7/9/13

Tierras de poniente, de J. M. Coetzee

“La letra impresa es el maestro severo con su látigo, y leerla es una búsqueda llorosa de señales de piedad. El escritor se ve tan humillado ante la misma como el lector. (…) Leer la letra impresa es un hábito esclavo”
Tierras de poniente, de J. M. Coetzee

Datos:
-En 1963, mientras trabajaba en Inglaterra, le fue otorgado el Master of Arts por la Universidad de  Cape Town por una tesis sobre las novelas de Ford Madox Ford titulada "The Works of Ford Madox Ford with Particular Reference to the Novels".
-Su tesis de Doctorado en Lingüística por la Universidad de Austin, Texas, en 1969, es un análisis estilístico computerizado de las obras de Samuel Beckett titulado "The English Fiction of Samuel Beckett: An Essay in Stylistic Analysis".
-Tierras de poniente (Dusklands, 1974), publicada cuando Coetzee contaba 34 años de edad, se considera su primera obra de ficción.

Quiero creer que esos trabajos académicos (de los que desconozco su contenido, pero que por sus títulos me parecen muy atractivos) son el motivo por el que Tierras de poniente no parece la novela de un principiante, es decir, puede ser la primera novela de Coetzee, pero en ningún caso es la novela de un principiante. Además la primera frase de la primera parte ya deja en evidencia uno de los asuntos que será frecuente en sus siguientes novelas, la ficcionalización de la realidad, y su opuesto, la realidalización de la ficción:

“Coetzee me ha pedido que revise mi ensayo”

Eugene Dawn, autor/narrador de (los dos) “Proyecto Vietnam”, trabaja para los servicios de propaganda del departamento de Defensa de los EEUU en la sección Mitografía. Su “Proyecto Vietnam” (“Nueva vida para Vietnam”) que supervisa (un tal) Coetzee, trata sobre la población vietnamita analizando el carácter de la población del país en el que opera el ejército estadounidense y trata sobre reorientar, basado en esos términos, la conducta de los servicios de propaganda y el comportamiento de las tropas de ocupación. De ese proyecto sabremos algunas cosas a través de la narración en primera persona de Dawn que supone, (¡cómo no!) un descenso a su infierno particular. El material teórico que maneja Dawn contrasta con la realidad del conflicto, con la crudeza y la falta de humanidad que Dawn puede conocer. La mitografia no puede dar respuestas a unas conductas brutales. Dawn cae y no amanece más para él.
La narración de Dawn finaliza sobre las dos quintas partes de la novela (si es que podemos seguir llamándola novela) 
Se inicia entonces La narración de Jacobus Coetzee, editada y prologada por el padre de J. M. Coetzee, y traducida del holandés por éste.
Aquí nos encontramos el primer escollo que a modo de artificio engañoso ha preparado el autor; ¿es el Coetzee traductor de la narración de su antepasado el mismo Coetzee que supervisa el trabajo de Dawn en la primera parte de la novela? Y, aún más, ¿es alguno de ellos el propio autor? Su biografía lo desmiente. A Coetzee se le denegó la residencia permanente en Estados Unidos por participar en los movimientos contra la Guerra de Vietnam. Difícilmente podría haber trabajado, como el Coetzee supervisor de Dawn, en el Departamento de Defensa, aunque comparta rasgos con éste, como su formación como matemático. Respecto a la parte sudafricana el padre del autor se llamaba Zacharias y no, como aparece en el texto, S. J. Coetzee. Si los varios Coetzee que aparecen en la narración (ni siquiera tenemos la seguridad de que se trate de la misma persona ni que pertenezcan a la misma familia) no son el autor de la novela, el uso repetido del apellido obedece a un recurso metaficcional que Coetzee ha empleado en muchas de sus novelas. El narrador de El buen soldado, de Ford Madox Ford, nos dice al principio de la novela “Esta es la historia más triste que jamás he oído”, pero a lo largo del texto no tan solo desmiente ese dato, sino que deja entrever en la narración sus más íntimas miserias morales. Como estudioso de Ford, Coetzee no dejaría pasar por alto la “invención” del narrador infidente, aunque tengo la impresión de que Coetzee le dio la vuelta a la idea. No trata de dejar en evidencia a un falso narrador, sino que se erige como un falso narrador poniéndose a él mismo en primera línea de muchos de sus textos. Dejar a la vista de todos lo que se quiere ocultar. Tendríamos que tener en cuenta esta característica de la narrativa de Coetzee incluso cuando abordamos su “biografía ficcionalizada”. No se trata de que nada de lo que nos narre sea cierto (que lo es por convenio y acuerdo autor-lector) sino que no debemos dejarnos obnubilar por ese juego del que no obtendremos nada claro si nos empeñamos en traspasar la frontera buscando en los textos Lo Real. Lo importante de los textos de Coetzee no se encuentra en el (fascinante) juego metanarrativo, sino en el mensaje que transmiten. Y ese mensaje suele ser bastante pesimista en lo que a la condición humana se refiere.
En Tierras de poniente, su primera novela, ya es así.
¿Cuál es entonces el mensaje de los dos, aparentemente distintos, textos que conforman la novela?


“Un mito es cierto — ¬es decir, operativamente cierto — en la medida en que dispone de fuerza predictiva. Cuanto más arraigado y universal sea un mito, más difícil de combatir resulta. Los mitos de una tribu son las ficciones que acuña para conservar sus poderes. La respuesta a un mito de fuerza no es necesariamente la fuerza contraria, puesto que si el mito predice una fuerza contraria, entonces esa fuerza contraria refuerza el mito. La ciencia de la mitografía nos enseña que una oposición más sutil es la que consiste en subvertir y revisar el mito. La propaganda más elevada que existe es la propagación de una nueva mitología”

La estructura de la segunda parte es significativa: Una nota del traductor J. M. Coetzee, el texto de su antepasado y, como epílogo, la declaración oficial de Jacobus Coetzee. La mayor parte del texto es la narración en primera persona de la expedición de Jacobus Coetzee más allá del gran río en busca de nuevos territorios donde cazar elefantes. En cierta manera esta parte constituiría la Verdad (al igual que los informes oficiales sobre Vietnam y sus imágenes son la Verdad a la que debe enfrentarse Dawn). La declaración oficial de Jacobus Coetzee en la que relata el camino que siguió, las tribus con las que se encontró, su descripción de una jirafa (no vista con anterioridad por descendientes de europeos, al parecer) y de rumores sobre otras tribus jamás visitadas por el hombre blanco convierten a Jacobus Coetzee en una leyenda. Tenemos dos textos escritos por el mismo hombre que se contraponen, uno en el que se cuenta la Verdad y otro, un texto oficial, burocrático, histórico, con el que se crea un Mito.
Lo que perdura es la leyenda oficializada, la del aguerrido explorador que abre nuevos terrenos a explotar, lo que subyace, la “verdad”, es la de un despótico esclavista incapaz de superar sus principios racistas (no juzguemos, quién de nosotros podría superarlos si hubiésemos sido educados en la sociedad europea del siglo XVIII) incluso hundido en la más vergonzante ignominia. 
¿Cómo puede Dawn construir una nueva mitología sobre Vietnam y para Vietnam si es consciente a través de pruebas de la crueldad y la aberración inhumana de las tropas estadounidenses en ese país?.
Así pues, a través del juego de imposturas que desarrolla Coetzee introduciendo personajes con su propio nombre, avisándonos de la inevitable permeabilidad a la que están sometidas realidad y ficción, a pesar de su carácter de ficción, la tesis a la que quiere llegar el autor es que todo texto narrativo encierra una Verdad y que necesariamente ésta debe suponer una denuncia de la Realidad, de lo Oficial, del Mito Histórico.
Y todo esto a través de dos personajes nada semejantes, separados además por el tiempo y el espacio, que viven sus personales “descensos al infierno”, para demostrarnos que la naturaleza humana, por diversas causas, no está destinada a la bondad. Uno de ellos enloquece por su continuo contacto con las atrocidades de la guerra desde su despacho a cientos de kilómetros del frente. El otro es un ejemplo de la despiadada prepotencia del hombre blanco en la conquista del continente africano. La pregunta no es tanto si ambos personajes se darán cuenta de quiénes son realmente, sino si nosotros, los lectores, lo haremos.

Todas las primeras novelas deberían encerrar tanto potencial narrativo de futuro como lo hace Tierras de poniente.
(Los textos de la traducción de Dusklands por Javier Calvo para Mondadori)

3 comentarios:

qop dijo...

Buen análisis, gracias por aportar.

neordental dijo...

Hola Portnoy, ¿qué novela del sudafricano me recomendarías para empezar a hincarle el diente? ¿Esta su ópera prima por ejemplo? ¿Tienes un top 5 de sus mejores novelas?

Gracias, y un saludo.

Portnoy dijo...

No tengo un top 5 porque todas me gustan. Quizás, porque es como empecé yo a relacionarme con sus novelas, te recomendaría empezar por alguna de estas Vida y época de Michael K., La edad de hierro, Foe, El Maestro de Petersburgo o Esperando a los bárbaros, y luego seguir con algunas de las "metaliterarias" (las de Elisabeth Costello)... o las "autobiográficas"... no sé, todas son buenas.