2/1/13

Requiem for a nun, de William Faulkner


Traducida al catalán como Rèquiem per una monja, al castellano como Réquiem por una mujer; como Réquiem para una reclusa se tituló originalmente la adaptación para el teatro de Albert Camus, basada en la novela de Faulkner, aunque se estrenó como Réquiem por una mujer; la adaptación cinematográfica de Tony Richardson que (creo) unificaba la historia de Temple Drake según las dos novelas de Faulkner en las que aparece se tituló Sanctuary y se estrenó en España de nuevo como Réquiem por una mujer.
Las sucesivas traducciones al castellano han eludido incomprensiblemente la “monja” original del título. ¿Reservas de una estricta herencia católica? ¿lo poco comercial de la mención a una “monja” en el título de una novela? ¿la pretensión de enmendar al mismo autor retitulando una novela? (ha ocurrido de nuevo con The reivers, ahora titulada (incomprensiblemente) La escapada) ¿eliminar cualquier referencia religiosa vinculada a Faulkner? Sea cual sea el motivo de la decisión, es una tontería cambiar “monja” por “mujer”, es estúpido desvincular a Faulkner de un sentimiento religioso sobre todo cuando su siguiente novela es Una fábula.

Lo cierto es que existe cierta dificultad en identificar a la “monja” a la que hace referencia el título original de la novela de Faulkner: ¿Nancy Mannigoe la prostituta negra, toxicómana y asesina confesa? ¿Temple Drake (Señora Gowan Stevens) perjura y adúltera? Pero eso no es motivo para eliminar completamente del título (salvo la traducción catalana) la mención a la monja que debemos entender importantísimo para que Faulkner la incluyese en el título. Si ya Una fábula recreaba la crucifixión de Cristo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, de nuevo el elemento religioso está presente en esta novela, donde Faulkner explora la angustia de la culpa y la falacia de la justicia humana.

Temple Drake (al Gobernador): (…) No hemos venido aquí a las dos de la madrugada a salvar a Nancy Mannigoe. Nancy Mannigoe ni tan solo tiene algo que ver con todo esto, porque el abogado de Nancy Mannigoe me dijo, antes de salir de Jefferson, que usted no salvaría a Nancy Mannigoe. Si hemos venido aquí a despertarle a las dos de la madrugada es tan solo para dar a Temple Drake una oportunidad buena, limpia y honesta de sufrir… ya me comprende: sencillamente la angustia por la angustia, como decía aquel ruso, o quien fuese el que escribió un libro entero sobre el sufrimiento, no el sufrimiento por alguna cosa, sino el sufrimiento puro y simple, de la misma forma que quien ha perdido el conocimiento no respira con una finalidad determinada, sino que sólo respira. O puede que esto también sea mentira y puede que a nadie le interese, ni a nadie le atormenta más el sufrimiento de lo que le interesa la verdad o la justicia, la vergüenza de Temple Drake o la vida negra y sin valor de Nancy Mannigoe…

La novela se divide en dos partes. O, más bien, contiene dos obras diferentes, como ocurrió en Las palmeras salvajes, novela de título mutante, If I Forget Thee, Jerusalem, formada por Wild Palms y Old Man. En Requiem for a nun  Faulkner intercala una obra teatral centrada en Temple Drake, años después de los hechos narrados en Sanctuary, y una especie de recreación, con su peculiar endiablado estilo, de los orígenes del condado de Yoknapatawpha.

Por un lado, en los orígenes de la ciudad, el pasado tiene su importancia. Pero se trata de un pasado desvaído y olvidado de quien sólo guarda memoria las piedras de la cárcel, el primer edificio construido en Jefferson y en torno al cual crece el resto de la ciudad.
Pero el pasado también tiene importancia en la historia de Temple, ya que es a causa de la ignominia cometida por ella en Santuario que puede asumir la culpa por la muerte de su hijo asesinado por Nancy.
Pero aceptemos que lo hace de forma contradictoria:

Gowan: (…) ese es el precio que he tenido que pagar por la inmunidad.
Stevens: Eso es algo que no existe
Gowan: Contra el pasado. Contra mi locura. Mi alcoholismo. Mi cobardía, si quieres…
Stevens: El pasado tampoco existe.



Stevens: Ha sido Temple Drake. La Señora Gowan Stevens ni siquiera interviene en este asunto. Este asunto es de Temple Drake.
Temple Drake: Temple Drake está muerta.
Stevens: El pasado no muere nunca. Ni siquiera es pasado.

El pasado no existe. El pasado no muere nunca.

Intento descubrir si en inglés “nun” tiene otra acepción distinta a la traducción literal, monja. Pero no existe otra. En una de mis retorcidas elucubraciones pienso que tal vez, en un arrebato del excéntrico humor de Faulkner, “nun” se refiera al “now”, el “ahora” alemán.
Requiem for a nun vendría a ser en este caso, Réquiem por el a-ahora, por el “no ahora”, tal vez Réquiem por el pasado. Porque la parte no teatral de la novela es un cántico por el pasado que desaparece:

“(…) y así se ha terminado el aire de Yoknapatawpha incluso el de Mason y Dixon; solo queda el aire de América: la palabrería de los comediantes, los gritos abaritonados de las vocalistas, la coacción charlatana a comprar y a comprar y siempre a comprar (…) una generación entera de campesinos ha desaparecido, no solo del Condado de Yoknapatawpha, sino de la tierra de Mason y Dixon: el autodevorador: la máquina ha desplazado al hombre porque el éxodo del hombre no ha dejado a nadie para conducir a la mula y ahora la máquina amenazaba con exterminar a la mula (…)”

Es un lamento por el pasado que desaparece representado por la “retaguardia de viejas viudas y tías solteronas, resecas, indómitas” cuyas voces le habían servido a Faulkner para crear sus más interesantes páginas. Incluso el recuerdo está muriendo.

Y ahí está Temple Drake asumiendo el recuerdo y el pasado y la culpa del recuerdo del pasado. ¿Hay redención?
En la última conversación entre Temple y Nancy, antes de la ejecución de Nancy, en la cárcel cuyos muros son los testigos silenciosos de la evolución de Jefferson, hablan sobre Jesús:

Temple Drake: (…) Y, mañana a esta hora, tu ya no serás nada. Pero para mí es otra cosa. Porque para mí habrá mañana y mañana y mañana. Tu lo único que tienes que hacer es morir. Pero yo, que Él me diga que tengo que hacer. No: tampoco es eso; ya sé lo que tengo que hacer, ya sé lo que haré; yo también lo descubrí aquella noche en la habitación de los niños. Pero que Él me diga cómo. ¿Cómo? Mañana, mañana y todavía mañana. ¿Cómo?
Nancy Mannigoe: Confia en Él
Temple Drake: ¡Qué confíe en Él! Mira lo que me ha hecho ya. Y está bien hecho; puede que lo mereciese; al menos, yo no soy quien para criticarlo ni para darle órdenes. Pero mira lo que te ha hecho a ti. Y a pesar de eso todavía puedes hablar así. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso por qué no hay nada más?
Nancy Mannigoe: No lo sé. Pero hay que confiar en Él. Puede que ese sea el precio del sufrimiento.
Stevens: ¿El sufrimiento de quién, el precio de qué? ¿Sólo los de cada uno por sí mismo?
Nancy Mannigoe: Por los de todos. Por todos los que sufren. Por todos los pobres pecadores.
Stevens: La salvación del mundo está en el sufrimiento de los hombres. ¿Es eso lo que quieres decir?
Nancy Mannigoe: Sí señor.
Stevens: ¿Cómo?
Nancy Mannigoe: No lo sé. Quizás cuando las personas sufren están demasiado ocupados para hacer el mal, no tienen tiempo para enojarse y meterse los unos con los otros.

Quizás no alcance las cotas de la mayoría de sus novelas, pero de nuevo en esta novela Faulkner es capaz de trascender la historia local de su Condado imaginario convirtiéndola en tragedia universal. Malraux dijo que Santuario era "la irrupción de la tragedia griega en la novela policiaca". Yo creo que toda la obra de Faulkner está impregnada de la tradición clásica, que todas sus novelas presentan personajes que se debaten con el pasado y toman decisiones fundamentadas en una moral ancestral, poseen una especie de honor al mismo tiempo que desprecian ese honor como una impostura que proviene del pasado. No se trata del destino, sino del peso del tiempo y de la historia.

Por eso al final de la novela Temple grita desesperada “Alguien que la salve. Alguien que la quiera. Si no hay nadie estoy perdida. Todos lo estamos. Condenados. Malditos

Todos lo estamos.

2 comentarios:

"Buscando la luz" dijo...

Creo recordar que José Luis López Muñoz justificaba el título "La escapada" para "The Reivers" (en lugar del ya conocido "Los rateros") por que daba -decía- una idea mejor del aire de bildungsroman de la la novela. En todo caso, es un traductor tan espléndido que incluso esa aparentemente excesiva libertad merece atención.

¿No hay ocasiones en que la traición es un forma de ir más a la esencia? ¿No es "Centauros del desierto" el título que Ford habría puesto a "The Searchers" si se lo hubieran propuesto?

Justo ahora me doy cuenta de qué próximos están, fonéticamente, "traición" y "tradición". Según la RAE, tienen el mismo étimo.

Un fuerte abrazo, gracias por tu blog. Por más que diga Roth que no quiere lectores esperanzados, hay tenacidades que insuflan esperanza incluso a pesar de sus autores.
Igor

Anónimo dijo...

En la edición de las obras completas de Aguilar, volumen IV, está incluída esta novela con el título "Réquiem por una monja". (Traducción de Jorge Zalamea).

Saludos.