8/6/16

La última posada, de Imre Kertész

No recomiendo leer este libro a quien no haya leído previamente (alguna de las otras) (todas las) obras del autor húngaro. En parte porque es una especie de testamento literario y en parte porque no aporta nada fundamental y relevante al conjunto de su obra. Todo cuanto dice Kertész en La última posada está ya recogido, y de forma magistral, en sus anteriores novelas. En Sin destino, en Fiasco, en Liquidación...
La última posada es la combinación de un auténtico y patético (dicho sin intención peyorativa) diario y de un falso (narrativo) diario en los que se recoge la angustia del escritor que se encuentra en el límite de su tiempo. Cita a Sebald como referente, claro. No cita, supongo que por desconocer su existencia, a Levrero. Pero es en ese terreno, que además ya invade muchas de sus obras, en el que se mueve La última posada.
Pero el pathos al que apela la narración de Kertész, se ve empañada en muchas ocasiones por opiniones veleidosas que, personalmente, creo que no vienen al caso. Es como si en el intento de escribir la obra de ficción La última posada, que aparece dentro del libro, Kertész considerase lícito, en su condición de “moribundo literario” la inclusión de cualquier cosa que se le ocurriese. En ocasiones esas digresiones propias de un diario escrito día a día y que no tienen intención de conformar una obra, pueden resultar ocurrentes, reveladoras, incluso contundentes, pero en otras ocasiones dan la sensación, por subjetivas y repetitivas, de no estar demasiado meditada su inclusión en el conjunto, como si en su último texto todo valiese y cualquier cosa pudiese tener su espacio. Eso confiere a la obra un aspecto deslavazado, descuidado y falto de revisión, que la sitúa lejos de sus grandes obras maestras.
Aún así me parece un libro imprescindible para todos aquellos que amamos a Kertész, porque, después de leer sus grandes novelas y atisbar a través de su diario las condiciones de toda su vida, el tránsito sin descanso del nazismo al stalinismo siempre con la sombra del desprecio sobre él, podemos ser condescendientes y disculpar sus errores... o lo que yo creo que son errores.

No sé, tal vez yo esté equivocado y lo que Kertész quiere demostrarnos con la inclusión en La última posada de esas opiniones que considero irrelevantes, es la imposibilidad de un testamento literario.
El autor, la obra, el autor dentro de la obra, la inminencia de la muerte... esas cosas, ya se sabe, forman parte de algo que supera a la propia obra... para bien y para mal.




He aquí un fragmento que engloba los “defectos” que comentaba:

Goldfinger. Una película increíblemente estúpida. Las inconcebibles aventuras del agente 007. Goldfinger, un personaje irrisorio que, sin embargo, ha amasado una enorme fortuna, decide introducirse en Fort Knox y contaminar con una radiación tóxica las reservas de oro que los estadounidenses guardan allí, todo con el fin de inutilizarlas durante décadas y paralizar, en consecuencia, la vida económica de Occidente (no se entiende muy bien por qué) Funda y forma para tal fin un ejército, crea fábricas y bancos. Miraba esa estúpida película, las hazañas sin parangón del superhombre 007, y cuando más sacudía la cabeza, de pronto me di cuenta de que estaba viendo una película que es cierta. ¿No ocurrió eso el 11 de septiembre? ¿No extrajo la figura legendaria llamada Bin Laden de los estúpidos guiones estadounidenses no sólo las ideas, sino también su puesta en practica? La historia ha devenido en una película de acción llena de kitsch, en la que todos se convierten en comparsas; es mas, a veces se elimina a todos los comparsas, y su muerte merece entonces la misma atención que la desintegración de los platos en el tiro al plato; estas películas de acción y esta historia de acción enseñan básicamente que no eres nadie, que tu vida y tu muerte valen lo mismo que la trama de la película, la cual, a su vez, no vale nada. Al final siempre triunfa la encarnación del bien, con la que, sin embargo, tú como comparsa no tienes nada que ver. Y para el papel de la encarnación del bien siempre se contrata a una estrella, cuyo privilegio consiste en quedar con vida y recibir para colmo el sueldo correspondiente.