidad inquietantes. Es verdad que el rejuvenecimiento de nuestra conciencia del tiempo ayuda a superar ese período intercalado y desempeña su papel aun después de volver a la regularidad. Después del cambio, los primeros días en nuestra casa nos parecen también nuevos, amplios y jóvenes, pero sólo al principio, pues uno se acostumbra más deprisa a la regularidad que a su interrupción, y cuando nuestra vivencia del tiempo asiste a su fatiga por la edad, o —signo de debilidad congénita— no ha estado muy desarrollado, se adormece rápidamente y al cabo de veinticuatro horas es como si nunca nos hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.
Thomas Mann, La montaña mágica; Traducción de Mario Verdaguer
A modo de refutación, empleando uno de sus sutiles juegos incisivos y mordientes, Vladimir Nabokov en el primer capítulo de Ada o el ardor, introduce su peculiar “Digresión sobre el Tiempo”
Dice Van Veen: “Mi finalidad al escribir La textura del tiempo, obra difícil y deleitable (...) consiste en purificar mi propia noción de “tiempo”. Voy a examinar la esencia del Tiempo, no su transcurrir, porque no creo que su esencia pueda reducirse a su transcurrir”
(...)
El único Tiempo por el que me intereso es el Tiempo detenido por mí y del cual mi mente se ocupa en una intensa atención voluntaria. Así, pues, sería ocioso y erróneo mezclar con él el tiempo “que pasa”. Sin duda, tardo “más tiempo” en afeitarme cuando mi pensamiento “ensaya” palabras; sin duda no soy consciente de que me retraso hasta que consulto el reloj; sin duda, a los cincuenta años, me parece que el tiempo del calendario corre más deprisa, porque se da en fracciones que constituyen fragmentos cada vez más pequeños de mi creciente fondo existencial, y también porque me aburro menos de lo que me aburría de niño (...) Pero esa “aceleración” depende precisamente del hecho de que no entendemos el Tiempo.
Nabokov juega a confundir Tiempo con Memoria (incluso con una Memoria del porvenir, en su particular distopía, Antiterra, ya que su discurso se realiza desde la vejez de su narradores protagonistas y debido a la diferencia temporal entre las “realidades” narrativas y autoriales) y además se permite el lujo de enmendar a Mann con su comentario (contundente, como siempre) de que “no entendemos el Tiempo”
Nabokov se atreve incluso con la Relatividad:
Yo no puedo imaginar el Espacio sin el Tiempo, pero puedo muy bien imaginar el Tiempo sin Espacio. El «Espacio-Tiempo», ese horrible híbrido, parece falso incluso en su guión intermedio. Es posible odiar el Espacio y amar el Tiempo.
Pero, ¿cuál es esa “Textura del Tiempo” según Veen-Nabokov?:
Y uno puede estar enamorado del Tiempo, ser un sibarita de la duración. Yo amo sensualmente al Tiempo, su tejido y su extensión, la caída de sus pliegues, el mismo carácter impalpable de su cendal grisáceo, el frescor de su continuum. Querría hacer algo con él, abandonarme a un simulacro de posesión. (...) Sé también que el Tiempo es un perfecto caldo de cultivo para las metáforas.
¿Por qué es tan difícil —tan vergonzosamente difícil— fijar en la mente el concepto de Tiempo y conservarlo allí para su examen? ¡Qué esfuerzos, qué tanteos, qué irritante fatiga (...) Tal vez la única cosa que permite entrever el sentido del Tiempo es el ritmo. No los latidos recurrentes del ritmo, sino el vacío que separa dos de esos latidos, el hueco gris entre las notas negras: el Tierno Intervalo. La pulsación misma no hace sino recordar la triste idea de la medida, pero entre dos pulsaciones hay algo que se parece al verdadero Tiempo. ¿Cómo puedo extraerlo de ese tierno hueco? El ritmo no debe ser ni demasiado lento ni demasiado rápido. A un latido por minuto, mi sentido de la sucesión queda completamente superado, y cinco oscilaciones por segundo producen una oscuridad de la que no es posible salir. El ritmo lento disuelve el Tiempo, el ritmo rápido no le deja lugar.
Fragmentos de Ada o el ardor, de V. Nabokov; Traducción de David Molinet
Yo no sé hasta que punto es lícito saltar del ritmo a la música, ni hasta que punto Nabokov es lógico cuando postula que el ritmo es Espacio, que empleamos éste en la medición del Tiempo. Pero en esta lucha entre personajes que se desarrolla simultáneamente todos los días, en todos nuestros presentes, dejaremos que se defienda quien no pudo hacerlo en su obra:
—¡Bravo! —exclamó Settembrini—. ¡Bravo, teniente! Ha definido a la perfección un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo... La música despierta..., y en este sentido es moral..., ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo... Les aseguro que hay algo inquietante en la música. Sostengo que es de una naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.
Thomas Mann, La montaña mágica; Traducción de Mario Verdaguer
Ada o el Ardor
Ada o el ardor y Solaris
Ada on line; Realidad
