7/4/16

Una lectura contaminada: Aira vs Oates

Estaba leyendo Ave del paraiso de Joyce Carol Oates cuando una escena de la novela colapsó mi mundo lector.

Situémonos: César Aira escribió Cómo me hice monja en 1993. Joyce Carol Oates escribió Little Bird of Heaven en 2009. Pensemos ahora en cuantas novelas podemos recordar en la que ocurran situaciones relacionadas con helados, con puestos de helados, con helados en malas condiciones, con el desengaño que supone para el niño que fue el narrador encontrarse con una supuesta delicia como un helado convertida en detonante de un drama. ¿Cuántas? Dos. La novela de Aira y la de Oates.

Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los árboles que había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos. Observé cómo lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de crema verde. Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la boca.
Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz, y eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles, que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente la alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era un dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una tonelada.

No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo a prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca involuntaria de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi exagerada, en la que se conjugaba la reacción fisiológica y su acompañamiento psíquico de desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no poder seguir a papá ni siquiera en este camino de placeres. Habría sido insensato intentar ocultarlo; ni siquiera hoy podría hacerlo, porque esa mueca no se ha borrado de mi cara.

—¿Qué te pasa?

En su tono ya estaba todo lo que vino después.

César Aira, Cómo me hice monja.

Fuera, en el aparcamiento, donde el aire era caliente y húmedo, opresivo después del frescor de la granja, al acercarnos al coche de papá, aparcado imprudentemente bajo el sol despiadado, descubrí que mi cucurucho de barquillo había perdido la punta, estaba roto, y a continuación descubrí, llena de horror, que había algo al final del cucurucho, negros gorgojos que se agitaban.
Di un grito y dejé caer el helado.

Papá lo oyó y vino a investigar.

—¿Qué demonios sucede, Krissie? ¿Qué ha pasado?

Dos bolas de helado —fresa, chocolate— sobre la grava caliente, deshaciéndose. Con un aspecto absurdo allí en el suelo. Algo que era supuestamente exquisito —algo especial, delicioso— en el suelo, como si fuese basura. Le dije a papá que había gorgojos dentro del cucurucho y que no me lo podía comer. Sentía náuseas y estaba a punto de vomitar. Papá lanzó una maldición en voz baja y empujó el cucurucho con la punta del zapato, como si pudiera ver desde su altura la media docena de insectos negros moviéndose dentro del cucurucho; su actitud era escéptica, impaciente; no parecía muy comprensivo, como si la profanación del helado fuese culpa mía. O, quizá, niña torpe, simplemente se me había caído y estaba tratando de echar la culpa a otra persona.

Joyce Carol Oates, Ave del paraiso. (Traducción de J. L. López Muñoz)

La similitud entre ambas escenas no acaba ahí, en el asco de una niña (niño-niña en el caso de Aira) ante un helado corrompido. Lo grandioso de la coincidencia es que a ambas escenas le sucede la muerte violenta de quien ha vendido el helado.
El padre de la niña César Aira mata al heladero.
El padre de la niña Krissie Diehl es sospechoso (hasta donde he leído) del asesinato de la heladera.

Y digo “hasta donde he leído” porque la lectura de la novela de Oates avanza lentamente. Y lo hace porque estoy metido en un mundo especular en el que Aira reescribe una novela de Oates ANTES de que ella la escriba.
Un mundo en el que la concisión narrativa de Aira gana por goleada a las morosas y extensas descripciones irrelevantes de Oates.
Y Oates suele gustarme.
Pero en esta ocasión ha ocurrido algo que supera la lectura de una novela. La confirmación de que todo está escrito de una u otra manera, de que las novelas hablan entre ellas y de que depende de nosotros, lectores, del orden de nuestras lecturas, que podamos captar esas conversaciones. 
Para bien y para mal.
En este caso para mal porque ya no puedo leer la novela de Oates sin tener presente la de Aira.

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Editado unas horas después:

En primer lugar no pretendo insinuar de ninguna manera la posibilidad de un plagio. Oates y Aira pertenecen a ámbitos distintos... no se trataría del atisbo de una posible copia, se trata de la utilidad de ésta si existiese.
No hay plagio.

En segundo lugar, esta frase de César Aira en una entrevista, que vuelve a demostrar que las casualidades no existen, sino que todo está conectado:


"El libro que acaba de salir acá contiene más de veinte relatos. Con dos o tres de estos ya están mis obras completas... Creo que mis obras completas entrarían en una novela de Joyce Carol Oates"
Entrevista a César Aira

7 comentarios:

Anónimo dijo...

¿No contemplas la posibilidad de plagio? Resulta asombrosa la coincidencia, y no tanto la escena de asco ante un helado por parte de un niño (aunque también), como el posterior asesinato del heladero...

Portnoy dijo...

Ni me planteo lo del plagio.
:-)

Rosa Berros Canuria dijo...

No he leído a Aira, pero Oates es una de mis autoras favoritas. Yo tampoco hablaría de plagio. Oates tiene una obra extensa y de prestigio sin necesidad de plagiar a nadie. Tal vez, inspiración, influencia, homenaje.
Lo que es seguro es que buscaré y leeré a César Aira porque el fragmento que pones me ha cautivado.
He descubierto tu blog buscando cosas sobre Faulkner. Enhorabuena por él. Es de los blogs literarios con más calidad que he visto. Y el guiño a Roth del título me ha encantado. Soy una forofa de la literatura norteamericana
Un abrazo.

Portnoy dijo...

He editado la entrada para apuntar un par de cosas, sobre todo para excluir completamente el plagio.
Lee a Aira, Rosa. Su narrativa es muy peculiar y adictiva.

Saludos y gracias por vuestros comentarios.

Anónimo dijo...

Tal vez exista una fuente original que inspire a ambos. Una novelita de los años cincuenta, un comic, una película olvidada?
Lo cierto es que, si hacemos caso a su declaración de principios, a Aira le costó muchísimo menos escribir para llegar a mejores resultados.
Es de los escritores más libres y hedonistas que existen.
Por estos pagos ya se va delineando la idea de que Aira y Mario Bellatín serán dos referentes básicos para la literatura latinoamericana futura. Y tal vez la de más allá. A prestarle atención al segundo.

gloria abras pou dijo...

Aira es muy innovador mientras que Oates es una narradora clásica. Yo tampoco apuesto por el plagio.
La literatura norteamericana me gusta mucho, mucho. Roth es un gigante. Una vez tomé un café en Newarck como homenaje al brillante autor de "Pastoral americana".

M. dijo...

Nada de plagio; asistimos a un capitulo más del gran libro los Pierre Menards. En otro orden de ideas, creo que habría que rastrear la historia en las películas pues, hasta donde entiendo, los helados frustrados son todo un motivo cinematográfico. Lamentablemente no soy un gran cinéfilo y únicamente puedo echar mano a aquella escena de Ghost Dog de Jarmusch, donde... bueno. no matan al heladero. Saludos.