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7/9/08

De "Fortunata y Jacinta", de Benito Pérez Galdós

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último -decía- pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.

Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, capítulo 1

23/7/07

El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós

Como es habitual, si verdaderamente queréis leer un análisis exhaustivo de esta novela de Galdós injustamente olvidada deberéis acudir a fuentes más solventes:

Es preciso tener en cuenta el 'argumento' de El caballero encantado. Don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, marqués de Mudarra y conde de Zorita de los Canes, terrateniente y oligarca, mantiene su tren de vida y ocios gracias a la explotación de los campesinos. Un extraño personaje, La Madre (Clío, España), lo transforma, precisamente, en jornalero miserable, y le hace peregrinar por Castilla la Vieja, en busca de su propia purificación y de su enamorada, la maestra Cintia. Desencantado y regenerado, Carlos-Gil, unido a su amante, luchará por desencantar y regenerar el país todo. Dentro de este esquema, Galdós va a pasar revista a las diversas clases que constituyen la sociedad española, clases que aparecen claramente delimitadas y caracterizadas.
Galdós y El caballero encantado ; Julio Rodríguez Puértolas (Anales galdosianos, 1972)



Regeneracionismo sin el pesimismo de esa corriente ni con las connotaciones negativas que arrastraría en el futuro, socialismo (incluso “anarquismo senil”), institucionalismo... pero sobre todo una brutal crítica social que arremete contra el caciquismo, el clericalismo y la corrupción.
Es posible que desde nuestra perspectiva de lectores del siglo XXI algunas posturas políticas de Galdós resulten ingenuas. Las reivindicaciones territoriales no habían aparecido realmente en el contexto político en 1909. Pero la idea de una España que se desmorona a causa de quienes explotan despiadadamente a la tierra y a los campesinos (y a los obreros y, por qué no, a los burgueses) podría anticipar un proyecto de plurinacionalidades autogestionadas... o algo así, no me hagáis caso. El caso es que siendo literato, Galdós en esa época ejercía labores políticas y El caballero encantado le sirve para exponer sus ideas. Esta vez no se limitará como en Doña Perfecta a plantear un suceso particular que pueda ser de alguna manera ejemplar (lo que constituye la esencia de la literatura clásica) En El caballero encantado Galdós intenta dar una visión global de la sociedad española de inicios del siglo XX pero sin renunciar a una trama narrativa que canalice el interés del lector. Así el producto final es un híbrido muy alejado de la novela clásica: A la crítica social se le une el relato fantástico con concomitancias góticas y simbólicas, junto al viaje como tema universal literario aparece el componente sentimental y, por supuesto, el heroico. Añadido a todo esto, aunque es habitual en el autor, los más diversos géneros se suceden capítulo a capítulo: Teatral, epistolar, a través de diálogos o de un narrador omnisciente que nos lleva por terrenos cervantinos en algunas ocasiones, en otras por los de los Episodios Nacionales. El caballero encantado es ciertamente inclasificable y una rareza práctica e injustamente olvidada en el conjunto de la obra de Galdós.

Uno debe necesariamente entusiasmarse con una novela en la que uno de los personajes se llama Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias.
Y más me entusiasma que de repente, cuando el autor parece habernos situado en un espacio mítico fuera de la historia a través de los avatares que asigna a su protagonista, aparece, como bestia parda, una imagen faulkneriana:

Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de la nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta. Pasaba el auto como exhalación, levantando polvo y exhalando fetidez de gasolina.
Leo por ahí que en 1902 el parque automovilístico español rondaba el centenar de vehículos. En 1909 una cuerda de presos debía apartarse a la cuneta repetidas veces en su marcha bajo el sol.

Como bien sabía el coronel Sartoris el mundo estaba cambiando.




Tal vez El caballero encantado sea un signo de unos tiempos que cambian, pero no un aviso de los tiempos (peores) aún por venir. Pero demuestra ser una muestra de lo pésimamente que ha tratado la historia española a uno de los más grandes narradores de todos los tiempos.