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30/9/08

Películas de Bolaño (VI) y una cita ineludible


Andrei Rublev en Días de 1978:

En su memoria esta película está marcada a fuego. Aún hoy la recuerda incluso en pequeños detalles. En esa época la acababa de ver, así que su narración debió de ser, por lo menos, vivida. La película cuenta la historia de un monje pintor de iconos en la Rusia medieval. A través de las palabras de B van desfilando los señores feudales, los popes, los campesinos, las iglesias quemadas, las envidias y la ignorancia, las fiestas y un río de noche, las dudas y el tiempo, la certeza del arte, la sangre que es irremediable. Tres personajes aparecen como figuras centrales, si no en la película, sí en la narración que de la película rusa hace este chileno en una casa de chilenos, enfrente del sillón de un chileno suicida frustrado, en una suave tarde de primavera en Barcelona: el primer personaje es el monje pintor; el segundo personaje es un poeta satírico, en realidad una especie de beatnik, un goliardo, un tipo pobre y más bien ignorante, un bufón, un Villon perdido en las inmensidades de Rusia a quien el monje, sin pretenderlo, hace apresar por los soldados; el tercer personaje es un adolescente, el hijo de un fundidor de campanas, quien tras una epidemia afirma haber heredado los secretos paternos en aquel difícil arte. El monje es el artista integral e íntegro. El poeta caminante es un bufón pero en su rostro se concentra toda la fragilidad y el dolor del mundo. El adolescente fundidor de campanas es Rimbaud, es decir, es el huérfano.
El final de la película, dilatado como un nacimiento, es el proceso de fundición de la campana. El señor feudal quiere una campana nueva, pero una plaga ha diezmado a la población y ha muerto el fundidor. Los hombres del señor feudal van a buscarlo pero sólo encuentran una casa en ruinas y al único sobreviviente, su hijo. El adolescente los intenta convencer de que él sabe cómo se hace una campana. Tras algunas dubitaciones, los esbirros del señor se lo llevan consigo no sin antes advertirle que pagará con su vida si la campana sale defectuosa.
El monje, que voluntariamente ha dejado de pintar y que se ha impuesto el voto de silencio, pasa de vez en cuando por el campo en donde los trabajadores están construyendo la campana. El adolescente a veces lo ve y se burla de él (el adolescente se burla de todo). Le hace preguntas que el monje no contesta. Se ríe de él. En los alrededores de la ciudad amurallada, a la par que avanza el proceso de construcción de la campana va creciendo una especie de romería popular a la sombra de los andamiajes de los trabajadores. Una tarde, mientras pasa por allí en compañía de otros monjes, el monje pintor se detiene para escuchar a un poeta, que resulta ser el beatnik al que por su culpa, hace muchos años, encarcelaron. El poeta lo reconoce y le echa en cara su pasada acción, y le relata, con palabras brutales y con palabras infantiles, las penalidades que ha pasado, lo cerca que ha estado, día a día, de la muerte. El monje, fiel a su voto de silencio, no le contesta, aunque por la forma en que lo mira uno se da cuenta de que lo asume todo, lo que le toca y lo que no le toca, y que le pide perdón. La gente mira al poeta y al monje y no entiende nada, pero le ruegan al poeta que siga contándoles historias, que deje al monje en paz y que continúe haciéndolos reír. El poeta está llorando, pero cuando se vuelve a su auditorio recobra el buen humor.
Y así pasan los días. A veces el señor feudal y sus nobles se acercan a la improvisada fundición para ver los trabajos de la campana. No hablan con el adolescente sino con un esbirro del señor feudal que sirve de intermediario. También pasa el monje y observa, con interés creciente, los trabajos. El interés del monje ni el propio monje lo comprende. Por otra parte, la cuadrilla de artesanos que está a las órdenes del adolescente se preocupa por éste. Lo alimentan. Bromean con él. Con el trato diario le han cogido afecto. Y por fin llega el gran día. Levantan la campana. Alrededor del andamiaje de madera desde donde cuelga y desde donde se la hará tañer por primera vez se reúne todo el mundo. El pueblo entero ha salido al otro lado de la muralla. El señor feudal y sus nobles e incluso un joven embajador italiano, al que los rusos le parecen unos salvajes, esperan. También el monje, confundido entre la multitud, espera. Tocan la campana. El repique es perfecto. Ni la campana se quiebra ni el sonido se apaga. Todos felicitan al señor feudal, incluso el italiano. El pueblo está de fiesta.
Cuando todo acaba, en lo que antes era una romería y ahora es un gran espacio lleno de escombros, sólo quedan dos personas junto a la abandonada fundición, el adolescente y el monje. El adolescente está sentado en el suelo y llorando a moco tendido. El monje está de pie junto a él y lo observa. El adolescente mira al monje y le dice que su padre, ese cerdo borracho, jamás le enseñó el arte de la construcción de campanas, que prefirió morirse llevándose el secreto consigo, que él aprendió solo, mirándolo. Y luego sigue llorando. Entonces el monje se agacha y rompiendo un voto de silencio que había jurado iba a ser de por vida, le dice: ven conmigo al monasterio, yo volveré a pintar y tú harás campanas para las iglesias, no llores más.
Y ahí acaba la película.
Cuando B deja de hablar, U está llorando.

Roberto Bolaño; Días de 1978

2/9/08

Une journée d'Andrei Arsenevitch, de Chris Marker

El documental capta los últimos días de Andrei Tarkovsky en 1986, exiliado en Paris, postrado tras el rodaje de Sacrificio en Suecia, rodeado de numerosos colaboradores de Bergman. Marker se detiene en la filmación de una escena complicada, un solo plano de seis minutos en el que confluyen los cuatro elementos, aire, tierra agua y fuego, que para Marker son fundamentales en la obra de Tarkovsky, elementos que simbolizan manifestaciones de la divinidad. Vemos como en enero de 1986 el equipo de rodaje visiona, por primera vez, la copia provisional de Sacrificio, rodeando la cama del director que morirá en diciembre. Marker evita todo elemento melodramático que podría vincularse a la situación. Tarkovsky en un artista trabajando.
Marker explora la cinematografía de Tarkovsky, aportando su mirada a la mirada del director ruso, deteniéndose particularmente en el aspecto místico:

Llueve mucho en las películas de Tarkovsky, como en las de Kurosawa. Sin duda, es una de las muestras de la sensibilidad japonesa que (Tarkovsky) mencionaba tan a menudo. Igual que los japoneses, existe una relación física con la naturaleza. No hay nada más terrenal, más carnal que el trabajo de este reputado cineasta místico. Tal vez porque el misticismo ruso no es el de los católicos asustados por la naturaleza y el cuerpo. Los ortodoxos respetan la naturaleza se venera al Creador a través de su creación. Y en contrapunto a los personajes cada película teje una trama entre los cuatro elementos.

Muy hábilmente, Marker introduce una secuencia de Stalker en la que el guía aparece con un pañuelo rodeando su garganta a modo de alzacuellos:



El Stalker como Sacerdote. La Zona adquiere toda su dimensión simbólica, mística, mientras nosotros, como el científico y el literato, rezamos para que el milagro no ocurra para no tener que creer. Y la naturaleza se manifiesta ante nuestros ojos escépticos. Llueve en la habitación.
Y llueve en la réplica de la casa en Solaris.

“El ocultismo para Andrei era a menudo un atajo hacia el más allá”, dice Marker. “Durante una sesión de espiritismo se comunicó con Boris Pasternak quien le dijo que sólo rodaría siete películas. "¿Sólo? ", preguntó Andrei. "Pero serán buenas", respondió Boris Leonídovich.”

El director francés emplea esta anécdota para construir un entorno de perfección que encierre la obra de Tarkovsky. Lo que puede ser perfecto debe de serlo. Marker obvia las películas que el director ruso dirigió en la VGIK, la escuela de cine de Moscú, y un trabajo televisivo para reducir su filmografía a las siete películas anunciadas por el espíritu de Pasternak: Ivanovo detstvo (1962) (La Infancia de Iván), Andrey Rublyov (1969) (Andrei Rublev), Solyaris (1972) (Solaris), Zerkalo (1975) (El Espejo), Stalker (1979), Nostalghia (1983) (Nostalgia) y Offret (1986) (Sacrificio)

Y a través de esta pequeña trampa Marker concluye su homenaje a la obra perfecta de un gran cineasta:

El primer plano de su primera película (La Infancia de Iván) mostraba a un niño de pie junto a un árbol joven.
El último plano de su última película (Sacrificio) a un niño tumbado a los pies de un árbol muerto.
Uno podría considerar que se cierra el círculo, que es una señal de adiós. Pero cuando rodó este plano, Andrei no sabía que estaba enfermo.
Otro enigma más, que cada uno descifrará a su manera.
Algunos predican sermones los Grandes lo dejan en manos de nuestra libertad. Cada uno decidirá por sí mismo si el Océano de "Solaris" existe, si la Zona de "Stalker" existe, si Alexander, el personaje de "Sacrificio", realizó un milagro o no.
Cada uno encontrará su llave para entrar en la casa de Tarkovski el único cineasta cuya obra se halla entre dos niños y dos árboles.




Yo añadiría a esta niña, la hija del Stalker, fuera de la Zona, donde no crecen árboles.


Andrei Tarkovsky en Miradas de Cine