Vivimos en un mundo frío.
Pero es mejor que no nos cuestionemos nada.
El otro día me sorprendí preguntándome mientras abordaba el último capítulo de Mi nombre es Legión de Antonio Lobo Antunes dejando de lado las obligaciones que tenía pendientes por qué leía.
La respuesta estaba en la lectura, por supuesto. Por esto leo, me respondía mientras Lobo Antunes me arrastraba con su prosa, este es el motivo, esta emoción, esta posibilidad de maravillarme ante la escritura.
Pero no es ese el problema.
El problema es qué mecanismos mentales entraron en funcionamiento mientras estaba leyendo para que, por un momento, surgiese un destello de duda, llegase a plantearme la validez de lo que estaba haciendo.
Y aunque tengo respuestas y argumentos convincentes no puedo olvidar que dudé.
No duermo desde entonces.
Sí, vivimos en un mundo frío.
Pero es mejor que no nos cuestionemos nada.
El otro día me sorprendí preguntándome mientras abordaba el último capítulo de Mi nombre es Legión de Antonio Lobo Antunes dejando de lado las obligaciones que tenía pendientes por qué leía.
La respuesta estaba en la lectura, por supuesto. Por esto leo, me respondía mientras Lobo Antunes me arrastraba con su prosa, este es el motivo, esta emoción, esta posibilidad de maravillarme ante la escritura.
Pero no es ese el problema.
El problema es qué mecanismos mentales entraron en funcionamiento mientras estaba leyendo para que, por un momento, surgiese un destello de duda, llegase a plantearme la validez de lo que estaba haciendo.
Y aunque tengo respuestas y argumentos convincentes no puedo olvidar que dudé.
No duermo desde entonces.
Sí, vivimos en un mundo frío.