8/1/15

Samuel Beckett, el último modernista, de Anthony Cronin





Una persona. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No. Esa persona sabe sobre sí misma. El resto, a nuestra vez personas insondables, podemos apreciar fragmentos, retazos, esbozos.
Samuel Beckett. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No.

“Molloy y todo lo que vino después fue posible el día que tomé conciencia de mi propia estupidez. Entonces empecé a escribir lo que sentía”

dijo Beckett… o así aparece recogido en Beckett par lui-même por Ludovic Janvier.

¿Sabemos? No.

Se insinúa por parte de Cronin cierta disfunción de tipo sexual, que en cierta manera condicionó la vida de Beckett… tal vez no profundiza más por respeto y pudor. Lo cual no me parece mal. Beckett se enfureció cuando se publicaron las cartas íntimas que a lo largo de su vida se habían cruzado James Joyce y Nora Barnacle.

(“Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico”, escribía en una de ellas Joyce)

¿Queremos saber? No. En serio, hay ciertas zonas de las vidas de cada uno de nosotros que deberían ser opacas para el resto. No por nada especial, ni por nada lascivo o prohibido, ni por mojigatería… sencillamente los detalles de nuestra vida pertenecen a cada uno de nosotros, quizás sea lo único que verdaderamente poseemos. No queremos saber.

No deberíamos querer saber.

Escribe Cronin casi al final de su biografía:
“Cuando [Beckett] leyó el Oscar Wilde de Richard Ellman le sorprendió lo que denominó ‘la hipocresía de los ingleses’, aunque el libro le pareció demasiado largo y demasiado detallado, como de hecho suelen ser casi todas las biografías modernas”

Tal vez un intento de autodefensa. La virtud, la gran virtud, de la biografía de Beckett escrita por Cronin, es que se fundamenta principalmente en fuentes escritas por el propio Beckett. Para suerte de su biógrafo, Beckett escribió infatigablemente miles de cartas a lo largo de su vida. Disponer de esa fuente documental le permite bucear en el pensamiento de Beckett, en los sucesos de su vida, en sus sufrimientos y alegrías.

Pero recordemos que somos espectadores que no podemos apreciar más que fragmentos. Lo que nos propone Cronin es acercarnos lo más posible a aquello que podría considerarse una visión fragmentada pero casi completa de la vida de Beckett. Tal vez fundamentada en una ficción, porque todo escrito deviene ficción en contraposición a la “realidad”. Por eso, lo que nunca debemos olvidar es la abismal diferencia entre ese calidoscopio de imágenes truncadas que podríamos creer que es la vida de Beckett y la contundencia de su obra literaria. Hay una brecha que nunca podremos salvar, podemos ver a esa persona, haciendo, diciendo, pero no podemos alcanzar, ni rozar siquiera, el proceso mental de creación de unas obras prodigiosas. Ni descubrir el sentido hermético de la mayoría de su obra, sentido que, afortunadamente para nosotros, lectores, Beckett se resistío a revelar.

Beckett, en la antesala del tribunal, “intercambia saludos” con la persona que le apuñaló. Pregunta a su agresor por qué lo había hecho. Prudent contesta: “No lo sé”. Ahí está la diferencia que hace que toda biografía sea inabarcable: La diferencia entre lo que dice, “no lo sé”, y lo que verdaderamente impulsó a Prudent a perforar el pulmón de Beckett. “No lo sé”, dice Beckett que dijo. Pero Cronin apunta con verdadera cordura: Esta versión es muy posterior a los hechos. Es algo que Beckett cuenta a posteriori, algo que resulta muy conveniente y consecuente con el sentido (o con el no-sentido) de sus obras teatrales. Quizás el “no lo sé” forme parte de otra narración, de una mayor.
Una narración cuyo principal argumento sea el sentido de Esperando a Godot y la insistencia casi obsesiva en que en cada representación que Beckett pudo controlar de la obra, se respetase estrictamente el texto y las acotaciones, que los actores no se empeñasen en “ser” los personajes, sino en representar el texto según las directrices del propio texto. Actuación textual, podría llamarse.
Y la incógnita sobre quién es Godot, o qué representa el personaje que no aparece, o qué significa o a qué se debe su nombre:

- Godeau: Un conocido ciclista francés de la época, al que Beckett había visto (sus intereses extraliterarios se decantaban por el deporte) “me parece recordar que era calvo”.
- Godillot: Palabra en argot que en francés significa bota (dijo Beckett)
- Rue Godot le Mauroy: una calle de Paris en la que se apostaban prostitutas. “Cuando una de las prostitutas le ofreció sin éxito [a Beckett] sus servicios, le dijo con sarcasmo a qué esperaba y si esperaba a Godot”, relata Cronin.
- “God ist tod”: Nietzsche.
- Dios: “God en inglés significa Dios… Nota del traductor” (sic).

Sigamos.

Años antes Beckett oyó a Hitler hablar por la radio y pensó que era como oír salir el aire de una rueda pinchada.

Cronin no desvela qué película había visto Beckett la noche que fue apuñalado. Es algo que me preocupa desde hace mucho tiempo.

Consideramos a Beckett un hito histórico. Pero contextualizo. Quizás mientras yo leía en un tren Cómo es, Samuel Beckett cruzaba una calle de París en medio del tránsito como era su costumbre. Quizás mientras yo leía Molloy, Beckett miraba por la ventana la curiosa vista que se contemplaba desde su habitación del asilo Tiers Temps: Un único árbol en un patio.
Aún siendo de alguna manera coincidentes en el tiempo, es imposible contemporizar con la enorme figura del escritor irlandés, Beckett ha sabido con su obra trascender el tiempo, abolirlo.

Entonces, yo no viajaba en tren. El árbol lleno de vida, floreciente. No ramas secas. Lleno de pájaros. Junto a las vías.
  
¿Tienen sentido sus textos? ¿Tienen el mismo sentido para Beckett mientras los escribe que para nosotros mientras leemos? Una respuesta afirmativa a la primera pregunta sería asegurar que tienen un sentido en sí mismos, más allá de la experiencia creativa y de la interpretación lectora. Seguramente lo tienen, seguramente la intención de Beckett era esa. Lo importante (y trascendente) es que desvelan una porción de la condición humana plagada de desolación y de una patética comicidad. Esa es la innegable grandeza de los textos de Samuel Beckett, un escritor fundamental para la narrativa y la dramaturgia del siglo XX, quizás cruel (más que injustamente) olvidado por la mayoría. Los límites de la narrativa a los que nos condujo Beckett suponen un gran escollo para el avance o, querrán algunos, un punto muerto a partir del cual no se puede continuar.

Y luego está su vida. La narrativa en torno a su vida.

He tenido mucha suerte con algunas biografías de escritores que he leído, un género al que me acerco con susceptibilidad: Vida y confesiones de Oscar Wilde, (Laertes) de Frank Harris, un libro que presté y que jamás me devolvieron. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982, (Minotauro) de Emmanuel Carrère y la que nos ocupa Samuel Beckett, el último humanista, de Anthony Cronin.


Los textos entrecomillados pertenecen a la traducción de Miguel Martinez-Lage, para la editorial La Uña Rota.

2 comentarios:

Santiago dijo...

Siempre me pareció fascinante la obra de éste hombre. No comparto que sea un autor olvidado, creo más bien que se ha convertido con el tiempo en un autor minoritario o, como dicen algunos, "de culto", en todo caso necesario, incluso imprescindible. Saludos.

Camilo Hernández dijo...

Interesante texto, de pronto leo la biografía...